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¿Qué fueron los safaris humanos de Sarajevo que investiga la justicia?

Varias fiscalías investigan si extranjeros adinerados pagaron durante el asedio de Sarajevo para disparar a civiles desde posiciones serbobosnias.

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Resumen

  • Cinco fiscalías investigan los presuntos safaris humanos de Sarajevo
  • Ricos extranjeros habrían pagado por disparar a civiles durante el asedio
  • Los niños, según testimonios, tenían la tarifa más alta de la cacería

Los llamados safaris humanos de Sarajevo son una de las acusaciones más inquietantes surgidas tres décadas después de la guerra de Bosnia: extranjeros con dinero habrían viajado hasta las posiciones que dominaban la ciudad sitiada para disparar contra civiles por diversión. No eran, según los testimonios que han reabierto el caso, soldados ni mercenarios enviados al frente. Eran clientes. Personas que habrían pagado para convertir durante unas horas una ciudad en guerra en un coto de caza.

El relato ha dejado de ser únicamente un rumor de la guerra. El caso está siendo examinado por autoridades judiciales de Italia, Bosnia y Herzegovina, Austria, Bélgica y Suiza, aunque la situación procesal no es idéntica en todos esos países: existen investigaciones formales en varios de ellos, mientras las autoridades suizas han recibido denuncias y han evaluado si existen elementos suficientes para avanzar penalmente.

La nueva sacudida llega a España con la publicación de Safaris humanos. La investigación sobre el negocio de la muerte en Sarajevo, del periodista y escritor italiano Ezio Gavazzeni. El libro reúne testimonios sobre la supuesta organización de aquellos viajes y vuelve a poner sobre la mesa una cuestión especialmente delicada: entre los participantes también pudo haber ciudadanos españoles. Eso, por ahora, no está judicialmente demostrado.

Qué eran los llamados safaris humanos de Sarajevo

Sarajevo vivió entre 1992 y 1996 uno de los grandes infiernos urbanos de la Europa contemporánea. La ciudad quedó cercada y sus habitantes aprendieron a cruzar avenidas corriendo, a buscar agua protegidos por muros improvisados y a calcular qué ventana ofrecía menos ángulo a un francotirador. Los tribunales internacionales establecieron que fuerzas del Ejército de la República Srpska desarrollaron una campaña prolongada de disparos de francotirador y bombardeos destinada a aterrorizar a la población civil.

Sobre ese escenario probado judicialmente aparece otra historia mucho más difícil de acreditar. Varios testimonios sostienen que ciudadanos extranjeros adinerados conseguían acceder a posiciones serbobosnias y pagaban por disparar ellos mismos contra personas que se movían por la ciudad. No buscaban ganar una batalla, cobrar un sueldo militar ni defender una posición. La acusación habla de algo bastante más frío: entretenimiento.

El término “safari” resulta brutal precisamente porque describe la lógica atribuida a esos viajes: desplazamiento organizado, acompañantes, armas, puestos de tiro y una presa. Solo que al otro lado de la mira había personas que iban a trabajar, buscaban comida, esperaban un tranvía o atravesaban una calle.

Por qué los niños aparecen en el centro de la investigación

Una de las acusaciones más estremecedoras recopiladas por Gavazzeni es la existencia de una especie de tarifa según la víctima. Los testimonios no describen un precio único y las cantidades difundidas han variado con el tiempo, por lo que no existe una contabilidad judicialmente acreditada de ese supuesto negocio.

Lo que sí se repite en varios relatos es que disparar contra un niño costaba más. Gavazzeni sostiene que, dentro de aquel presunto sistema de precios, un menor podía llegar a costar aproximadamente el doble que otros objetivos. Otros testimonios sitúan igualmente a los niños como la categoría más cara. Conviene subrayarlo: hablamos de declaraciones incorporadas a investigaciones y libros, no de un hecho que una sentencia haya considerado probado.

La perversión de la supuesta tarifa explica en buena medida el impacto del caso. El asesinato dejaba de ser incluso ese acto de violencia asociado a un frente de guerra y pasaba a tener precio, cliente y categoría. La víctima era reducida a una cifra. Un niño, a una pieza más cara.

Cómo habrían funcionado aquellos viajes de fin de semana

La reconstrucción de Gavazzeni dibuja una ruta que comenzaba lejos de Sarajevo. Algunos participantes se habrían reunido en Milán y desplazado después hacia Trieste; desde allí continuarían hasta Belgrado y posteriormente hacia las posiciones próximas al frente. De ahí nació también el término “francotiradores del fin de semana”: personas que supuestamente salían de su vida cotidiana, pasaban unos días en Bosnia y regresaban después a casa.

Uno de los testimonios recogidos por el autor procede de un hombre presentado como antiguo mercenario y conocido como “El Francés”. Según su relato, los grupos eran pequeños y estaban acompañados por personas encargadas de protegerlos y facilitar los desplazamientos. También describe una jerga en la que se hablaba de “arqueros” para los tiradores y “ciervos” para las víctimas. Nada demasiado sofisticado; quizá por eso mismo resulta tan siniestro.

El dinero y el perfil de los supuestos clientes

Las cifras publicadas oscilan considerablemente. Algunas reconstrucciones hablan del equivalente actual a decenas de miles de euros por participar en estos viajes; otras elevan mucho más el coste total. Esa disparidad es otra razón para tratar las cantidades con cautela. No existe, al menos públicamente, una factura, un catálogo o una documentación contable que permita dar por demostrada una tarifa concreta.

El perfil que aparece repetidamente en los testimonios es el de hombres con dinero, aficionados a las armas o a la caza y, en algunos casos, vinculados a ambientes de extrema derecha. También aparecen empresarios y profesionales liberales. La investigación italiana llegó a identificar a varias personas, aunque la existencia de sospechosos o investigados no significa que exista una prueba suficiente para condenarlos.

La pista italiana convirtió un viejo rumor en un caso judicial

La historia llevaba años circulando, pero obtuvo una nueva dimensión con el documental Sarajevo Safari, dirigido por el esloveno Miran Zupanič y estrenado en 2022. La película reunió testimonios sobre extranjeros que supuestamente acudían a posiciones de francotiradores. Tras verla, Gavazzeni comenzó a profundizar en el asunto y terminó presentando una denuncia ante la Fiscalía de Milán.

La investigación italiana avanzó hasta identificar sospechosos. Entre los primeros apareció un antiguo camionero de unos 80 años que negó haber participado en cacerías humanas y afirmó que sus desplazamientos a Bosnia durante los años noventa estuvieron relacionados con su trabajo. Esa negativa importa: ser investigado no equivale a ser culpable, y el caso continúa muy lejos de una sentencia definitiva.

En paralelo, Bosnia y Herzegovina confirmó actuaciones relacionadas con el asunto y contactos internacionales. Austria abrió sus propias diligencias y Bélgica hizo lo mismo respecto a una posible participación de ciudadanos belgas. Suiza constituye otro de los frentes del caso, después de recibir denuncias relativas a posibles implicados del país y estudiar si existen elementos suficientes para avanzar.

Qué se sabe sobre la posible participación de españoles

La conexión española es, de momento, bastante más tenue que la italiana. En el libro aparece el testimonio de un ciudadano identificado como Toni C., que relata una historia familiar acerca de un hombre millonario al que un organizador español de Cataluña habría ofrecido participar en viajes a Yugoslavia para “cazar” personas. Es un testimonio indirecto y el supuesto organizador no está identificado públicamente.

Gavazzeni ha afirmado asimismo que entre los participantes habría habido españoles, pero las autoridades españolas no han establecido públicamente responsabilidades concretas. Cuando el asunto llegó a la Fiscalía de la Audiencia Nacional se consideró que faltaban hechos suficientemente concretos para iniciar diligencias. Posteriormente, las nuevas informaciones sobre una posible pista catalana volvieron a provocar peticiones de esclarecimiento en España.

Eso deja la cuestión española exactamente donde debe estar: abierta en términos informativos, pero sin culpables identificados judicialmente. La publicación del libro en castellano puede aportar nombres, testimonios o nuevas denuncias; por sí misma, naturalmente, no convierte esas afirmaciones en hechos probados.

Lo probado en Sarajevo y lo que todavía sigue bajo sospecha

En este caso hay dos planos que conviene no mezclar. El primero está sólidamente documentado: durante el asedio existió una campaña sistemática de francotiradores y bombardeos contra civiles. Los tribunales internacionales establecieron que personas fueron atacadas mientras recogían agua, viajaban en transporte público, caminaban con sus hijos o simplemente trataban de sobrevivir. Ese terror no pertenece al terreno de la hipótesis.

El segundo plano son los turistas francotiradores extranjeros. Aquí existen declaraciones, denuncias, sospechosos, investigaciones y coincidencias entre algunos relatos, pero también lagunas importantes. Parte de los testimonios son de oídas, existen contradicciones entre algunas versiones y ciertos elementos esenciales todavía necesitan corroboración documental.

Precisamente por eso la actuación de las fiscalías resulta decisiva. Treinta años después, los recuerdos pueden deformarse, los testigos mueren, los archivos se dispersan y una conversación escuchada en un restaurante no pesa lo mismo que un pasaporte, una lista de pasajeros, una comunicación de inteligencia o una fotografía fechada. La prueba material será la que determine hasta dónde puede llegar el caso.

El juicio que todavía no existe

Los safaris humanos de Sarajevo han pasado de ser una historia casi fantasmal de la guerra de Bosnia a formar parte de expedientes judiciales y actuaciones fiscales en varios países. Ese salto importa. Pero todavía falta el más difícil: convertir testimonios de hace tres décadas en pruebas capaces de sostener una acusación ante un tribunal.

Por ahora, la imagen que emerge es inquietante y aún incompleta: extranjeros ricos que habrían pagado para acceder a posiciones militares, civiles convertidos en blancos y una supuesta escala de precios en la que los niños ocupaban el lugar más caro. Frente a esa acusación hay investigaciones reales, pero también preguntas sin resolver y ausencia de condenas.

La historia documentada del asedio de Sarajevo ya contiene suficiente horror sin necesidad de adornarlo. Por eso este caso exige comprobar nombres, rutas, archivos y testimonios hasta saber si detrás de aquellos rumores había realmente hombres que cruzaban Europa un viernes, apuntaban contra desconocidos durante el fin de semana y el lunes regresaban a su vida normal.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.