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Ciencia

¿Por qué mantenemos unos 37 °C aunque cambie la temperatura exterior?

El organismo mantiene estable su temperatura interna gracias al hipotálamo, el sudor, los vasos sanguíneos y la producción metabólica de calor.

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el cuerpo mantiene 37 °C

Resumen

  • El cuerpo no está siempre a 37 °C, pero mantiene estable su temperatura interna
  • El hipotálamo coordina sudor, circulación y producción de calor
  • El sistema permite soportar frío y calor, aunque consume mucha energía

Salir de casa una mañana de enero con cinco grados o caminar por una calle a más de 35 °C cambia radicalmente lo que siente la piel, pero no convierte el interior del cuerpo en una montaña rusa térmica. Los humanos podemos conservar nuestra temperatura corporal central alrededor de los 37 °C porque producimos calor mediante el metabolismo y disponemos de un sofisticado sistema de termorregulación que ajusta continuamente cuánto calor generamos, conservamos o expulsamos.

No significa que tengamos siempre 37,0 °C exactos. Ni mucho menos. La temperatura normal oscila entre personas, durante el día y según dónde se mida. Una amplia revisión científica de 36 estudios y más de 7.600 adultos obtuvo una media conjunta de 36,59 °C, con diferencias apreciables entre la medición rectal, oral, timpánica o axilar. Los célebres 37 °C son, en realidad, una referencia cómoda para describir un sistema que trabaja dentro de un margen.

Esa estabilidad relativa es una de las grandes ventajas fisiológicas de ser un animal endotermo. Mientras buena parte de reptiles, anfibios y peces obtiene una proporción importante de su calor del ambiente, los humanos —como los demás mamíferos y las aves— podemos fabricar calor desde dentro. Tiene premio: seguir activos cuando refresca. También factura: mantener semejante maquinaria funcionando consume mucha energía.

Los 37 °C no son una temperatura grabada en piedra

La idea de que una persona sana debe marcar exactamente 37 °C es demasiado simple. La temperatura corporal sigue un ritmo circadiano: normalmente baja durante la noche y alcanza valores mayores más avanzada la jornada. El ejercicio, el sueño, las hormonas, la edad, la actividad metabólica y hasta el lugar donde colocamos el termómetro pueden modificar la lectura.

También hay que distinguir la temperatura del núcleo corporal de la de la superficie. El cerebro, el corazón y otros órganos profundos permanecen en una franja térmica mucho más protegida que una mano expuesta al frío. Los dedos pueden enfriarse de forma notable mientras el organismo conserva el centro del cuerpo cerca de su rango habitual. Ahí está, precisamente, uno de sus trucos.

Incluso las estaciones dejan una pequeña huella. Un análisis a gran escala detectó temperaturas corporales ligeramente inferiores en invierno que en verano, alrededor de 0,2 °C de diferencia. El cuerpo estabiliza su medio interno, sí, pero no vive dentro de un termo perfecto.

El hipotálamo funciona como el gran regulador térmico

Buena parte de esta coordinación depende del hipotálamo, una pequeña región del cerebro con una responsabilidad enorme. Recibe información de sensores térmicos situados tanto en la piel como en zonas internas del organismo y desencadena respuestas cuando detecta que la temperatura se aleja del margen adecuado.

Compararlo con un termostato doméstico sirve para hacerse una idea, aunque el cuerpo es bastante más complejo. Si empieza a perder demasiado calor, activa mecanismos para conservarlo y producir más. Cuando ocurre lo contrario, facilita su salida. Todo sucede constantemente, incluso sin que seamos conscientes.

Ese equilibrio se denomina homeostasis: no consiste en mantener una cifra inmóvil, sino en realizar correcciones continuas para conservar las condiciones internas dentro de unos límites compatibles con el funcionamiento de células, enzimas, órganos y tejidos.

Qué ocurre dentro del cuerpo cuando hace frío

Cuando la temperatura exterior cae, uno de los primeros movimientos consiste en reducir el flujo sanguíneo hacia determinadas zonas de la piel. Los vasos periféricos se estrechan —la llamada vasoconstricción— y llega menos sangre caliente a la superficie. Así se pierde menos energía hacia el ambiente y se protege mejor el núcleo corporal.

De ahí vienen esas manos heladas mientras el pecho continúa caliente. El organismo establece prioridades bastante poco democráticas: preservar cerebro, corazón y otros órganos vitales pesa mucho más que mantener confortables los dedos.

Si esa conservación no basta, aumenta la producción de calor. Los músculos pueden empezar a contraerse involuntariamente y aparece el temblor. Los escalofríos son contracciones musculares rápidas que incrementan el gasto metabólico y, con él, la generación de calor.

Hay otros mecanismos, incluida la producción térmica asociada al tejido adiposo marrón, especialmente relevante en determinadas etapas de la vida. Y luego está nuestra particular ventaja evolutiva: el comportamiento. Ponerse un abrigo, entrar en una vivienda, encender la calefacción o buscar refugio son también formas humanas de termorregulación, aunque no aparezcan en el termómetro.

El sistema, claro, tiene límites. Una exposición prolongada a temperaturas muy bajas puede superar la capacidad para generar y conservar calor y provocar hipotermia. Ser endotermo no significa ser inmune al ambiente; significa disponer de una potente defensa frente a él.

Con calor, el cuerpo abre los grifos y activa el sudor

Cuando sobra calor ocurre casi lo contrario. Los vasos sanguíneos próximos a la piel se dilatan y permiten que circule más sangre por la periferia. Esa vasodilatación favorece la transferencia de calor desde el interior hacia el exterior.

Entonces entra en escena uno de los mecanismos más visibles: el sudor. Su verdadero poder refrigerante no está simplemente en mojar la piel. El enfriamiento aparece sobre todo cuando ese líquido se evapora, un proceso que consume energía térmica y ayuda a reducir la temperatura corporal.

Por eso un ambiente muy húmedo puede resultar especialmente sofocante. Si el aire está cargado de vapor de agua, el sudor se evapora peor y nuestra refrigeración pierde eficacia. Podemos estar empapados y, paradójicamente, enfriarnos menos.

El organismo intercambia calor con el entorno mediante radiación, conducción, convección y evaporación. La ropa, el viento, la humedad, la exposición al sol o el contacto con una superficie caliente alteran ese intercambio. El cuerpo responde segundo a segundo, corrigiendo pequeñas desviaciones antes de que alcancen los órganos profundos.

Por qué un lagarto juega con otras reglas térmicas

Las expresiones “animales de sangre caliente” y “de sangre fría” sobreviven porque son fáciles de entender, pero científicamente pueden llevar a engaño. Un lagarto tumbado sobre una roca bajo el sol no tiene necesariamente la sangre fría. Su temperatura corporal puede alcanzar valores considerables.

La diferencia importante es otra. Los endotermos, como los humanos, obtienen gran parte del calor necesario de su propio metabolismo. Muchos ectotermos, como reptiles y anfibios, dependen mucho más de las fuentes externas. Se calientan tomando el sol, buscan sombra para enfriarse o modifican su actividad en función de la temperatura ambiental.

Hay un intercambio de ventajas. Depender del ambiente permite gastar mucha menos energía en calefacción interna. Un animal ectotermo puede sobrevivir con aportes energéticos que resultarían insuficientes para un mamífero comparable. A cambio, su margen de actividad suele quedar más condicionado por el clima. Nosotros pagamos continuamente la factura energética de mantener la casa caliente.

La endotermia proporciona una notable independencia: correr al amanecer, pensar en una habitación fría o permanecer activo durante el invierno sin esperar a que el sol caliente los músculos. Pero requiere combustible. Una fracción importante de la energía obtenida de los alimentos acaba vinculada, directa o indirectamente, al metabolismo que mantiene funcionando esa maquinaria.

Fiebre y exceso de calor no son exactamente lo mismo

Aquí aparece una distinción que suele pasar inadvertida. En una fiebre, el organismo modifica temporalmente su referencia térmica. El hipotálamo actúa como si la temperatura habitual resultara demasiado baja y activa mecanismos destinados a elevarla; por eso una persona puede sentir frío y tiritar mientras su temperatura ya está subiendo.

En una hipertermia, en cambio, el objetivo interno no se ha elevado de la misma manera. El cuerpo intenta desprenderse del exceso de calor, pero las condiciones ambientales, una producción exagerada de calor o el fallo de los mecanismos de refrigeración terminan desbordándolo.

No es una diferencia meramente académica. Explica por qué el organismo puede reaccionar de manera tan distinta ante una infección y ante una exposición extrema al calor, aunque el termómetro llegue a mostrar cifras elevadas en ambos casos.

La estabilidad térmica que sostiene nuestra vida cotidiana

Mantener una temperatura interna relativamente estable parece sencillo porque normalmente no sentimos el trabajo que exige. Bajo la piel, sin embargo, vasos sanguíneos, músculos, glándulas sudoríparas, sistema nervioso y metabolismo están haciendo pequeñas correcciones constantemente.

Los famosos 37 °C tampoco son una frontera exacta. Somos más interesantes —y algo menos ordenados— que eso. Cada persona se mueve dentro de su propio intervalo, la temperatura cambia durante el día y el lugar de medición importa mucho. Lo extraordinario no es que el cuerpo marque siempre el mismo número, porque no lo hace, sino que consiga conservar su núcleo dentro de un margen tan estrecho mientras fuera pasan el invierno, el verano, una ducha fría o una tarde de agosto.

Esa estabilidad tiene un coste energético considerable, pero también una recompensa enorme: nuestros órganos pueden trabajar en condiciones relativamente constantes aunque el mundo exterior cambie. La temperatura de la calle sube y baja; dentro, entretanto, millones de ajustes discretos mantienen encendida la maquinaria.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.