Economía
¿Cuánto deja un depósito tras impuestos e inflación? La cuenta real
Los intereses de un depósito no son la ganancia final: impuestos e inflación pueden reducir la rentabilidad real aunque el saldo bancario crezca.

Resumen
- Un depósito al 2,5% deja un 2,025% neto tras una retención del 19%
- Con una inflación del 4,3%, esa ganancia se convierte en pérdida real
- Para batir un 4,3% de inflación haría falta cerca de un 5,31% bruto
Un depósito al 2,5% TAE no deja realmente un 2,5% en el bolsillo. Para un ahorro de 10.000 euros mantenido durante un año, genera 250 euros brutos; con una tributación del 19% sobre esos intereses, quedan 202,50 euros netos. La rentabilidad nominal después de impuestos baja así al 2,025%. Y todavía falta la inflación.
Si durante ese mismo periodo los precios subieran un 4,3%, la rentabilidad real del depósito sería aproximadamente del -2,18%. El ahorrador acabaría con 10.202,50 euros nominales, sí, pero esos euros tendrían un poder adquisitivo equivalente a unos 9.781,88 euros del comienzo del periodo. El saldo bancario ha crecido mientras el dinero, por debajo, ha adelgazado.
Ese es el matiz que suele desaparecer cuando se anuncia una TAE en letras grandes. La remuneración contratada sirve para comparar depósitos, pero no dice por sí sola cuánto se gana realmente. Para conocerlo hay que atravesar dos filtros bastante menos vistosos: Hacienda y la subida de los precios.
De la TAE anunciada al dinero que termina en la cuenta
La TAE es una referencia útil porque expresa el rendimiento efectivo anual del depósito teniendo en cuenta la periodicidad de los pagos y, cuando corresponde, determinados gastos y comisiones. Es una medida mucho más útil para comparar ofertas que mirar únicamente el TIN. Pero sigue siendo una rentabilidad antes de impuestos y, desde luego, no incorpora la inflación que soportará el dinero.
Tomemos un ejemplo sencillo. Con 10.000 euros colocados durante un año al 3% TAE, el interés bruto sería de 300 euros. Una retención del 19% supone 57 euros, de manera que el ingreso neto inicial se queda en 243 euros. Sobre el capital invertido, hablamos de un rendimiento nominal neto del 2,43%.
Si la inflación anual fuese del 4,3%, esa rentabilidad aparentemente positiva se convertiría en una rentabilidad real cercana al -1,79%. Expresado de otra forma: los 10.243 euros finales comprarían aproximadamente lo mismo que 9.820,71 euros al inicio del periodo.
No se ha perdido dinero en términos nominales. Hay más euros en la cuenta. Se ha perdido capacidad de compra, que es una cosa distinta y bastante más silenciosa. No llega una factura con el concepto «inflación»; simplemente aquello que costaba 100 termina costando algo más.
Hacienda también se lleva una parte de los intereses
Los intereses de los depósitos bancarios tienen la consideración fiscal de rendimientos del capital mobiliario y se integran en la base imponible del ahorro. La entidad financiera practica habitualmente una retención del 19% cuando abona los intereses.
Conviene no confundir esa retención con el impuesto definitivo. El 19% funciona como pago a cuenta. La factura final depende del conjunto de rentas que el contribuyente incorpore a la base del ahorro durante el ejercicio, no únicamente de lo obtenido con ese depósito.
La escala vigente aplica un 19% a los primeros 6.000 euros de base liquidable del ahorro, un 21% al tramo comprendido entre 6.000 y 50.000 euros, un 23% entre 50.000 y 200.000 euros, un 27% entre 200.000 y 300.000 euros y un 30% a partir de 300.000 euros.
Para alguien que únicamente obtiene unos cientos de euros de intereses, el cálculo del 19% suele describir razonablemente bien el resultado fiscal. Pero una persona con dividendos, plusvalías, intereses y otras rentas del ahorro puede acabar pagando por una parte de sus rendimientos a tipos superiores. La retención inicial no cambia por arte de magia esa realidad; posteriormente se ajusta en la declaración.
Un depósito de 50.000 euros tampoco multiplica el porcentaje
El tamaño del depósito altera los euros obtenidos, no la lógica del cálculo. A un 2,5% anual, 50.000 euros producen 1.250 euros brutos. Aplicando un 19%, quedarían 1.012,50 euros netos, siempre bajo la hipótesis de que esos rendimientos permanezcan dentro del primer tramo fiscal aplicable al ahorro.
El capital nominal terminaría en 51.012,50 euros. Pero con una inflación del 4,3% durante ese mismo año, el poder adquisitivo de esa cantidad sería inferior al de los 50.000 euros iniciales.
Ahí aparece una paradoja muy corriente en el ahorro conservador: cuanto mayor es el capital, más llamativa parece la cifra de intereses en euros, pero la rentabilidad porcentual real sigue siendo la misma. Mil euros de intereses pueden sonar a dinero serio hasta que se recuerda que proceden de inmovilizar 50.000.
La inflación cambia por completo la rentabilidad real
El IPC español registró en agosto de 2026 una tasa interanual del 4,3%. Es una fotografía del aumento de precios de los últimos doce meses, no una predicción de lo que ocurrirá durante los próximos doce. Esa diferencia importa. Nadie conoce de antemano la inflación exacta que habrá durante toda la vida de un depósito contratado ahora.
Sirve, sin embargo, para entender la magnitud del problema. En julio de 2026, los nuevos depósitos de hogares con vencimiento de hasta un año pagaban de media en la zona euro alrededor del 2,10% anual. Hay entidades y promociones que ofrecen más, otras bastante menos, y las condiciones cambian. Pero la comparación ilustra algo elemental: cuando la inflación corre por encima de la remuneración neta, preservar nominalmente el capital no equivale a preservar su valor.
Con una TAE del 2,10%, 10.000 euros generarían unos 210 euros brutos en un año. Tras un 19% de impuestos quedarían aproximadamente 170,10 euros, una rentabilidad nominal neta del 1,701%. Frente a una inflación del 4,3%, la rentabilidad real rondaría el -2,49%.
La resta directa —1,701% menos 4,3%— ofrece una aproximación razonable, pero el cálculo financiero más preciso relaciona ambos factores: se divide uno más la rentabilidad neta entre uno más la inflación y se resta uno. Cuando las tasas son pequeñas la diferencia parece microscópica; cuando aumentan, deja de serlo.
Cuánto tendría que pagar un depósito para vencer una inflación del 4,3%
Aquí aparece una cifra bastante reveladora. Para mantener exactamente el poder adquisitivo con una inflación del 4,3%, no basta con encontrar un depósito al 4,3%. Los intereses pagan impuestos.
Suponiendo que todo el rendimiento tribute al 19%, el depósito tendría que ofrecer aproximadamente un 5,31% bruto anual para dejar un 4,3% después de impuestos. A partir de ahí empezaría, en términos estrictos, a generarse rentabilidad real positiva si la inflación efectivamente terminara siendo del 4,3%.
Un depósito al 5% seguiría quedándose ligeramente corto bajo esa hipótesis. Sobre 10.000 euros produciría 500 euros brutos y unos 405 euros después del 19%. La rentabilidad nominal neta sería del 4,05%, que frente a una inflación del 4,3% equivaldría aproximadamente a un -0,24% real.
Este cálculo tampoco significa que un depósito al 3% sea necesariamente una mala decisión. Mezclar rentabilidad, seguridad y liquidez como si fueran la misma variable conduce a comparaciones bastante tramposas. Un depósito puede cumplir perfectamente su función para quien necesita mantener un capital estable durante unos meses y conoce de antemano cuándo recuperará el dinero. Otra cosa es afirmar que el patrimonio está aumentando porque la cifra de la cuenta bancaria sea mayor.
TAE, plazo y cancelación: la letra pequeña que cambia el resultado
La rentabilidad anunciada solo tiene sentido dentro de las condiciones concretas del producto. Un 3% TAE durante tres meses no significa cobrar el 3% del capital en tres meses. La TAE expresa una referencia anualizada; la remuneración efectiva correspondiente a un plazo inferior será proporcional al periodo y dependerá de la mecánica concreta del depósito.
También importa cuándo se pagan los intereses. Algunos productos los abonan al vencimiento; otros realizan liquidaciones periódicas. Si existe capitalización, el momento del pago puede alterar ligeramente el rendimiento efectivo. Por eso la TAE resulta más apropiada para comparar que limitarse al tipo nominal.
Hay otro pequeño invitado incómodo: la cancelación anticipada. Un depósito puede permitir recuperar el dinero antes del vencimiento con una reducción de intereses, imponer las condiciones previstas en el contrato o directamente no admitir esa salida en determinadas circunstancias. Una rentabilidad atractiva pierde bastante lustre cuando obliga a mantener inmovilizado el capital que quizá vaya a necesitarse.
Y está la seguridad. En España, con carácter general, el Fondo de Garantía de Depósitos cubre hasta 100.000 euros por titular y entidad en los depósitos dinerarios de las entidades adheridas. Si una persona maneja cantidades superiores, no basta con contar cuentas o productos comerciales: importa qué entidad jurídica está realmente detrás del depósito.
El número que importa no está escrito en el escaparate
La rentabilidad real de un depósito comienza donde termina el anuncio comercial. Primero se calcula cuánto interés bruto genera realmente el capital durante el plazo contratado. Después se descuenta la fiscalidad correspondiente y, finalmente, se compara el resultado neto con la evolución de los precios durante ese mismo periodo.
Con 10.000 euros al 2,5% durante un año, el resultado sencillo son 250 euros brutos. Tras un 19% quedan 202,50 euros. Si los precios subieran un 4,3%, esa aparente ganancia se transformaría en una pérdida real de poder adquisitivo cercana al 2,18%.
El depósito habrá cumplido una cosa: devolver más euros de los que recibió. Lo que esos euros puedan comprar después es otra historia. Y, para medir de verdad el rendimiento del ahorro, esa segunda historia es precisamente la que cuenta.












