Naturaleza
¿Dónde está Punto Nemo y por qué caen allí naves y basura espacial?
Punto Nemo es el rincón más remoto del planeta, con basura espacial, leyendas, hielo y un silencio oceánico donde casi nadie consigue llegar.

Punto Nemo está en mitad del Pacífico Sur, en las coordenadas aproximadas 48°52,6′ S y 123°23,6′ O. No es una isla, no sobresale una roca ni existe una boya esperando al visitante. Es simplemente una posición matemática sobre el océano y tiene una peculiaridad difícil de superar: desde allí hay que recorrer unos 2.688 kilómetros para alcanzar la tierra más cercana. Por eso se conoce como polo oceánico de inaccesibilidad, el punto del mar más alejado de cualquier superficie terrestre.
Su aislamiento ha acabado dándole una segunda vida bastante menos romántica. La enorme región deshabitada del Pacífico que lo rodea se utiliza desde hace décadas para dirigir la reentrada de grandes naves espaciales al final de su vida útil. Mir, cargueros rusos Progress y vehículos europeos ATV han terminado allí o en esa extensa franja oceánica. En los recuentos históricos aparecen más de 260 vehículos espaciales enviados deliberadamente a esta parte del planeta. No están amontonados bajo una cruz imaginaria en el mapa: la mayoría se desintegró en la atmósfera y los restos supervivientes quedaron dispersos sobre miles de kilómetros de océano.
Y luego está el monstruo. O, más exactamente, no está. Punto Nemo ha quedado unido a Cthulhu, a un inquietante sonido submarino llamado Bloop y a toda una mitología de criaturas gigantescas que, por desgracia para el negocio de los tentáculos, no resiste demasiado bien el contraste científico. El Bloop fue real; el leviatán, no.
El punto de la Tierra donde la costa desaparece
La rareza geográfica de Punto Nemo se entiende mirando las tres diminutas referencias que lo rodean. Al norte está la isla Ducie, un atolón deshabitado perteneciente a las islas Pitcairn. Al noreste aparece Motu Nui, un pequeño islote situado junto a la isla de Pascua. Hacia el sur queda la isla Maher, frente a la Antártida. Las tres se encuentran aproximadamente a esos 2.688 kilómetros que hacen de Nemo una especie de centro del vacío.
Ni siquiera tiene demasiado sentido imaginarlo como un destino. Llegar exactamente hasta allí exige navegar durante días por un océano abierto donde no hay puerto, refugio ni monumento que fotografiar. Al alcanzar las coordenadas, el paisaje seguiría siendo el mismo: agua, horizonte, oleaje. Uno podría atravesarlo sin enterarse. Quizá esa sea su mayor extravagancia en un mundo acostumbrado a poner una placa hasta en el último mirador.
Cuando la Estación Espacial Internacional pasa aproximadamente sobre la zona, sus tripulantes, situados a unos 400 kilómetros de altura, pueden encontrarse durante unos minutos más cerca de Punto Nemo que cualquier persona situada en tierra firme. La imagen parece escrita por un novelista: el lugar más aislado del océano tiene a veces a sus vecinos más próximos en el espacio.
Un lugar descubierto con matemáticas, no con una expedición
Punto Nemo no fue conquistado por un explorador con brújula, barba helada y diario de viaje. Fue calculado en 1992 por el ingeniero topógrafo croata-canadiense Hrvoje Lukatela, que empleó herramientas geoespaciales y datos cartográficos digitales para resolver el problema geométrico: localizar la posición oceánica cuya distancia mínima a cualquier tierra fuese la mayor posible. Su programa trabajaba además teniendo en cuenta la forma elipsoidal de la Tierra.
Lukatela lo bautizó en homenaje al capitán Nemo de Veinte mil leguas de viaje submarino, de Jules Verne. La elección encaja casi demasiado bien. “Nemo” significa “nadie” en latín y el personaje de Verne había decidido precisamente alejarse del mundo terrestre a bordo del Nautilus. Un siglo después, unas coordenadas perdidas entre Chile, la Antártida y Nueva Zelanda terminaron heredando su nombre.
Por qué Punto Nemo se convirtió en un cementerio espacial
Lanzar algo al espacio es complicado; bajarlo sin que caiga encima de alguien tampoco es precisamente trivial. Los satélites pequeños pueden desintegrarse casi completamente durante la reentrada atmosférica, pero las estructuras grandes contienen piezas densas o resistentes capaces de sobrevivir al calentamiento. Módulos, depósitos, elementos estructurales y componentes metálicos pueden alcanzar la superficie.
Ahí entra en escena la llamada South Pacific Ocean Uninhabited Area, una inmensa zona deshabitada del Pacífico Sur situada alrededor de Punto Nemo. Los operadores pueden calcular una reentrada controlada para que la trayectoria final de una nave atraviese ese corredor oceánico. El objetivo es prosaico: reducir al mínimo la posibilidad de que los fragmentos supervivientes alcancen ciudades, barcos o zonas habitadas.
La expresión “cementerio de naves espaciales” invita a imaginar estaciones enteras descansando intactas en el fondo, como galeones futuristas cubiertos de algas. La realidad es bastante menos cinematográfica. Durante la entrada a velocidades orbitales, una nave soporta temperaturas extremas, empieza a romperse y buena parte de su masa se funde, arde o vaporiza. Lo que llega al agua lo hace repartido por una enorme huella de dispersión.
La estación soviética Mir protagonizó uno de los casos más espectaculares. Tras 15 años en órbita, fue conducida de manera controlada hacia el Pacífico Sur el 23 de marzo de 2001. Sus 134 toneladas comenzaron a desintegrarse en la atmósfera y los fragmentos supervivientes terminaron en el océano al este de Nueva Zelanda. Más tarde hicieron viajes semejantes los vehículos europeos ATV que habían abastecido a la Estación Espacial Internacional. El primero, curiosamente llamado Jules Verne, completó su reentrada controlada en septiembre de 2008. Verne, Nemo y una nave cayendo del cielo sobre el Pacífico: hay casualidades que parecen empeñadas en trabajar como guionistas.
La Estación Espacial Internacional también prepara su despedida
La historia todavía puede reservar para esta región su pieza más formidable. NASA y sus socios mantienen las operaciones de la Estación Espacial Internacional hasta 2030 y preparan después una reentrada controlada sobre una zona oceánica deshabitada. SpaceX desarrolla para NASA el U.S. Deorbit Vehicle, basado en la arquitectura de Dragon, que deberá proporcionar el empuje necesario para controlar las últimas maniobras de la enorme estación. En la planificación presupuestaria estadounidense publicada en 2026, la entrega del vehículo está prevista para finales de 2028.
Eso no significa que la ISS vaya a caer sobre la coordenada exacta de Punto Nemo como un dardo sobre una diana. La zona de seguridad es inmensa y la trayectoria se calcula teniendo en cuenta la larga dispersión de los fragmentos. NASA prevé que gran parte de la estructura se destruya durante la reentrada, aunque determinados componentes más densos podrían sobrevivir hasta alcanzar el océano.
Cthulhu, el Bloop y el monstruo marino que nunca apareció
Aquí comienza la parte deliciosa. Décadas antes de que Lukatela calculase Punto Nemo, H. P. Lovecraft situó cerca de estas aguas la ciudad sumergida de R’lyeh, prisión del monstruoso Cthulhu, en su relato La llamada de Cthulhu. Las coordenadas literarias dadas por Lovecraft quedaban a unos 330 kilómetros de la posición que posteriormente se identificaría como Punto Nemo. En una escala planetaria, prácticamente vecinos.
La coincidencia alimentó una mitología que recibió combustible adicional en 1997. Una red de hidrófonos utilizada para estudiar fenómenos acústicos del Pacífico registró un sonido extraordinariamente potente y de frecuencia muy baja. Fue bautizado como Bloop. Al detectarse a enormes distancias, aparecieron hipótesis sobre animales gigantescos, operaciones militares y criaturas desconocidas. Internet hizo el resto, como suele ocurrir cuando se le entregan un océano oscuro y cinco minutos libres.
Pero la investigación continuó. Los científicos compararon el Bloop con otros registros obtenidos cerca de la Antártida y determinaron que el sonido era compatible con grandes icebergs fracturándose y desprendiéndose, los llamados icequakes. Hidrófonos separados por miles de kilómetros han registrado fenómenos similares. El origen del Bloop se considera actualmente identificado: hielo, no un monstruo marino.
Cthulhu puede seguir durmiendo tranquilo. Es literatura, que no es poca cosa, pero no zoología.
Un desierto oceánico no significa un océano muerto
La sensación de vacío de Punto Nemo tampoco debe llevar a otro error habitual: pensar que bajo esas aguas no existe vida. La zona forma parte del enorme giro subtropical del Pacífico Sur, un sistema de corrientes donde llegan muy pocos nutrientes procedentes de los continentes. Su productividad biológica es extraordinariamente baja y algunas investigaciones lo describen como uno de los grandes “desiertos oceánicos” del planeta.
En determinadas regiones centrales del giro se han medido concentraciones excepcionalmente pequeñas de clorofila y una biomasa muy reducida en los sedimentos. Pero reducido no significa inexistente. Hay microorganismos adaptados a unas condiciones extremas, con poca materia orgánica disponible y metabolismos lentísimos. Es un ecosistema pobre en nutrientes, no una bañera estéril preparada para recibir ferralla humana.
Eso introduce una cuestión menos pintoresca que Cthulhu y bastante más real. Dirigir reentradas hacia una región sin población humana disminuye enormemente el riesgo inmediato para las personas, pero no hace desaparecer los residuos. La mayor parte del vehículo se destruye en la atmósfera; una fracción puede sobrevivir y alcanzar el océano. Y el impacto acumulado de esas reentradas sobre el medio marino sigue siendo un asunto menos estudiado de lo que sugiere la aparente precisión con la que sabemos arrojar cosas desde el espacio.
Es, en el fondo, una paradoja bastante humana. Elegimos el lugar más apartado de nuestra civilización precisamente para convertirlo en una pieza silenciosa de esa civilización.
Donde termina el mapa y se acumulan nuestras historias
Punto Nemo mezcla tres formas distintas de aislamiento. La primera es geográfica: ningún otro punto del océano queda tan lejos de tierra. La segunda es biológica, porque pertenece a una de las regiones menos productivas del Pacífico. La tercera nos la hemos fabricado nosotros: un gigantesco corredor de seguridad donde terminan algunas de las máquinas que antes orbitaban a cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas.
A su alrededor hemos colocado también nuestros fantasmas. El capitán Nemo de Verne le prestó el nombre; Lovecraft dejó a Cthulhu sorprendentemente cerca; el Bloop proporcionó durante unos años un rugido perfecto para alimentar monstruos. Luego llegaron los científicos y estropearon amablemente la fiesta explicando que era hielo.
Queda algo quizá más extraño que cualquier criatura submarina. En 48°52,6′ S, 123°23,6′ O no hay ciudad perdida, puerto espacial ni monumento. Solo mar. Sin embargo, ese punto invisible conecta literatura del siglo XIX, horror cósmico, geodesia informática, microbiología oceánica, estaciones espaciales soviéticas y el futuro final de la ISS. El lugar al que llamamos “Nadie” ha terminado teniendo demasiadas historias para estar verdaderamente vacío.

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