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Ciencia

¿Por qué vuelve a crecer el agujero de ozono en septiembre de 2026?

El agujero de ozono antártico vuelve a expandirse en septiembre de 2026, impulsado por el frío estratosférico y la estabilidad del vórtice polar.

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el agujero de ozono en septiembre

Foto: Wikimedia Commons — dominio público.

Resumen

  • El agujero de ozono supera los 23 millones de km² en septiembre de 2026
  • El frío estratosférico y un vórtice estable favorecen su expansión
  • Su crecimiento anual no invalida la recuperación iniciada tras limitar los CFC

El agujero de ozono sobre la Antártida vuelve a expandirse con fuerza este septiembre de 2026, pero el fenómeno no significa que la recuperación de la capa de ozono se haya detenido ni que el problema haya regresado al punto de partida. Es, ante todo, un proceso estacional: cada invierno y primavera australes, el frío extremo de la estratosfera, el aislamiento del aire dentro del vórtice polar y el regreso de la luz solar crean las condiciones para que el cloro y el bromo destruyan grandes cantidades de ozono.

Este año, sin embargo, hay un matiz relevante. El agujero está creciendo con bastante vigor. Los datos disponibles a mediados de septiembre sitúan su superficie en torno a 23-24 millones de kilómetros cuadrados. El 13 de septiembre se estimaba en unos 23,1 millones de km², mientras que observaciones posteriores lo acercaban a los 24 millones, un tamaño elevado para esta fase de la temporada y superior al registrado en fechas equivalentes de varios años recientes.

No es precisamente un agujerito. Una superficie de 24 millones de kilómetros cuadrados equivale aproximadamente a dos veces Europa. Aun así, tamaño anual y recuperación de largo plazo son cosas distintas, una diferencia esencial para no convertir una oscilación meteorológica en un falso regreso a los peores años del problema.

Septiembre es el mes en el que el agujero suele dispararse

El calendario tiene mucho que ver. La temporada del agujero de ozono antártico comienza normalmente durante el invierno austral y gana intensidad al acercarse la primavera. Entre agosto y octubre, su superficie suele aumentar y puede alcanzar su máximo entre mediados de septiembre y mediados de octubre. Después, cuando la estratosfera se calienta y el vórtice polar pierde estabilidad, comienza la retirada.

En otras palabras, que el agujero crezca en septiembre no constituye por sí solo una anomalía. Es justamente cuando cabe esperar que ocurra. La peculiaridad de 2026 está en las condiciones atmosféricas que han acompañado ese crecimiento: una estratosfera antártica especialmente fría y poco transporte de calor hacia el polo.

A principios de agosto apenas aparecían pequeñas zonas con menos de 220 unidades Dobson. Después llegó la aceleración. El área estimada alcanzó 7,5 millones de km² el 23 de agosto, subió a 13,6 millones el día 25 y, tras varias oscilaciones, saltó hasta 21,4 millones de km² el 4 de septiembre. El avance posterior volvió a colocarla por encima de los 23 millones.

El frío antártico prepara el terreno para destruir ozono

La explicación está varios kilómetros por encima de nuestras cabezas. Durante el invierno antártico, la estratosfera se vuelve extraordinariamente fría. Alrededor del continente se organiza además el vórtice polar, una enorme circulación de aire que funciona como una muralla atmosférica y mantiene relativamente aislado el aire situado sobre el polo.

Cuando las temperaturas caen lo suficiente aparecen las llamadas nubes estratosféricas polares. No son las nubes grises de una tarde lluviosa. Se forman a altitudes cercanas a los 15-25 kilómetros y sus partículas sirven de escenario para reacciones químicas que transforman compuestos relativamente estables de cloro y bromo en formas mucho más reactivas.

Ahí empieza el problema. Esos elementos proceden en buena medida de sustancias fabricadas durante décadas por el ser humano, especialmente los clorofluorocarbonos o CFC, antiguos habituales de aerosoles, sistemas de refrigeración y espumas. Pueden permanecer en la atmósfera durante muchísimo tiempo.

La luz vuelve y pone en marcha la reacción

Durante la noche polar las condiciones químicas se preparan, pero falta una pieza. El Sol. Cuando la luz solar regresa a la Antártida al terminar el invierno, las moléculas de cloro activadas durante los meses fríos desencadenan reacciones capaces de destruir el ozono de manera muy eficiente.

Una sola especie reactiva de cloro puede participar repetidamente en el proceso. No desaparece tras atacar una molécula y marcharse discretamente del escenario; vuelve a intervenir una y otra vez. De ahí que la destrucción pueda acelerarse enormemente durante unas pocas semanas.

Ese cóctel de frío intenso, vórtice polar estable, compuestos de cloro y radiación solar explica por qué septiembre suele ser un momento crítico. Se considera parte del agujero aquella región antártica donde la columna total de ozono cae por debajo de 220 unidades Dobson, un umbral que antes de finales de la década de 1970 no se observaba normalmente sobre la Antártida.

La unidad Dobson mide cuánto ozono existe en toda una columna vertical de atmósfera. Una columna típica cercana a 300 unidades Dobson, comprimida hasta alcanzar presión y temperatura normales, formaría una capa de ozono de apenas unos tres milímetros de espesor. Sí, tres milímetros. La barrera que absorbe buena parte de la radiación ultravioleta dañina es extraordinariamente fina cuando se expresa de esa manera.

Durante los episodios antárticos más intensos, la cantidad puede caer a menos de la mitad de esos valores habituales. El 13 de septiembre de 2026, el mínimo estimado rondaba las 151 unidades Dobson.

Por qué 2026 está siendo más intenso que 2025

La comparación con el año pasado resulta especialmente ilustrativa. En 2025, el agujero alcanzó una superficie máxima de 22,9 millones de kilómetros cuadrados el 9 de septiembre y terminó siendo relativamente pequeño frente a muchas temporadas anteriores. Además, desapareció el 30 de noviembre, antes de lo habitual.

Durante aquella temporada, varios episodios de calentamiento estratosférico frenaron el crecimiento del agujero. Las temperaturas aumentaron, el vórtice perdió fortaleza y entró aire con mayor contenido de ozono.

En 2026 el escenario inicial ha sido distinto. Durante agosto y comienzos de septiembre se han registrado temperaturas estratosféricas anormalmente bajas y poco transporte de calor hacia las regiones polares. Durante la primera semana de septiembre, algunas mediciones situaron la temperatura sobre amplias zonas antárticas entre las más frías del registro utilizado para la comparación.

El vórtice polar también se ha mantenido amplio. A mediados de septiembre rondaba los 33 millones de km², acompañado por una región potencialmente favorable para la formación de nubes estratosféricas polares mayor de lo habitual para estas fechas.

La atmósfera, dicho sin convertirla en personaje de novela, le ha puesto este año una alfombra bastante cómoda a la química que agota el ozono.

Un agujero grande no significa que el Protocolo de Montreal haya fracasado

Aquí aparece una aparente paradoja. Si los CFC llevan décadas restringidos, ¿cómo puede seguir formándose un agujero tan enorme? La respuesta está en la larga vida atmosférica de estas sustancias.

Muchas sustancias destructoras del ozono permanecen en la atmósfera durante varias décadas. Aunque sus emisiones se hayan reducido drásticamente, todavía queda cloro y bromo procedente de emisiones históricas circulando por la estratosfera. El descenso es lento.

El Protocolo de Montreal, aprobado en 1987 y reforzado posteriormente, consiguió eliminar progresivamente gran parte de las sustancias responsables del deterioro de la capa de ozono. Desde entonces, la carga de esos compuestos ha comenzado a disminuir y la tendencia de fondo apunta hacia la recuperación.

Eso no convierte cada temporada en una línea descendente perfecta. La meteorología puede producir un agujero relativamente pequeño un año y otro sensiblemente mayor al siguiente. Temperatura, vientos y estabilidad del vórtice polar introducen una variabilidad considerable.

Las observaciones de las últimas décadas muestran precisamente esa combinación: fuertes fluctuaciones anuales superpuestas a una tendencia de largo plazo hacia la recuperación. Es un poco como observar la marea mientras una playa gana lentamente terreno: una ola grande no demuestra que toda la costa esté desapareciendo.

La recuperación tardará décadas y 2026 aún no ha terminado

Los modelos internacionales no esperan que la Antártida recupere rápidamente los niveles de ozono anteriores a 1980. Los plazos son largos porque también lo es la permanencia atmosférica de las sustancias implicadas. Las evaluaciones científicas sitúan la recuperación antártica hacia mediados de la década de 2060, siempre que se mantenga el cumplimiento de los acuerdos internacionales sobre sustancias que destruyen el ozono.

Eso tampoco significa que en 2065 alguien vaya a encender una luz verde y declarar reparada la atmósfera. Se habla de una recuperación estadística hacia valores de referencia, sometida todavía a variaciones meteorológicas y a otros factores capaces de alterar temporalmente la química estratosférica.

Entre ellos aparecen incluso las grandes erupciones volcánicas, cuyos aerosoles pueden favorecer determinadas reacciones químicas y retrasar durante algunos años la recuperación del ozono. La disminución progresiva de los CFC no elimina de golpe todas las perturbaciones naturales capaces de modificar la estratosfera.

A mediados de septiembre todavía es pronto para conocer el tamaño máximo definitivo del agujero de 2026. Históricamente, el pico puede producirse desde mediados de septiembre hasta entrado octubre, aunque cada temporada lleva su propio ritmo.

El comportamiento de las próximas semanas dependerá especialmente de la temperatura de la estratosfera y de la fortaleza del vórtice polar. Un calentamiento significativo puede desorganizarlo, introducir aire rico en ozono y frenar la destrucción. Si continúa estable y frío, el agujero puede mantenerse extenso durante más tiempo.

Por eso tampoco conviene comparar cifras diarias como si fueran marcadores de fútbol. El área puede crecer o encogerse varios millones de kilómetros cuadrados en poco tiempo debido a cambios en la forma y posición del vórtice. Para situar 2026 en perspectiva serán más reveladores el promedio de la temporada, la cantidad mínima de ozono, el déficit total y la fecha en que finalmente desaparezca.

Un septiembre llamativo dentro de una recuperación muy lenta

El agujero de ozono de septiembre de 2026 es grande y está evolucionando bajo unas condiciones estratosféricas particularmente frías. Los aproximadamente 23-24 millones de kilómetros cuadrados observados a mediados de mes justifican seguir de cerca la temporada, especialmente después del comportamiento relativamente moderado de 2025.

Pero su crecimiento no demuestra que la capa de ozono haya vuelto a deteriorarse de forma descontrolada. Cada primavera austral el agujero reaparece, cambia de tamaño según la meteorología y después acaba deshaciéndose. Por debajo de esas oscilaciones continúa una recuperación que avanza despacio, casi desesperadamente despacio a escala humana, aunque en términos atmosféricos tenga bastante sentido.

El contraste es curioso: uno de los problemas ambientales más célebres del siglo XX todavía deja cada septiembre una cicatriz gigantesca sobre la Antártida, pero también constituye una de las pruebas más claras de que una política internacional sostenida puede corregir daños globales. La herida sigue ahí; la química que la provocó pierde fuerza lentamente, mientras la meteorología decide cada año cuánto se nota.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.