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¿Por qué dimite Dan Driscoll tras meses de tensión con Pete Hegseth?

Dan Driscoll abandona la Secretaría del Ejército de EE.UU. tras meses de fricciones con Pete Hegseth y una creciente tensión en el Pentágono.

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Dan Driscoll
Dan Driscoll / WIKIPEDIA

Dan Driscoll, secretario del Ejército de Estados Unidos, ha presentado su dimisión al presidente Donald Trump después de meses de fricciones con Pete Hegseth, responsable del Pentágono. Su salida, conocida este 1 de septiembre, se hará efectiva previsiblemente en los próximos días y abre una nueva etapa de incertidumbre en la cúpula militar estadounidense.

No se trata de una simple sustitución administrativa en uno de los despachos del Pentágono. Driscoll era el máximo responsable civil del Ejército estadounidense, había participado activamente en la transformación de la fuerza terrestre y mantenía una relación estrecha con varios de los mandos apartados durante la etapa de Hegseth. El desencuentro giraba, precisamente, alrededor del rumbo que debía tomar el Ejército y de la destitución o bloqueo de varios oficiales superiores.

La dimisión de Dan Driscoll confirma una ruptura que venía de lejos

La noticia no ha surgido de la nada. Durante meses, Washington había acumulado señales de que la convivencia entre Driscoll y Hegseth se estaba haciendo cada vez más difícil, con discrepancias que salieron de los despachos y terminaron afectando a algunas de las decisiones más delicadas sobre la dirección del Ejército.

La tensión alcanzó un punto especialmente delicado tras la destitución en abril del general Randy George, entonces jefe del Estado Mayor del Ejército. Hegseth ordenó su salida antes de que concluyera el mandato para el que había sido nombrado y sin ofrecer públicamente una explicación detallada. Driscoll mantenía una relación profesional cercana con George y ambos compartían buena parte del proyecto de modernización de la fuerza terrestre.

Ese episodio dejó algo más que una silla vacía. También expuso una disputa sobre cuánto margen debían conservar los responsables de cada rama militar frente a las decisiones políticas tomadas desde la cúspide del Pentágono.

Meses antes de presentar su dimisión, Driscoll había llegado a negar públicamente que tuviera intención de abandonar el cargo. En abril aseguró que permanecía concentrado en dirigir el Ejército. La fotografía ha cambiado rápido. No tanto por un giro repentino como por el desgaste de una relación que llevaba tiempo crujiendo.

El choque con Hegseth iba más allá de una cuestión personal

Reducir el caso a que dos altos cargos no se soportaban sería cómodo, pero insuficiente. Las diferencias tenían contenido político y militar y afectaban al modo en que debía ejecutarse la reorganización de las Fuerzas Armadas estadounidenses.

Hegseth ha impulsado desde su llegada una profunda remodelación del aparato militar bajo las prioridades fijadas por Trump: mayor énfasis en la capacidad de combate, reducción de estructuras burocráticas, revisión de programas heredados y una política mucho más agresiva respecto a los nombramientos de altos oficiales.

Driscoll compartía buena parte de esa agenda. De hecho, había defendido recortes de estructuras consideradas obsoletas, una adquisición de armamento mucho más rápida y el uso masivo de drones, inteligencia artificial y nuevas tecnologías. No era, por tanto, un representante del viejo aparato militar enfrentado ideológicamente con la Casa Blanca.

Ahí está precisamente lo llamativo. El conflicto parece haberse producido menos alrededor del objetivo final que sobre cómo ejercer el poder dentro del Ejército, especialmente cuando entraban en juego ascensos, destituciones y decisiones sobre oficiales profesionales.

Randy George, el nombre que atraviesa la crisis

El general Randy George había llegado a la jefatura del Ejército en septiembre de 2023 y debía permanecer normalmente cuatro años. Hegseth lo apartó en abril de 2026. Su destitución se convirtió en uno de los principales puntos de fricción dentro de una institución que ya estaba atravesando una reorganización de gran alcance.

Driscoll había defendido anteriormente la continuidad de George ante intentos de relevarlo y consideraba que los mandos debían ser evaluados fundamentalmente por sus resultados profesionales. Ambos habían colaborado en la transformación del Ejército y viajaron juntos a Ucrania para estudiar directamente las lecciones que estaba dejando una guerra dominada cada vez más por drones baratos, guerra electrónica y municiones de precisión.

La posterior caída de George abrió una herida difícil de disimular. También se produjeron desacuerdos por promociones de oficiales y otras decisiones de personal, cuestiones especialmente sensibles en una estructura militar donde la relación entre autoridad política y carrera profesional siempre exige equilibrios bastante finos.

La cuestión resulta especialmente delicada en Estados Unidos porque existe una larga tradición, nunca perfecta pero institucionalmente relevante, que intenta separar el cuerpo profesional de las Fuerzas Armadas de las batallas partidistas de cada Administración. Y en el Pentágono, donde hasta el protocolo tiene protocolo, estas cosas pesan.

Quién es Dan Driscoll y por qué su salida importa

Daniel P. Driscoll llegó al cargo el 25 de febrero de 2025, después de ser elegido por Trump y confirmado por el Senado. Es el 26.º secretario del Ejército de Estados Unidos y su etapa ha coincidido con uno de los procesos de revisión tecnológica y organizativa más intensos de los últimos años.

Conviene aclarar algo porque el título puede llevar a engaño: el secretario del Ejército es un cargo civil, no el general que dirige operacionalmente la institución. Su responsabilidad comprende la administración, presupuesto, organización, modernización y preparación de una fuerza que reúne a cerca de un millón de militares entre servicio activo, Guardia Nacional y Reserva, además de una enorme plantilla civil.

Driscoll conocía, eso sí, el uniforme desde dentro. Fue oficial de blindados, sirvió con la 10.ª División de Montaña y estuvo desplegado en Bagdad durante la guerra de Irak. Más tarde estudió Derecho en Yale y desarrolló parte de su carrera en el sector financiero y empresarial antes de entrar de lleno en la política.

Su perfil resultaba particularmente útil para una Administración obsesionada con acelerar la adquisición de tecnología militar: veterano, abogado y hombre de negocios, además de relativamente joven para los estándares de los grandes despachos de Washington.

Durante su etapa al frente del Ejército, Driscoll adquirió una visibilidad poco habitual para el responsable civil de una de las ramas militares. Uno de sus grandes ejes fue la modernización tecnológica, con una revisión de estructuras tradicionales, programas de armamento y procedimientos de compra que podían tardar años mientras la guerra de Ucrania enseñaba una lección bastante menos burocrática.

Un dron de unos pocos miles de euros puede inutilizar material que cuesta millones. La idea que impulsaba Driscoll era sencilla de formular y endemoniadamente complicada de ejecutar: comprar y desplegar tecnología con mayor rapidez, siguiendo el ritmo al que cambia el campo de batalla y no el de los expedientes del Pentágono.

Driscoll también terminó involucrado en los contactos diplomáticos relacionados con Rusia y Ucrania, un terreno bastante más amplio que la gestión habitual del Ejército. Participó en conversaciones estadounidenses vinculadas a los intentos de alcanzar un acuerdo sobre la guerra y mantuvo contactos con autoridades ucranianas.

Su marcha elimina, por tanto, a un funcionario que había adquirido peso político fuera de las fronteras estrictas de su departamento, algo poco habitual para un secretario del Ejército y relevante en un momento en que Washington intenta combinar reforma militar, presión diplomática y prioridades estratégicas globales.

Un Ejército con demasiadas interinidades en la parte superior

La dimisión resulta especialmente delicada por el momento en que llega. El Ejército estadounidense sigue sin un jefe de Estado Mayor permanente después de la destitución de Randy George. El general Christopher LaNeve ejerce el puesto de forma interina, mientras continúa abierta la cuestión de quién asumirá definitivamente una de las posiciones militares más importantes de Estados Unidos.

La salida de Driscoll añade otra incertidumbre en la parte civil de la estructura. No significa que el Ejército quede sin dirección. La maquinaria institucional estadounidense tiene sustituciones, subsecretarios y cadenas de mando diseñados precisamente para que un organismo de semejante tamaño no dependa de una sola persona.

Pero una cosa es mantener funcionando la máquina y otra disponer de liderazgo estable y confirmado políticamente mientras se aplican transformaciones de enorme calado. El matiz importa, sobre todo cuando varios puestos de la parte superior de la organización han pasado por relevos o interinidades en poco tiempo.

La situación adquiere más importancia porque Washington está revisando simultáneamente prioridades militares en Europa y dentro de la OTAN, acelerando su preparación frente a China y asimilando las lecciones tecnológicas de los conflictos recientes. El Ejército no está atravesando precisamente una temporada tranquila.

Hegseth consolida su control sobre el Pentágono

La salida de Driscoll tampoco puede separarse de la forma en que Pete Hegseth ha ejercido el mando desde su llegada. Hegseth, antiguo oficial de la Guardia Nacional y expresentador de televisión antes de incorporarse al Gobierno de Trump, ha defendido una reordenación profunda de la cultura militar estadounidense.

Su discurso insiste en recuperar la preparación para el combate, endurecer estándares y eliminar políticas que considera ajenas a la función fundamental de las Fuerzas Armadas. Pero esa transformación ha venido acompañada de numerosas salidas de altos mandos y de críticas sobre una posible politización de los nombramientos militares.

Las dos cosas pueden coexistir. Un Gobierno elegido tiene legitimidad para fijar la política de defensa; las Fuerzas Armadas, al mismo tiempo, funcionan mejor cuando su cadena profesional no se convierte en otra sucursal de la refriega partidista. Encontrar esa frontera siempre ha sido complicado en Washington. Últimamente, más.

Driscoll no era un adversario político de Trump. Fue nombrado por el propio presidente, participó en su agenda militar y mantenía una relación cercana con el vicepresidente JD Vance, a quien conocía desde sus años en Yale. Por eso su marcha resulta más reveladora que la salida de un funcionario heredado de otra Administración.

Lo que cambia tras la marcha de Driscoll

La primera incógnita será el nombre elegido para sucederlo. Un nuevo secretario permanente necesitará pasar por el proceso de nominación presidencial y confirmación del Senado, de modo que la interinidad puede prolongarse mientras la Casa Blanca decide quién asumirá una cartera particularmente sensible.

La segunda afecta al proyecto de transformación militar iniciado bajo Driscoll y George. Las reformas —menos estructuras pesadas, compras más veloces, drones integrados en unidades convencionales, inteligencia artificial, producción industrial y preparación para un eventual conflicto de alta intensidad— no desaparecerán porque cambie un secretario. Muchas forman parte de una estrategia militar mucho más amplia de la Administración Trump.

Lo que sí puede cambiar es quién toma las decisiones y con qué grado de autonomía frente al despacho de Hegseth. Ahí se jugará buena parte de la continuidad real del modelo impulsado durante los últimos meses.

La tercera incógnita es política. La Casa Blanca tendrá que gestionar una salida que se produce después de que durante meses se intentara rebajar públicamente la importancia de las diferencias internas. Cuando un alto cargo nombrado por Trump abandona el Pentágono tras discutir sobre el rumbo de la principal fuerza terrestre estadounidense, el argumento de que todo era simple ruido de Washington empieza a quedarse corto.

La dimisión de Dan Driscoll no supone una crisis operativa inmediata para las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Sí confirma una crisis de confianza en su cúpula y deja otra vacante en un Ejército inmerso en una transformación acelerada.

El Pentágono seguirá funcionando, naturalmente. Los grandes edificios gubernamentales tienen esa peculiaridad: sobreviven a casi todos sus inquilinos. La cuestión importante es quién ocupará ahora el despacho de Driscoll y cuánto espacio tendrá para dirigir el Ejército cuando al otro lado del pasillo manda Pete Hegseth.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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