Economía
¿Por qué EEUU presiona al G20 por Irán y el gran superávit chino?
El G20 financiero arranca en Asheville con EEUU presionando por más sanciones a Irán y medidas frente al enorme superávit comercial de China.

El G20 financiero ha comenzado en Asheville, Carolina del Norte, con bastante más equipaje que el habitual en una reunión de ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales. Estados Unidos quiere aprovechar su presidencia para aumentar la presión económica sobre Irán y, al mismo tiempo, convencer a las principales economías del planeta de que el enorme superávit comercial de China se ha convertido en un desequilibrio que el resto del mundo no puede seguir absorbiendo indefinidamente.
Son, de hecho, dos discusiones que acaban tocándose. Washington pretende cerrar vías de financiación a Teherán, incluidas las operaciones realizadas mediante bancos y empresas de terceros países, mientras observa que China sigue siendo un socio económico decisivo para Irán y el principal comprador de su petróleo. Y, por otra parte, acusa a Pekín de sostener un modelo demasiado dependiente de las exportaciones, con un superávit comercial de alrededor de 1,2 billones de dólares.
El encuentro llega, además, pocas horas después de una nueva escalada militar entre Estados Unidos e Irán. Esto convierte una reunión económica en algo bastante menos académico. El petróleo, el estrecho de Ormuz, las sanciones bancarias, los aranceles y las cadenas industriales han acabado sentándose en la misma mesa. La geopolítica entra por la puerta y la economía, como suele ocurrir, paga la cuenta.
Asheville, entre las montañas Blue Ridge, ofrece un paisaje bastante sereno para una discusión que no lo es. La presidencia estadounidense intenta recuperar capacidad de coordinación dentro de un G20 atravesado por guerras, proteccionismo y desconfianza. Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, tiene delante un problema incómodo: convencer a sus socios de actuar juntos mientras la propia Administración de Donald Trump ha endurecido las barreras comerciales contra muchos de ellos.
Estados Unidos quiere aislar económicamente a Irán
Irán ocupa el lugar más urgente de la agenda estadounidense. La Administración Trump considera que todavía existe margen para aumentar considerablemente el coste financiero de hacer negocios con Teherán y pretende que bancos, compañías petroleras, intermediarios y gobiernos entiendan que mantener determinadas operaciones puede terminar afectando a su acceso al sistema financiero estadounidense.
El Tesoro prepara nuevas sanciones secundarias, es decir, medidas que no se limitan a castigar directamente a entidades iraníes, sino que pueden alcanzar también a empresas o instituciones financieras extranjeras que faciliten determinadas transacciones. Es una herramienta especialmente poderosa porque buena parte del comercio internacional continúa dependiendo del dólar y del acceso a bancos conectados con Estados Unidos.
Scott Bessent ha adelantado que Washington pretende mantener una presión periódica sobre esas redes financieras, con especial atención al sector bancario. La Administración prepara nuevas medidas contra otra entidad y ha dado ya pasos para limitar el acceso al sistema estadounidense de operaciones vinculadas con Irán realizadas mediante sucursales bancarias en Emiratos Árabes Unidos.
No es una cuestión menor. Una sanción estadounidense puede convertir una operación rentable con Irán en un riesgo enorme para cualquier banco internacional. Perder o comprometer el acceso al dólar pesa bastante más que muchas declaraciones diplomáticas. Esa es precisamente la lógica: hacer económicamente tóxico el negocio con Teherán.
China aparece inevitablemente detrás del petróleo iraní
Aquí entra Pekín. China es el principal comprador de crudo iraní, una relación que proporciona a Teherán ingresos esenciales y permite a determinadas refinerías chinas conseguir petróleo en condiciones atractivas. Para Washington, cualquier estrategia destinada a reducir los recursos disponibles para Irán será incompleta mientras ese canal siga funcionando.
El problema es evidente. Aplicar sanciones secundarias con suficiente dureza para modificar el comportamiento chino puede abrir otra pelea, esta vez entre las dos mayores economías del planeta. Bessent ha evitado descartar medidas contra entidades chinas relacionadas con estas compras, pero una cosa es amenazar a pequeños intermediarios y otra bastante distinta golpear a instituciones financieras relevantes de China.
El G20 se convierte así en una peculiar sala de máquinas. Estados Unidos quiere cooperación contra Irán precisamente cuando necesita gestionar su complicada relación comercial con Pekín. Teherán y China dejan de ser expedientes separados y empiezan a formar parte del mismo rompecabezas.
El superávit comercial chino de 1,2 billones inquieta a Washington
El segundo gran frente de Asheville es China, aunque aquí no se habla de sanciones nucleares ni de misiles, sino de algo aparentemente más aburrido: balanzas comerciales. Solo aparentemente.
Bessent considera insostenible que China mantenga un superávit comercial próximo a 1,2 billones de dólares mientras su demanda interna continúa siendo relativamente débil. Según el diagnóstico estadounidense, Pekín compensa parte de esa debilidad produciendo y exportando enormes cantidades de bienes industriales, desde vehículos eléctricos hasta componentes tecnológicos y maquinaria.
Estados Unidos quiere que otros países del G20 revisen sus relaciones comerciales con China y adopten medidas capaces de empujar a Pekín hacia un modelo con mayor consumo interno. Washington pretende incluso que el grupo avance en una declaración conjunta sobre los desequilibrios comerciales y por cuenta corriente.
La tesis estadounidense es bastante sencilla: si China produce mucho más de lo que consume y coloca esa producción fuera, el ajuste termina recayendo sobre las industrias de otros países. Durante años, buena parte de ese excedente encontraba salida en Estados Unidos. Las barreras estadounidenses han alterado el mapa y una parte creciente de las mercancías busca otros destinos, especialmente Europa y América Latina.
Europa teme convertirse en el nuevo destino del excedente
Ahí aparece una preocupación especialmente relevante para la Unión Europea. Los aranceles estadounidenses pueden reducir las importaciones chinas en Estados Unidos sin disminuir necesariamente la capacidad industrial de China. La mercancía cambia entonces de carretera.
Para Europa, el asunto tiene nombres bastante concretos: automóviles, baterías, semiconductores, maquinaria y tecnologías verdes. Industrias en las que China ha construido una escala enorme y donde las empresas europeas temen competir contra productores beneficiados, según las acusaciones occidentales, por subvenciones y otras formas de apoyo estatal.
La discusión no consiste únicamente en poner más aranceles. También gira alrededor de por qué consume relativamente poco la economía china, cómo se financia su industria y hasta qué punto su moneda favorece las exportaciones. Estados Unidos sostiene que una simple apreciación del yuan no resolvería el problema si permanecen intactos los incentivos que empujan hacia una producción industrial gigantesca.
El efecto bumerán de los aranceles de Trump
Hay una ironía difícil de esconder. Washington pide al G20 una respuesta coordinada frente a las distorsiones comerciales después de haber utilizado los aranceles de manera agresiva y, con frecuencia, unilateral.
Las barreras estadounidenses han conseguido reducir con fuerza el desequilibrio bilateral con China. Durante el primer semestre de 2026, el déficit comercial de Estados Unidos con el gigante asiático cayó aproximadamente un tercio respecto al mismo periodo del año anterior, hasta alrededor de 73.900 millones de dólares.
Pero el comercio mundial se parece bastante al agua: cerrar una compuerta no hace desaparecer el caudal. Lo desvía. Si las empresas chinas encuentran más dificultades para vender en Estados Unidos, buscan compradores en otros mercados. Precisamente por eso varios socios del G20 escuchan el diagnóstico estadounidense sobre China con cierto interés, aunque no necesariamente compartan la receta de Trump.
El petróleo convierte una crisis regional en un problema mundial
La guerra con Irán ha introducido otra variable que los ministros de Finanzas conocen demasiado bien: el precio de la energía. La renovada tensión militar alrededor del estrecho de Ormuz ha vuelto a impulsar el petróleo y ha aumentado el coste de asegurar y transportar cargamentos por una de las zonas marítimas más sensibles del planeta.
El Brent se movía este lunes en torno a los 90 dólares por barril después de repuntar con las nuevas hostilidades. Un barril más caro no se queda en una pantalla de mercados financieros. Termina apareciendo en el transporte, la industria química, la agricultura, las facturas empresariales y, con cierto retraso, en los precios que encuentra el consumidor.
Europa es particularmente sensible a este problema. También España. Una crisis energética prolongada puede reavivar la inflación precisamente cuando los bancos centrales intentan decidir qué hacer con los tipos de interés. Y esa mezcla —energía cara, crecimiento débil y tipos elevados— suele tener el encanto económico de una puerta que se cierra justo cuando uno lleva las manos ocupadas.
La seguridad energética será por ello inseparable de la discusión sobre Irán. Estados Unidos quiere demostrar que puede aumentar la presión económica sobre Teherán sin provocar un shock energético que termine castigando a sus propios aliados. No es un equilibrio sencillo.
El G20 también mira la enorme deuda de Estados Unidos
Hay otro elefante paseándose por Asheville. Estados Unidos acusa a China de generar desequilibrios globales, pero llega a la reunión con su propio problema monumental: una deuda pública superior a 40 billones de dólares.
La situación del mercado de bonos estadounidense está generando inquietud porque un aumento sostenido de sus rentabilidades encarece la financiación del Gobierno y acaba filtrándose a hipotecas, créditos empresariales y otros tipos de interés. El Tesoro ha respondido aumentando sus operaciones de recompra de deuda a largo plazo, una decisión que ha despertado críticas entre algunos inversores.
Bessent defiende que la economía estadounidense mantiene una considerable capacidad de crecimiento y sostiene que el endeudamiento global no puede resolverse únicamente mediante ajustes presupuestarios. Su receta pasa por aumentar el crecimiento, facilitar inversión privada y reducir determinadas barreras regulatorias.
Pero la contradicción política permanece. Washington reclama disciplina a sus socios y a China mientras su propia deuda bate récords. Los representantes del resto del G20 difícilmente van a olvidar esa cifra cuando Estados Unidos explique cómo deberían corregirse los desequilibrios de la economía mundial.
Asheville mide hasta dónde llega el consenso del G20
El G20 nació precisamente para gestionar problemas económicos globales que ningún país puede resolver por sí solo. Esa idea parece evidente hasta que llega el momento de aplicarla. Estados Unidos quiere más presión sobre Irán; China rechaza la lógica de las sanciones extraterritoriales; Europa teme la expansión de las exportaciones chinas; casi todos sufren el encarecimiento energético y, mientras tanto, los aranceles estadounidenses también afectan a socios llamados a cooperar.
El resultado de Asheville dependerá menos de las grandes declaraciones que de algo bastante concreto: cuánto están dispuestos los demás países a acompañar la agenda de Washington. Conseguir una posición común sobre los desequilibrios comerciales ya sería significativo. Lograr un endurecimiento coordinado contra las redes financieras de Irán sería mucho más difícil.
Estados Unidos posee herramientas formidables —el dólar, su mercado financiero, su capacidad sancionadora y el peso de su demanda interna—, pero poder no equivale automáticamente a consenso. China también tiene cartas: escala industrial, reservas, comercio, materias primas procesadas y una presencia comercial extendida por medio planeta.
Por eso las dos grandes conversaciones de Asheville terminan convergiendo. El G20 está discutiendo hasta qué punto puede mantenerse una economía mundial interdependiente mientras las grandes potencias utilizan cada vez más aranceles, sanciones, energía y finanzas como instrumentos geopolíticos. En las Blue Ridge Mountains se habla de balances, deuda y crecimiento. Debajo de las cifras, sin embargo, lo que se está negociando es una parte del nuevo reparto del poder económico mundial.












