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Ciencia

¿Cómo saben las aves cuándo migrar y hacia dónde volar? Las claves

La migración de las aves combina reloj biológico, estrellas, campo magnético, memoria y aprendizaje para recorrer miles de kilómetros con precisión.

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aves cuándo migrar

Resumen

  • Las aves usan luz, reloj biológico y clima para decidir cuándo migrar
  • Se orientan con el Sol, las estrellas, el campo magnético y la memoria
  • Instinto y aprendizaje se combinan para ajustar rutas de miles de kilómetros

La migración de las aves no empieza porque una mañana haga frío ni porque una bandada decida, de repente, que ha llegado el momento de marcharse. Detrás hay un sistema mucho más fino: un reloj biológico sensible a la duración del día, cambios hormonales, reservas de grasa, información sobre el tiempo y, según la especie, una combinación sorprendente de brújulas naturales.

Para encontrar el rumbo ocurre algo parecido. Las aves no dependen de una única señal. Pueden orientarse mediante el Sol, las estrellas, el campo magnético terrestre, la luz polarizada, el paisaje e incluso los olores. Parte de esa capacidad está heredada; otra parte se aprende con la experiencia o siguiendo a individuos adultos. El resultado se parece casi a un GPS, pero está lejos de serlo: es una suma de sentidos y mecanismos que se corrigen unos a otros.

El reloj biológico que les dice cuándo partir

Para muchas especies migratorias, una de las señales más fiables es el fotoperiodo, es decir, las horas de luz que tiene cada día. La temperatura puede dar tumbos —una semana cálida en febrero, una entrada fría en abril—, pero la duración del día cambia siguiendo un calendario astronómico extraordinariamente regular.

El organismo de las aves detecta esas pequeñas variaciones. Se modifican procesos hormonales y metabólicos, aumenta la necesidad de alimentarse y numerosas especies comienzan a acumular grasa. No es un detalle menor: esa reserva será el combustible de vuelos que pueden prolongarse durante horas o días y cubrir distancias enormes.

También aparece la llamada inquietud migratoria, conocida por el término alemán Zugunruhe. Incluso aves mantenidas en condiciones controladas muestran, al acercarse su temporada migratoria, una actividad nocturna insistente y una tendencia a orientarse hacia la dirección en la que normalmente viajarían. Es como si una parte del calendario estuviera escrita dentro del animal.

Eso no significa que salgan obedeciendo una fecha rígida. El reloj interno abre una especie de ventana de salida; después entran en juego el viento, la temperatura, las lluvias y la disponibilidad de alimento. Una noche con viento favorable puede ser la diferencia entre partir o quedarse otros dos días comiendo.

Sol, estrellas y paisaje: varias brújulas para un mismo viaje

Durante el día, algunas aves utilizan la posición del Sol como referencia. Para que funcione necesitan relacionarla con su reloj interno: el Sol no ocupa el mismo lugar a las ocho de la mañana que a las seis de la tarde. Los experimentos clásicos de orientación demostraron precisamente que alterar artificialmente ese reloj puede modificar el rumbo elegido.

Al caer la noche entra en escena el cielo. Muchas especies migratorias son capaces de utilizar el movimiento aparente de las estrellas alrededor del polo celeste para establecer un eje norte-sur. No se trata simplemente de reconocer una constelación bonita en mitad de la oscuridad; pueden aprender patrones de rotación del firmamento que funcionan como referencias direccionales.

Cuando el terreno vuelve a ser visible, cuentan también las montañas, costas, grandes ríos y valles. Y la experiencia mejora el viaje. Un ave adulta puede haber recorrido una ruta varias veces, recordar zonas donde encontró alimento y evitar un desvío que de joven le costó tiempo y energía.

El campo magnético terrestre, la brújula que nosotros no sentimos

Aquí aparece la parte más fascinante —y todavía incompleta— de la historia. Numerosas aves detectan información del campo magnético de la Tierra y pueden utilizarla para orientarse. La investigación lleva décadas intentando averiguar exactamente cómo convierte el cerebro de un pájaro una fuerza invisible en una dirección útil.

Una de las hipótesis con más apoyo implica a los criptocromos, proteínas sensibles a la luz presentes en la retina. En 2021, experimentos con criptocromo 4 del petirrojo europeo mostraron sensibilidad magnética en condiciones de laboratorio. Trabajos posteriores han seguido estudiando si determinadas reacciones químicas dentro de estas proteínas pueden responder incluso a campos tan débiles como el terrestre.

Conviene, eso sí, no convertir una hipótesis muy prometedora en un hecho cerrado. El mecanismo exacto de la magnetorrecepción aviar sigue investigándose. Existen evidencias sólidas de que muchas aves aprovechan información geomagnética; lo que continúa en discusión es cómo la detectan a escala molecular y cómo esa señal termina integrada por el cerebro.

No existe una sola brújula infalible

La orientación de las aves funciona mejor si se entiende como un sistema de señales superpuestas. Si las nubes ocultan las estrellas, quedan otras referencias. Si un paisaje es desconocido, puede pesar más la información magnética. Cerca de lugares familiares, la memoria visual puede ganar protagonismo.

Incluso el olfato participa en algunas especies. Aves marinas y palomas pueden utilizar gradientes de olores como información espacial. El viejo tópico de que los pájaros apenas huelen se ha quedado bastante corto: el aroma del entorno también puede formar parte de ese mapa invisible.

¿Nacen sabiendo la ruta o tienen que aprenderla?

Las dos cosas. Y ahí está una de las razones por las que hablar de «las aves» como si todas funcionaran igual conduce rápidamente al error. En la migración se mezclan, en proporciones distintas según la especie, instinto, genética, aprendizaje y memoria.

Hay especies cuyos jóvenes realizan su primera migración sin que sus padres les enseñen el camino. El caso del cuco común resulta especialmente llamativo: sus crías son criadas por aves de otra especie y, aun así, pueden emprender migraciones de larga distancia. Experimentos con cucos jóvenes desplazados cientos de kilómetros han encontrado indicios de una capacidad heredada para corregir su trayectoria y dirigirse hacia áreas apropiadas.

En otros pájaros, en cambio, el aprendizaje social pesa mucho. Investigaciones con charranes caspios seguidos mediante GPS han observado que los jóvenes viajaban acompañados por adultos y posteriormente tendían a reproducir las rutas aprendidas durante aquellos primeros desplazamientos. Ahí la migración se parece casi a una tradición transmitida entre generaciones.

Genética, memoria y aprendizaje se mezclan así de formas muy distintas. Un programa heredado puede proporcionar la dirección general y el tiempo aproximado de vuelo; los años posteriores afinan el mapa. El pájaro joven sabe bastante, pero el veterano conoce los atajos.

Por qué tantas aves viajan de noche y cómo ajustan la ruta

Una buena parte de los pequeños migradores vuela durante la noche. Tiene ventajas claras: temperaturas más bajas, aire generalmente más estable y menor exposición a determinados depredadores. El día queda libre para detenerse, alimentarse y recuperar las reservas consumidas durante el trayecto.

La oscuridad tampoco las deja necesariamente desorientadas. Las estrellas proporcionan referencias y la brújula magnética sigue disponible. De hecho, algunas de las grandes oleadas migratorias ocurren sobre nuestras cabezas mientras dormimos, con cantidades enormes de aves desplazándose sin que desde el suelo apenas se perciba nada.

No todas siguen este patrón. Grandes planeadoras, entre ellas muchas rapaces, necesitan corrientes térmicas generadas por el calentamiento del suelo y suelen desplazarse de día. Otras especies combinan estrategias. Una vez más, la naturaleza estropea cualquier regla demasiado bonita.

El viento también cuenta, y mucho. Con viento de cola, una pequeña ave puede recorrer una distancia enorme gastando menos energía; con viento frontal intenso, continuar puede convertirse en un mal negocio. La salida, la altura de vuelo e incluso las escalas pueden ajustarse a esas condiciones.

Ese delicado engranaje se enfrenta, además, a un problema creciente: el clima cambia más deprisa que la duración del día. El fotoperiodo de una fecha concreta apenas varía de un año a otro, pero la primavera puede adelantarse, los insectos aparecer antes y determinadas plantas modificar sus ciclos.

Una investigación publicada en 2026 con gansos campestres de la taiga, basada en seguimientos realizados entre 2006 y 2025, encontró que las primaveras más tempranas estaban asociadas a salidas más tempranas desde sus áreas de invernada en Dinamarca. También observó respuestas rápidas ante episodios concretos de frío. Es una buena muestra de cómo el reloj interno y el tiempo real dialogan continuamente.

Otro trabajo con aves acuáticas que crían en el Ártico observó que varias poblaciones pueden acelerar su migración primaveral reduciendo el tiempo destinado a recuperar energía durante el trayecto. Esa flexibilidad, sin embargo, tiene límites. Llegar antes exige combustible; recortar demasiadas paradas puede salir caro.

Ahí aparece uno de los grandes riesgos: alcanzar el lugar correcto pero en el momento equivocado. Si el pico de insectos del que dependen los pollos se adelanta y los adultos mantienen un calendario menos flexible, puede producirse un desajuste entre reproducción y alimento. Migrar bien ya no consiste únicamente en recorrer miles de kilómetros sin perderse. También hay que acertar con el día.

Un mapa hecho de instinto, cielo, memoria y experiencia

La imagen de una pequeña ave cruzando continentes resulta todavía más extraordinaria cuando se entiende lo que ocurre dentro de ella. No lleva una ruta dibujada ni recibe instrucciones externas. Lee el cambio de luz, prepara su cuerpo, interpreta el viento, mira el cielo, percibe señales magnéticas que nosotros ni siquiera notamos y va acumulando experiencia viaje tras viaje.

Por eso algunas aves pueden regresar año tras año a una misma región, e incluso a áreas sorprendentemente pequeñas, después de haber recorrido miles de kilómetros. No existe un secreto único detrás de semejante precisión. Hay varios mecanismos superpuestos: unos heredados, otros aprendidos y algunos cuyo funcionamiento íntimo la ciencia todavía intenta descifrar.

La migración, al final, no es simplemente volar hacia el sur cuando llega el frío y regresar hacia el norte con el buen tiempo. Es uno de los sistemas de navegación biológica más sofisticados conocidos, construido durante millones de años de evolución y reajustado en cada viaje por algo tan sencillo —y tan decisivo— como unas horas más de luz, una noche despejada o el viento soplando en la dirección adecuada.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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