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¿Qué revelan los documentos de Thomas Crooks sobre el ataque a Trump?
Los nuevos documentos del caso Thomas Crooks detallan sus compras y preparación, pero no prueban una trama política detrás del ataque a Trump.

Resumen
- Los nuevos documentos detallan cómo Thomas Crooks preparó el ataque
- El FBI no ha hallado pruebas públicas de cómplices ni de una trama política
- Los graves fallos de seguridad en Butler sí están ampliamente documentados
Los nuevos documentos federales sobre Thomas Matthew Crooks, el joven que intentó asesinar a Donald Trump durante el mitin de Butler, Pensilvania, aportan detalles desconocidos sobre sus compras, su relación con las armas y la preparación previa al ataque. Lo que no aportan, al menos con la información pública disponible este 16 de septiembre de 2026, son pruebas de que actuara dentro de una conspiración política o acompañado por una red de cómplices. El móvil concreto del atentado sigue sin estar establecido.
La documentación ha vuelto al centro del debate estadounidense después de que Donald Trump calificara el ataque de Butler como una trama demócrata y cuestionara la investigación realizada durante la etapa de Christopher Wray al frente del FBI. La acusación fue formulada sin aportar públicamente pruebas que relacionen a Crooks con el Partido Demócrata. Ese mismo día, el actual director del FBI, Kash Patel, reiteró ante el Senado que los investigadores no habían encontrado evidencias de que el atacante estuviera trabajando con otras personas.
Lo verdaderamente nuevo está en otro sitio. Los registros permiten reconstruir con más detalle algunos movimientos de Crooks antes del 13 de julio de 2024: utilizó el nombre “Bob Dole” en pedidos realizados por internet, adquirió piezas y herramientas relacionadas con su rifle y había desarrollado un acusado interés por las armas y el tiro. Son piezas importantes para entender al autor. Pero piezas, al fin y al cabo; el centro del puzle continúa vacío.
Qué revelan realmente los documentos de Thomas Crooks
Thomas Matthew Crooks tenía 20 años cuando abrió fuego desde el tejado de un edificio del complejo American Glass Research, situado junto al recinto del mitin de Trump en Butler. Los nuevos registros recuperan entrevistas con personas de su entorno y datos sobre compras y hábitos anteriores al atentado, ofreciendo una imagen más detallada de cómo se había ido familiarizando con las armas.
Uno de los elementos más curiosos es precisamente el empleo del alias Bob Dole, nombre del histórico senador republicano de Kansas y candidato presidencial en 1996. Crooks lo utilizó para recibir determinados pedidos en la vivienda familiar. Entre las compras descritas en los nuevos registros aparecen piezas y herramientas destinadas a trabajar sobre su rifle.
El alias “Bob Dole” y las compras relacionadas con armas
El nombre falso llama la atención por su evidente resonancia política, aunque los documentos conocidos no permiten convertir esa elección en una declaración ideológica. Según el relato de su padre recogido por los investigadores, Crooks había empezado a utilizar seudónimos en pedidos después de problemas relacionados con la seguridad de cuentas bancarias. El hecho de utilizar un nombre ficticio, por sí solo, no revela el motivo por el que acabaría disparando contra Trump.
Los testimonios también describen un interés creciente por las armas de fuego. Crooks practicaba tiro y había aprendido a manejar miras y ajustes para disparar a distancias mayores. También experimentó con impresión 3D y proyectos tecnológicos domésticos. El cuadro que aparece en los documentos es el de un joven técnicamente curioso, reservado y cada vez más metido en el mundo de las armas; no el de alguien cuyo recorrido político pueda trazarse con una línea limpia y sencilla.
Antes del ataque hubo, además, una preparación material considerable. Las investigaciones oficiales establecieron que Crooks compró 50 cartuchos aquel 13 de julio, utilizó previamente un dron cerca del recinto, llevó un telémetro y consiguió aproximar dos artefactos explosivos a la zona del mitin. Nada de eso parece fruto de un impulso repentino.
Lo que los documentos no muestran: una red detrás del ataque
Este es el punto que más fácilmente puede perderse entre titulares, declaraciones políticas y teorías difundidas en redes sociales. El FBI no ha presentado pruebas que conecten a Crooks con cómplices que conocieran previamente el atentado, una organización política o una estructura externa encargada de dirigirlo. La investigación inicial ya llegó a esa conclusión y Kash Patel la volvió a sostener ante el Senado en septiembre de 2026.
El FBI analizó dispositivos electrónicos, cuentas, búsquedas y contactos del atacante. En 2024 explicó públicamente que no había encontrado evidencias creíbles de una conspiración ni indicios de que una entidad extranjera hubiera ordenado el atentado. La aparición de nuevos documentos ha ampliado el conocimiento sobre Crooks, pero hasta este momento no ha producido públicamente el salto probatorio necesario para sostener otra cosa.
Que existan preguntas pendientes no convierte automáticamente cualquier explicación en probable. Es una diferencia elemental, aunque se pierda con frecuencia cuando un caso de esta magnitud entra en la centrifugadora política: una incógnita es algo que todavía no ha podido aclararse; una prueba es otra cosa.
Trump habla de una trama demócrata, pero el FBI no la acredita
Donald Trump fue mucho más lejos en sus declaraciones del 15 de septiembre. El presidente afirmó que Butler había sido un “Democrat Plot” y volvió a cargar contra Christopher Wray, antiguo director del FBI, al que responsabilizó de una investigación que considera insuficiente. También sostuvo que determinada información había desaparecido, sido alterada o no estaba disponible. No presentó evidencia pública que conectara esas afirmaciones con una operación organizada por dirigentes o estructuras demócratas.
El fiscal general Todd Blanche confirmó que el FBI había localizado nueva información sobre Crooks, especialmente acerca de su historia y antecedentes, y que ese material había sido entregado al Senado. Cuando se le pidió relacionar esos hallazgos con la supuesta trama demócrata mencionada por Trump, Blanche no estableció públicamente esa conexión.
La distinción importa. Que aparezcan documentos anteriormente desconocidos puede justificar preguntas sobre cómo se gestionó la investigación, qué información se difundió o por qué determinados materiales no habían trascendido. Pero demostrar una conspiración política exigiría evidencias sobre contactos, coordinación, financiación, órdenes o conocimiento previo. Ese nexo no ha sido mostrado públicamente.
Patel sostuvo ante los senadores que Crooks no estaba coordinándose con otras personas para ejecutar el ataque y que los investigadores no habían encontrado ese tipo de conexiones. Así aparece una circunstancia peculiar: la interpretación expresada por Trump va, por el momento, más allá de las conclusiones públicas del FBI que dirige su propia Administración.
Butler sí dejó probados graves fallos de seguridad
Hay un terreno mucho menos nebuloso. La protección del mitin de Butler sufrió fallos graves y documentados. Las investigaciones del Congreso y las revisiones internas del Servicio Secreto señalaron deficiencias en la planificación, las comunicaciones, el intercambio de información, las líneas de visión y la coordinación entre los distintos cuerpos desplegados aquel día.
El complejo de American Glass Research, desde cuyo tejado disparó Crooks, estaba situado a menos de 200 yardas del escenario y ofrecía una posición elevada con visión hacia Trump. La investigación de la Cámara de Representantes consideró que el atentado era evitable y concluyó que no hubo un único error decisivo, sino una suma de deficiencias que terminó abriendo una grieta enorme en el dispositivo de seguridad.
También se documentaron problemas a la hora de transmitir la información sobre el individuo sospechoso que agentes locales habían detectado antes del tiroteo. El panel independiente que investigó lo ocurrido señaló que Crooks fue observado más de 90 minutos antes de comenzar a disparar y que, aun así, nadie logró interceptarlo. La información crítica tampoco alcanzó adecuadamente al equipo que protegía a Trump en los minutos decisivos.
Eso explica por qué Butler sigue alimentando dudas. Pero conviene separar la incompetencia o los fallos operativos de una acción deliberada. Las revisiones oficiales han documentado una larga cadena de errores concretos; no han demostrado que esos errores formaran parte de un plan para permitir el atentado.
Ocho disparos y una cadena de errores
Crooks consiguió subir al tejado del edificio AGR y, a las 18:11 del 13 de julio de 2024, efectuó ocho disparos con un rifle semiautomático. Donald Trump resultó herido, Corey Comperatore murió y otros dos asistentes, David Dutch y James Copenhaver, sufrieron heridas. Poco después, un francotirador del Servicio Secreto abatió al atacante.
La secuencia resulta especialmente difícil de explicar porque Crooks había llamado previamente la atención de agentes y policías, había utilizado un telémetro y había podido moverse cerca del recinto antes de alcanzar una posición privilegiada sobre el tejado. El Servicio Secreto reconoció posteriormente deficiencias en el mando y control, las comunicaciones y la mitigación de amenazas derivadas de las líneas de visión.
No hace falta rellenar esos huecos con una teoría para comprender la gravedad de lo ocurrido. Las propias investigaciones describen un escenario en el que múltiples fallos, algunos sorprendentemente básicos, permitieron que un joven armado llegara a tener a un candidato presidencial dentro de su campo de tiro.
El motivo de Thomas Crooks sigue siendo la gran incógnita
Más de dos años después, la cuestión central permanece prácticamente intacta: por qué Thomas Crooks decidió disparar contra Donald Trump. El análisis de sus búsquedas, dispositivos y actividad digital ha permitido reconstruir intereses y comportamientos, pero el FBI no ha identificado públicamente un móvil definitivo.
Los documentos conocidos en septiembre de 2026 completan partes de su biografía y muestran con mayor nitidez cómo se relacionaba con las armas, cómo realizaba determinadas compras y hasta qué punto intentaba limitar su huella digital. Pero no ha aparecido un manifiesto inequívoco, una orden de terceros o una comunicación que explique de manera definitiva qué pretendía conseguir con el atentado.
Ese vacío ayuda a entender por qué Butler continúa produciendo teorías. Un intento de asesinato contra un candidato presidencial, ejecutado por un joven de 20 años, rodeado de fallos de seguridad extraordinarios y sin un motivo claramente establecido deja mucho espacio para la especulación. Pero los documentos nuevos obligan a mantener separadas las piezas que sí encajan de aquellas que todavía no existen.
Lo acreditado es considerable: Crooks preparó el ataque, desarrolló durante años un importante interés por las armas, realizó compras bajo un seudónimo, consiguió aprovechar graves deficiencias del dispositivo de Butler y disparó ocho veces hacia Trump y la multitud. Lo que no está acreditado públicamente es una red política detrás de él.
Los nuevos papeles iluminan más rincones de aquella tarde del 13 de julio de 2024, pero no despejan el lugar que sigue más oscuro. La investigación conoce mucho mejor cómo actuó Thomas Crooks; todavía no ha conseguido explicar de forma definitiva por qué lo hizo.

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