Síguenos

Actualidad

¿Por qué España amenaza con vetar a Ucrania en la UE por el catalán?

España liga la futura ampliación europea con la oficialidad del catalán, el gallego y el euskera, una decisión que también afecta a Ucrania.

Foto del avatar

Publicado

el

bandera UE limites migrantes

Resumen

  • España liga la ampliación de la UE a la oficialidad de sus lenguas cooficiales
  • El aviso también alcanza a Ucrania, aunque no existe un veto formal contra Kiev
  • La adhesión necesita unanimidad y España puede bloquear decisiones clave

España ha elevado considerablemente la presión en Bruselas para conseguir que el catalán, el gallego y el euskera sean lenguas oficiales de la Unión Europea. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha vinculado esa reivindicación con uno de los grandes asuntos que tiene por delante el bloque comunitario: la incorporación de nuevos países. Y ahí aparece Ucrania.

El matiz importa. Albares no anunció un veto dirigido específicamente contra Kiev. Lo que sostuvo el 9 de septiembre en Bruselas fue que España es favorable a la ampliación, pero considera “impensable” incorporar nuevas lenguas oficiales sin haber resuelto antes la situación del catalán, el gallego y el euskera. Como Ucrania está inmersa en las negociaciones de adhesión y las decisiones fundamentales del proceso requieren el acuerdo de los Estados miembros, España dispone de una palanca política real para frenar avances.

Qué ha dicho realmente Albares sobre la ampliación de la UE

La posición expresada por el ministro es bastante más amplia que un choque bilateral entre España y Ucrania. Albares aseguró que el Gobierno es “totalmente favorable a la ampliación”, pero urgió a resolver antes el expediente lingüístico español. Su argumento es sencillo: resultaría difícil justificar, desde la óptica del Ejecutivo, que las lenguas de futuros Estados miembros obtengan reconocimiento comunitario mientras las tres lenguas cooficiales españolas siguen fuera del régimen de lenguas oficiales de la Unión.

La advertencia afecta, por tanto, a la próxima ampliación en su conjunto. Entre los países candidatos figuran Ucrania, Moldavia, Montenegro, Albania, Serbia, Macedonia del Norte, Bosnia y Herzegovina, Georgia y Turquía, aunque sus procesos se encuentran en momentos muy distintos y algunos tienen perspectivas de adhesión bastante más próximas que otros.

Albares puso especialmente el foco en Montenegro y Albania, cuyos procesos están muy avanzados. También comparó el número de hablantes del montenegrino con el del catalán para defender la posición española. El mensaje político es bastante transparente: si una nueva ampliación implica incorporar más idiomas al entramado comunitario, España pretende que sus lenguas cooficiales hayan cruzado antes esa puerta.

¿Puede España vetar realmente la entrada de Ucrania?

Sí, en aquellas fases de la adhesión donde se exige el consenso de todos los Estados miembros. No porque España disponga de un privilegio especial, sino porque la ampliación europea sigue siendo un terreno donde cada capital conserva una capacidad considerable para frenar el proceso.

La amenaza, por tanto, tiene dientes jurídicos y políticos. Otra cuestión es que llegue a utilizarse hasta sus últimas consecuencias. España no ha impuesto un veto formal a Ucrania ni ha retirado su apoyo político a la perspectiva europea del país. Lo que hace Albares es vincular dos expedientes que hasta ahora podían avanzar por carriles separados: el reconocimiento lingüístico español y la entrada de nuevos miembros.

Ese vínculo transforma una disputa lingüística enquistada desde 2023 en una pieza de una negociación europea muchísimo mayor. Y cambia las fuerzas sobre el tablero: una decisión aplazada durante años puede empezar a pesar cuando entra en contacto con una prioridad estratégica de la propia Unión.

Por qué el catalán sigue sin ser oficial en la Unión Europea

El origen inmediato del conflicto está en agosto de 2023. España solicitó modificar el régimen lingüístico comunitario para incorporar catalán, euskera y gallego como lenguas oficiales y de trabajo de las instituciones europeas. La iniciativa llegó después del acuerdo político entre el PSOE y Junts que permitió la elección de Francina Armengol como presidenta del Congreso.

No se partía exactamente de cero. Estas lenguas podían utilizarse desde años antes en determinados contactos con algunas instituciones europeas mediante acuerdos administrativos, pero eso no equivale a una oficialidad plena. El catalán, por ejemplo, cuenta con millones de hablantes y una presencia institucional importante, pero continúa fuera de las 24 lenguas oficiales de la Unión Europea.

El problema es que cambiar ese régimen necesita también unanimidad entre los Veintisiete. La propuesta española ha tropezado con dudas jurídicas, económicas y políticas de diversos socios. En julio de 2025, cuando el asunto volvió a discutirse en el Consejo de Asuntos Generales, cerca de una decena de delegaciones mantenían reservas y Alemania encabezaba las objeciones jurídicas más visibles.

España ha intentado despejar parte de esas reticencias comprometiéndose a asumir los costes adicionales y planteando una aplicación gradual. Aun así, la unanimidad no apareció. La cuestión quedó congelada durante más de un año: ese largo silencio es precisamente el que el Gobierno pretende romper al relacionar el expediente de las lenguas con la futura ampliación europea.

El 22 de septiembre vuelve a ser una fecha importante

El próximo 22 de septiembre de 2026 se reúne en Bruselas el Consejo de Asuntos Generales, un foro especialmente relevante para las cuestiones institucionales y de ampliación. El Gobierno español ha situado el debate lingüístico en ese nuevo contexto europeo, aunque la previsión pública del Consejo conocida hasta el 12 de septiembre no fija una votación sobre la oficialidad del catalán, el gallego y el euskera.

La distinción es importante. No significa que ese día vaya a decidirse la entrada de Ucrania ni que Kiev esté a las puertas de convertirse en miembro. Tampoco existe una votación lingüística automática marcada en rojo en el calendario. Lo que cambia es el terreno de la negociación: España comienza a colocar la oficialidad de sus lenguas cooficiales junto a un asunto que los demás socios consideran estratégico.

Ucrania avanza, pero su entrada en la UE todavía queda lejos

Ucrania obtuvo el estatus de país candidato en 2022 y abrió formalmente las negociaciones de adhesión en 2024. El proceso dio pasos importantes durante 2026. En junio se abrió el denominado grupo de Fundamentos, que comprende materias esenciales como el Estado de derecho, los derechos fundamentales, las instituciones democráticas y la reforma de la Administración pública.

Un mes después, el 14 de julio, la UE y Ucrania celebraron su tercera conferencia de adhesión y abrieron las negociaciones del grupo 6, dedicado a las relaciones exteriores. Ese mismo día avanzaron también los procesos de Moldavia, Montenegro y Albania. La ampliación, que durante años parecía caminar con zapatos de plomo, ha recuperado velocidad.

Ahí se entiende por qué Ucrania aparece inmediatamente cuando España endurece su discurso. No porque Albares haya lanzado un ultimátum particular a Volodímir Zelenski, sino porque Kiev forma parte de una ampliación en marcha y cualquier condicionamiento general introducido por Madrid termina alcanzando también su candidatura.

Un eventual bloqueo español tampoco expulsaría a Ucrania del proceso. Podría detener o retrasar determinadas decisiones hasta que surgiera un acuerdo político. La historia de la ampliación europea está llena de episodios semejantes: disputas bilaterales, vetos nacionales, negociaciones que se congelan y después reaparecen cuando las capitales encuentran una fórmula de compromiso.

La adhesión, además, no depende únicamente de España. Ucrania debe seguir adaptando su legislación, cumplir las condiciones negociadas, reformar instituciones y asumir el acervo comunitario. Al final del recorrido, el tratado de adhesión necesita el respaldo correspondiente de la UE y su ratificación por los Estados miembros. No es una puerta que se abre con una sola llave.

Qué pretende conseguir España ligando ambos asuntos

El movimiento aumenta la presión sobre aquellos gobiernos que han mantenido reservas frente a la oficialidad del catalán, el gallego y el euskera. Mientras la ampliación podía contemplarse como una perspectiva lejana, esos países podían dejar la petición española en una bandeja de entrada diplomática durante meses. Si la incorporación de Montenegro, Albania, Ucrania o Moldavia gana velocidad, el cálculo cambia.

España posee algo que los defensores de la ampliación necesitarán en momentos decisivos: su voto. Y reclama resolver un expediente que, casualmente, también depende del acuerdo de todos. Dos unanimidades frente a frente. Bruselas tiene estas cosas; a veces la geometría política resulta bastante más útil que los grandes discursos sobre diversidad europea.

El Gobierno sostiene también que existe una cuestión de coherencia. Si la Unión admite nuevos Estados y, con ellos, incorpora nuevas lenguas oficiales, considera difícil explicar que permanezcan fuera tres idiomas hablados por millones de ciudadanos europeos y reconocidos oficialmente en distintos territorios españoles.

Sus críticos ven otra cosa: el riesgo de utilizar una prioridad geopolítica europea y el futuro de los países candidatos como instrumento para resolver un compromiso nacido de la política interna española. Las dos dimensiones conviven. Reducir el asunto a una simple discusión lingüística deja fuera buena parte de lo que realmente se está negociando.

Una palanca española en el tablero de la ampliación

Lo sustancial es que España no ha vetado la entrada de Ucrania en la Unión Europea. Tampoco Albares ha anunciado un bloqueo dirigido exclusivamente contra Kiev. El Gobierno ha transmitido algo más amplio: considera inaceptable que la UE incorpore nuevos Estados y, con ellos, nuevos idiomas oficiales mientras continúe pendiente el reconocimiento del catalán, el gallego y el euskera.

Ese planteamiento puede convertirse en un bloqueo efectivo en decisiones que necesiten unanimidad o puede quedarse en una herramienta de presión para conseguir concesiones antes de llegar a ese extremo. Ahí está precisamente la fuerza de la maniobra: Madrid no necesita cerrar la puerta para recordar que tiene una llave.

La paradoja resulta notable. España sigue defendiendo públicamente la ampliación y mantiene su apoyo al camino europeo de Ucrania, mientras coloca sobre la mesa un obstáculo propio para intentar desbloquear una reivindicación que lleva años sin reunir consenso. El catalán ha dejado así de ser únicamente un expediente lingüístico: entra de lleno en la gran negociación sobre qué países formarán parte de la próxima Unión Europea.

Newsletter

Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.