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Ciencia

¿Qué temperatura tenía el T. rex? Sus dientes revelan sus 36 grados

Un nuevo análisis del esmalte dental sitúa al T. rex en unos 36,3 °C y refuerza la idea de un dinosaurio activo, endotermo y capaz de vivir en frío.

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boca y dientes de un t rex adulto

Resumen

  • El T. rex mantenía una temperatura corporal de unos 36,3 °C
  • El dato procede del análisis químico del esmalte de dientes fosilizados
  • Su metabolismo le habría permitido vivir también en regiones frías

El Tyrannosaurus rex era un animal de sangre caliente y mantenía una temperatura corporal de unos 36,3 °C, prácticamente en el territorio térmico de los humanos y de grandes mamíferos actuales. La cifra, con un margen de incertidumbre de ±2,5 °C, procede del análisis químico del esmalte de dientes fosilizados y aporta algo que hasta ahora faltaba: una estimación directa de la temperatura corporal del dinosaurio más famoso del planeta.

El hallazgo cambia, o al menos afina bastante, la imagen del T. rex. No estamos ante un gigantesco reptil condenado a calentarse al sol antes de ponerse en marcha, sino ante un animal capaz de generar y conservar calor corporal, mantenerse activo aunque descendiera la temperatura exterior y ocupar regiones que habrían resultado mucho más difíciles para un reptil estrictamente de sangre fría. Eso encaja mejor con un gran depredador, y también carroñero cuando se presentaba la ocasión, con un metabolismo exigente.

La investigación, desarrollada por científicos de la Universidad de California en Los Ángeles y publicada en Science Advances, utiliza una especie de termómetro químico atrapado durante 66 millones de años en los dientes. Y ahí está lo realmente llamativo. No se trata solo de deducir cómo funcionaba el animal a partir de sus huesos, su tamaño o sus parientes evolutivos. Por primera vez se ha podido colocar una cifra bastante concreta sobre la mesa.

El T. rex tenía una temperatura corporal de unos 36 grados

El estudio sitúa la temperatura media estimada del T. rex en 36,3 °C. Para hacerse una idea, los reptiles ectotermos actuales suelen moverse en temperaturas corporales bastante inferiores, mientras que muchas aves viven por encima de los 40 °C. El tiranosaurio aparece en una zona intermedia, pero claramente próxima a los animales endotermos modernos.

Conviene matizar una expresión que usamos casi todos: “sangre caliente”. No significa que la sangre del animal fuese especialmente caliente ni que todos los dinosaurios funcionaran igual. El término cotidiano se refiere aquí a una fisiología endotérmica, es decir, a la capacidad de mantener una temperatura interna elevada mediante el propio metabolismo en lugar de depender fundamentalmente del calor ambiental.

Y tampoco implica que el T. rex funcionase exactamente como un ser humano. Los dinosaurios pudieron desarrollar estrategias térmicas muy distintas entre unas especies y otras. Medir una no permite meter a todo Dinosauria en el mismo cajón, por tentador que resulte. La prehistoria tampoco era tan ordenada.

Tres dientes convertidos en un termómetro fósil

Los investigadores estudiaron el esmalte de tres dientes de Tyrannosaurus rex procedentes de la Formación Hell Creek, en Montana. Dos pertenecían a “Thomas”, uno de los ejemplares de T. rex mejor conservados del Natural History Museum of Los Angeles County; el tercero procedía de otro tiranosaurio de la misma región.

Thomas fue excavado en el sureste de Montana entre 2003 y 2005. Sus restos, pertenecientes a un individuo joven adulto de hace unos 66 millones de años, conservan una parte considerable del esqueleto y forman parte de la colección del museo de Los Ángeles. Sus enormes dientes serrados, diseñados para triturar carne y hueso, han acabado convertidos en instrumentos para estudiar bioquímica prehistórica. Curioso destino.

El problema era evidente: para analizar fósiles tan valiosos hay que destruir una pequeña cantidad de material. Ningún museo entrega alegremente un diente de T. rex para convertirlo en polvo. Durante años, la técnica necesitaba muestras demasiado grandes. El equipo logró reducir alrededor de un 90 % la cantidad necesaria, hasta trabajar con apenas unos miligramos de esmalte.

El secreto estaba en el carbono y el oxígeno

El procedimiento se basa en los llamados isótopos agrupados o clumped isotopes. Dentro del esmalte dental quedan combinaciones de determinados isótopos de carbono y oxígeno cuya distribución depende de la temperatura a la que se formó el tejido.

A temperaturas más bajas, esos isótopos tienden a aparecer unidos con mayor frecuencia; a temperaturas más altas, ocurre menos. Como el esmalte se forma dentro del organismo, su estructura química conserva información sobre la temperatura interna del animal mientras estaba vivo. Después llega la parte menos cinematográfica pero decisiva: extraer polvo de esmalte, tratarlo químicamente, liberar dióxido de carbono y medir sus proporciones isotópicas mediante espectrometría de masas.

El esmalte resulta especialmente útil porque es muy resistente. Los huesos pueden sufrir remodelaciones durante la vida y alteraciones después del enterramiento; el esmalte dental posee grandes estructuras cristalinas que soportan mejor el paso del tiempo. Sesenta y seis millones de años después, todavía conserva una señal aprovechable. No está mal para un diente.

Los cocodrilos de Hell Creek sirvieron como prueba de control

Había que descartar una posibilidad incómoda: que aquellas temperaturas fueran simplemente el resultado de alteraciones químicas ocurridas durante la fosilización. Para comprobarlo, el equipo analizó también dientes de cocodrilianos que vivieron en la misma formación geológica.

El resultado fue muy distinto. Esos reptiles dieron una temperatura media cercana a 30,9 °C, aproximadamente cinco grados menos que el T. rex y en consonancia con animales ectotermos. Si la roca hubiera modificado todos los fósiles de la misma manera durante millones de años, las señales químicas tenderían a parecerse. No fue así.

Esa comparación da bastante músculo al estudio. El tiranosaurio no aparece caliente simplemente porque era enorme o porque sus dientes quedaron enterrados bajo unas condiciones particulares: su señal térmica se diferencia claramente de la de otros reptiles que compartieron ecosistema y proceso de fosilización.

Un T. rex activo, aunque 36 grados no revelen cómo cazaba

Una temperatura corporal elevada supone más independencia frente al ambiente. Un animal endotermo puede mantener músculos, órganos y sistema nervioso funcionando con mayor regularidad cuando refresca. También paga la factura: producir calor metabólico requiere energía y, en un carnívoro de varias toneladas, esa energía termina traduciéndose en una necesidad considerable de alimento.

El hallazgo encaja así con un T. rex más dinámico que la vieja caricatura del lagarto gigantesco, torpe y medio adormecido esperando al sol. Pero hay que evitar el salto fácil. Medir 36 °C no permite calcular su velocidad máxima, ni demuestra por sí solo cuánto cazaba, cuánto carroñeaba o cómo perseguía a sus presas. La fisiología ofrece el motor; no nos entrega automáticamente el manual de conducción.

La investigación sí refuerza la idea de que podía mantener niveles elevados de actividad y sostenerlos en condiciones térmicas variadas. Esa fisiología sería coherente con un depredador o carroñero energético, una interpretación que encaja con otras evidencias acumuladas sobre los grandes terópodos.

Del México prehistórico a las regiones cercanas al Ártico

La temperatura corporal también ayuda a responder otra cuestión: dónde podía vivir un Tyrannosaurus rex. El equipo combinó los resultados químicos con modelos paleoclimáticos de Norteamérica hace unos 66 millones de años.

Las simulaciones indican que un animal capaz de mantener aproximadamente 36 °C habría podido ocupar buena parte del continente prehistórico, incluidas zonas mucho más septentrionales y frías de lo que toleraría fácilmente un gran reptil ectotermo. Los fósiles de tiranosaurios encontrados en latitudes altas ya constituían una pista; el nuevo estudio añade una explicación fisiológica: un metabolismo capaz de producir calor desde dentro habría permitido soportar inviernos y oscilaciones térmicas que ponían serios límites a otros reptiles.

Eso no significa que un T. rex paseara alegremente por cualquier lugar del planeta ni que todas las regiones modelizadas estuvieran realmente pobladas por la especie. El trabajo habla de hábitats potencialmente accesibles según su fisiología y las condiciones climáticas reconstruidas. Es una distinción pequeña en apariencia, enorme en ciencia.

El final del Cretácico fue, en términos globales, considerablemente más cálido que nuestro mundo actual, con temperaturas que pudieron superar las actuales en aproximadamente 6 a 14 °C. Pero “planeta cálido” no equivale a “temperatura tropical permanente”. La latitud seguía importando, existían estaciones y en las regiones septentrionales había meses con muy pocas horas de luz y condiciones mucho más frías.

Para un animal dependiente de una fuente externa de calor, semejante escenario podía convertirse en un problema. Para un gran terópodo que llevaba, por así decirlo, su propia calefacción incorporada, las reglas eran distintas.

Ahí aparece una de las aportaciones más interesantes del estudio: conocer la temperatura corporal no sirve únicamente para imaginar cómo se movía el dinosaurio. Ayuda a reconstruir su ecología, gasto energético, distribución geográfica y respuesta al clima. El dato de 36,3 °C abre una ventana que va bastante más allá de comprobar si el rey de los dinosaurios tenía frío.

Los dinosaurios estaban más cerca de las aves de lo que parece

Durante décadas, la cultura popular trató a los dinosaurios como lagartos descomunales: escamosos, pesados, lentos. La paleontología ha ido desmontando esa postal pieza a pieza. El descubrimiento de plumas en numerosos terópodos, el análisis de su crecimiento óseo y la relación evolutiva con las aves han dibujado animales mucho más complejos.

Las aves son dinosaurios vivos, descendientes de terópodos, aunque su fisiología moderna suele funcionar a temperaturas todavía superiores, aproximadamente entre 40 y 43 °C. El T. rex, con sus 36 grados largos, no era un pájaro gigante en términos metabólicos, pero tampoco se comportaba térmicamente como un cocodrilo.

Ese punto intermedio resulta especialmente sugerente. La evolución rara vez trabaja con interruptores que pasan de apagado a encendido. Hay grados, soluciones intermedias, ramas que experimentan. El T. rex parece ocupar una de ellas: endotermo, pero con una temperatura inferior a la típica de muchas aves actuales.

El depredador que llevaba su propio clima dentro

La cifra de 36,3 °C puede parecer un detalle pequeño frente a un animal de más de diez metros, mandíbulas descomunales y dientes capaces de triturar huesos. Es justo al revés. La temperatura corporal condiciona buena parte de la vida de un organismo: cuánto alimento necesita, cuándo puede estar activo, qué territorios tolera e incluso cómo responde a los cambios ambientales.

El esmalte de tres dientes ha permitido mirar al T. rex desde dentro. No era simplemente un reptil gigantesco calentándose bajo el sol cretácico. Mantenía una temperatura comparable a la de un gran mamífero y considerablemente superior a la de los cocodrilianos de su propio ecosistema. Su cuerpo producía calor, su geografía podía ser más amplia y su metabolismo exigía energía.

Sesenta y seis millones de años después, el termómetro ha sobrevivido. Estaba en sus dientes.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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