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Economía

¿Qué daño de Trump considera irreversible el economista Richard Wolff?

Richard Wolff sostiene que los aranceles y la ruptura de vínculos comerciales pueden dejar efectos duraderos en la economía de Estados Unidos.

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Richard Wolff en una entrevista

Imagen: The Laura Flanders Show / Wikimedia Commons, CC BY 3.0

Resumen

  • Wolff cree que algunas políticas de Trump dejarán efectos económicos duraderos
  • Canadá vende más fuera de EEUU y reduce parte de su dependencia comercial
  • Hipotecas y aranceles mantienen presión sobre hogares y empresas de EEUU

El economista estadounidense Richard D. Wolff, profesor emérito de la Universidad de Massachusetts Amherst, sostiene que algunas consecuencias de la política económica y comercial de Donald Trump pueden sobrevivir durante décadas a su presidencia. Su advertencia apunta sobre todo a dos frentes: el deterioro de las condiciones económicas de una parte de la clase trabajadora estadounidense y la aceleración de un cambio en las relaciones comerciales de Estados Unidos con socios históricos como Canadá.

La palabra más discutible es precisamente «permanente». Los datos disponibles muestran cambios reales —Canadá vende una proporción creciente de sus productos fuera de Estados Unidos, las hipotecas estadounidenses vuelven a rozar el 7% y las empresas siguen declarando costes asociados a los aranceles—, pero todavía no permiten demostrar que esas transformaciones sean irreversibles. Ahí termina el dato y comienza la interpretación de Wolff.

Richard Wolff y su advertencia sobre la economía de Trump

Wolff formuló su diagnóstico en una entrevista publicada el 17 de septiembre de 2026. El académico, conocido por sus análisis críticos del capitalismo estadounidense, argumenta que Trump está actuando sobre problemas que vienen de mucho antes que él. De hecho, cuando aborda la pérdida relativa de influencia económica de Estados Unidos, el propio economista atribuye la mayor parte del proceso a tendencias anteriores a Trump, no al actual presidente.

Ese matiz importa. La tesis de Wolff no es simplemente que una Administración haya destruido de golpe el modelo estadounidense, sino que las políticas de Trump estarían acelerando movimientos que ya estaban en marcha: mayor competencia china, ascenso de nuevas potencias económicas, diversificación comercial y una creciente dificultad de Washington para conservar las relaciones internacionales construidas durante décadas.

Su planteamiento tiene una imagen bastante sencilla detrás. Durante años, Estados Unidos ocupó el centro de una enorme telaraña comercial. Comprar, vender, invertir y producir pasando por el mercado estadounidense resultaba extraordinariamente atractivo. Wolff considera que el uso agresivo de los aranceles puede empujar a otros países a tejer hilos alternativos. Y cuando esos nuevos caminos existen, recuperarlos no depende simplemente de retirar una tarifa.

Canadá ofrece una primera pista

Es precisamente Canadá uno de los ejemplos más interesantes. La relación económica entre ambos países continúa siendo gigantesca: el comercio de bienes y servicios entre Estados Unidos y Canadá sumó unos 872.300 millones de dólares en 2025, y Canadá permanece entre los dos principales socios comerciales estadounidenses. No hay, por tanto, ningún divorcio económico.

Sí existe, sin embargo, un desplazamiento apreciable. Las exportaciones canadienses de mercancías hacia Estados Unidos cayeron un 5,8% durante 2025, mientras las dirigidas al resto del mundo aumentaron un 17,2%. La proporción de exportaciones canadienses destinada al mercado estadounidense pasó del 75,9% en 2024 al 71,7% en 2025.

La tendencia ha continuado. En julio de 2026, las exportaciones canadienses hacia países distintos de Estados Unidos crecieron un 7,4% mensual y alcanzaron un máximo de 25.600 millones de dólares canadienses. Ese mes, el 33,7% de las exportaciones del país tuvo otros destinos. China, Países Bajos y Alemania estuvieron entre los mercados que impulsaron el aumento.

Canadá sigue profundamente conectado con su vecino —aproximadamente siete de cada diez dólares de sus exportaciones de bienes continúan encaminándose hacia allí—, pero la diversificación comercial ha dejado de ser una hipótesis. Ya aparece en las estadísticas y forma parte de una estrategia más amplia para reducir riesgos.

Eso es lo que Wolff considera difícil de deshacer. Una empresa canadiense que encuentra clientes europeos o asiáticos, firma contratos, modifica rutas logísticas y construye relaciones comerciales nuevas no regresa necesariamente al esquema anterior porque Washington cambie después de política. Puede hacerlo, claro. Pero la dependencia anterior deja de ser automática.

Los aranceles tienen también una factura dentro de EEUU

La otra mitad del argumento afecta directamente al bolsillo estadounidense. Wolff sostiene que una política diseñada para encarecer determinadas importaciones puede terminar trasladándose, al menos parcialmente, a fabricantes, comercios y consumidores de Estados Unidos.

Los informes recientes de la propia Reserva Federal ofrecen indicios de ese mecanismo. Empresas de distintos distritos han señalado que los aranceles continúan elevando costes, especialmente en manufacturas, comercio minorista, metales y otros materiales. Algunas compañías absorben parte de la subida para no perder clientes; otras la trasladan a los precios.

No significa que cada aumento de precios pueda atribuirse a Trump ni a los aranceles. Energía, transporte, seguros, materias primas, tipos de interés y los conflictos internacionales también pesan sobre la inflación estadounidense. La economía es bastante menos obediente que un eslogan electoral: rara vez permite señalar una sola palanca y explicar con ella todo el tablero. La Reserva Federal describe una combinación de energía cara, transporte, materias primas y aranceles como fuentes simultáneas de presión sobre distintos sectores.

El vínculo energético con Canadá ilustra también por qué la separación tiene límites. Estados Unidos importó de su vecino unos 3,9 millones de barriles diarios de petróleo crudo en 2025, y Canadá siguió siendo su principal proveedor exterior. Al mismo tiempo, el uso de nuevas infraestructuras canadienses hacia la costa del Pacífico está permitiendo colocar una parte creciente del crudo en mercados asiáticos. Es decir: la dependencia sigue siendo fuerte, pero ya aparecen rutas alternativas.

La vivienda, el punto donde la teoría toca el bolsillo

Wolff utiliza la vivienda para conectar las grandes disputas comerciales con algo bastante menos abstracto: conseguir una casa. El asunto recuperó protagonismo después de que Trump calificara a finales de junio como un «gran bostezo» una amplia ley bipartidista sobre vivienda frente a la importancia que concedía a su proyecto electoral SAVE America Act. La declaración fue realizada públicamente por el presidente.

Hay, eso sí, una actualización importante. La 21st Century ROAD to Housing Act terminó convirtiéndose en ley el 11 de julio de 2026. El texto pretende aumentar la oferta de vivienda mediante distintos cambios regulatorios y medidas destinadas a facilitar nuevos proyectos residenciales.

Mientras tanto, comprar una vivienda continúa siendo difícil. El tipo medio de una hipoteca fija a 30 años alcanzó el 6,95% el 17 de septiembre, frente al 6,76% de la semana anterior y el 6,26% de un año antes. Es un encarecimiento considerable respecto al pasado reciente y vuelve a colocar el coste de financiación cerca del 7%.

Aquí conviene corregir una afirmación aparecida en la entrevista de Wolff: ese 6,95% no constituye un récord histórico. El máximo de la serie de Freddie Mac se produjo en 1981 y superó ampliamente el 18%. La situación actual resulta costosa respecto de los últimos años, pero no tiene sentido convertir un máximo reciente en un récord de todos los tiempos.

La fotografía inmobiliaria tampoco equivale a un hundimiento general. La tasa de propietarios se situó en el 65% durante el segundo trimestre de 2026, prácticamente igual que un año antes. Aun así, los tipos elevados y el precio de las viviendas han reducido la capacidad de compra de numerosos hogares, mientras las ventas de obra nueva bajaron en julio hasta una tasa anualizada de 607.000 viviendas.

La clase trabajadora no cabe en un único dato

La afirmación más rotunda de Wolff sostiene que la clase trabajadora estadounidense está siendo abandonada. Es una valoración política y económica, no una magnitud que pueda medirse con una sola estadística. Conviene separar ambas cosas: una interpretación puede apoyarse en datos sin convertirse por ello en un hecho indiscutible.

Los últimos datos de renta obligan, de hecho, a introducir matices. La renta mediana de los hogares estadounidenses alcanzó 87.460 dólares en 2025, un aumento real del 2,6% respecto de 2024 y el nivel más alto de la serie del Censo iniciada en 1967. El índice de Gini, utilizado para medir la desigualdad, no registró un cambio estadísticamente significativo entre ambos años.

Eso no invalida las dificultades que describe Wolff. La vivienda continúa siendo la mayor partida del gasto de los hogares estadounidenses y aumentó un 3,3% en 2024. A la vez, la Reserva Federal señala en distintas regiones consumidores más sensibles a los precios y familias presionadas por vivienda, transporte, alimentación o energía. El cuadro, sencillamente, es desigual: mejores ingresos agregados conviven con gastos esenciales muy pesados.

Lo irreversible todavía está por demostrar

El diagnóstico de Richard Wolff encuentra apoyo en un fenómeno visible: algunos socios de Estados Unidos están diversificando mercados y cadenas de suministro después de las tensiones comerciales de los últimos años. Canadá es el ejemplo más limpio porque las cifras muestran simultáneamente una caída del peso relativo del mercado estadounidense y un crecimiento de las ventas hacia otros destinos.

Pero pasar de «cambio estructural» a «daño permanente» exige bastante más. Estados Unidos conserva un mercado enorme, relaciones financieras profundas, grandes empresas tecnológicas y vínculos comerciales que no desaparecen en unos meses. Incluso Canadá, pese a la diversificación, sigue enviando aproximadamente siete de cada diez dólares de sus exportaciones de bienes al mercado estadounidense.

Lo que sí parece haber cambiado es el cálculo de riesgo. Un país o una empresa que antes podía considerar estable su acceso al mercado estadounidense tiene más incentivos para preparar un plan B. Europa, Asia y otras economías dejan de ser mercados meramente complementarios para convertirse también en alternativas frente a una eventual disputa con Washington. Ese desplazamiento puede durar más que un mandato presidencial porque las fábricas, los puertos, los contratos y las cadenas logísticas tienen memoria.

Ahí reside la parte más sólida de la advertencia de Wolff. No hace falta asumir que Trump haya causado por sí solo la pérdida relativa de peso de Estados Unidos —el propio economista rechaza esa explicación— para observar que sus políticas pueden acelerar una reorganización económica que llevaba años gestándose.

Una economía que ya no vuelve fácilmente al punto de partida

La gran cuestión no es si Estados Unidos desaparecerá del centro de la economía mundial. Los datos actuales están muy lejos de mostrar algo semejante. Es si determinadas decisiones están haciendo que aliados y empresas aprendan a depender un poco menos de Washington, y ahí sí existen señales medibles.

Canadá vende más fuera de Estados Unidos. Los aranceles aparecen en los informes empresariales como una fuente adicional de costes. Las hipotecas vuelven a rozar el 7%. Y, al mismo tiempo, la renta mediana de los hogares ha crecido y la propiedad de vivienda permanece estable. La realidad no encaja entera ni en el apocalipsis ni en la propaganda triunfal.

Wolff llama permanente al daño porque considera que las relaciones económicas perdidas no se reconstruyen con un decreto. De momento, lo demostrable es algo más sobrio y quizá más interesante: el mapa comercial alrededor de Estados Unidos está empezando a moverse, y algunos de esos nuevos ca

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.