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¿Por qué altos mandos del Pentágono cuestionan a Hegseth por Irán?
Varios altos mandos del Pentágono alertaron a Hegseth del desgaste que supone prolongar la guerra con Irán y abrir riesgos en otros frentes.

El Pentágono afronta una incómoda grieta interna en plena guerra contra Irán. Varios de los mandos militares más poderosos de Estados Unidos advirtieron a Pete Hegseth de que mantener durante más tiempo unas operaciones a gran escala en Oriente Próximo puede resultar insostenible y reducir la capacidad del país para responder a otras amenazas, incluida la defensa del propio territorio estadounidense.
La advertencia aparece en una evaluación clasificada del 14 de agosto que analiza la disponibilidad mundial de barcos, aviones, tropas y sistemas de armas estadounidenses. No es una rebelión de generales contra el Gobierno ni una negativa a cumplir órdenes. Es algo bastante más sobrio y, precisamente por eso, significativo: altos oficiales dejaron constancia formal de que no comparten determinadas decisiones sobre la prolongación de los despliegues.
La filtración de ese contenido desató una respuesta extraordinariamente áspera del Pentágono. Sean Parnell, portavoz de Hegseth, calificó la divulgación de evaluaciones altamente clasificadas como una “traición a las fuerzas”, sostuvo que buena parte de la información publicada es inexacta y cargó contra quienes, a su juicio, están utilizando la guerra para atacar políticamente a Donald Trump y al responsable del Pentágono.
El problema es que la polémica llega en un momento especialmente inoportuno para Washington. Tras semanas de relativa calma militar, Estados Unidos volvió a atacar posiciones iraníes en el estrecho de Ormuz y Teherán respondió con misiles contra instalaciones utilizadas por fuerzas estadounidenses. Mientras fuera del Pentágono vuelven a rugir los motores de la guerra, dentro se discute cuánto tiempo puede mantener Estados Unidos semejante esfuerzo sin dejar demasiado fina la manta que debe cubrir el resto del mundo.
La filtración que abrió la grieta en el Pentágono
La evaluación clasificada fue preparada para Pete Hegseth y analiza periódicamente dónde están los recursos de las Fuerzas Armadas, cuáles pueden desplazarse y qué riesgos aparecen cuando un mando entrega barcos, aviones o sistemas defensivos a otro teatro de operaciones.
La campaña contra Irán lleva meses absorbiendo material y personal. El Comando Central estadounidense mantiene decenas de miles de militares preparados en Oriente Próximo y algunas unidades han recibido instrucciones para continuar desplegadas durante meses; otras podrían permanecer en la zona durante un periodo todavía más prolongado.
Ahí aparece el desacuerdo. El almirante Daryl Caudle, jefe de Operaciones Navales; el general Alexus Grynkewich, responsable del Comando Europeo; el general Francis Donovan, jefe del Comando Sur, y el almirante Samuel Paparo, al frente del Comando del Pacífico, figuran entre los altos mandos que habrían expresado objeciones formales a prolongar determinadas asignaciones de fuerzas.
El Ejército y la Fuerza Aérea aceptaron la orientación de Hegseth, aunque también señalaron riesgos derivados del ritmo operativo. No hay, pues, un Pentágono dividido en dos bloques ordenados. La imagen es más gris: distintos mandos calculando hasta dónde pueden ceder recursos antes de empezar a comprometer sus propias misiones.
Qué significa discrepar formalmente de una orden
En la jerga burocrática militar estadounidense, un “non-concur” no significa desobediencia. El comandante expresa por escrito que discrepa de una decisión, explica los riesgos y, salvo que reciba otra orden, la ejecuta.
Es un mecanismo normal dentro de una organización enorme que necesita que generales y almirantes contradigan al jefe cuando consideran que las cifras no cuadran. Lo excepcional no es que existan desacuerdos. Lo que llama la atención es su alcance: responsables encargados de Europa, el Pacífico y América han advertido simultáneamente sobre el efecto que el esfuerzo en Irán puede tener en sus respectivas áreas.
Y ahí reside la verdadera sustancia de la filtración. No demuestra que Estados Unidos sea incapaz de continuar combatiendo en Irán. Revela que continuar tiene un precio estratégico y que algunos de quienes administran las fuerzas destinadas a otras regiones consideran que ese precio está aumentando.
La Marina pone la alarma más seria
La fotografía más preocupante corresponde a la Marina estadounidense. Según la evaluación conocida, el almirante Daryl Caudle trasladó a Hegseth que el actual nivel de apoyo naval a la campaña iraní no puede mantenerse indefinidamente mientras siga sin existir una fecha clara para reducir las operaciones.
La guerra ha requerido decenas de buques para participar en ataques, defender posiciones estadounidenses y sostener las operaciones en torno al estrecho de Ormuz, una garganta marítima estrecha por la que pasa una parte esencial del comercio energético mundial. Varios despliegues de barcos y tripulaciones se han prolongado durante meses.
Uno de los datos que más inquietud ha generado afecta a la disponibilidad de destructores para nuevos despliegues inmediatos. La Administración Trump rechaza, por su parte, las versiones que presentan al arsenal estadounidense al borde del agotamiento y defiende que las Fuerzas Armadas mantienen capacidad suficiente para cumplir sus misiones.
Una guerra no consume únicamente bombas. Consume horas de motor, mantenimiento y piezas, jornadas de astillero y meses de vida de las tripulaciones. Un destructor en Ormuz es también un destructor que no está entrenándose para otra contingencia, entrando en mantenimiento o patrullando otra región. La aritmética militar tiene esa antipática costumbre: el mismo barco no puede navegar por dos océanos a la vez.
También se están prolongando las misiones de unidades terrestres. Elementos de la 82.ª División Aerotransportada se encuentran entre las fuerzas especialmente relevantes porque estarían disponibles si Washington decidiera una operación terrestre de mayor escala contra Irán.
El coste de la guerra se siente lejos de Irán
La preocupación del Pentágono va bastante más allá del golfo Pérsico. Los mandos de Europa y del Comando Sur han advertido de que enviar barcos y aviones de vigilancia al Comando Central reduce recursos destinados a otras obligaciones, entre ellas la protección del territorio estadounidense.
En Europa, el general Alexus Grynkewich ya había alertado de las dificultades para mantener simultáneamente determinadas misiones de defensa cuando disminuye la disponibilidad naval. En el Pacífico, Samuel Paparo mostró su desacuerdo con la cantidad de recursos que su mando debe seguir entregando para la campaña iraní, incluidos destructores y fuerzas navales.
La variable china aparece inevitablemente. Estados Unidos lleva años construyendo buena parte de su planificación militar alrededor de la posibilidad de una crisis grave en el Indo-Pacífico. Trasladar defensas aéreas, barcos y munición hacia Oriente Próximo no significa abandonar Asia, pero sí reduce el colchón disponible ante un deterioro repentino de la situación.
También pesan los arsenales. La campaña iraní ha disparado el consumo de interceptores Patriot y THAAD, utilizados para destruir misiles enemigos, así como de municiones de largo alcance. Parte de esos inventarios ya estaba sometida a presión por compromisos militares anteriores.
Existe otro elemento poco vistoso, pero costoso: las pérdidas y el desgaste de drones, aeronaves e instalaciones obligan a reponer equipos que no aparecen de un día para otro. Washington discute algunas estimaciones sobre escasez de munición, aunque difícilmente puede discutirse que cada interceptor disparado deja un hueco que después hay que volver a llenar.
El Pentágono responde con furia a la filtración
La reacción oficial ha sido mucho más agresiva después de la publicación de la información. Sean Parnell afirmó que divulgar evaluaciones altamente clasificadas constituye una “traición” y acusó a quienes difundieron su contenido de presentar una imagen falsa de la preparación militar estadounidense.
El portavoz insistió, a la vez, en que las discrepancias formales son normales. Hegseth recibe habitualmente opiniones contrarias de sus mandos y ese intercambio, sostuvo, forma parte de la manera en que funciona un Ejército profesional.
Las dos afirmaciones pueden convivir. El Pentágono puede considerar rutinario que un general discrepe y, al mismo tiempo, extraordinariamente grave que el contenido de esa discrepancia termine fuera del circuito clasificado. Lo que no quedó detallado públicamente fue qué elementos concretos de las informaciones sobre los recursos militares considera incorrectos.
Existe también una distinción jurídica importante. Un funcionario que entrega ilícitamente material clasificado puede enfrentarse a responsabilidades penales. Otra cuestión distinta es la publicación de información de interés público obtenida por un medio de comunicación, un terreno especialmente protegido por la tradición constitucional estadounidense. Presentar ambas situaciones como si fueran exactamente lo mismo reduce un debate jurídico bastante más complejo.
La discusión adquirió además un fuerte tono político. La respuesta oficial introdujo reproches contra quienes, según el Pentágono, utilizan la información para atacar a Trump y Hegseth. El resultado convierte una discrepancia sobre destructores, interceptores y meses de despliegue en otra batalla de la guerra cultural estadounidense. Los misiles, por desgracia, siguen sin entender de siglas.
El estrecho de Ormuz eleva todavía más la tensión
La filtración sería importante en cualquier momento. Lo es mucho más en un escenario marcado por los repetidos episodios de escalada entre Estados Unidos e Irán y por la enorme relevancia estratégica del estrecho de Ormuz.
Cualquier intercambio directo entre las fuerzas estadounidenses e iraníes vuelve a poner bajo presión las instalaciones militares de Washington en la región, las defensas antiaéreas y la navegación comercial. Ormuz concentra en apenas unos kilómetros barcos mercantes, petróleo, drones, misiles y unidades navales de varios países. Un lugar donde un error de cálculo puede dejar de ser pequeño con bastante rapidez.
La tensión diplomática tampoco elimina esa posibilidad. Washington puede mantener abierta la puerta de una negociación mientras conserva decenas de miles de militares en la región; Teherán puede defender públicamente una salida negociada y conservar al mismo tiempo capacidad para atacar posiciones estadounidenses. Las dos cosas no son incompatibles. En las guerras, de hecho, suelen viajar juntas.
Una guerra que empieza a medirse por desgaste
La filtración no prueba que los máximos mandos estadounidenses quieran abandonar la guerra contra Irán. Tampoco significa que Pete Hegseth haya perdido el control del Pentágono. Lo que muestra es más concreto: varios responsables militares consideran que prolongar el actual nivel de operaciones entraña riesgos crecientes para otras misiones estratégicas de Estados Unidos.
Ese matiz importa. Una superpotencia no suele quedarse sin capacidad militar de repente, como quien descubre el depósito vacío en mitad de una autopista. El deterioro llega de otra manera: menos barcos disponibles, mantenimientos aplazados, tripulaciones que acumulan meses fuera de casa, interceptores que deben reponerse, aviones desplazados y comandantes obligados a escoger qué amenaza merece primero unos recursos que nunca son infinitos.
La Administración Trump sostiene que las Fuerzas Armadas estadounidenses mantienen una sólida posición global. Sus mandos no han dicho necesariamente lo contrario. Algunos sí han advertido, sin embargo, que el margen se estrecha y que concentrar cada vez más capacidad militar en Irán inevitablemente modifica lo que queda disponible para Europa, Asia, América y la propia defensa de Estados Unidos.
Mientras Washington discute quién filtró el documento, queda un dato difícil de esconder: la campaña contra Irán está obligando al Pentágono a pensar no solo en cómo combatir, sino también en cuánto tiempo puede sostener semejante esfuerzo sin abrir huecos peligrosos en otros lugares. Esa es, bastante más que la furia por una filtración, la parte verdaderamente incómoda de la historia.










