Ciencia
¿Por qué sorprende el cerebro saponificado hallado en Santa Clara?
El convento de Santa Clara, en Pontevedra, revela un cerebro saponificado, restos infantiles y un capellán enterrado con parte de su vestimenta.

Resumen
- Un cerebro humano saponificado apareció bajo el coro de Santa Clara
- El hallazgo podría remontarse al siglo XVII y aún debe datarse
- También aparecieron restos infantiles y el cadáver de un capellán
Las excavaciones del convento de Santa Clara, en Pontevedra, han sacado a la luz un hallazgo extraordinariamente infrecuente: un cerebro humano conservado en una tumba del coro bajo de la iglesia. Los arqueólogos atribuyen los restos a una monja clarisa y consideran que el órgano sufrió un proceso de saponificación, una transformación química capaz de frenar la descomposición de los tejidos blandos durante décadas o incluso siglos. Su antigüedad todavía no está cerrada: se sabe que es anterior a 1915 y podría remontarse al siglo XVII.
El hallazgo resulta especialmente llamativo porque el cerebro apareció asociado a un cráneo en muy mal estado y separado del resto de los huesos. El equipo responsable de la excavación considera excepcional encontrar un órgano de estas características prácticamente aislado del soporte óseo y lo compara con apenas unos pocos precedentes internacionales. Hay, eso sí, un matiz importante: no significa que sea el cuarto cerebro antiguo conservado que se conoce. La ciencia ha documentado miles de cerebros preservados mediante distintos procesos, incluidos casos de saponificación en España. Lo extraordinario de Santa Clara está en la combinación de conservación, contexto funerario y estado del tejido cerebral.
Un cerebro oculto durante siglos bajo el coro de Santa Clara
El órgano fue localizado en una de las sepulturas abiertas en el coro bajo de la iglesia, una zona que ya venía proporcionando sorpresas a los investigadores. La antropóloga forense Clara Veiga Rilo encontró los restos dentro de lo que quedaba de un cráneo muy deteriorado. El cerebro, sin embargo, presentaba un estado de conservación que contrastaba de manera casi desconcertante con los huesos que lo rodeaban.
Ahora se encuentra bajo custodia académica para su estudio. La prioridad será establecer qué transformación química sufrió realmente el tejido y determinar su cronología con mayor precisión. Los arqueólogos parten de una frontera bastante clara: tuvo que ser depositado antes de 1915, año de la última reforma de esa zona del convento. Por debajo de esa fecha se abre una horquilla mucho más amplia, desde comienzos del siglo XX hasta varios siglos atrás.
No es el único tejido blando que ha resistido allí al calendario. En otra tumba del coro bajo apareció una estructura que los especialistas consideran compatible, de manera preliminar, con una médula espinal. También se han recuperado sudarios y prendas. El suelo de Santa Clara, dicho de otro modo, no está conservando únicamente esqueletos: parece haber creado pequeños microambientes capaces de preservar materiales que normalmente habrían desaparecido hace mucho tiempo.
Qué significa que un cerebro esté saponificado
La palabra suena casi doméstica, como si el paso de los siglos hubiese convertido un cuerpo en una pastilla de jabón. Químicamente, la comparación no va tan desencaminada. La saponificación post mortem puede producir una sustancia conocida como adipocira, de aspecto ceroso, cuando determinados componentes grasos de los tejidos se transforman durante la descomposición.
La humedad, poco oxígeno, determinadas bacterias y un entorno relativamente estable pueden favorecer el proceso. Una vez formada, la adipocira llega a mantenerse durante muchísimo tiempo y frena parte de la degradación habitual del cadáver. Por eso aparece ocasionalmente en tumbas, terrenos húmedos, enterramientos sellados o cuerpos sumergidos.
Con el cerebro hay, sin embargo, una dificultad añadida. Es un órgano rico en lípidos, pero su composición no es la misma que la del tejido adiposo común. Investigaciones recientes advierten de que algunos cerebros arqueológicos descritos históricamente como saponificados podrían haberse conservado mediante procesos químicos más complejos. El término empleado por los arqueólogos pontevedreses describe por ahora el fenómeno observado; los análisis de laboratorio serán los que permitan afinar la explicación.
El precedente español que explica por qué este caso es tan raro
España ya había proporcionado un caso científico espectacular. En la fosa de la Guerra Civil de La Pedraja, en Burgos, fueron localizados 104 individuos y 45 conservaban restos cerebrales deshidratados. Los análisis detectaron ácidos grasos compatibles con un proceso de saponificación, favorecido probablemente por el suelo, las condiciones meteorológicas y las circunstancias de los enterramientos.
Por eso conviene leer con cuidado la expresión “cuarto caso del mundo” utilizada alrededor de Santa Clara. Encontrar tejido cerebral dentro de cráneos antiguos no carece de precedentes y existen numerosos casos registrados. Lo que los investigadores consideran extraordinario en Pontevedra es encontrar un cerebro prácticamente separado del soporte óseo, una diferencia pequeña al contarla, pero sustancial desde el punto de vista arqueológico.
La literatura científica reunió recientemente un archivo de más de 4.400 cerebros humanos preservados durante unos 12.000 años de historia. Más de 1.300 eran el único tejido blando superviviente entre restos que, por lo demás, se habían esqueletizado. El cerebro sigue siendo uno de los órganos más desconcertantes para la arqueología funeraria: suele degradarse rápido y, de vez en cuando, hace justo lo contrario.
Restos de dos menores y un capellán vestido frente al altar
El cerebro ha acaparado los titulares —era inevitable—, pero no camina solo por esta historia. Las excavaciones de Santa Clara también han descubierto los restos de dos menores en otra zona de la iglesia. Su sexo y cronología todavía no se han determinado.
Uno se encontraba muy deteriorado. El segundo apareció en mejores condiciones y conservaba dientes de leche y zapatos. Son detalles mínimos, casi domésticos, que dentro de una excavación permiten reconstruir mucho más que una fecha: prácticas funerarias, indumentaria, edades aproximadas y la relación que mantenía la comunidad conventual con quienes eran enterrados dentro del recinto.
Delante del antiguo altar mayor apareció otro enterramiento singular. Los arqueólogos creen que corresponde a un capellán, cuyo cadáver conserva partes del cráneo, brazos, manos, pies, zapatos y elementos importantes de su vestimenta religiosa. Entre ellos destaca una casulla en un estado sorprendente, con tejido todavía visible y antiguos hilos metálicos que han adquirido una tonalidad verdosa por la oxidación.
También llama la atención la posición del cuerpo. Fue enterrado orientado hacia el coro bajo y no hacia el altar, al contrario de lo que cabría esperar de la tradición funeraria cristiana descrita por los investigadores. Especialistas estudiarán la composición de la vestimenta y sus pigmentos. La hipótesis inicial sitúa el enterramiento en la Edad Moderna, entre los siglos XV y XVIII, aunque todavía está pendiente de datación.
Una excavación con más de 3.000 piezas recuperadas
Santa Clara lleva meses convirtiéndose en una especie de libro al que le habían pegado demasiadas páginas. La campaña arqueológica comenzó el 1 de junio de 2026 y movilizó a cerca de una veintena de profesionales entre arqueólogos, restauradores, auxiliares y especialistas vinculados a universidades y centros de investigación. Los trabajos fueron concebidos para prolongarse unos cuatro meses y medio.
La intervención no se limita a las tumbas. Han aparecido estructuras medievales, pavimentos históricos y evidencias que ayudan a reconstruir las diferentes etapas arquitectónicas del convento. En el claustro, nuevos datos refuerzan la posibilidad de que en una fase primitiva existiesen tres alas. Hacia el sur del bosque se ha documentado además una estructura rectangular cuya función todavía es desconocida y que podría pertenecer a los elementos más antiguos del recinto.
El inventario supera ya los 3.000 objetos arqueológicos, con cerámicas comprendidas entre finales del siglo XIV y el XIX, monedas, vidrios y piezas líticas. Una vez finalizado el trabajo de campo llegará una fase de varios meses de laboratorio, con análisis especializados y dataciones mediante radiocarbono. Ahí dejarán de mandar las apariencias y empezarán a hablar las muestras.
Santa Clara aún guarda más historia bajo el suelo
El antiguo convento, fundado a finales del siglo XIII y habitado por clarisas hasta 2017, ocupa más de 12.000 metros cuadrados en pleno centro de Pontevedra. El Ayuntamiento adquirió el complejo en 2021 y lo cedió a la Diputación en 2023 con vistas a integrarlo en el Museo de Pontevedra. Antes de transformar el edificio, sin embargo, había que comprender qué seguía escondido debajo. Y resultó ser bastante.
El cerebro saponificado es la pieza que provoca el sobresalto inmediato, pero científicamente su interés comienza justo donde termina la sorpresa. Su datación podrá aclarar quién fue aquella religiosa, en qué condiciones fue enterrada y por qué un tejido tan frágil consiguió sobrevivir mientras buena parte del esqueleto se degradaba. Los análisis también tendrán que confirmar hasta qué punto intervino realmente la adipocira y qué condiciones ambientales actuaron dentro de la sepultura.
A su alrededor quedan los sudarios, la posible médula, los niños, el capellán vestido, los muros antiguos y miles de pequeños objetos. Un convento aparentemente silencioso durante siglos resulta, al levantar el suelo, bastante parlanchín. Y todavía no ha terminado de contar su historia.












