Economía
Diésel cada vez más caro en EE. UU.: nunca costó tanto
El diésel alcanza máximos históricos en EE. UU. por el petróleo caro, reservas bajas y tensiones globales que amenazan transporte y precios.

Resumen
- El diésel alcanza 6,3956 dólares por galón y marca un récord en EE. UU
- El petróleo caro y las bajas reservas agravan la tensión del mercado
- Camiones, cosechas y precios al consumo sienten el impacto
El precio del diésel en Estados Unidos ha alcanzado un récord histórico: 6,3956 dólares por galón de media nacional este 17 de septiembre de 2026. La gasolina regular también aprieta, con 4,4386 dólares por galón. No es una oscilación menor ni uno de esos céntimos que aparecen y desaparecen del luminoso de una gasolinera. Desde el 20 de enero de 2025, comienzo del segundo mandato de Donald Trump, el diésel ha subido alrededor de un 72%, desde 3,72 dólares, mientras la gasolina se ha encarecido algo más de un 42% desde los 3,12 dólares. La comparación describe la evolución de los precios durante ese periodo; por sí sola, naturalmente, no demuestra que un presidente pueda subir o bajar el combustible como quien gira el termostato de casa.
Detrás del salto hay una mezcla bastante menos sencilla: petróleo por encima de los 100 dólares, problemas en las grandes rutas energéticas de Oriente Próximo, menor disponibilidad de diésel ruso, ataques contra refinerías, existencias estadounidenses anormalmente bajas y una enorme maquinaria agrícola y logística que necesita combustible justo ahora. El diésel es, en cierto modo, la sangre espesa de la economía estadounidense: mueve camiones, tractores, maquinaria pesada, mercancías y parte del transporte público. Cuando se encarece así, el golpe no se queda iluminado en el surtidor. Viaja dentro de cada remolque.
La gasolina también está cara. Su media nacional de 4,4386 dólares por galón supera en más de un dólar el nivel de hace un año, aunque todavía permanece por debajo del récord absoluto de 5,01 dólares alcanzado el 14 de junio de 2022. La rareza verdaderamente incómoda de esta crisis está en el gasóleo: sigue batiendo máximos mientras algunos estados registran problemas de abastecimiento y California ha llegado a mostrar precios de 8,21 dólares por galón.
El récord del diésel, traducido al idioma de un surtidor español
Para un lector español, hablar de 6,3956 dólares por galón resulta casi tan intuitivo como medir la distancia entre Madrid y Sevilla en estadios de fútbol. El galón estadounidense equivale a 3,785 litros. Por tanto, el récord nacional del diésel supone aproximadamente 1,69 dólares por litro.
Tomando el cambio de este 17 de septiembre, cercano a 0,871 euros por dólar, la equivalencia puramente matemática ronda los 1,47 euros por litro. La gasolina regular, a 4,4386 dólares por galón, sale por unos 1,17 dólares el litro, aproximadamente 1,02 euros. Y esos 8,21 dólares por galón registrados en algunos puntos de California equivaldrían a casi 1,89 euros por litro.
La comparación con España tiene una trampa fiscal
No significa que llenar el depósito en Estados Unidos y hacerlo en España sean operaciones directamente comparables. Los impuestos, la composición del precio y la fiscalidad energética son diferentes. La conversión sirve para visualizar la magnitud del precio estadounidense, no para fingir que dos sistemas fiscales distintos son el mismo surtidor con otra bandera.
Aun así, el ejercicio ayuda. Un depósito de 60 litros de diésel, calculado al precio medio estadounidense actual y convertido directamente a euros, representaría aproximadamente 88 euros. Hace relativamente poco, semejante factura habría resultado extraña en buena parte del país.
No es solo el petróleo: falta diésel donde más se necesita
El petróleo caro explica una parte del problema, pero no toda. El 17 de septiembre el Brent seguía alrededor de los 103 dólares por barril y el West Texas Intermediate rondaba los 101 dólares, pese a haber retrocedido cerca de un 2% durante la jornada. El mercado respiraba algo mejor por los intentos de Arabia Saudí de desviar exportaciones mediante Omán, pero las rutas energéticas continúan bajo tensión.
Hay otra cifra que explica mejor por qué el diésel se ha vuelto especialmente rebelde. Las existencias estadounidenses de destilados —categoría que incluye principalmente diésel y combustible para calefacción— se situaron en 107,9 millones de barriles durante la semana terminada el 11 de septiembre. Subieron 1,6 millones respecto a la semana anterior, sí, pero continuaban aproximadamente un 13% por debajo de la media de los últimos cinco años para estas fechas. Las refinerías funcionaban al 96,8% de capacidad y la producción de destilados había descendido hasta unos 5,2 millones de barriles diarios. Mucha actividad y, aun así, poco colchón.
La Administración de Información Energética estadounidense espera que las reservas de destilados puedan caer por debajo de 100 millones de barriles durante septiembre y mantenerse en niveles extraordinariamente bajos durante el resto de 2026 y buena parte de 2027. Es una previsión, no una sentencia grabada en piedra, pero ayuda a entender por qué una bajada puntual del crudo no garantiza que el diésel corra inmediatamente detrás.
Hormuz, Arabia Saudí y una red energética bajo presión
La guerra con Irán ha alterado uno de los puntos más delicados del mapa energético mundial: el estrecho de Ormuz, paso fundamental para las exportaciones de petróleo y derivados del Golfo Pérsico. El tráfico continúa muy reducido y Arabia Saudí ha buscado rutas alternativas, entre ellas operaciones a través de Omán, después de sufrir también problemas en infraestructuras utilizadas para sacar crudo hacia el mar Rojo.
A eso se suma la escalada entre Arabia Saudí y los hutíes de Yemen, que vuelve a colocar bajo amenaza instalaciones energéticas y corredores próximos al Bab el Mandeb, otra garganta marítima por la que pasa buena parte del comercio mundial. Dos estrechos, ataques con drones, oleoductos dañados, barcos desviándose cientos de millas… El precio de un litro de gasóleo empieza muy lejos de la gasolinera.
Y aunque Estados Unidos produzca cantidades enormes de petróleo, tener mucho crudo bajo tierra no resuelve automáticamente una falta de diésel. El petróleo debe transportarse, refinarse y convertirse en el producto concreto que demanda el mercado. Ahí está buena parte del atasco.
Rusia pierde capacidad y el mercado mundial nota el hueco
La segunda presión llega desde Europa oriental. Los ataques ucranianos contra la infraestructura petrolera rusa han obligado a reducir o detener actividad en varias de las principales refinerías del país. A mediados de septiembre, seis grandes instalaciones rusas, responsables conjuntamente de aproximadamente la mitad de la producción nacional de diésel, habían reducido su actividad tras los ataques. Rusia, además, ha limitado las exportaciones de combustibles para proteger su propio mercado.
El efecto rebota por el planeta. Si llegan menos cargamentos rusos al mercado internacional y Oriente Próximo tampoco funciona con normalidad, otros productores reciben más pedidos. Estados Unidos exporta grandes cantidades de destilados y puede cubrir parte del agujero exterior, pero eso compite con unas reservas domésticas ya escasas. Una manta demasiado corta: se tapa un extremo y aparece el pie por el otro.
Donald Trump ha pedido públicamente al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, que frene los ataques contra instalaciones rusas vinculadas al diésel, argumentando que están agravando la escasez internacional. Ucrania sostiene que las refinerías y otras infraestructuras energéticas rusas empleadas en el esfuerzo bélico constituyen objetivos militares legítimos en el contexto de la invasión y los ataques contra su propia red energética. Son dos posiciones distintas dentro de una guerra que ha terminado entrando, literalmente, en el depósito de millones de conductores.
Camiones, cosechas y comida: dónde empieza a doler de verdad
El conductor de un turismo nota antes el precio de la gasolina. La economía, sin embargo, siente especialmente el del diésel. Buena parte del transporte de mercancías estadounidense depende de camiones; la agricultura consume enormes cantidades de gasóleo y la maquinaria de construcción tampoco funciona precisamente con optimismo.
El récord llega, para empeorarlo, durante la cosecha de maíz y soja. Tractores, cosechadoras y camiones trabajan durante semanas casi sin descanso. Agricultores de zonas productoras del país señalan que están pagando aproximadamente el doble por el combustible respecto a periodos anteriores. Y el coste no termina cuando la cosechadora sale del campo: hay que transportar el grano hasta silos, explotaciones, procesadoras y compradores.
En el transporte por carretera ocurre algo parecido. Algunas pequeñas empresas y camioneros independientes se encuentran con márgenes tan estrechos que determinadas rutas dejan de resultar rentables. El combustible se paga antes de cobrar el porte; cuando un depósito grande cuesta cientos de dólares más, la contabilidad empieza a chirriar. El sector ya registra casos de transportistas que han reducido temporalmente actividad ante unos costes imposibles de absorber sin trasladarlos a las tarifas.
Y esa factura acaba viajando. Alimentos refrigerados, paquetes, materiales de construcción, ropa y piezas de automóvil: casi todo pasa en algún momento por un vehículo diésel. No significa que un aumento del 10% del combustible provoque automáticamente un 10% de subida en el supermercado; la economía no funciona con una regla de tres tan amable. Pero sí eleva el coste logístico y añade presión inflacionista a productos que recorren cientos o miles de kilómetros antes de llegar al consumidor.
Del enfado de los agricultores a los adhesivos en los surtidores
La reacción social mezcla preocupación económica y esa especial afición estadounidense por convertir cualquier discusión política en una pegatina. Han reaparecido en gasolineras los adhesivos con la fotografía de Donald Trump señalando el precio y el lema “I did that”, una parodia casi calcada de las pegatinas que años atrás utilizaban adversarios de Joe Biden cuando subía la gasolina. El chiste ha cambiado de protagonista; el surtidor sigue haciendo de tablón electoral improvisado.
Conviene separar esa batalla política de las causas económicas. Los precios energéticos responden a decisiones gubernamentales, impuestos y regulación, pero también —y en este episodio de manera muy visible— a guerras, refinerías dañadas, rutas marítimas bloqueadas, inventarios y exportaciones. Imputar cada céntimo a una sola persona queda estupendamente en una pegatina de diez centímetros. En una cadena mundial de suministro, bastante menos.
Washington ya intenta contener las consecuencias. El Departamento de Transporte anunció el 17 de septiembre una exención temporal de 90 días sobre determinadas restricciones de horario para conductores que transportan gasolina y diésel, con el objetivo de agilizar la distribución de combustible. Paralelamente, en el Senado se ha planteado la posibilidad de limitar las exportaciones estadounidenses de diésel para aumentar la disponibilidad interna, aunque analistas del sector advierten de que una prohibición podría alterar los incentivos de las refinerías y terminar agravando la tensión del mercado mundial.
Un precio que ya no se queda en el surtidor
Hay algún pequeño respiro: el crudo retrocedió este jueves después de que Arabia Saudí encontrara vías alternativas para mover parte de sus exportaciones. Pero crudo y diésel no son exactamente el mismo mercado. Estados Unidos puede ver bajar el barril y continuar con el gasóleo caro si las reservas de destilados siguen escasas, las refinerías pierden capacidad o Rusia y Oriente Próximo continúan enviando menos producto al exterior.
Eso explica la fotografía del 17 de septiembre de 2026: 6,3956 dólares por galón de diésel, alrededor de 1,69 dólares o 1,47 euros por litro al cambio actual; gasolina a 4,4386 dólares; escasez puntual en varios estados y precios próximos a 8,21 dólares por galón en California. Un récord que se entiende mejor mirando un mapa de oleoductos, estrechos y refinerías que observando únicamente la Casa Blanca.
Porque el problema decisivo empieza justo después de pagar. El diésel mueve el camión que lleva la lechuga, la cosechadora que recoge el maíz, la excavadora que abre una carretera y la furgoneta que deja un paquete frente a una puerta. Cuando el combustible rompe su máximo histórico, el precio deja de ser una noticia reservada a los conductores. Empieza a colarse, poco a poco, en casi todo lo demás.












