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Ciencia

¿Qué son las semillas del apocalipsis que sobreviven durante décadas?

El frijol mungo destaca por su longevidad en bancos de semillas, mientras el estudio revela que algunas especies envejecen antes de lo previsto.

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semillas del apocalipsis

Resumen

  • El frijol mungo es la semilla más longeva entre los seis cultivos analizados
  • Su longevidad estimada alcanza 63,5 años bajo conservación a −20 grados
  • El estudio alerta de que los bancos de semillas deben revisar antes sus lotes

No llevan una etiqueta de emergencia ni están reservadas para el día después del fin del mundo, pero el apodo les viene casi solo. Un estudio sobre semillas conservadas durante décadas ha identificado al frijol mungo (Vigna radiata) como la especie más longeva de las analizadas: sus semillas mantienen una capacidad de germinación extraordinariamente alta incluso después de permanecer congeladas durante muchos años.

La investigación, realizada a partir del archivo histórico del Australian Grains Genebank, sitúa su estimación de longevidad en 63,5 años bajo las condiciones de conservación estudiadas. Hay que afinar aquí el titular: esos 63,5 años no significan que cada semilla tenga una fecha de caducidad exacta seis décadas después de entrar en una cámara. Es un parámetro estadístico que mide la velocidad a la que disminuye la viabilidad. Lo verdaderamente llamativo es otra cosa: en pruebas reales se encontraron lotes de Vigna radiata que seguían mostrando al menos un 90% de viabilidad tras más de cuatro décadas almacenados en frío.

El frijol mungo, la semilla que mejor soporta el paso del tiempo

Conviene despejar antes una pequeña trampa de traducción. La especie ganadora no es exactamente la judía verde que solemos imaginar junto a unas patatas cocidas. Vigna radiata es el frijol mungo, también conocido en España como judía mungo o soja verde, una legumbre muy utilizada en Asia y cuyos brotes aparecen con frecuencia en la cocina.

Y parece tener una cualidad menos gastronómica, pero bastante más cinematográfica: soporta el almacenamiento prolongado como pocas.

Los investigadores compararon seis cultivos tropicales conservados a −20 grados Celsius: frijol adzuki, guandú, judía común, soja, sorgo y frijol mungo. La colección ofrecía algo que ningún experimento acelerado puede fabricar fácilmente: tiempo real. Algunos materiales llevaban almacenados desde hace décadas, con sucesivos controles de germinación que permitían reconstruir su deterioro.

El conjunto histórico alcanzó 24.141 resultados de viabilidad, mientras que 3.861 lotes fueron sometidos a pruebas de germinación en 2024. No estamos, por tanto, ante unas cuantas semillas olvidadas en el fondo de un congelador y recuperadas por casualidad. Es una enorme serie de datos sobre cómo envejece el material vegetal cuando se conserva bajo condiciones controladas.

Qué descubrieron al despertar semillas guardadas durante décadas

La diferencia entre especies resultó enorme. El frijol mungo encabezó los valores de longevidad observados con 63,5 años. El sorgo y la soja se situaron también entre los cultivos más resistentes, mientras que la judía común y el guandú mostraron una supervivencia sensiblemente menor. En el extremo opuesto quedó el frijol adzuki, con una longevidad media estimada de apenas 17,4 años.

Esto no significa que todas las semillas de adzuki mueran al cumplir 17 años ni que una de mungo llegue necesariamente viva a los 64. La biología no trabaja con la puntualidad de un billete de tren —y menos mal—. Los valores describen la velocidad media de pérdida de viabilidad observada mediante modelos estadísticos aplicados a los lotes que mostraban deterioro durante el almacenamiento.

Los 63,5 años no son una fecha de caducidad

Ese matiz cambia bastante la lectura del hallazgo. El parámetro utilizado por los científicos expresa el tiempo necesario para que la viabilidad disminuya una determinada unidad estadística. Sirve para comparar especies y calcular cuándo conviene volver a comprobar un lote, pero no permite escribir sobre una bolsa de semillas aquello de «consumir preferentemente antes de 2089».

Los datos reales, eso sí, impresionan por sí solos. En los controles efectuados en 2024 hubo semillas de todas las especies estudiadas capaces de mantener al menos un 90% de germinación después de 25 años de almacenamiento. En el caso del sorgo y del frijol mungo se localizaron muestras con ese nivel de viabilidad después de más de 44 años; para Vigna radiata, el máximo registrado en esos controles llegó a 45,5 años.

Una semilla viva no es una semilla inmortal

Precisamente ahí aparece la sorpresa menos vistosa, pero probablemente más importante, del trabajo. Durante años se han utilizado modelos capaces de proyectar para determinadas especies supervivencias de cientos e incluso más de mil años en condiciones ideales de conservación. Las observaciones obtenidas ahora son bastante menos generosas.

Anteriores estimaciones teóricas atribuían a algunos cultivos una resistencia extraordinariamente prolongada en cámaras de conservación. Los datos históricos del banco australiano dibujan un panorama más modesto. El abismo entre determinados modelos y lo observado obliga a ser prudentes: una cámara frigorífica puede frenar muchísimo el reloj biológico, pero no lo detiene.

El verdadero hallazgo está en los bancos de semillas

De ahí que hablar de «semillas del apocalipsis» sea irresistible para un titular, aunque científicamente el trabajo va por otro camino. La investigación no intenta encontrar qué cultivar sembraría la humanidad después de una catástrofe mundial. Busca algo bastante más cotidiano y, a largo plazo, quizá más trascendente: saber cuándo deben revisarse y regenerarse las colecciones genéticas almacenadas en los bancos de semillas.

Estas instalaciones conservan variedades agrícolas, especies silvestres relacionadas con cultivos y materiales de mejoramiento que podrían contener genes útiles frente a una enfermedad, una sequía o un cambio del clima. Son algo parecido a una biblioteca, sólo que sus libros respiran cuando vuelven a plantarse.

El Australian Grains Genebank conserva una de las grandes colecciones mundiales de recursos genéticos agrícolas. Las semillas se secan, se introducen en envases herméticos y se mantienen a temperaturas bajo cero. Pero cada prueba de germinación consume parte del material guardado y cada regeneración implica cultivar plantas nuevas procurando conservar intacta su diversidad genética. No interesa comprobar demasiado pronto; tampoco llegar tarde.

Ese equilibrio es el corazón del estudio.

Por qué el 85% de germinación importa tanto

En los bancos de germoplasma existe un umbral especialmente vigilado. Los estándares internacionales de conservación utilizan habitualmente valores de referencia próximos al 85% de viabilidad, aunque la estrategia concreta puede variar según la especie y la colección. Si una muestra cae demasiado, existe el riesgo de perder progresivamente individuos y, con ellos, parte de la diversidad genética que se pretendía preservar.

El problema es que establecer controles demasiado espaciados puede dejar que una colección se deteriore sin que nadie lo detecte a tiempo. Y hacerlos continuamente tampoco es gratis: germinar semillas para comprobarlas significa consumir una parte de ellas.

Por eso los investigadores proponen intervalos dinámicos, adaptados tanto a la especie como al resultado del último ensayo. Una muestra de frijol mungo con un 98% de viabilidad podría esperar alrededor de dos décadas antes de un nuevo control según el modelo planteado en el estudio; para especies menos longevas, como el adzuki, el intervalo sería mucho menor. Cuando la viabilidad empieza a caer, las revisiones deben hacerse más frecuentes.

La diferencia parece administrativa hasta que se piensa en la escala. Un gran banco no custodia veinte sobres. Puede gestionar decenas o cientos de miles de accesiones, cada una con necesidades distintas. Saber qué cajón requiere atención y cuál puede dormir tranquilo otros quince años ahorra semillas, dinero y trabajo.

De Australia a Svalbard: una póliza genética para la agricultura

La imagen más conocida de esta estrategia mundial está en el Ártico. La Bóveda Global de Semillas de Svalbard, excavada en una montaña noruega, almacena duplicados de colecciones procedentes de bancos genéticos de numerosos países. Su función es actuar como respaldo de seguridad, no como almacén único de la agricultura mundial.

El principio recuerda al de una copia de seguridad informática: el original se conserva y trabaja en su banco correspondiente; una duplicación queda protegida en otro lugar por si una guerra, un desastre natural, un fallo técnico o cualquier otra circunstancia destruye la colección principal.

Pero incluso una caja enterrada en una montaña del Ártico contiene organismos, no archivos digitales. Las semillas envejecen. Lentamente, en ocasiones con una resistencia formidable, pero envejecen. Saber a qué velocidad lo hacen permite mantener viva esa copia de seguridad generación tras generación.

Y ahí está la paradoja bonita del asunto. Para conservar una semilla durante siglos quizá haya que despertarla de vez en cuando, sembrarla, verla crecer y guardar a sus descendientes.

La despensa genética también tiene reloj

El frijol mungo se ha ganado con bastante justicia el sobrenombre de «semilla del apocalipsis» entre las especies examinadas. Aguanta décadas de congelación y puede conservar una capacidad de germinación extraordinaria cuando otros cultivos ya muestran un deterioro mucho mayor. Pero el descubrimiento importante no es que exista una semilla aparentemente indestructible. No existe tal cosa.

Lo que revela el estudio es más incómodo y más útil: incluso en las mejores condiciones disponibles, la diversidad agrícola almacenada necesita vigilancia. Los viejos cálculos que permitían imaginar semillas dormidas durante siglos sin apenas intervención pueden resultar demasiado optimistas.

La seguridad alimentaria del futuro, al final, depende también de tareas poco épicas: una cámara a −20 grados, sobres perfectamente sellados, ensayos de germinación y alguien que recuerde abrir la puerta antes de que sea demasiado tarde. El frijol mungo puede esperar mucho. La conservación genética no puede olvidarse de él.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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