Economía
¿Cómo amenazan las stablecoins 46.000 millones del negocio bancario?
Stablecoins y activos tokenizados no amenazan la existencia de los bancos, pero sí una parte jugosa de sus ingresos en pagos, divisas y liquidez.

Bitcoin no parece encaminado a jubilar a los bancos, y las stablecoins tampoco. El golpe, si llega, será bastante menos cinematográfico y mucho más incómodo para sus cuentas: 46.000 millones de dólares de ingresos bancarios podrían quedar expuestos hasta 2030 si una parte creciente de los pagos, las divisas, la gestión de liquidez y otras actividades financieras se traslada a infraestructuras digitales.
Esa es la principal conclusión del último análisis conjunto de Oliver Wyman y Morgan Stanley sobre la banca mayorista. No predice un desplome del sistema financiero tradicional. Al contrario: los bancos siguen entrando en esta transformación desde una posición extraordinariamente fuerte. Lo que cambia es algo menos visible pero decisivo, la tubería por la que circula el dinero. Y quien controla la tubería suele cobrar el peaje.
El problema para los bancos no es Bitcoin, sino lo que viene detrás
Durante años, buena parte del debate sobre las criptomonedas se planteó como una pelea casi de western: Bitcoin contra los bancos, dinero descentralizado contra sucursales, una revolución dispuesta a tirar abajo las viejas columnas del sistema financiero. La realidad parece bastante menos épica. El desafío se concentra en servicios financieros que llevan décadas generando ingresos a la banca tradicional.
Oliver Wyman y Morgan Stanley consideran poco probable que los criptoactivos lleguen a convertirse en una clase de activo institucional comparable por tamaño a los grandes mercados financieros tradicionales. Tampoco ven un escenario especialmente probable en el que las stablecoins sustituyan masivamente a los depósitos bancarios. La actividad institucional vinculada directamente a criptoactivos —negociación, financiación o custodia— podría generar hasta 16.400 millones de dólares en 2030, una cifra relevante pero pequeña dentro de la banca global.
El verdadero terremoto puede producirse por debajo. Pagos internacionales que actualmente necesitan varios intermediarios pueden liquidarse mediante redes digitales. El dinero puede moverse durante las 24 horas. Valores financieros tradicionales pueden tokenizarse. El efectivo destinado a cubrir operaciones puede gestionarse con mayor rapidez y determinados activos pueden utilizarse como garantía sin atravesar tantos sistemas separados.
No hace falta destruir el banco para cambiar su negocio. Basta con hacer que algunas de sus funciones más rentables sean más rápidas, baratas y competitivas. Ahí está el problema bastante menos vistoso que Bitcoin, pero potencialmente mucho más importante para las cuentas de resultados.
Los 46.000 millones que explican la inquietud de la banca
El escenario central del estudio calcula que la adopción de estas nuevas infraestructuras afectará a actividades bancarias que actualmente generan más de 200.000 millones de dólares anuales. Dentro de ese enorme pastel, unos 46.000 millones quedarían expuestos a una reducción de márgenes o a cambios de cuota de mercado.
Conviene detenerse aquí porque el matiz importa. No significa que los bancos vayan a perder automáticamente 46.000 millones. Tampoco que esa cantidad vaya a evaporarse del sistema financiero. Se trata de ingresos expuestos a una transformación del mercado: pueden reducirse, desplazarse hacia otros operadores o repartirse de otra manera.
Es dinero que puede cambiar de manos. Una entidad que cobra por ejecutar una transferencia internacional, convertir divisas, gestionar garantías o proporcionar determinados servicios de liquidez puede tener que cobrar menos si la nueva infraestructura reduce radicalmente el coste de hacer lo mismo. También puede perder parte de ese negocio frente a otra entidad, una fintech o una compañía nacida directamente dentro del ecosistema digital.
Pagos internacionales y divisas, primera línea de choque
Los pagos transfronterizos aparecen entre los negocios más expuestos. También la compraventa de divisas, la financiación comercial, los servicios a inversores, la gestión de colateral y la administración de liquidez.
Tiene cierta lógica. Una transferencia doméstica europea puede ser barata y prácticamente instantánea; mover dinero entre países, monedas, bancos y sistemas jurídicos diferentes continúa siendo otra historia. Aparecen corresponsales bancarios, conversiones de moneda, horarios de liquidación, cuentas intermediarias y comisiones que no siempre resultan precisamente discretas.
Ahí las stablecoins y otros modelos de dinero tokenizado encuentran terreno fértil. Una operación podría liquidarse casi inmediatamente y funcionar 24 horas al día, siete días a la semana, sin esperar a que abra determinada infraestructura financiera al otro lado del planeta.
Para una empresa multinacional no es una curiosidad tecnológica. Tener dinero inmovilizado durante menos tiempo significa necesitar menos efectivo de reserva, liberar recursos y simplificar procesos administrativos. Y eso, traducido al idioma que entiende cualquier director financiero, son costes más bajos.
Las stablecoins importan, pero no están solas
Llamar a todo esto revolución de las stablecoins simplifica demasiado la película. El cambio que estudian Morgan Stanley y Oliver Wyman es más amplio e incluye depósitos bancarios tokenizados, monedas digitales de bancos centrales y tecnologías de registro distribuido capaces de representar digitalmente dinero, bonos, acciones u otros activos.
Una stablecoin es un token diseñado para mantener un valor estable respecto a otro activo, normalmente el dólar. La diferencia con Bitcoin es fundamental. Bitcoin fluctúa porque su precio depende del mercado; una stablecoin denominada en dólares pretende mantener cada unidad cerca de un dólar mediante reservas u otros mecanismos.
Pero el verdadero ingrediente disruptivo puede no ser la moneda, sino su capacidad para convivir en una misma infraestructura con otros activos digitales. Dinero y títulos pueden intercambiarse simultáneamente, automatizar ciertas operaciones y reducir procesos administrativos que todavía arrastran procedimientos diseñados en otra época.
Morgan Stanley resume la situación con una paradoja interesante: el negocio cripto propiamente dicho podría aportar a la banca apenas alrededor del 1% de sus ingresos previstos para 2030, mientras que la digitalización de negocios que ya existen puede mover decenas de miles de millones entre competidores.
El bitcoin acapara titulares. El back office, bastante menos fotogénico, puede acabar moviendo mucho más dinero.
La banca sigue siendo enorme y difícil de desplazar
El análisis parte de una industria que está lejos de encontrarse contra las cuerdas. La banca mayorista mundial alcanzó unos ingresos récord de 660.000 millones de dólares en 2025. Morgan Stanley contempla en su escenario de crecimiento resistente que esa cifra alcance aproximadamente 770.000 millones en 2030. Oliver Wyman maneja, dependiendo del contexto económico, una horquilla todavía más amplia, entre 650.000 y 850.000 millones.
No estamos, pues, ante otro relato de bancos condenados a convertirse en videoclubs financieros. Tienen capital, clientes, licencias, sistemas de cumplimiento normativo, acceso a mercados y, especialmente, algo difícil de fabricar mediante código: confianza institucional.
Esa ventaja también explica por qué muchas entidades no están combatiendo frontalmente la tokenización. Están intentando incorporarla. El banco puede perder parte del viejo peaje y, al mismo tiempo, tratar de convertirse en uno de los principales operadores de las nuevas redes financieras.
La alternativa bancaria a las stablecoins son, entre otras soluciones, los depósitos tokenizados. En esencia, siguen siendo depósitos emitidos dentro del sistema bancario, pero representados mediante tecnología que permite algunas de las ventajas operativas asociadas a blockchain y a otros registros digitales.
Aquí aparece una batalla bastante más interesante que el viejo bancos contra criptomonedas. Puede terminar siendo bancos contra nuevos intermediarios, bancos contra otros bancos y, de paso, stablecoins contra versiones digitalizadas del propio dinero bancario.
Los bancos centrales enfrían el entusiasmo por las stablecoins
La cautela no procede solamente de los bancos afectados. Pablo Hernández de Cos, director general del Banco de Pagos Internacionales, defendió el 28 de agosto en Jackson Hole que la tokenización ofrece ventajas reales —operaciones permanentes, programación y liquidaciones más eficientes—, pero considera que los depósitos tokenizados ofrecen una base monetaria más sólida que las stablecoins para un sistema financiero a gran escala.
El Banco de Pagos Internacionales lleva tiempo poniendo el foco en cuestiones poco glamurosas pero bastante importantes cuando se habla de dinero: que una unidad valga lo mismo independientemente de quién la emita, que los sistemas sean interoperables, que existan controles contra el blanqueo y que una crisis no convierta una supuesta moneda estable en algo bastante menos estable.
Esto no invalida su utilidad. Las stablecoins pueden resultar especialmente atractivas allí donde mover dólares mediante el sistema bancario tradicional sea caro, lento o complicado. También pueden tener sentido en pagos internacionales, mercados digitales y operaciones financieras que requieren disponibilidad continua.
Europa ofrece, además, un escenario peculiar. Los pagos minoristas ya son rápidos y relativamente baratos, por lo que sustituir una tarjeta o una transferencia instantánea por una stablecoin aporta menos ventajas al consumidor medio. El potencial es mayor en las operaciones entre empresas e instituciones, donde siguen existiendo fricciones considerables en pagos internacionales, tesorería y liquidación.
Una revolución bancaria que probablemente llevará corbata
Hay una ironía bastante fina en todo esto. Durante años se presentó blockchain como la tecnología que eliminaría a los intermediarios financieros. Puede terminar siendo una tecnología utilizada masivamente por esos mismos intermediarios.
La banca conoce bien ese truco. Sobrevivió a internet, a PayPal, a las fintech, a los neobancos y a Bitcoin. No porque nada cambiara, sino porque fue absorbiendo parte de esos cambios mientras perdía algunos monopolios por el camino.
Con las stablecoins y la tokenización puede ocurrir algo parecido. El riesgo no está tanto en desaparecer como en cobrar menos por servicios que durante décadas produjeron márgenes confortables gracias a infraestructuras complejas, fragmentadas o sencillamente lentas.
Los 46.000 millones de dólares funcionan por eso mejor como medida de una redistribución que como cifra de una catástrofe. En un escenario de adopción más agresiva, las actividades sometidas a migración podrían llegar a representar hasta 82.000 millones de dólares; con una adopción menor, el impacto rondaría los 21.000 millones.
El dinero cambia de vía, no de destino
Los bancos probablemente seguirán custodiando depósitos, concediendo créditos, financiando empresas y dominando buena parte de los mercados financieros en 2030. La amenaza más verosímil no tiene forma de colapso, sino de competencia tecnológica sobre negocios que ya existen.
Una transferencia internacional seguirá siendo una transferencia. Una empresa continuará necesitando divisas. Los fondos seguirán buscando liquidez y las operaciones financieras exigirán garantías. Lo que puede cambiar es quién presta esos servicios, cuánto tarda en hacerlo y, sobre todo, cuánto puede cobrar.
Ahí están los 46.000 millones. No detrás de un Bitcoin dispuesto a dinamitar Wall Street, sino escondidos entre pagos, divisas, liquidaciones y colateral. Mucho menos espectacular. Para las cuentas de resultados de los bancos, probablemente bastante más serio.












