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¿Trump prepara ataques limitados contra Irán en el estrecho de Ormuz?
Trump estudia una operación limitada contra Irán en Ormuz para impedir que Teherán recupere radares, misiles y capacidad de atacar a barcos.

Donald Trump estudia autorizar nuevos ataques militares limitados contra Irán en el estrecho de Ormuz, dirigidos principalmente a impedir que Teherán reconstruya sistemas de radar y capacidades de misiles con los que podría volver a amenazar a buques comerciales y fuerzas estadounidenses. La opción está sobre la mesa después de una nueva escalada militar entre Washington y la República Islámica.
El plan habría sido elaborado por el Mando Central de Estados Unidos, CENTCOM, y cuenta con el respaldo del secretario de Defensa, Pete Hegseth. La propuesta no plantea, al menos en su formulación conocida, una gran campaña contra territorio iraní, sino golpes selectivos contra instalaciones relacionadas con la vigilancia marítima, los misiles y la capacidad de atacar barcos. La palabra importante es “limitados”. En Oriente Próximo, claro, ese adjetivo tiene una larga tradición de durar bastante menos que sus consecuencias.
Qué ataques contra Irán estudia Trump
La información conocida apunta a una operación concebida para evitar que Irán recomponga la infraestructura militar que le permitiría recuperar capacidad de fuego sobre el estrecho de Ormuz, uno de los pasos marítimos más sensibles del planeta.
Trump todavía debe dar su autorización definitiva. La propuesta desarrollada por CENTCOM fue preparada durante los últimos días y podría activarse dependiendo de cómo evolucione la nueva confrontación con Teherán.
Washington pretende conservar la ventaja obtenida durante las operaciones de los últimos meses, en las que las fuerzas estadounidenses han atacado posiciones iraníes, retirado minas y tratado de mantener abierto un corredor para petroleros y otros barcos mercantes.
No sería, por tanto, un ataque destinado únicamente a castigar a Irán por una acción concreta. El objetivo sería preventivo y militar: destruir o degradar los equipos que permitirían a las fuerzas iraníes volver a localizar embarcaciones con precisión y atacarlas mediante misiles, cohetes o minas navales.
La nueva escalada en el estrecho de Ormuz
El posible movimiento de Trump llega después de que Estados Unidos volviera a atacar posiciones iraníes tras varias semanas de relativa contención.
Las fuerzas estadounidenses golpearon instalaciones vinculadas a lanzadores iraníes en la isla de Larak, situada junto al estrecho de Ormuz. Washington sostuvo que miembros de la Guardia Revolucionaria preparaban sistemas capaces de desplegar cohetes y minas navales, una amenaza directa para la navegación comercial.
Irán respondió con misiles balísticos contra posiciones estadounidenses en Jordania. Las defensas jordanas interceptaron los proyectiles, según las informaciones disponibles, pero el intercambio devolvió el conflicto a una zona especialmente peligrosa: ataques estadounidenses, represalias iraníes y amenaza inmediata de una nueva réplica.
También Emiratos Árabes Unidos informó este lunes de la interceptación de un dron iraní sobre sus aguas territoriales, otro síntoma de que la tensión vuelve a extenderse más allá del enfrentamiento directo entre Washington y Teherán.
Trump, mientras tanto, prometió responder con dureza a cualquier nueva ofensiva iraní. Esa combinación explica por qué el proyecto de CENTCOM, elaborado antes del último choque, ha adquirido ahora otra relevancia.
El objetivo estadounidense: que Irán no recupere sus radares
La capacidad iraní para controlar Ormuz no depende solamente de disponer de misiles. Hace falta encontrar el blanco, seguirlo y transmitir rápidamente sus coordenadas. Ahí aparecen los radares costeros, sensores y puestos de mando, piezas menos espectaculares que un misil pero decisivas para utilizarlo con eficacia.
Sin esa cadena de detección y seguimiento, un misil puede conservar su potencia destructiva pero perder buena parte de su utilidad contra barcos que se desplazan en un corredor marítimo congestionado. Estados Unidos pretende impedir precisamente que Teherán reconstruya esa red militar.
Durante los últimos meses, las operaciones estadounidenses han reducido la capacidad iraní de atacar con precisión la navegación que atraviesa el estrecho. Washington teme que un periodo demasiado largo sin presión militar permita a la Guardia Revolucionaria reparar equipos, dispersar nuevos sistemas y volver a convertir el tránsito marítimo en una ruleta mucho más peligrosa.
Por qué el estrecho de Ormuz vuelve al centro del conflicto
Ormuz es una franja de agua relativamente pequeña con unas consecuencias económicas gigantescas. Une el golfo Pérsico con el golfo de Omán y, desde allí, con el mar Arábigo. Por sus aguas salen buena parte de las exportaciones energéticas de Arabia Saudí, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar.
Antes de la guerra, el tránsito petrolero por el estrecho rondaba los 21 millones de barriles diarios, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial de petróleo. El conflicto hundió esos movimientos: durante el segundo trimestre de 2026 cayeron hasta una media cercana a los 4,9 millones de barriles diarios.
Parte del tráfico ha ido recuperándose, aunque sigue lejos de la normalidad anterior a la guerra. Estados Unidos sostiene que ha limpiado las principales rutas internacionales de minas y protegido el paso de alrededor de 1.500 buques comerciales durante sus operaciones. Ese control es precisamente lo que Washington no quiere perder.
La geografía tampoco ayuda a quitarle dramatismo. Arabia Saudí y Emiratos disponen de oleoductos que permiten evitar parcialmente Ormuz, pero su capacidad es limitada. Sustituir por completo el estrecho no es una opción realista. Cuando allí empiezan a volar misiles, los mercados energéticos no necesitan demasiadas explicaciones.
El petróleo vuelve a reaccionar
La nueva tensión ha vuelto a empujar al Brent por encima de los 90 dólares por barril, reflejo de un mercado que incorpora inmediatamente una prima de riesgo cuando aparecen amenazas contra la navegación en el golfo Pérsico.
No significa que cualquier ataque limitado provoque automáticamente una crisis petrolera mundial. Significa algo más sencillo: los operadores saben que una escalada seria podría reducir de nuevo las exportaciones de algunos de los mayores productores de crudo del planeta.
El problema para Trump es evidente. Golpear las capacidades iraníes puede proteger el tránsito marítimo a medio plazo, pero cada ataque aumenta al mismo tiempo la posibilidad de una represalia que vuelva a interrumpirlo. Ese es el pequeño círculo vicioso de Ormuz: atacar para mantener abierto el estrecho puede generar otra amenaza sobre el propio estrecho.
Trump cambia de nuevo el tono frente a Irán
La posible operación supone también un giro respecto a la contención mostrada por Trump a finales de julio, cuando ordenó detener una sucesión de ataques estadounidenses sobre territorio iraní.
La Casa Blanca había combinado desde entonces la presión militar con un endurecimiento económico. Washington ha recurrido a nuevas sanciones y medidas contra las redes financieras que permiten a Teherán obtener divisas, mientras trataba de evitar el regreso a una campaña sostenida de bombardeos.
La tregua militar era frágil. El choque en Larak lo ha demostrado. Trump incluso difundió este lunes un vídeo generado mediante inteligencia artificial que aparentemente mostraba la isla iraní de Kharg siendo destruida y aseguró que estaba siendo arrasada, sin aportar pruebas de un ataque real de esas dimensiones. Ni el Pentágono ni la Casa Blanca confirmaron entonces una ofensiva contra Kharg.
Ese episodio introduce otra capa de ruido en un escenario donde distinguir amenaza, propaganda y operación militar efectiva resulta especialmente importante. En una crisis que afecta a rutas energéticas globales, una imagen espectacular puede recorrer el mundo mucho antes de que alguien haya aclarado qué ocurrió realmente.
Qué puede ocurrir si Trump autoriza los ataques
Una autorización presidencial podría traducirse en bombardeos muy concretos contra radares, lanzadores, depósitos y centros de mando utilizados por la Guardia Revolucionaria alrededor de Ormuz. La intención estadounidense sería evitar una campaña extensa y preservar la libertad de navegación.
Pero Teherán conserva varias posibilidades de respuesta. Irán puede recurrir a misiles balísticos, drones, minas y ataques contra instalaciones estadounidenses o países aliados de Washington. También puede intentar presionar nuevamente al transporte marítimo sin cerrar completamente el estrecho, una táctica capaz de generar costes económicos sin necesidad de bloquear físicamente toda la vía.
El riesgo mayor reside precisamente ahí. Un ataque pensado para ser quirúrgico puede recibir una respuesta que obligue a Washington a contestar otra vez. Y después otra. La escalada militar no necesita una declaración formal de guerra; le bastan varias decisiones consecutivas que cada gobierno presente como defensivas.
Un conflicto que ya no gira solo alrededor del programa nuclear
El enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán ha ido cambiando de naturaleza durante 2026. El programa nuclear iraní y sus arsenales de misiles fueron inicialmente elementos centrales de la ofensiva estadounidense e israelí, pero el control del estrecho de Ormuz se ha convertido en otro frente estratégico por derecho propio.
Para Washington, mantener abierta la navegación significa proteger el suministro energético internacional y reducir la capacidad iraní de utilizar el golfo como instrumento de presión. Para Teherán ocurre justamente lo contrario: conservar suficiente capacidad de amenaza en Ormuz proporciona una de sus palancas más eficaces frente a una potencia militar muy superior.
Por eso la batalla ya no se limita a saber cuántos misiles conserva Irán. También importa quién ve los barcos, quién domina las rutas y quién puede colocar minas; en último término, quién consigue que un capitán de petrolero considere razonable atravesar esas aguas durante la noche.
Ormuz vuelve a medir hasta dónde quiere llegar Washington
Trump todavía no ha aprobado públicamente la nueva campaña limitada planteada por CENTCOM, pero el contexto ha cambiado con rapidez. Estados Unidos ya ha vuelto a atacar objetivos iraníes, Teherán ha respondido y Washington advierte de consecuencias si las acciones iraníes continúan.
La cuestión inmediata no es una invasión de Irán ni una gran ofensiva terrestre. Es bastante más concreta: impedir que la República Islámica reconstruya la capacidad de detectar y atacar barcos en Ormuz y conservar el dominio militar estadounidense sobre la principal ruta energética del golfo.
El desafío aparece justo después. Destruir un radar es relativamente sencillo para una fuerza aérea como la estadounidense. Garantizar que ese bombardeo no desencadene otra represalia, otra respuesta y otro salto en la escalada es bastante más complicado.
Y en el estrecho de Ormuz, unos kilómetros de agua separan a menudo dos cosas que los gobiernos prefieren presentar como distintas: una operación limitada y una guerra que vuelve a crecer.










