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¿Qué cambia con los 48 F-35 de EEUU que quiere comprar Arabia Saudí?
Estados Unidos abre la puerta a vender 48 F-35 a Arabia Saudí por 24.300 millones, una operación que afecta al equilibrio militar de Oriente Próximo.

Imagen: U.S. Air Force, foto de Staff Sgt. Joely Santiago / dominio público, vía Wikimedia Commons.
Resumen
- EEUU autoriza una posible venta de 48 F-35 a Arabia Saudí por 24.300 millones
- El paquete incluye 49 motores, repuestos, comunicaciones y apoyo técnico
- El acuerdo refuerza a Riad y reabre el debate sobre Israel y China
Estados Unidos ha dado luz verde a una posible venta de 48 cazas F-35 Lightning II a Arabia Saudí, dentro de un paquete militar valorado en hasta 24.300 millones de dólares. La autorización del Departamento de Estado, notificada al Congreso este 17 de septiembre de 2026, incluye también 49 motores Pratt & Whitney, equipos de comunicaciones, repuestos y otros servicios de apoyo. No es, sin embargo, una entrega inmediata ni un contrato definitivamente cerrado: Washington ha abierto la puerta formal para que la operación pueda seguir adelante.
La magnitud del acuerdo va mucho más allá de comprar unos cuantos aviones nuevos para el hangar. Si se completa, Arabia Saudí incorporará a su fuerza aérea uno de los sistemas de combate más avanzados de Estados Unidos, con tecnología furtiva, sensores integrados y operaciones en red. Y lo haría en un momento particularmente tenso: el Golfo atraviesa una nueva escalada militar, los hutíes han intensificado sus ataques contra intereses saudíes y las infraestructuras energéticas de la región vuelven a estar bajo presión.
Qué ha aprobado exactamente Estados Unidos
El paquete contempla hasta 48 F-35, además de 49 motores fabricados por Pratt & Whitney. El motor adicional funciona como reserva dentro de una operación que también abarca comunicaciones, piezas de recambio y distintos elementos de mantenimiento y apoyo. Eso explica por qué los 24.300 millones no pueden dividirse simplemente entre 48 para obtener el supuesto precio de cada avión: se está presupuestando un sistema completo, no comprando cazas como quien encarga una flota de coches.
El F-35 está concebido para reunir en una misma plataforma baja detectabilidad al radar, sensores avanzados, capacidad de combate y comunicaciones seguras con otras aeronaves y fuerzas sobre el terreno. Su principal ventaja no consiste únicamente en volar rápido o transportar armamento; buena parte de su valor reside en detectar, procesar y compartir una enorme cantidad de información durante una misión.
El Departamento de Estado sostiene que la venta reforzará la seguridad de Arabia Saudí y los objetivos estratégicos estadounidenses en el Golfo. Washington afirma asimismo que el paquete no alterará el equilibrio militar básico de la región, una fórmula especialmente sensible cuando se habla del F-35 y de Oriente Próximo.
Aprobado no significa entregado
Aquí está uno de los matices que más fácilmente se pierde entre titulares: los aviones no están comprados y listos para volar hacia Riad. La decisión del Departamento de Estado supone un paso esencial dentro del procedimiento estadounidense de ventas militares al extranjero, pero la operación todavía debe recorrer el proceso político, contractual e industrial correspondiente.
El Congreso dispone de mecanismos para revisar este tipo de operaciones y puede tratar de bloquear una venta mediante una resolución de desaprobación. Eso no significa que vaya a hacerlo en este caso. Significa, sencillamente, que el anuncio del 17 de septiembre no equivale jurídicamente a 48 cazas entregados ni permite establecer todavía una fecha definitiva para su llegada. En los grandes contratos militares, el verbo aprobar suele aterrizar mucho antes que los aviones.
Por qué Arabia Saudí quiere el F-35
La fuerza aérea saudí dispone desde hace años de cazas occidentales de altas prestaciones, entre ellos diferentes versiones del F-15 estadounidense y del Eurofighter Typhoon. Riad lleva tiempo modernizando su aviación y reforzando una estructura militar que depende en buena medida de tecnología, mantenimiento y armamento de origen estadounidense.
El F-35 añade otra capa. Su diseño furtivo reduce su firma radar; sus sensores recogen información desde distintos ángulos y la integran para el piloto; sus enlaces de datos permiten que el avión funcione como una especie de nodo volador dentro de una red militar. No es invisible —ningún avión lo es—, pero ha sido diseñado para operar en entornos defendidos con una capacidad de supervivencia muy superior a la de generaciones anteriores.
Ese salto tecnológico tiene un significado especial en septiembre de 2026. Arabia Saudí vuelve a encontrarse directamente expuesta a la guerra regional y a la escalada con los hutíes de Yemen. Este mismo 17 de septiembre, las autoridades saudíes informaron de la muerte de una persona y de dos heridos por los restos de un dron interceptado en la provincia de Taif.
También está en juego la energía. La estratégica East-West Pipeline saudí, que permite transportar petróleo hacia el mar Rojo evitando el estrecho de Ormuz, ha sufrido graves perturbaciones tras ataques con drones atribuidos a fuerzas respaldadas por Irán. La infraestructura mueve millones de barriles de crudo y su vulnerabilidad recuerda algo bastante incómodo: un artefacto que explota en medio del desierto puede terminar notándose en los mercados y en las gasolineras a miles de kilómetros.
Israel y el delicado equilibrio militar de Oriente Próximo
La operación conduce inevitablemente a Israel. Estados Unidos mantiene una política y obligaciones legales destinadas a preservar la denominada ventaja militar cualitativa israelí, conocida en Washington por las siglas QME. Cuando Donald Trump anunció en noviembre de 2025 su intención de vender F-35 a Arabia Saudí, funcionarios y especialistas estadounidenses señalaron que los aparatos destinados a Riad no incorporarían determinadas capacidades avanzadas disponibles para la aviación israelí.
La diferencia importa. Israel lleva años operando su propia variante del avión y dispone de permisos excepcionales para integrar sistemas nacionales y determinadas mejoras. Esa combinación de experiencia, armamento y personalización permite a Washington defender que la incorporación saudí del F-35 no elimina la superioridad tecnológica israelí, aunque dentro de Israel también han aparecido objeciones al posible acuerdo.
El precedente más conocido está en Emiratos Árabes Unidos, que también aspiró a adquirir F-35 estadounidenses. Aquella operación acabó estancada entre discusiones sobre las capacidades de los aviones, las condiciones de seguridad y el posible acceso chino a tecnologías sensibles. Arabia Saudí reabre, de alguna manera, la misma puerta: quién puede entrar en el club del F-35 y con qué restricciones.
China también aparece al fondo del hangar
La cuestión china no es un detalle decorativo. Arabia Saudí ha estrechado durante los últimos años sus relaciones económicas y tecnológicas con Pekín, mientras Washington considera el F-35 uno de sus sistemas militares más sensibles. No se trata únicamente del fuselaje o del motor: alrededor del avión hay software, sensores, guerra electrónica, comunicaciones y datos clasificados.
Estados Unidos ha demostrado anteriormente que el acceso al programa puede quedar condicionado por la seguridad de esa tecnología. Turquía fue excluida del proyecto F-35 después de adquirir el sistema antiaéreo ruso S-400. Para Riad, por tanto, la negociación no gira únicamente alrededor del precio y de cuántos aparatos se compren; también importan las condiciones de mantenimiento, protección de información y acceso técnico.
La venta saudí encaja, además, en una competición mucho mayor entre Washington y Pekín por conservar influencia política, tecnológica y comercial en el Golfo. Arabia Saudí intenta diversificar socios sin romper su histórica relación de defensa con Estados Unidos. Y ahí aparece la paradoja: cuantos más socios busca Riad, más delicado resulta entregarle algunas de las tecnologías estadounidenses más reservadas.
Una operación que comenzó mucho antes de septiembre
La decisión no ha aparecido de repente. En noviembre de 2025, el presidente Donald Trump anunció públicamente que Estados Unidos pretendía vender F-35 a Arabia Saudí, después de que Riad hubiera solicitado hasta 48 aeronaves. La propuesta formó parte de un acercamiento mucho más amplio entre ambas administraciones y de nuevos acuerdos económicos, tecnológicos y de defensa.
Durante la visita del príncipe heredero Mohammed bin Salman a Washington, ambos países avanzaron acuerdos relacionados con defensa, energía nuclear civil, inteligencia artificial y materias primas críticas. La Casa Blanca vinculó los F-35 a un marco estratégico más extenso con Arabia Saudí, mientras Riad elevaba también sus compromisos de inversión y compra en Estados Unidos.
La autorización anunciada este 17 de septiembre transforma aquella intención política en un procedimiento de venta mucho más concreto. Hay, pues, dos historias superpuestas. Una es industrial: Lockheed Martin fabrica el avión y Pratt & Whitney suministra sus motores, alrededor de una extensa cadena de producción y mantenimiento. La otra es geopolítica: Washington intenta conservar a Arabia Saudí dentro de su ecosistema militar mientras el reino amplía relaciones con otras potencias.
El F-35 entra en un Golfo mucho más peligroso
La cifra impresiona —24.300 millones de dólares—, pero la dimensión estratégica pesa incluso más. Estados Unidos está dispuesto a acercar a Arabia Saudí a un grupo reducido de países con acceso al F-35 precisamente cuando la seguridad del Golfo vuelve a deteriorarse. Los ataques con drones, la amenaza sobre infraestructuras petroleras y la disputa por las grandes rutas marítimas han devuelto a la región una fragilidad que parecía contenida, no resuelta.
Los 48 cazas, si finalmente se contratan y entregan, no resolverán por sí solos ese escenario. Sí supondrían una transformación notable de las capacidades de la Real Fuerza Aérea Saudí: más sensores, mayor capacidad furtiva, operaciones conectadas y una integración todavía más estrecha con Estados Unidos.
Y ahí reside probablemente el efecto más profundo del acuerdo. Arabia Saudí no estaría comprando únicamente aviones; estaría entrando todavía más en una arquitectura militar estadounidense que condicionará entrenamiento, mantenimiento, armamento y tecnología durante décadas. Una dependencia considerable, aunque venga envuelta en titanio, sensores y millones de líneas de software.
Una autorización millonaria con mucha letra pequeña
Por ahora conviene separar la espectacularidad del F-35 de la letra pequeña. Washington ha autorizado una posible venta y la ha notificado al Congreso; no ha colocado 48 cazas en una pista saudí ni ha anunciado un calendario cerrado de entregas. El paquete alcanza los 24.300 millones de dólares y comprende aviones, motores y numerosos equipos y servicios asociados.
Si el proceso continúa hasta convertirse en contrato y después en entregas reales, Arabia Saudí habrá conseguido algo que persigue desde hace años: acceso a uno de los pilares de la aviación de combate estadounidense. El impacto no se medirá sólo en el cielo saudí. También se observará en Israel, en Washington, en Pekín y en un Golfo donde cada nuevo sistema militar pesa sobre un equilibrio regional cada vez más estrecho y, a estas alturas, bastante menos tranquilo.

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