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¿Cuba sin queroseno para aviones? Vuelos tocados hasta marzo

Cuba lanza un NOTAM: sin Jet A-1 hasta marzo. Vuelos con escalas, cambios de horarios y presión turística en rutas clave a Florida y Madrid.
Cuba ha lanzado un aviso directo a las aerolíneas internacionales que operan en la isla: a partir del lunes 10 de febrero de 2026 no habrá combustible de aviación Jet A-1 disponible para repostar en ninguno de sus aeropuertos internacionales. No es una advertencia informal ni un “podría”: es un NOTAM (el mensaje operativo que se traga la aviación sin discutir) con vigencia durante un mes, del 10 de febrero al 11 de marzo, y con una frase que suena a portazo técnico: “JET A1 FUEL NOT AVBL”.
El efecto práctico es inmediato aunque los aviones sigan aterrizando y despegando: sin queroseno de aviación en tierra, las compañías se ven empujadas a recalcular planes de vuelo, meter escalas técnicas para repostar fuera, ajustar cargas y combustible extra, y asumir que el calendario de rutas, frecuencias y horarios entra en modo elástico. La parte política también pesa, porque el Gobierno cubano vincula el corte al “asedio petrolero” de Estados Unidos y al endurecimiento de medidas anunciado por Donald Trump, con amenazas comerciales contra países que suministren crudo a la isla y un contexto regional alterado desde la operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro y el frenazo del petróleo que llegaba desde Venezuela.
El NOTAM que convierte el repostaje en un problema nacional
En aviación, cuando un país quiere que algo se entienda “sin adjetivos”, lo pone en un NOTAM. Es el equivalente a un telegrama de sala de máquinas: seco, codificado, sin margen para interpretaciones creativas. En este caso, la notificación advierte de un déficit de queroseno y remarca que afecta a todos los aeropuertos internacionales del país, con un periodo de validez de un mes. Que aparezca en bases de datos consultadas por operadores y autoridades —incluida la Administración Federal de Aviación (FAA)— le da la categoría que importa en esta industria: operativo, no retórico.
La frase en clave, “JET A1 FUEL NOT AVBL”, explica por sí sola lo que está en juego. Jet A-1 no es gasolina corriente, ni un “combustible cualquiera” que se sustituye con un apaño. Es el estándar con especificaciones muy concretas para aviación comercial: calidad, filtrado, trazabilidad, almacenamiento y control. Cuando falta, la pregunta no es si el avión puede volar —puede—, sino desde dónde y cómo se garantiza la vuelta. Y ese “cómo” es el que rompe cuadrantes, cambia slots y desordena el reloj de un aeropuerto.
Hay un matiz que en tierra se infravalora: una compañía puede asumir retrasos puntuales, pero le cuesta sostener una operación cuando lo que se pierde es la previsibilidad. Un mes de NOTAM en vigor obliga a planificar como si el combustible no existiera. Incluso si aparecen remanentes o soluciones parciales, la programación se diseña con prudencia: nadie construye una malla de vuelos sobre “igual hoy hay”.
Jet A-1: por qué no se improvisa cuando el depósito queda vacío
El Jet A-1 es, por decirlo en castellano llano, la sangre del sistema. Sin él, una aerolínea tiene tres caminos, todos incómodos y ninguno gratis. El primero es el clásico: escala técnica para repostar en un tercer país cercano. Funciona, pero añade tasas, handling, coordinación, y un extra de tiempo que se multiplica cuando hay oleadas de vuelos. El segundo es el “tankering”, cargar más combustible del habitual en el punto de salida para evitar repostar en destino; suena bien hasta que aparece la realidad física: peso, límites de performance, restricciones de carga, y el hecho de que cargar combustible para ahorrar combustible puede convertirse en una paradoja cara. El tercero es recortar: menos frecuencias, aviones distintos, rutas redibujadas.
En rutas cortas, el daño es más gestionable. En rutas largas, el margen se estrecha. Y en rutas con mucha demanda estacional —turismo, visitas familiares, conexiones de negocios— el ajuste se nota rápido en pantallas: salidas que se mueven, llegadas que se encadenan tarde, tripulaciones que se reprograman como si fueran piezas de Tetris.
Los aeropuertos afectados: un mapa completo de la isla
El aviso no deja “islas dentro de la isla”. La lista de aeropuertos con déficit de queroseno abarca desde el Aeropuerto Internacional José Martí en el oeste, hasta el Aeropuerto Sierra Maestra en el este, pasando por el Aeropuerto Juan Gualberto Gómez; el Aeropuerto Jaime González; el Aeropuerto Abel Santamaría; el Aeropuerto Ignacio Agramonte; el Aeropuerto Jardines del Rey; el Aeropuerto Frank País y el Aeropuerto Antonio Maceo. Traducido: todos los grandes nodos internacionales y varios puntos clave del turismo quedan afectados al mismo tiempo.
Ese alcance geográfico importa porque elimina la salida fácil de “mover operaciones” dentro del país. Cuando el problema se concentra en un aeropuerto, las aerolíneas juegan con alternativas locales. Aquí no. Aquí la alternativa está fuera. Y salir fuera, en aviación, significa más coordinación, más coste y más puntos de fallo.
Además, cada aeropuerto es una historia distinta. La Habana —La Habana— concentra conexiones, tránsito de pasajeros, visitas familiares, operativa diplomática y el grueso de la logística. Varadero es el termómetro del turismo de resort. Los aeropuertos del centro y del este sostienen circuitos turísticos y rutas regionales que no siempre tienen el mismo margen para “meter una escala” sin que la ecuación se rompa. En el papel todo parece una línea de NOTAM; en la realidad, cada punto es un mundo con sus ritmos y su fragilidad.
Cuando el combustible falla en un aeropuerto, lo demás también se resiente
El repostaje no es un simple camión y una manguera. Depende de depósitos, suministro continuo, transporte interno, refino y logística portuaria. Un déficit prolongado se cuela en el resto de la cadena: disponibilidad de equipos, planificación de turnos, coordinación con handlers, y el típico efecto dominó de la aviación moderna, donde un retraso aquí se convierte en una cancelación allá, porque el avión y la tripulación son los mismos que debían operar el siguiente tramo.
En episodios anteriores de escasez, Cuba ya había visto soluciones de emergencia: vuelos que salían con combustible suficiente para “saltar” a un país cercano, repostar y seguir. Es una salida, sí, pero deja un rastro: más horas de vuelo, más consumo, más coste, más saturación en aeropuertos alternativos, y una programación menos estable. El pasajero lo nota, aunque no vea los depósitos.
Las rutas más sensibles: Florida, Madrid y el eje del Caribe
El corredor aéreo de Cuba con el exterior tiene rutas que se repiten como un latido. En el corto radio y medio radio, dominan los enlaces con Florida, especialmente hacia Miami, Tampa y Fort Lauderdale. En el largo radio, el puente con Madrid es uno de los grandes símbolos de conectividad entre Cuba y Europa. Y, en el eje regional, destacan Ciudad de Panamá y Ciudad de México, además de puntos como Mérida y Cancún, que en crisis de este tipo pueden convertirse en estaciones de repostaje improvisadas.
Cada ruta tiene su propio talón de Aquiles. Los vuelos hacia Florida son numerosos y sensibles por volumen: cualquier alteración afecta a muchas rotaciones y puede saturar rápidamente alternativas. Las rutas hacia Panamá funcionan como bisagra regional: no solo transportan pasajeros “punto a punto”, también alimentan conexiones con el resto de América Latina. Y Madrid representa el desafío de distancia: ahí el combustible en destino no es un detalle, es parte del plan de vuelo.
El mapa se completa con conexiones a Bogotá, Santo Domingo y Caracas, entre otras capitales latinoamericanas. Cuando el combustible falta en Cuba, esas rutas pueden verse obligadas a elegir: escala, recorte o reprogramación. No hay milagros, solo ingeniería operativa.
Madrid–La Habana: el Atlántico y la letra pequeña del combustible
En la conexión con España, la imagen es fácil: aviones grandes, vuelos largos, horarios que encajan con bancos de conexiones. Pero la letra pequeña manda. Si el avión no puede repostar en Cuba para volver, la aerolínea tiene que garantizar el combustible de retorno por otra vía: o bien sale de Madrid con combustible extra (con límites de peso), o bien añade una escala técnica en el Caribe o en México, o bien reajusta la operación con cambios de avión y de programación.
En esta ruta pesan también las compañías que la sostienen. La foto que acompaña muchas informaciones de estos días es la de un avión de Iberia en el aeropuerto de La Habana, y en el mercado también operan conexiones de Air Europa. En un escenario de un mes, lo habitual es que las aerolíneas busquen soluciones que no rompan del todo la regularidad… pero el “no romper” puede significar cambios de horario, escalas, o ajustes de capacidad. Y cada ajuste, en aviación, se paga en algún sitio: combustible, puntualidad, rotaciones, tripulaciones.
Qué harán las aerolíneas: la receta de emergencia ya se conoce
Las aerolíneas afectadas —según lo que se maneja en el propio aviso y en el entorno operativo— son sobre todo estadounidenses, españolas, panameñas y mexicanas. En el tablero aparecen nombres grandes por pura lógica de rutas y mercado: American Airlines y JetBlue por el peso de Florida, Copa Airlines como puente regional, y WestJet por la conectividad canadiense con polos turísticos cubanos. En el corto plazo, lo más probable es que se vea una mezcla de soluciones, no una única receta.
Una escala técnica típica en este contexto no es un “nuevo itinerario turístico”; es un repostaje rápido, con pasajeros a bordo o desembarcados según normativa y operativa del aeropuerto, para poder completar el tramo siguiente con garantías. Puede ocurrir en México o en República Dominicana, como ya pasó en episodios previos de escasez. El resultado es prosaico: el vuelo dura más, consume más, y la puntualidad se vuelve frágil.
El otro ajuste frecuente es la reprogramación de horarios para encajar esas escalas sin desbordar los límites de jornada de tripulación. Aquí se abren cascadas: si un vuelo se alarga, el avión llega más tarde, el siguiente tramo se mueve, y el sistema se desajusta como un dominó. Las aerolíneas, para amortiguar, suelen tirar de aviones de reserva o de recortes selectivos. El problema: con un mes por delante, la reserva no da para todo.
Lo que cambia aunque no se cancele nada
Una crisis así no necesita una ola de cancelaciones para hacer daño. Basta con convertir la operación en algo incierto: horarios que bailan, escalas que aparecen con poco margen, rotaciones que se ajustan a última hora. Y eso tiene consecuencias silenciosas. La primera es económica: más combustible consumido, más tasas, más horas de tripulación, y a veces más pernoctas o cambios de base. La segunda es reputacional: la experiencia de vuelo deja de ser “directa” y pasa a ser “condicionada”. La tercera es logística: las conexiones se vuelven más difíciles de cuadrar, sobre todo cuando un vuelo alimenta otro.
También hay un efecto de saturación regional. Si muchas compañías eligen los mismos aeropuertos alternativos para repostar, esos aeropuertos pueden vivir picos de demanda de combustible, posiciones de estacionamiento y servicios en tierra. Y, en aviación, cuando un aeropuerto alternativo se congestiona, la solución se convierte en un nuevo problema. Es un círculo feo, pero real.
De dónde viene el agujero: petróleo, sanciones y un mes con el depósito temblando
El Gobierno cubano enmarca el corte de queroseno en un conflicto mayor: la presión energética de Estados Unidos. El detonante político más reciente es una orden firmada por Donald Trump el 29 de enero de 2026, con amenazas de aranceles a países que suministren petróleo a Cuba tras considerar a la isla un asunto de seguridad nacional. A esa presión se suma otro punto de inflexión: el fin del suministro de petróleo desde Venezuela tras la operación militar que terminó con la captura de Nicolás Maduro a comienzos de enero. La secuencia, vista desde La Habana, es la de un grifo que se cierra por varios lados a la vez.
Cuba produce, según los datos manejados en la propia explicación oficial, aproximadamente un tercio de sus necesidades energéticas. El resto depende de importaciones. Hasta hace poco, Venezuela era una fuente clave; en 2025, las importaciones desde ese país habrían representado en torno a un 30% del total, con aportes menores desde México y Rusia. Si ese equilibrio se rompe y además se amenaza a terceros con represalias comerciales por suministrar crudo o derivados, el resultado no tarda en llegar: falta diésel, falta gasolina, falta queroseno… y los sectores que consumen energía como si fuera aire, se ahogan antes.
En este contexto, la aviación sufre una doble exposición. Primero, porque necesita un combustible específico. Segundo, porque depende de una logística estable, con inventarios suficientes, y con una cadena que no puede pararse y arrancar como un interruptor. Un mes sin Jet A-1 no es solo “un mes sin vuelos perfectos”: es un mes que obliga a rediseñar la conectividad exterior con soluciones de emergencia.
México y Rusia: socios bajo presión, oxígeno con condiciones
En las últimas semanas, México aparece como un actor clave en el tablero energético cubano: por cercanía, por capacidad y por la naturaleza de su relación con la isla. El problema es que la amenaza de aranceles contra proveedores introduce un elemento que contamina cualquier movimiento: ayudar puede tener coste. Y en el caso ruso, la posición comunicada desde Moscú ha sido de respaldo político y de continuidad de suministros, al menos en términos declarativos, en un momento en que La Habana necesita cualquier vía de alivio.
Mientras tanto, Estados Unidos aprieta el cerco con un lenguaje de emergencia y con el argumento de la seguridad nacional. Cuba, por su parte, insiste en que está abierta al diálogo con Washington, aunque niega que existan conversaciones formales en marcha. En política internacional, ese “estamos abiertos” suele ser una puerta entreabierta y, a la vez, una forma de trasladar la responsabilidad al otro lado. En el mercado del combustible, las puertas entreabiertas no llenan depósitos.
El plan de emergencia en tierra: cuando el diésel desaparece, todo se encoge
Antes de llegar al Jet A-1, la crisis ya se estaba viendo en otros combustibles. El Gobierno cubano anunció un paquete de restricciones que suena a economía en modo supervivencia: fin de la venta de diésel, recorte de horarios en hospitales y oficinas estatales, y cierre de algunos hoteles. Este detalle es importante porque conecta el punto A con el punto B: si se limita el diésel, se limita transporte y generación; si se recorta electricidad, el país entra en apagones prolongados; si se recorta el turismo, se pierde ingreso; y si se pierde ingreso, se complica la compra exterior de energía. Un ciclo.
La isla lleva años con una crisis económica profunda: inflación alta, escasez de bienes básicos —alimentos, medicinas, combustible—, apagones diarios en muchas zonas, y una migración masiva que ha reconfigurado familias y mercado laboral. En esa fotografía, la aviación no es un lujo: es una infraestructura estratégica. Cuando se tambalea el repostaje en todos los aeropuertos internacionales, el golpe tiene un componente simbólico: la idea de “conexión con el exterior” queda bajo condiciones.
También hay un efecto menos visible: el impacto sobre la operativa interna de los propios aeropuertos. Un aeropuerto es electricidad, frío industrial, logística de equipajes, transporte de personal, vehículos de rampa. En un país con restricciones energéticas, sostener la operativa aeroportuaria durante una crisis de combustible de aviación requiere todavía más planificación. Todo cuesta más. Y se nota.
Apagones y tensión: el contexto que ya estaba ahí
En los últimos meses, el país ha vivido apagones prolongados que afectan a la vida cotidiana y a sectores económicos enteros. Con el turismo, el efecto suele ser doble: deterioro de la oferta y aumento de la percepción de riesgo. A eso se suma la escalada de tensiones con Estados Unidos, que en este periodo vuelve a ser un factor dominante en el discurso oficial cubano y en las decisiones prácticas de empresas que operan rutas hacia la isla.
Varios países, en fechas recientes, han emitido advertencias sobre los riesgos de viajar a Cuba en las circunstancias actuales, citando los apagones y el deterioro general de servicios. Es un elemento que, sin necesidad de dramatismos, afecta a la demanda turística: cuando se instala la idea de incertidumbre —electricidad, combustible, transporte— las reservas se resienten. Y el aviso sobre el Jet A-1 añade una capa muy concreta: incertidumbre sobre el vuelo.
Turismo en el punto de mira: un mes puede hacer mucho daño sin hacer ruido
El turismo cubano arrastra heridas desde la pandemia y no ha recuperado el pulso de años anteriores. A los efectos de la COVID-19 se sumaron las sanciones, la crisis económica y problemas internos que han lastrado la calidad de la oferta y el servicio. Las cifras más recientes que se han manejado en este contexto describen una caída notable: entre enero y septiembre de 2025 entraron 1.366.720 visitantes extranjeros, un dato que en un país que vive del ingreso turístico se siente como un golpe constante, de goteo, no de explosión.
En ese escenario, un mes sin Jet A-1 en aeropuertos internacionales es una mala noticia por dos razones. La primera es inmediata: puede alterar rutas y frecuencias justo en un periodo de actividad turística que todavía tiene peso, especialmente desde mercados cercanos y desde Europa. La segunda es psicológica y comercial: el sector turístico no solo vende camas y playas, vende certeza. Y la certeza se cae cuando el mensaje que circula es “puedes llegar, pero el regreso depende de una escala técnica”.
Además, la crisis no se queda en los aeropuertos. Si el Gobierno recorta diésel, cierra hoteles y reorganiza servicios, el turismo sufre en tierra también. Hay casos recientes de reubicaciones de turistas por falta de combustible para sostener determinadas operaciones hoteleras. Esa clase de decisión —mover a gente de un alojamiento a otro por energía— deja huella. Y cuando encima aparece el problema del Jet A-1, la suma no es lineal, es multiplicativa: se juntan problemas de estancia con problemas de salida.
Familias, remesas y viajes de ida y vuelta: el otro tráfico que no sale en los folletos
Cuba no vuela solo por turismo. Hay un tráfico constante de visitas familiares, de viajes ligados a la diáspora, de entradas y salidas por motivos personales que se concentran mucho en La Habana y en los enlaces con Florida. Ese tráfico es sensible a cualquier cambio porque suele ir más ajustado de fechas, y porque la elasticidad emocional no reduce el coste operativo. Si se mete una escala técnica inesperada, el viaje se alarga; si se cambia un horario, se pierden conexiones; si una frecuencia se recorta, se encarece el billete. Y en un contexto de crisis económica, cada euro y cada dólar cuentan.
La aviación es, además, un canal indirecto de actividad económica: equipaje, carga ligera, envíos, pequeñas importaciones personales. Cuando la conectividad se vuelve más complicada, todo ese ecosistema sufre. No hace falta que los vuelos se cancelen en masa: basta con que se vuelvan menos eficientes, más caros y menos puntuales. La eficiencia, en un país con escasez, también es una forma de oxígeno.
Marzo en el horizonte: un mes que pone a prueba la conexión con el exterior
El NOTAM fija un marco temporal claro: del 10 de febrero al 11 de marzo. Ese mes es largo para la aviación y corto para la geopolítica… pero suficiente para dejar marcas. Si el suministro se restablece antes, lo normal sería que el aviso se actualizara y que las aerolíneas reencajaran rutas con cierta rapidez. Si no se restablece, el riesgo es que el problema deje de percibirse como un bache y pase a ser un factor estructural, con recortes más serios y decisiones comerciales más duras.
Entre medias, hay un campo de batalla silencioso: la diplomacia del combustible. Cuba intentará sostener importaciones en un entorno de presión, buscar apoyos y negociar tiempos. Estados Unidos seguirá usando el marco de sanciones y amenazas comerciales como herramienta. México y Rusia medirán costes y beneficios, y otros países de la región observarán qué precio tiene ayudar. Mientras tanto, las aerolíneas harán lo que hacen siempre cuando la realidad muerde: adaptarse para no desaparecer, aunque esa adaptación se traduzca en un viaje menos limpio, con una escala extra y un reloj menos fiable.
La frase “JET A-1 no disponible” no es solo un mensaje técnico: es un resumen brutal de un país al límite energético y de una tensión política que se ha colado en el corazón de la movilidad. Aviones habrá. Cielos también. Lo que falta —y durante un mes, falta oficialmente— es el combustible que convierte un vuelo en rutina. Sin rutina, todo es más frágil, y se nota incluso cuando el avión despega.
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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: El País, EFE, Reuters, La Vanguardia.

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