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Salud

¿Qué es la Naegleria y cómo mató a una niña de ocho años en Luisiana?

Una niña de ocho años muere por Naegleria fowleri en Luisiana tras bañarse en un lago: qué ocurrió, cómo se contagia y por qué es tan letal.

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Qué es la Naegleria

Una niña de 8 años de Luisiana ha muerto después de contraer una infección por Naegleria fowleri, la microscópica ameba conocida popularmente como “comecerebros”. Las autoridades sanitarias consideran que Lillian Smart se infectó probablemente mientras nadaba en Lake Claiborne, un lago de agua dulce situado en el norte del estado. La pequeña había permanecido hospitalizada desde el 15 de agosto y murió el sábado 22, un día después de cumplir ocho años.

La infección es extraordinariamente rara, pero también una de las más agresivas conocidas. Naegleria fowleri puede entrar en el organismo cuando agua contaminada penetra por la nariz, desplazarse hasta el cerebro y provocar una meningoencefalitis amebiana primaria, una inflamación que destruye tejido cerebral y puede avanzar en cuestión de días. No se contrae simplemente por beber agua contaminada y tampoco se transmite entre personas.

Qué ocurrió con Lillian Smart en Luisiana

Lillian vivía en Ruston, una localidad del norte de Luisiana. El Departamento de Salud del estado confirmó el 19 de agosto la existencia de una infección por Naegleria fowleri y señaló como exposición más probable un baño en Lake Claiborne, aunque, siguiendo su política habitual de privacidad, no identificó públicamente a la paciente.

Su entorno confirmó después que se trataba de Lillian Smart. La niña llevaba ingresada desde el 15 de agosto con una grave afectación cerebral. Sus padres, Daniel y Rebecca Smart, comunicaron su muerte durante el fin de semana y explicaron que las lesiones sufridas en el cerebro eran demasiado importantes para que pudiera recuperarse.

El caso tiene otro dato que ayuda a colocar la tragedia en perspectiva: se trata de la primera infección confirmada en Luisiana desde 2013. No estamos, por tanto, ante una enfermedad que circule habitualmente entre bañistas ni ante una epidemia escondida bajo la superficie de los lagos. La frecuencia es minúscula. La gravedad, en cambio, resulta desproporcionada.

La comunidad de Ruston se había movilizado mientras Lillian permanecía hospitalizada. Comercios locales organizaron actos y recaudaciones para ayudar a la familia y la campaña “Love for Lillian” se extendió por la ciudad. El gobernador de Luisiana, Jeff Landry, también expresó públicamente sus condolencias tras conocerse la muerte.

Qué es realmente la Naegleria fowleri

Naegleria fowleri es una ameba microscópica de vida libre que puede encontrarse de forma natural en agua dulce cálida, sobre todo en lagos, ríos, estanques, canales y manantiales termales. Tiene especial afinidad por temperaturas elevadas y por eso los casos estadounidenses se han concentrado tradicionalmente durante los meses de verano y en los estados del sur.

El apodo de “ameba comecerebros” parece salido de una película de serie B y no es una denominación médica especialmente elegante, pero describe de forma bastante gráfica las consecuencias de la infección. Cuando el microorganismo consigue alcanzar el cerebro provoca la llamada meningoencefalitis amebiana primaria, conocida por las siglas PAM en inglés.

Aquí está el detalle importante, porque se confunde con frecuencia: la ameba no atraviesa normalmente el aparato digestivo. Una persona puede tragar agua que contenga Naegleria fowleri sin desarrollar esta infección cerebral. El peligro aparece cuando el agua entra con suficiente fuerza por las fosas nasales, algo que puede ocurrir al zambullirse, bucear, saltar al agua o practicar determinados deportes acuáticos.

Desde allí, el microorganismo puede desplazarse siguiendo las estructuras relacionadas con el nervio olfativo hasta alcanzar el cerebro. Es un recorrido diminuto, casi invisible, pero sus consecuencias pueden ser devastadoras.

Una enfermedad rarísima pese a su enorme mortalidad

Entre 1937 y 2025 se han registrado alrededor de 180 infecciones confirmadas en Estados Unidos. En un país donde decenas de millones de personas se bañan cada verano en ríos y lagos, la cifra permite entender hasta qué punto el riesgo individual es bajo. De media se notifican menos de diez casos al año.

Eso no convierte a la enfermedad en irrelevante. La razón por la que cada caso llama tanto la atención es que la meningoencefalitis causada por esta ameba es casi siempre mortal y evoluciona a una velocidad que deja muy poco margen a los médicos.

Los datos históricos son especialmente duros. En una revisión de los casos estadounidenses registrados entre 1962 y 2023, apenas cuatro de 164 pacientes conocidos habían sobrevivido. Existen supervivientes documentados también fuera de Estados Unidos, pero continúan siendo excepcionales.

Los síntomas pueden confundirse al principio con una meningitis

Los primeros signos suelen aparecer entre uno y 12 días después de la exposición, aunque el intervalo varía. El comienzo puede parecer relativamente inespecífico: dolor de cabeza intenso, fiebre, náuseas y vómitos. Nada que, visto de manera aislada, señale inmediatamente a una ameba microscópica.

Después la situación puede deteriorarse con rapidez. Aparecen rigidez de cuello, confusión, pérdida de equilibrio, alteraciones de la atención, convulsiones y, en algunos pacientes, alucinaciones. La inflamación cerebral puede terminar provocando coma.

Por qué el diagnóstico resulta tan complicado

La meningoencefalitis amebiana primaria puede parecer inicialmente una meningitis bacteriana, mucho más frecuente. Esa semejanza clínica es uno de los problemas: cuando cada hora cuenta, el microorganismo responsable no es precisamente el primer sospechoso que aparece sobre la mesa.

El diagnóstico puede realizarse estudiando el líquido cefalorraquídeo y confirmarse mediante técnicas moleculares como la PCR. El tratamiento tampoco es sencillo. No existe una terapia única cuya eficacia esté garantizada y los especialistas emplean combinaciones agresivas de medicamentos, entre ellos anfotericina B, azitromicina, rifampicina y miltefosina, además de medidas intensivas para controlar la inflamación y la presión dentro del cráneo.

Se han documentado supervivientes tratados de esta manera, especialmente cuando el diagnóstico y la administración de los medicamentos fueron muy precoces. Son casos que demuestran que sobrevivir es posible, aunque siguen siendo una excepción estadística.

El calor importa, pero un lago cálido no significa un lago contaminado

Naegleria fowleri prospera especialmente en agua dulce cálida y puede resultar más activa cuando la temperatura del agua supera aproximadamente los 25 grados. Esa preferencia explica que la mayoría de las infecciones estadounidenses hayan aparecido en verano y, durante décadas, sobre todo en estados meridionales.

En los últimos años también se han registrado casos más al norte. Es un fenómeno que los investigadores observan con atención porque el calentamiento de las aguas puede ampliar las zonas y los periodos en los que la ameba encuentra condiciones favorables. Eso no significa que cada verano caluroso vaya a producir una oleada de infecciones, ni mucho menos. Las cifras siguen siendo extraordinariamente pequeñas.

Hay otra dificultad: no existe un sistema rutinario capaz de garantizar que un lago natural está libre de Naegleria fowleri. La ameba forma parte del medio ambiente y puede aparecer en concentraciones variables. Analizar una muestra concreta tampoco permitiría asegurar que todo un lago está libre del microorganismo.

Tampoco debe confundirse este riesgo con el del agua del mar. Naegleria fowleri está relacionada fundamentalmente con agua dulce y no vive en agua salada. Las piscinas correctamente mantenidas, desinfectadas y cloradas tampoco constituyen el entorno típico donde se producen estas infecciones.

Cómo se reduce el riesgo al bañarse en agua dulce

El riesgo absoluto continúa siendo muy pequeño y las recomendaciones sanitarias no pasan por presentar cada lago como una especie de ruleta rusa acuática. Se concentran en algo mucho más concreto: evitar que el agua dulce caliente entre con fuerza por la nariz, particularmente durante periodos de temperaturas elevadas.

Taparse la nariz o utilizar una pinza nasal al saltar o bucear reduce esa exposición. Mantener la cabeza fuera del agua en manantiales termales y evitar remover el sedimento de zonas poco profundas y muy cálidas son otras precauciones razonables.

Hay una vía menos conocida. Se han documentado infecciones asociadas al uso de agua no segura en lavados nasales, incluidos dispositivos para limpiar los senos paranasales. Para estas prácticas debe emplearse agua destilada, estéril o previamente hervida y enfriada, no agua corriente utilizada directamente del grifo.

Y conviene insistir porque el nombre de la enfermedad invita al pánico fácil: tragar agua no es la vía habitual de infección. Tampoco existe contagio al tocar, cuidar o convivir con una persona enferma. El microorganismo necesita una puerta de entrada muy determinada: la nariz.

Un riesgo minúsculo frente a una enfermedad devastadora

La muerte de Lillian Smart reúne dos realidades que parecen difíciles de encajar. Naegleria fowleri es tan rara que Estados Unidos ha registrado apenas alrededor de 180 infecciones confirmadas en casi nueve décadas; cuando consigue provocar una infección cerebral, sin embargo, la medicina se enfrenta a una enfermedad fulminante y extraordinariamente difícil de detener.

El caso de Luisiana no cambia de repente el riesgo cotidiano de bañarse en un lago. Sí recuerda algo menos espectacular y bastante más útil: el agua dulce muy cálida puede albergar microorganismos naturales imposibles de ver a simple vista, y reducir la entrada de agua por la nariz constituye una precaución sencilla en los meses de mayor temperatura.

Lillian había cumplido ocho años apenas un día antes de morir. Detrás del término inquietante “ameba comecerebros”, de las estadísticas y del inevitable ruido que acompaña a estos casos excepcionales queda ese dato, mucho menos abstracto. Una niña, una familia y una enfermedad extremadamente rara que, esta vez, encontró la peor combinación posible.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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