Naturaleza
¿Cuál es el mejor tomate de España en 2026 y quién lo ha cultivado?
El Negro del Escorial, cultivado por Emilio Medina en Palencia, gana en Polanco como mejor tomate de España y corona una huerta muy singular.

El mejor tomate de España en 2026 se llama Negro del Escorial y ha salido de la huerta de Emilio Medina Román, un joven hortelano de Villalcázar de Sirga, en Palencia. La variedad se impuso el 23 de agosto en el Concurso Nacional del Tomate Antiguo celebrado en Polanco, Cantabria, dentro de una feria que reunió a centenares de productores y aficionados alrededor de algo aparentemente sencillo: recuperar tomates que todavía sepan a tomate.
Medina no regresó a casa con un solo reconocimiento. También consiguió el premio al mejor tomate internacional gracias a un Ananas Noir, una peculiar variedad francesa que esconde tonos verdes, amarillos y rojos en su interior. Dos categorías, dos victorias. No está mal para una agricultura que trabaja lejos de la estética milimétrica de las bandejas de supermercado y bastante cerca de la tierra, la selección paciente y las semillas que pasan de unas manos a otras.
La doble victoria tiene algo más detrás que una buena cosecha. Emilio Medina lleva años recuperando variedades tradicionales en La Mielga, su huerta de secano en Tierra de Campos. Conserva centenares de semillas, prueba cultivos antiguos y vuelve a plantar materiales que en algunos casos han permanecido durante décadas en tarros, cajones y casas familiares. Allí el tomate no tiene departamento de marketing. Tiene verano, suelo y memoria.
La VIII Feria Nacional del Tomate Antiguo se celebró durante el fin de semana del 22 y 23 de agosto en los jardines de la Casa de José María de Pereda de Polanco. La organización contabilizó más de 800 participantes en el concurso y miles de visitantes, una cifra considerable para una cita dedicada a variedades que durante mucho tiempo quedaron relegadas precisamente porque no encajaban demasiado bien en los estándares comerciales.
El Negro del Escorial se lleva el título en Polanco
El tomate que obtuvo el principal galardón nacional fue el Negro del Escorial, una variedad desarrollada mediante años de selección a partir de tomates tradicionales de la zona de la Campiña del Henares —con referencias al entorno de Marchamalo, en Guadalajara— y cruces naturales con tomates negros.
No estamos, por tanto, ante una ocurrencia salida de una probeta una semana antes del concurso. El trabajo con estas variedades consiste en cultivar, observar y seleccionar generación tras generación aquellas plantas que muestran las características buscadas. Las semillas vuelven a sembrarse y el proceso continúa. Es una cocina lenta, pero en el campo.
Medina ha explicado que las variedades tradicionales suelen ser variedades abiertas, capaces de cruzarse y evolucionar con el paso de los cultivos. El agricultor interviene seleccionando los ejemplares que le interesan hasta ir consolidando nuevos aromas, sabores o comportamientos. Algo bastante menos espectacular que anunciar una revolución agrícola cada seis meses y, quizá por eso mismo, bastante más interesante.
El resultado convenció al jurado de Polanco y convirtió al Negro del Escorial en el ganador nacional de 2026. También situó de nuevo el foco sobre una cuestión conocida por cualquier persona que haya comparado un buen tomate de huerta con uno diseñado fundamentalmente para sobrevivir a cámaras, camiones y estanterías: un tomate puede ser técnicamente impecable y saber a muy poco.
Emilio Medina y una huerta donde las semillas tienen biografía
Emilio Medina tiene 26 años y trabaja en Villalcázar de Sirga, localidad palentina situada en pleno Camino de Santiago. Allí mantiene La Mielga, una huerta familiar de secano dedicada tanto al cultivo como a la conservación de semillas antiguas.
Su historia con la agricultura empezó mucho antes de los premios. De adolescente ya cultivaba junto a los terrenos de su familia y fue aprendiendo técnicas de personas mayores de la zona, agricultores y otros conservadores de semillas. Con los años creó un auténtico archivo agrícola vivo, compuesto por tomates, ajos, legumbres, lechugas y otras variedades que habían ido desapareciendo de las huertas.
La palabra importante es “vivo”. Una semilla puede guardarse, naturalmente, pero conservar una variedad agrícola exige volver a sembrarla. La planta tiene que germinar, crecer, enfrentarse al clima, producir y entregar nuevas semillas. Guardarlas eternamente en un frasco sería algo parecido a conservar una biblioteca sin abrir jamás los libros.
De una semilla de 1916 a cientos de variedades
Uno de los trabajos que más notoriedad dio a Medina durante 2026 fue la recuperación de un tomate procedente de semillas fechadas en 1916, encontradas en Matute de Almazán, en Soria. Aquellas semillas habían permanecido guardadas durante más de un siglo y consiguieron volver a germinar.
No se trata del Negro del Escorial que acaba de ganar en Polanco, conviene distinguirlo, sino de otro proyecto dentro de la misma filosofía de La Mielga. La historia sirve para entender por qué el premio tiene una dimensión mayor que la de comparar frutas sobre una mesa.
En una agricultura cada vez más homogénea, las variedades antiguas contienen características genéticas distintas y, además, una cultura material que suele desaparecer sin hacer demasiado ruido. Una familia deja de sembrar un tomate. Nadie guarda la semilla. Se acabó. No existe botón de deshacer para una variedad perdida.
El otro tomate ganador tiene tres colores por dentro
La jornada fue especialmente redonda para Medina porque el jurado también eligió su Ananas Noir como mejor tomate internacional. La variedad procede de Francia y pertenece al grupo de los llamados tomates piña, conocidos por su aspecto multicolor al cortarlos.
El interior mezcla zonas verdes, amarillas y rojas. Y no es solo decoración. Según explica el propio cultivador, cada parte presenta matices diferentes: las áreas verdes resultan más dulces, las rojas aportan mayor acidez y las amarillas se mueven en un terreno más equilibrado.
Eso convierte cada rodaja en una especie de pequeño mapa de sabores. Un tomate que cambia ligeramente a medida que el cuchillo avanza por la pulpa, algo bastante alejado de esa experiencia contemporánea consistente en cortar una esfera roja perfectamente simétrica y comprobar, con resignación democrática, que sabe aproximadamente a agua fresca.
El premio internacional refuerza además una característica del trabajo de Medina: su banco de semillas no se limita a conservar variedades castellanas. La recuperación de patrimonio agrícola local convive con el intercambio y cultivo de materiales procedentes de otros territorios, una práctica tradicional entre horticultores mucho antes de que palabras como biodiversidad ocuparan carteles institucionales.
Cantabria también eligió sus propios tomates
El concurso de Polanco no se limitó a las dos categorías conquistadas por el productor palentino. Celestino Tresgallo, de Miengo, fue reconocido como productor del mejor tomate de Cantabria con la variedad Delicias de la Huerta.
En la categoría específica de Polanco, la primera posición correspondió a Mari Carmen Toca con un Amarillo Ruso. El palmarés refleja precisamente la mezcla que busca la feria: variedades locales, tomates recuperados en otros puntos de España y semillas llegadas del extranjero.
Durante dos jornadas, el municipio cántabro reunió productores, talleres y degustaciones, junto con actividades relacionadas con las semillas, los semilleros y la adaptación de los cultivos a un clima cada vez más difícil de predecir. También se repartieron semillas procedentes de tomates premiados en anteriores ediciones.
Hubo incluso una subasta solidaria de un kilo de tomates cultivados por Huerto EsVida, ganador nacional de 2025. La caja alcanzó 201 euros. Una cifra bastante más modesta que los 20.000 euros pagados este mismo verano en la célebre subasta del tomate Huevo de Toro de Coín, Málaga, aunque quizá pagar doscientos euros por un kilo de tomates ya permite conversar tranquilamente sobre el precio de la ensalada.
Polanco convierte el tomate antiguo en patrimonio
La Feria Nacional del Tomate Antiguo ha alcanzado en 2026 su octava edición y ha ido creciendo alrededor de una idea que parecía destinada a permanecer en pequeños círculos de horticultores: las semillas tradicionales forman parte del patrimonio agrícola.
La cuestión no es idealizar el pasado. La agricultura moderna ha permitido obtener mayores rendimientos, abastecer mercados enormes, mejorar la conservación y garantizar que millones de personas puedan comprar determinados productos prácticamente durante todo el año. El problema aparece cuando eficiencia termina significando uniformidad absoluta.
Un tomate comercial debe soportar manipulación, transporte y almacenamiento; también tiene que ofrecer tamaños y colores razonablemente homogéneos. Son exigencias económicas comprensibles. Pero esa selección puede dejar en segundo plano características como el aroma, la textura o el sabor, además de variedades menos productivas que poseen perfiles muy particulares.
Las pequeñas huertas, los bancos de semillas y encuentros como el de Polanco trabajan justo en el otro extremo. No pretenden sustituir toda la agricultura comercial, algo bastante fantasioso, sino impedir que la diversidad agrícola desaparezca mientras nadie mira.
Hay también un componente de adaptación. Una colección amplia de material genético ofrece más posibilidades de encontrar plantas capaces de responder de manera diferente a sequías, temperaturas elevadas, enfermedades o condiciones locales específicas. Conservar variedades no es mirar únicamente hacia atrás. A veces significa guardar opciones para lo que venga.
Cuando el tomate perfecto deja de ser el más bonito
El Negro del Escorial de Emilio Medina sale de Polanco con el título de mejor tomate de España de 2026, pero el premio cuenta una historia más interesante que cualquier clasificación. Habla de un agricultor joven que trabaja una huerta de secano en Palencia, escucha conocimientos transmitidos durante generaciones y dedica tiempo a semillas que el mercado convencional probablemente nunca habría echado de menos.
Ahí reside parte de la paradoja. Hemos aprendido a elegir frutas sin golpes, del mismo calibre, del mismo tono, disciplinadas como si hubieran pasado una oposición. Y después nos sorprende encontrar un tomate irregular, oscuro, algo extraño, abrirlo y recordar que el sabor también era un criterio.
En Polanco, al menos este verano, lo fue. El mejor tomate español no nació de perseguir la perfección visual, sino de seleccionar, cultivar y conservar durante años. Y mientras el Negro del Escorial se lleva el título nacional y el Ananas Noir el internacional, Emilio Medina vuelve a colocar en primer plano una tarea poco vistosa y decisiva: sembrar otra vez aquello que alguien tuvo la prudencia de no tirar.

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