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Economía

¿Cómo logró España ahorrar 2.500 millones durante la guerra de Irán?

Las renovables permitieron a España esquivar 2.500 millones de dólares en costes fósiles, aunque la guerra de Irán todavía dejó una factura elevada.

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monedas delante bandera española

España se ha ahorrado alrededor de 2.500 millones de dólares en importaciones de combustibles fósiles durante los primeros meses de la guerra con Irán gracias, principalmente, al aumento de la generación eléctrica renovable instalada desde 2020. El cálculo sitúa al país entre los que más han reducido su exposición al encarecimiento mundial del petróleo y el gas mediante solar, eólica y otras fuentes limpias.

Eso no significa, ni de lejos, que España haya salido indemne. El país ha soportado un coste neto adicional de unos 7.900 millones de dólares por el encarecimiento de sus compras energéticas. La diferencia está en lo que no tuvo que comprar: sin el crecimiento de la electricidad renovable, la factura habría sido todavía mayor. Es ahí donde aparecen esos 2.500 millones de ahorro estimado.

El dato procede del análisis del Centre for Research on Energy and Clean Air sobre los seis primeros meses de la crisis de Ormuz. Su fotografía es bastante incómoda para las economías importadoras: desde el comienzo del conflicto, el petróleo, el gas natural licuado y los productos derivados se han encarecido hasta añadir alrededor de 330.000 millones de dólares a la factura mundial de los países compradores.

España aparece en esa historia con dos caras. Está entre los Estados europeos golpeados por el encarecimiento de la energía, pero también entre los que han construido un colchón más grueso frente al golpe. Isaac Levi, investigador especializado en política energética europea, considera que el país está “a la vanguardia” precisamente por la velocidad con la que ha ampliado su generación renovable.

España ahorra energía fósil antes de tener que comprarla

La mecánica del ahorro es menos misteriosa de lo que parece. Cuando un parque solar o eólico produce electricidad, esa energía sustituye parte de la generación que, en determinadas circunstancias, habría necesitado gas, carbón o derivados del petróleo importados. Si esos combustibles están disparados de precio por una guerra que estrangula una de las arterias energéticas del planeta, cada megavatio renovable adquiere un valor adicional.

El estudio tomó como referencia el crecimiento de la generación eléctrica limpia desde 2020 y calculó cuánto combustible fósil habría sido necesario importar si esa nueva capacidad no existiera. En los cinco primeros meses de la crisis, el ahorro conjunto para los países importadores alcanzó aproximadamente 36.000 millones de dólares.

De esa cantidad, unos 22.000 millones correspondieron a gas que no fue necesario comprar, alrededor de 10.000 millones a carbón y otros 5.000 millones a petróleo. Hay pequeñas diferencias por redondeos, inevitables cuando se agregan mercados y monedas a semejante escala.

España ocupa el tercer puesto mundial en ahorro absoluto, por detrás de China, con unos 7.900 millones de dólares, y Japón, con alrededor de 4.900 millones. Después aparecen Francia, Italia, Países Bajos, Brasil e India.

Y aquí conviene separar propaganda de aritmética. Las placas solares no levantan una barrera invisible alrededor de la Península, ni las turbinas eólicas consiguen que el barril Brent pierda interés por nosotros. Simplemente reducen la cantidad de combustible exterior que hace falta comprar. Parece bastante menos épico. Económicamente es mucho más útil.

La guerra de Irán ha convertido Ormuz en una factura mundial

El detonante está en el estrecho de Ormuz, paso marítimo decisivo para los cargamentos internacionales de petróleo y gas natural licuado. La alteración del tráfico desde el comienzo del conflicto ha provocado el mayor shock sostenido del mercado petrolero desde la Guerra del Golfo de 1990.

Durante los primeros seis meses, el precio del gas natural licuado asiático se situó de media alrededor de un 75% por encima de las expectativas previas a la guerra. En Europa, aproximadamente un 60%. El diésel rondó un 59% más y el crudo, un 35% por encima de lo que anticipaban los mercados antes del conflicto.

El resultado se ha ido colando por casi todas partes. No solo en las gasolineras. El diésel mueve camiones y maquinaria agrícola; el queroseno alimenta la aviación; el gas entra en procesos industriales, calefacción y generación eléctrica. Cuando esas moléculas cuestan más, el recibo termina viajando desde un petrolero hasta una caja de tomates, una fábrica o un billete de avión.

La Unión Europea ha soportado el mayor coste bruto adicional entre las grandes regiones analizadas, con unos 78.000 millones de dólares. China aparece después, con 35.000 millones, e India, con alrededor de 22.000 millones.

Una paradoja nada pequeña: Europa depende menos directamente del Golfo que varias economías asiáticas, pero su volumen de importaciones y su exposición a los precios internacionales de la energía han terminado convirtiendo el conflicto en una enorme transferencia de renta hacia los productores.

España también está entre los países que más han pagado

El buen comportamiento relativo de las renovables no debería confundirse con inmunidad energética. España aparece igualmente entre los veinte países con mayor coste neto derivado del shock de precios.

El cálculo atribuye al país alrededor de 7.900 millones de dólares adicionales entre marzo y agosto de 2026, aproximadamente el 0,46% del PIB utilizado como referencia por el estudio. La cifra equivale a cerca de 1,7 días de renta nacional.

En términos individuales, el impacto bruto de las importaciones encarecidas ronda los 181 euros por habitante, según los cálculos difundidos por Isaac Levi. Es decir: la transición energética ha reducido el golpe, no lo ha eliminado.

Ahí está la parte menos cómoda del relato. España produce cada vez más electricidad sin combustibles fósiles, pero sigue consumiendo grandes cantidades de petróleo allí donde la electricidad todavía no ha sustituido al motor térmico o al combustible industrial.

El punto débil español sigue siendo el petróleo

La electricidad es solo una parte del sistema energético. Un coche de gasolina no funciona con el excedente fotovoltaico del mediodía por mucha solar que haya conectada. Tampoco un avión comercial puede aprovechar directamente una racha de viento en Tarifa. La dependencia del petróleo sigue muy presente fuera del sistema eléctrico.

Transporte, aviación y parte de la industria continúan dependiendo intensamente del petróleo y sus derivados. Ese es el agujero por el que el shock internacional entra en la economía española.

La situación ayuda a explicar una aparente contradicción: España puede ser simultáneamente uno de los países que más dinero ahorra gracias a las renovables y uno de los que acumula una factura considerable por el encarecimiento de las importaciones fósiles.

No hay truco. Son dos cuentas distintas.

La primera calcula cuánto combustible se habría comprado sin la nueva generación limpia. La segunda mide cuánto más ha costado el combustible que todavía ha sido necesario importar. El saldo sigue siendo doloroso, pero habría sido peor con el sistema energético de hace seis años.

Solar y eólica funcionan también como una póliza geopolítica

Durante años el debate sobre las renovables se planteó casi exclusivamente en términos climáticos: emisiones de CO₂, calentamiento global, objetivos europeos. La guerra de Irán está mostrando otra dimensión bastante más tangible para cualquier ministerio de Hacienda: seguridad económica.

Una central solar instalada en Extremadura no necesita negociar cada semana el precio de su combustible. El sol, por ahora, tampoco exige escolta naval para cruzar Ormuz. Una turbina eólica tiene costes de fabricación, mantenimiento, redes y financiación, claro, pero una vez operativa no necesita comprar cada día gas procedente del extranjero.

Esa diferencia importa cuando el mercado internacional se tuerce.

El análisis calcula que aproximadamente 10.600 millones de dólares de los 36.000 millones ahorrados por la nueva generación limpia durante los primeros cinco meses corresponden específicamente al sobreprecio generado por la guerra. El resto habría sido ahorro incluso con los precios que los mercados esperaban antes del conflicto.

Dicho de otra manera: las renovables ya reducían importaciones antes de la crisis; cuando llegó la crisis, ese ahorro energético se volvió mucho más valioso.

Europa descubre el precio de depender del exterior

La UE ha pasado buena parte de este siglo discutiendo qué significa exactamente la autonomía energética. A veces la respuesta llega en documentos de cientos de páginas; otras, mucho más pedagógicas, en forma de una factura de 78.000 millones de dólares.

El problema no es únicamente comprar petróleo o gas a un país determinado. Incluso un Estado que cambie de proveedor continúa expuesto a un mercado global. Si desaparece una cantidad relevante de crudo del Golfo, sube el precio del barril procedente de otras zonas. El origen cambia; la factura, no necesariamente.

La crisis también está revelando una desigualdad más áspera. Los países importadores de renta baja o media están pagando proporcionalmente mucho más que las economías ricas. El importador típico de ingresos bajos o medio-bajos ha asumido un coste equivalente aproximadamente al 1% de su PIB, frente al 0,45% de un país de renta alta.

Para una economía rica, el petróleo caro erosiona renta disponible e industria. Para otra mucho más vulnerable puede significar problemas de suministro, inflación alimentaria, restricciones presupuestarias y electricidad difícil de pagar. El mismo barril, dos mundos.

España se encuentra en una posición bastante más protegida, pero la lección no cambia demasiado: cuanto menor sea la necesidad de comprar combustible exterior, menor será la capacidad de una guerra a miles de kilómetros de trasladarse al bolsillo doméstico.

El ahorro español tiene algo de marcador adelantado. No demuestra que la transición energética esté terminada —precisamente ocurre lo contrario—, pero sí permite medir con dinero algo que durante años parecía abstracto. La electricidad renovable empieza a funcionar también como protección frente a las sacudidas geopolíticas.

La energía renovable instalada desde 2020 ha evitado compras fósiles justo cuando esas compras se hicieron extraordinariamente caras. Unos 2.500 millones de dólares que no tuvieron que salir de la economía española para adquirir petróleo y gas constituyen una cifra lo bastante grande como para sacar el debate del terreno puramente ideológico.

Al mismo tiempo, los aproximadamente 7.900 millones de coste neto adicional recuerdan dónde sigue estando la dependencia. España ha avanzado mucho en electricidad; bastante menos en la sustitución del petróleo utilizado por automóviles, camiones, aviones y numerosos procesos industriales.

La siguiente frontera energética está ahí: electrificar más consumo, mejorar las redes, almacenar mejor la generación renovable y reducir los usos para los que todavía hace falta importar un combustible cuyo precio puede cambiar por una decisión militar tomada a miles de kilómetros.

Una ventaja española que la guerra ha hecho visible

Las crisis internacionales suelen revelar las debilidades de un país con bastante más eficacia que cualquier discurso. Esta vez también han revelado una fortaleza energética española.

España continúa pagando el petróleo y el gas más caros provocados por la guerra de Irán, pero su despliegue renovable ha amortiguado el impacto de una manera que pocos países han conseguido igualar. Los 2.500 millones de dólares ahorrados no son un premio ni un ingreso extraordinario: son una factura que nunca llegó.

Y quizá esa sea la parte más interesante. Durante décadas, la seguridad energética se imaginaba como depósitos llenos, oleoductos, barcos metaneros y acuerdos con productores extranjeros. Todo eso sigue importando. Pero en 2026 una hectárea de paneles solares bajo el sol castellano también es geopolítica. Solo que hace bastante menos ruido.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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