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Ciencia

¿Por qué el diplodocus de Teruel cambia lo que sabíamos del Jurásico?

Un Diplodocus de unos 25 metros hallado en Teruel se convierte en el primero confirmado fuera de Norteamérica y reabre el mapa del Jurásico.

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el diplodocus de Teruel

Resumen

  • Teruel conserva el primer Diplodocus confirmado fuera de Norteamérica
  • El animal vivió hace unos 150 millones de años y rondó los 25 metros
  • El hallazgo refuerza antiguas conexiones entre Europa y Norteamérica

Teruel acaba de colocar una pieza bastante incómoda —y fascinante— en el puzle del Jurásico. Paleontólogos de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis han identificado en el yacimiento de La Tejería, en El Castellar, restos pertenecientes al género Diplodocus. Es la primera evidencia confirmada fuera de Norteamérica de uno de los dinosaurios más reconocibles de la historia.

El animal vivió hace aproximadamente 150 millones de años, durante el Jurásico Superior, y habría alcanzado unos 25 metros de longitud. El estudio se apoya especialmente en 14 vértebras de la cola excepcionalmente conservadas y varios chevrones o arcos hemales, pequeños huesos situados bajo las vértebras caudales. La anatomía y los análisis evolutivos sitúan al ejemplar dentro del género Diplodocus y lo relacionan estrechamente con Diplodocus hallorum.

No se trata, por tanto, simplemente de otro dinosaurio enorme encontrado en España. El hallazgo obliga a mirar de otra manera las conexiones entre Europa y Norteamérica a finales del Jurásico y aporta una pieza particularmente valiosa para comprender cómo algunos grandes dinosaurios pudieron desplazarse entre territorios que el Atlántico empezaba a separar.

El Diplodocus de Teruel llevaba años esperando su apellido

Hay una peculiaridad que conviene aclarar. Los fósiles de La Tejería no aparecieron por primera vez en 2026. Parte del material se conocía desde hacía más de una década y ya había sido atribuido a un diplodócido, la familia de saurópodos a la que pertenecen Diplodocus y otros gigantes de cuello y cola extraordinariamente largos.

En 2015 ya se habían dado a conocer vértebras caudales y chevrones procedentes de los sedimentos jurásicos de El Castellar. Durante años, aquel animal fue considerado un diplodócido con características muy próximas a las de Diplodocus. Se parecía mucho, sí. Pero en paleontología parecerse no basta: había que demostrarlo con anatomía comparada y análisis evolutivos.

Eso es precisamente lo que aporta la investigación publicada en 2026. El equipo encabezado por Sergio Sánchez-Fenollosa estudió con mayor detalle la anatomía de los fósiles y aplicó diferentes análisis filogenéticos, métodos empleados para reconstruir las relaciones evolutivas entre organismos. Los resultados coinciden en un punto crucial: aquel saurópodo turolense no era simplemente un pariente parecido a un Diplodocus. Era un Diplodocus.

La diferencia parece pequeña escrita sobre el papel. Paleontológicamente, no lo es. Significa ampliar por primera vez el mapa confirmado del género más allá del territorio norteamericano y obliga a reconsiderar cómo se distribuían estos gigantes cuando los continentes tenían una forma muy distinta a la actual.

Las vértebras que permitieron reconocerlo

Los investigadores encontraron una combinación de rasgos anatómicos característica del género. Entre ellos aparecen grandes cavidades neumáticas en las vértebras, profundos surcos longitudinales en la zona inferior de algunos huesos de la cola, chevrones bifurcados con una anatomía particular y centros vertebrales alargados sin determinadas crestas laterales.

No existe un cráneo perfecto unido a un esqueleto entero esperando bajo una fina capa de polvo, como tantas veces permite imaginar el cine. La paleontología real funciona de otro modo. Unas cuantas vértebras, bien conservadas y comparadas con cientos de fósiles, pueden contener una enorme cantidad de información. En este caso, la cola actuó casi como una huella dactilar anatómica.

Los distintos métodos empleados colocaron el fósil dentro de Diplodocus y próximo a D. hallorum, una de las especies norteamericanas del género. Esa afinidad es precisamente la que convierte unos huesos aparentemente discretos en una pieza con alcance intercontinental.

Por qué encontrar un Diplodocus en Europa resulta tan excepcional

Diplodocus fue descrito científicamente en Estados Unidos en 1878 y terminó convertido en una celebridad del mundo fósil: cuerpo gigantesco, cabeza sorprendentemente pequeña, cuello larguísimo y una cola capaz de extenderse durante varios metros. Sus reconstrucciones ocuparon museos y libros hasta transformar su silueta en una especie de logotipo no oficial del Jurásico.

Pero todos los ejemplares reconocidos con seguridad procedían hasta ahora de la Formación Morrison, una gigantesca sucesión de rocas del oeste de Estados Unidos famosa por albergar algunos de los yacimientos de dinosaurios jurásicos más ricos del planeta.

Aquí conviene evitar una confusión frecuente. El descubrimiento español no significa que nunca se hubieran encontrado diplodócidos fuera de Norteamérica. Ese grupo más amplio está documentado en otros lugares y Europa ya había proporcionado restos de dinosaurios estrechamente emparentados. Lo extraordinario es haber podido identificar específicamente el género Diplodocus en territorio europeo.

El mapa cambia un poco. Y en paleobiogeografía, la disciplina que estudia dónde vivieron los organismos del pasado y cómo llegaron hasta allí, un poco puede ser muchísimo.

Un Atlántico joven que todavía no era una muralla

Hace unos 150 millones de años, Europa y Norteamérica ya no formaban una única masa continental como en tiempos de Pangea, pero su separación estaba lejos de parecerse a la actual. El proto-Atlántico seguía desarrollándose, el nivel del mar cambiaba y la geografía estaba formada por mares poco profundos, islas, penínsulas y zonas emergidas.

La presencia de un Diplodocus en la actual provincia de Teruel refuerza la hipótesis de que durante determinados episodios pudieron producirse intercambios de fauna entre Norteamérica y Europa. No significa imaginar una manada atravesando el Atlántico como quien cruza un puente. Aquellos desplazamientos habrían sucedido a lo largo de muchas generaciones, aprovechando conexiones terrestres temporales, archipiélagos y zonas emergidas.

Ya existían indicios de relaciones entre las faunas jurásicas de ambos lados. El ejemplar de El Castellar añade una prueba especialmente llamativa porque pertenece precisamente a un género que durante casi siglo y medio había parecido exclusivamente norteamericano.

Teruel era muy diferente hace 150 millones de años

El paisaje tampoco se parecía demasiado al Teruel actual. Las rocas de la zona de El Castellar registran ambientes de llanuras aluviales y costeras, en una región donde convivieron numerosos vertebrados y donde se han preservado huesos, dientes, huevos, coprolitos y numerosas huellas de dinosaurios.

En aquellos ecosistemas habitaron saurópodos, terópodos carnívoros, estegosaurios y ornitópodos. El registro geológico de El Castellar abarca distintos momentos entre finales del Jurásico y el Cretácico Inferior, lo que ha convertido al municipio en una especie de archivo de piedra que conserva millones de años de evolución.

Y no todo eran diplodocus. Teruel ha proporcionado otros saurópodos gigantes muy distintos, entre ellos Turiasaurus y Losillasaurus. El nuevo ejemplar amplía todavía más una fauna que ya era extraordinariamente variada. Con alrededor de 25 metros estimados, el Diplodocus de El Castellar habría sido uno de los grandes colosos que caminaron por esta parte de la península ibérica.

Qué cambia realmente después del hallazgo de Teruel

El descubrimiento no reescribe de golpe toda la historia de los dinosaurios, pero sí derriba una frontera biogeográfica que parecía bastante resistente. Durante décadas, Diplodocus estuvo ligado casi inseparablemente a Norteamérica. Desde este hallazgo, esa afirmación necesita una coletilla importante: el género también llegó a Europa.

Eso abre otra puerta. Materiales europeos fragmentarios clasificados simplemente como diplodócidos podrían merecer una nueva revisión a la luz de los rasgos identificados en El Castellar. La paleontología tiene algo de detective paciente: un fósil nuevo puede obligar a volver sobre cajas de museo que llevaban décadas perfectamente etiquetadas y aparentemente resueltas.

También será importante comprobar si futuras excavaciones recuperan otras partes del mismo individuo o nuevos ejemplares capaces de precisar todavía más sus relaciones con los Diplodocus estadounidenses. Cada hueso adicional podría ayudar a determinar cuánto se parecían realmente aquellas poblaciones separadas por el Atlántico primitivo.

Los fósiles estudiados se conservan en el Museo Aragonés de Paleontología de Dinópolis, en Teruel. Algunas de esas vértebras llevaban años ante los ojos de investigadores y visitantes. La pieza estaba ahí; lo que ha cambiado es nuestra capacidad para leerla.

Un dinosaurio americano que también caminó por Teruel

Durante casi 150 años, Diplodocus fue uno de los grandes emblemas fósiles de Norteamérica. El ejemplar de La Tejería rompe esa cómoda geografía y dibuja un Jurásico bastante más dinámico: continentes separándose, mares creciendo y animales desplazándose por corredores que el mapa actual hace casi imposibles de imaginar.

Teruel aporta así algo más que otro dinosaurio espectacular. Sus vértebras ofrecen evidencia física de conexiones entre ecosistemas europeos y norteamericanos, una fotografía incompleta pero cada vez más nítida de cómo se distribuía la vida cuando Europa todavía era un mosaico de tierras, costas e islas.

Y hay cierta ironía hermosa en todo esto. Uno de los dinosaurios más reconocibles del planeta llevaba millones de años escondiendo parte de su historia en una ladera turolense. Solo había que aprender a leer su cola.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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