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Ciencia

¿Cómo será El Niño en 2027? Antonio Turiel alerta de un gran susto

Antonio Turiel pone el foco en 2027: El Niño gana fuerza sobre un océano muy cálido y eleva el riesgo de extremos climáticos en todo el planeta.

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Antonio Turiel

Imagen: Antonio Turiel / CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Resumen

  • El Niño se fortalece y podría alcanzar una intensidad excepcional en 2027
  • El Pacífico llega al episodio con temperaturas oceánicas de récord
  • España puede notar efectos indirectos, pero no hay un pronóstico local cerrado

El aviso de Antonio Turiel llega en un momento especialmente delicado: El Niño de 2026-2027 ya está activo, continúa fortaleciéndose y los principales organismos meteorológicos internacionales consideran muy probable que alcance una intensidad excepcional. La NOAA calcula una probabilidad superior al 90 % de que sea un episodio muy fuerte durante el otoño y el invierno del hemisferio norte y eleva al 75 % la posibilidad de que, entre octubre y diciembre, alcance una magnitud histórica dentro de sus registros modernos.

Turiel, físico e investigador senior del Instituto de Ciencias del Mar del CSIC, ha resumido su inquietud con una frase bastante menos académica y mucho más fácil de recordar: «Creo que el año que viene nos vamos a llevar un susto grande, pero grande, grande». No está anunciando una catástrofe concreta ni existe una predicción científica capaz de decir qué episodio extremo ocurrirá en España en 2027. Su advertencia apunta a otra cosa: un El Niño extraordinariamente potente actuando sobre un planeta y unos océanos que ya parten de temperaturas muy elevadas. Ahí está el verdadero asunto.

El Niño de 2026-2027 ya no es una posibilidad lejana

Durante la primavera todavía se hablaba de probabilidades. En septiembre, la situación es otra. La Organización Meteorológica Mundial confirma que El Niño está plenamente establecido y espera que siga fortaleciéndose durante los próximos meses hasta alcanzar una intensidad muy fuerte antes de tocar techo hacia finales de 2026. La probabilidad de que persista hasta febrero de 2027 se sitúa prácticamente en el 100 %.

Los datos de la NOAA son incluso más gráficos. En agosto, la anomalía térmica de la región Niño 3.4, una de las principales referencias para medir el fenómeno, llegó a +1,8 °C. En sectores más orientales del Pacífico ecuatorial se registraron anomalías superiores a los 3 °C, mientras las aguas subsuperficiales almacenaban también cantidades anormalmente altas de calor. El océano, dicho de forma sencilla, tiene combustible. Mucho.

El Niño no consiste simplemente en que «el Pacífico esté caliente». Forma parte del fenómeno climático conocido como El Niño-Oscilación del Sur, ENOS, una interacción entre océano y atmósfera capaz de alterar vientos, lluvias y temperaturas a miles de kilómetros de distancia. Durante su fase cálida se debilitan o reorganizan determinados patrones atmosféricos del Pacífico tropical y esa modificación acaba propagándose por la circulación general del planeta.

No significa que El Niño maneje el tiempo como quien mueve las piezas de un ajedrez. Significa que carga los dados. Aumenta la probabilidad de determinadas configuraciones climáticas; después entran en juego el Atlántico, el Mediterráneo, la corriente en chorro y muchas otras piezas.

Qué quiere decir realmente el «susto grande» de Turiel

Turiel sostiene que existe cierta tendencia a imaginar el calentamiento global como una línea recta, una subida lenta y casi administrativa del termómetro. La realidad observable resulta bastante más incómoda: sobre una tendencia de calentamiento sostenida aparecen oscilaciones naturales capaces de producir saltos temporales muy visibles en la temperatura global. El Niño es una de las más importantes.

Eso explica parte de su preocupación por 2027. Un episodio intenso suele alcanzar su máxima fuerza entre finales de un año y comienzos del siguiente, mientras que parte de su influencia sobre la temperatura media mundial puede prolongarse después del máximo oceánico.

De hecho, meses antes de que El Niño alcanzara su actual fortaleza, las previsiones climáticas internacionales ya apuntaban a unos próximos años especialmente cálidos. Para el periodo 2026-2030 existe un 86 % de probabilidades de que al menos uno de esos años supere a 2024 como el más cálido registrado. El Niño previsto para finales de 2026 añade todavía más calor potencial a esa ecuación.

El calentamiento global y El Niño no son lo mismo

Aquí conviene separar dos asuntos que suelen terminar mezclados. El Niño es un fenómeno natural y recurrente; el calentamiento global provocado principalmente por las emisiones humanas de gases de efecto invernadero es una tendencia de fondo. Uno sube y baja. El otro va elevando el suelo sobre el que esas oscilaciones se producen.

La comparación doméstica sirve: encender durante unos meses un radiador en una habitación es una cosa; hacerlo cuando la casa entera ya está más caliente es otra. El Niño redistribuye enormes cantidades de energía entre el océano y la atmósfera, pero actualmente opera dentro de un sistema climático más cálido que el de hace medio siglo.

Por eso dos episodios de El Niño con características oceánicas parecidas no tienen necesariamente las mismas consecuencias térmicas globales. El escenario de partida importa, y mucho.

El océano llega a este episodio con temperaturas récord

El contexto de 2026 ayuda a entender por qué este episodio está recibiendo tanta atención. Agosto de 2026 fue el agosto más cálido registrado globalmente y quedó empatado con julio de 2023 como el mes más cálido de toda la serie de referencia. Su temperatura media mundial se situó 1,65 °C por encima de la referencia preindustrial estimada para ese mes.

También hubo récord en el agua. La temperatura media de la superficie de los océanos extrapolares alcanzó en agosto los 21,07 °C, el mayor valor registrado para ese mes y uno de los máximos mensuales observados. Las aguas tropicales del Pacífico presentaron extensas zonas con temperaturas excepcionalmente altas vinculadas al fortalecimiento de El Niño.

Es una combinación especialmente vigilada porque un océano más caliente proporciona más energía al sistema climático y favorece una atmósfera capaz de contener mayor cantidad de vapor de agua. Eso no convierte automáticamente cualquier tormenta en un desastre ni permite atribuir un episodio meteorológico concreto al cambio climático mirando por la ventana. Sí modifica, en cambio, las condiciones de partida en las que se desarrollan muchos extremos.

Un El Niño muy fuerte puede alterar de forma apreciable los patrones mundiales de precipitación y temperatura, aumentando en distintas regiones el riesgo de calor extremo, sequías o inundaciones. Y aquí la geografía manda: lo que seca un territorio puede empapar otro a miles de kilómetros.

Qué puede ocurrir en España con El Niño

España no se encuentra junto al Pacífico tropical y la relación entre El Niño y nuestro tiempo es bastante menos directa que en países de América, Asia u Oceanía. Las llamadas teleconexiones, conexiones atmosféricas entre regiones muy alejadas, pueden transmitir parte de su influencia hasta Europa, pero aquí compiten con factores como la Oscilación del Atlántico Norte, la circulación del chorro polar y las condiciones del Mediterráneo.

Los análisis climáticos encuentran señales estadísticas asociadas al ENOS, pero no permiten afirmar que un El Niño fuerte vaya a producir automáticamente un invierno concreto en Madrid, Valencia o Sevilla. Las previsiones estacionales pueden señalar una mayor probabilidad de determinados patrones, pero probabilidad no significa pronóstico local.

España, además, llega al episodio después de un verano extraordinario por sí mismo. AEMET ha confirmado que el verano de 2026 fue el más cálido de la serie histórica española, iniciada en 1961, con una temperatura media de 24,5 °C. El país acumuló 61 días bajo condiciones de ola de calor en la Península y Baleares, muy por encima del anterior máximo de 41 días registrado en 2022.

Eso no significa que El Niño haya causado cada ola de calor española de este año. Sería una simplificación excesiva. Sí muestra que el fenómeno está llegando en un contexto térmico nada corriente, con el Atlántico y el Mediterráneo occidental registrando también amplias zonas de temperaturas marinas excepcionalmente elevadas.

Tampoco se puede anunciar una DANA concreta para 2027. Relacionar directamente El Niño con una futura inundación, una tormenta determinada o una ola de calor española todavía inexistente sería ir mucho más allá de lo que permiten los modelos. Las predicciones estacionales trabajan con probabilidades de patrones, no con el parte meteorológico de un martes de marzo dentro de seis meses.

Una atmósfera más cálida y mares muy calientes pueden crear condiciones favorables para precipitaciones más intensas cuando coinciden los ingredientes meteorológicos adecuados. Pero hace falta que esos ingredientes aparezcan, en el lugar oportuno y al mismo tiempo. El clima prepara el escenario; la meteorología decide qué obra se representa.

El límite de 2 °C no tiene una fecha escrita en piedra

En torno a estas advertencias también ha circulado la idea de que el planeta podría alcanzar los 2 °C de calentamiento en torno a 2036. Conviene manejar esa cifra con cuidado. No existe una fecha cerrada que permita afirmar que ese umbral vaya a superarse de manera permanente justo ese año.

Las previsiones climáticas para 2026-2030 sitúan las temperaturas medias mundiales anuales cerca de la superficie entre 1,3 y 1,9 °C por encima del periodo preindustrial. También se considera muy probable que al menos uno de esos años supere temporalmente 1,5 °C. Los límites de 1,5 y 2 °C utilizados en política climática, sin embargo, se refieren al calentamiento sostenido a largo plazo, no a que un único mes o un único año cruce momentáneamente una cifra.

Las proyecciones cambian según la evolución futura de las emisiones. Con escenarios de emisiones elevadas, el cruce sostenido de los 2 °C puede adelantarse; con reducciones profundas, se retrasa. No hay un calendario único, y mucho menos un reloj que marque un año concreto como una cita inevitable.

2027 queda bajo una vigilancia climática excepcional

La frase de Antonio Turiel funciona porque es contundente, pero detrás del «susto grande» hay algo más interesante que el susto. Hay datos. El Pacífico ecuatorial está extraordinariamente cálido, El Niño continúa intensificándose y la NOAA contempla seriamente que alcance una magnitud histórica. Mientras tanto, el planeta encadena nuevos registros de temperatura tanto en el aire como en la superficie oceánica.

Lo que todavía no existe es un parte meteorológico de 2027 escrito de antemano. Nadie puede afirmar seriamente qué ciudad sufrirá una inundación, dónde habrá una sequía o cuánto marcará un termómetro español dentro de unos meses. El aviso científico es probabilístico, no profético.

Pero tampoco estamos ante una alarma fabricada de la nada. A mediados de septiembre de 2026, los indicadores muestran uno de los episodios de El Niño potencialmente más intensos de las últimas décadas y un planeta que llega a él con una enorme cantidad de calor acumulado. Entre el catastrofismo de calendario y el «aquí nunca pasa nada» existe un terreno bastante menos cómodo: mirar los datos. Y los datos explican por qué 2027 estará especialmente vigilado por meteorólogos y climatólogos de medio mundo.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.