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Ciencia

¿Por qué aumentan las auroras durante el equinoccio de septiembre?

Cerca de los equinoccios, la magnetosfera terrestre recibe con más eficacia la energía solar y las auroras pueden volverse más frecuentes y visibles.

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auroras cerca del equinoccio de septiembre

Resumen

  • Los equinoccios favorecen una mayor actividad geomagnética
  • Septiembre suma noches más largas para observar auroras
  • En España solo suelen verse con tormentas geomagnéticas muy intensas

Las auroras tienden a ser más frecuentes e intensas alrededor de los equinoccios de marzo y septiembre. No es una superstición de observadores del cielo ni una casualidad estadística: durante estas épocas del año, la geometría del campo magnético terrestre respecto al campo magnético transportado por el viento solar favorece que más energía entre en la magnetosfera. Dicho sin jerga: la Tierra queda algo más predispuesta a recibir el golpe magnético del Sol.

El fenómeno no significa que vaya a aparecer una aurora automáticamente la noche del equinoccio. Ni mucho menos. Hace falta actividad solar suficiente, una orientación favorable del campo magnético interplanetario y, para verla desde tierra, oscuridad y cielo despejado. Pero estadísticamente marzo y septiembre ofrecen un terreno especialmente fértil. En 2026, el equinoccio de septiembre se produce el 23 de septiembre a las 00:05 UTC, las 02:05 en la España peninsular, mientras el ciclo solar 25 continúa en una etapa todavía propicia para episodios importantes de meteorología espacial.

El equinoccio hace algo más que cambiar de estación

Solemos asociar un equinoccio con esa jornada en la que el día y la noche duran casi lo mismo. Astronómicamente es el instante en que el centro del Sol cruza el plano del ecuador terrestre. Sucede dos veces al año, alrededor de marzo y septiembre, y marca el comienzo de la primavera o el otoño según el hemisferio.

Hasta ahí, calendario. Lo interesante ocurre bastante más arriba.

La Tierra está protegida por la magnetosfera, una enorme región dominada por su campo magnético. El Sol, mientras tanto, expulsa continuamente el llamado viento solar: partículas cargadas acompañadas de su propio campo magnético. Cuando ambos sistemas se encuentran, pueden comportarse como dos piezas que encajan mejor o peor dependiendo de su orientación.

Cerca de los equinoccios, esa geometría cambia de una forma que, en promedio, facilita el acoplamiento entre el viento solar y la magnetosfera. Más energía puede penetrar en el entorno magnético terrestre y acabar desencadenando perturbaciones geomagnéticas. Y ahí empiezan a encenderse las luces.

La explicación está en un curioso efecto magnético

La relación entre equinoccios y actividad geomagnética tiene nombre propio: efecto Russell-McPherron, descrito en la década de 1970 por los geofísicos Christopher Russell y Robert McPherron.

El asunto resulta bastante menos poético que una cortina verde sobre un fiordo noruego, pero mucho más interesante.

El campo magnético transportado por el viento solar cambia de orientación respecto al campo terrestre a medida que nuestro planeta recorre su órbita. Durante las temporadas próximas a los equinoccios existe una mayor probabilidad de que parte de ese campo quede orientada hacia el sur respecto a la magnetosfera terrestre. Esa configuración facilita la llamada reconexión magnética, un proceso mediante el cual la energía del viento solar puede transferirse con especial eficacia al entorno de la Tierra.

El Sol no necesita lanzar más tormentas en septiembre

Aquí aparece uno de los matices importantes. No es que el Sol se vuelva repentinamente más furioso porque llegue el otoño. Una eyección de masa coronal no consulta el calendario antes de salir disparada.

Lo que cambia es la eficacia con la que determinadas condiciones del viento solar interactúan con la Tierra. Dos episodios solares similares pueden producir respuestas geomagnéticas distintas dependiendo, entre otros factores, de la orientación de sus campos magnéticos.

Los estudios sobre la variación semestral de la actividad geomagnética llevan décadas observando máximos alrededor de las épocas equinocciales y mínimos relativos cerca de los solsticios. Es una tendencia estadística, no una ley que garantice espectáculo todas las noches. El cielo, afortunadamente, todavía conserva cierto margen para fastidiar las agendas.

Cómo termina esa energía convertida en una aurora

Cuando la magnetosfera almacena y libera energía procedente del viento solar, partículas cargadas —principalmente electrones— pueden ser aceleradas a lo largo de las líneas del campo magnético terrestre hacia las regiones polares.

Al penetrar en la atmósfera superior chocan con átomos y moléculas de oxígeno y nitrógeno. Esas partículas atmosféricas absorben energía y quedan temporalmente excitadas; al regresar a un estado de menor energía, emiten fotones. Luz. Miles de millones de pequeñas emisiones que juntas forman las bandas, arcos y cortinas que conocemos como auroras.

El clásico color verde procede principalmente del oxígeno a alturas aproximadas de entre 100 y 200 kilómetros. Más arriba, por encima de unos 200 kilómetros, el oxígeno puede producir los tonos rojos que en ocasiones dominan las auroras observadas desde latitudes poco habituales. El nitrógeno aporta azules, violetas y rosas en otras capas y condiciones energéticas. El resultado puede parecer pintura derramada sobre el cielo, pero detrás hay física atómica bastante precisa.

La intensidad y la extensión de ese óvalo auroral dependen de cuánto se altere la magnetosfera. Cuando una tormenta geomagnética es potente, el cinturón donde aparecen las auroras puede ensancharse hacia latitudes mucho más bajas de las habituales.

El equinoccio ayuda, pero no basta para ver una aurora

Conviene separar dos fenómenos que suelen mezclarse. Cerca del equinoccio existe una ventaja física real para la actividad geomagnética, pero también empieza a mejorar la oportunidad de observarla desde determinadas regiones.

En septiembre, las noches vuelven a alargarse rápidamente en el hemisferio norte. En Escandinavia, Islandia, Alaska, Canadá o el norte de Rusia hay cada vez más horas de oscuridad. Una aurora que se produce bajo un cielo iluminado por el Sol puede existir perfectamente y resultar invisible para una persona en tierra. La noche no provoca el fenómeno; simplemente levanta el telón.

Por eso la idea popular de que las auroras pertenecen exclusivamente al invierno es engañosa. Pueden producirse durante todo el año. En las regiones polares incluso hay actividad auroral en verano, aunque el exceso de luz impida contemplarla. La combinación de noches suficientemente oscuras y una magnetosfera estadísticamente más receptiva convierte las semanas cercanas a marzo y septiembre en periodos especialmente interesantes.

Tampoco hay que obsesionarse con el día exacto del equinoccio. El efecto es estacional y se manifiesta a lo largo de un periodo alrededor de esas fechas. El 23 de septiembre no existe un interruptor cósmico que alguien accione a las 02:05 desde una sala secreta de la magnetosfera.

España y 2026: cuándo podrían verse tan al sur

España queda normalmente demasiado al sur del óvalo auroral para contemplar auroras boreales con regularidad. Un equinoccio, por sí solo, no convierte la Península en Laponia. Para que las luces alcancen latitudes españolas suele ser necesaria una perturbación geomagnética extraordinariamente intensa, capaz de expandir la zona auroral mucho más al sur.

Ya ocurrió de forma espectacular durante la gran tormenta geomagnética del 10 y 11 de mayo de 2024. Se registraron auroras desde Andalucía hasta Cataluña, Galicia, Aragón, la Comunidad Valenciana e incluso Canarias. La tormenta alcanzó una intensidad excepcional y desplazó el fenómeno hasta latitudes donde normalmente resulta casi impensable verlo.

En esas situaciones, el color percibido desde España puede ser predominantemente rojizo o magenta. Tiene lógica: la emisión roja del oxígeno se produce a grandes alturas y puede observarse desde mucho más lejos que las estructuras verdes situadas más abajo. Las cámaras modernas, además, acumulan luz con mayor eficacia que el ojo humano y pueden revelar colores que a simple vista aparecen como un resplandor mucho más tenue.

El índice Kp, que mide de forma global la perturbación geomagnética en una escala de 0 a 9, suele utilizarse como referencia para seguir estos episodios. Pero tampoco funciona como una contraseña infalible. La orientación del campo magnético solar, la duración del episodio, la posición del observador y las condiciones atmosféricas pueden modificar enormemente lo que finalmente aparece en el cielo.

El contexto solar añade otro ingrediente. El ciclo solar 25, iniciado tras el mínimo de 2019, entró en su fase de máximo en 2024. Aunque el máximo de manchas solares ya ha quedado atrás, la actividad geomagnética intensa no desaparece de golpe al comenzar el descenso del ciclo. Las tormentas magnéticas importantes pueden seguir produciéndose durante el periodo posterior al máximo solar.

Eso hace que el equinoccio de septiembre de 2026 llegue en un momento interesante: coincide una geometría terrestre estadísticamente favorable con un Sol que continúa teniendo capacidad para producir fulguraciones, eyecciones de masa coronal y corrientes rápidas de viento solar.

No significa que septiembre de 2026 tenga reservada una gran aurora para España ni que pueda anticiparse un episodio concreto con semanas de antelación. Las tormentas capaces de extender las luces polares hacia latitudes medias dependen de erupciones solares específicas y de cómo sus campos magnéticos lleguen finalmente hasta la Tierra.

Un pequeño giro de la Tierra puede cambiar todo el cielo

Las auroras alrededor del equinoccio son uno de esos fenómenos donde algo aparentemente trivial —la posición de nuestro planeta en su órbita— termina teniendo consecuencias a cientos de kilómetros de altura. Marzo y septiembre ofrecen condiciones geomagnéticas especialmente favorables, porque la orientación del campo terrestre respecto al viento solar facilita, con mayor frecuencia, que energía procedente del Sol penetre en la magnetosfera.

Luego hacen falta más piezas: actividad solar, campos magnéticos bien orientados, oscuridad y, para quienes miran desde España, una tormenta bastante seria. El equinoccio aumenta las posibilidades; no firma contratos.

Pero la relación existe. Y mientras el ciclo solar 25 mantiene a nuestra estrella razonablemente inquieta, el otoño de 2026 vuelve a colocar a la Tierra en una de esas posiciones en las que el cielo nocturno tiene más papeletas para encenderse bajo las condiciones adecuadas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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