Economía
¿Por qué el diésel supera los 6 dólares por galón en Estados Unidos?
El diésel marca un récord histórico en Estados Unidos al superar los 6 dólares por galón, con guerras, reservas bajas y refinerías casi al límite.

Foto: Meena Kadri / Wikimedia Commons — Flickr, CC BY 2.0.
Resumen
- El diésel supera los 6 dólares por galón y marca un récord en Estados Unidos
- Las guerras, las bajas reservas y el petróleo caro disparan el precio
- El encarecimiento amenaza al transporte, al campo y a la inflación
El diésel ha cruzado una frontera inédita en Estados Unidos. El 11 de septiembre, el precio medio nacional alcanzó los 6,0556 dólares por galón, el nivel más alto registrado, frente a los 3,7053 dólares de un año antes. El salto ronda así el 63 % interanual y coloca un combustible esencial para el transporte de mercancías, la agricultura y buena parte de la industria en el centro de las tensiones económicas del país.
Detrás del récord aparecen dos guerras y un mercado que tenía poco colchón para absorber nuevos sobresaltos. El conflicto con Irán ha reducido los flujos energéticos del golfo Pérsico y ha elevado el riesgo en el estrecho de Ormuz, mientras los ataques ucranianos contra refinerías rusas han limitado otra importante fuente internacional de combustibles refinados. A ello se suman restricciones a las exportaciones de productos petrolíferos, unas reservas estadounidenses ajustadas y refinerías trabajando prácticamente a pleno rendimiento. Es una tormenta bastante completa; le faltaba poco.
En términos más familiares para un lector europeo, un galón estadounidense contiene aproximadamente 3,785 litros. Los 6,06 dólares equivalen, por tanto, a unos 1,60 dólares por litro, aunque la comparación directa con el precio europeo resulta engañosa porque la estructura fiscal, los costes de distribución y la composición del precio son diferentes.
La barrera de los seis dólares tiene una carga simbólica, pero no es únicamente una cifra bonita para un titular. El 11 de septiembre quedó registrado el nuevo máximo histórico del diésel, mientras la gasolina regular se situaba alrededor de 4,30 dólares por galón. El combustible utilizado de manera intensiva por camiones y maquinaria se ha encarecido mucho más deprisa.
Las diferencias territoriales son todavía más llamativas. California alcanzó 7,98 dólares por galón de diésel y Washington superó los 7. En California, traducido de nuevo a litros, son aproximadamente 2,11 dólares por litro. Alaska, Arizona, Connecticut y numerosos estados de la costa oeste también se encuentran por encima de la media nacional. La geografía energética estadounidense siempre ha producido contrastes, pero el mapa comienza a parecerse a un mosaico de facturas cada vez más pesadas.
El récord anterior se remontaba a la crisis energética de 2022. Esta vez, sin embargo, el problema combina petróleo caro con una escasez particularmente acusada de destilados, la familia de productos refinados donde se encuentra el diésel. Esa diferencia importa: puede bajar algo el barril de crudo durante una sesión bursátil y, aun así, permanecer muy caro el combustible que llega a la estación de servicio.
Por qué el diésel se ha disparado tanto
El petróleo vuelve a negociarse alrededor de niveles que parecían olvidados. El Brent terminó el viernes 11 de septiembre en 104,61 dólares por barril, mientras el West Texas Intermediate, referencia estadounidense, cerró en 100,05 dólares. Pese al retroceso de esa jornada, ambos acumulaban una subida semanal superior al 8 %.
El precio del crudo es la materia prima de la ecuación, pero no toda la ecuación. Para convertir petróleo en diésel hacen falta refinerías, capacidad disponible, logística y existencias suficientes. Cuando varios de esos engranajes se atascan al mismo tiempo, el producto refinado puede subir incluso más que el propio barril.
Irán y el cuello de botella de Ormuz
El estrecho de Ormuz es uno de esos puntos diminutos del mapa capaces de mover cantidades gigantescas de dinero. Antes de la guerra con Irán, por allí transitaba aproximadamente una quinta parte de los suministros mundiales diarios de petróleo y gas natural licuado. La intensificación de los ataques contra barcos e infraestructuras energéticas ha reducido drásticamente el tráfico y ha obligado al mercado a incorporar una prima de riesgo mucho mayor.
La situación se ha complicado también alrededor de Arabia Saudí y el mar Rojo. Los ataques contra instalaciones energéticas saudíes han contribuido a reducir su suministro de crudo hasta unos 6 millones de barriles diarios en agosto, el nivel más bajo en más de tres décadas. Menos petróleo circulando y rutas marítimas amenazadas: una combinación incómoda para cualquier combustible, pero especialmente dura para un mercado de destilados que ya venía muy justo.
Ucrania golpea otra pieza sensible: las refinerías rusas
El segundo frente está bastante lejos de Ormuz, aunque termina confluyendo en el mismo surtidor. Los ataques ucranianos contra refinerías e infraestructuras petroleras rusas han deteriorado la capacidad de Moscú para producir y colocar combustible refinado en el mercado internacional.
Rusia ha restringido además las exportaciones de diésel mientras varias plantas permanecen afectadas por los ataques. China también ha limitado envíos de combustibles al exterior. El resultado es un mercado mundial con menos producto disponible precisamente cuando Oriente Próximo aporta menos suministro de lo habitual. En agosto, la producción rusa de crudo cayó a unos 8,36 millones de barriles diarios, muy por debajo del nivel registrado al comenzar 2026.
Ahí está una de las razones por las que el diésel está comportándose peor que la gasolina. No basta con mirar cuánto petróleo produce Estados Unidos. El precio de un producto refinado se forma en un mercado internacional donde una refinería dañada en Rusia, un petrolero que evita Ormuz o una restricción de exportaciones en Asia terminan formando parte de la misma factura.
El problema escondido bajo tierra: faltan reservas
Estados Unidos dispone de una enorme industria petrolera, pero sus existencias de destilados no atraviesan precisamente una época de abundancia. A comienzos de septiembre había aproximadamente 106,3 millones de barriles almacenados, alrededor de un 13 % menos que la media de los últimos cinco años.
Las previsiones apuntan incluso a que las reservas de destilados caigan por debajo de 100 millones de barriles durante septiembre y permanezcan por debajo del mínimo habitual del periodo 2021-2025 durante el resto de 2026 y buena parte de 2027. Las existencias llevan fuera del rango normal desde abril, coincidiendo con la pérdida de suministros procedentes de Oriente Próximo, Rusia y China.
Refinerías trabajando casi sin margen
Tampoco resulta sencillo fabricar mucho más combustible de un día para otro. Las refinerías estadounidenses han alcanzado una utilización cercana al 98 % de su capacidad. Dicho de otro modo: pedirles que solucionen rápidamente el problema produciendo bastante más equivale a pedir más velocidad a un motor que ya circula cerca de su régimen máximo.
La tensión se observa también en el llamado margen de refino del diésel, la diferencia aproximada entre el valor del combustible producido y el coste de la materia prima. Ese indicador llegó a superar los 112 dólares por barril, un récord que refleja cuánto está pagando el mercado por disponer de producto refinado inmediatamente.
Y se acerca otro inconveniente. El otoño suele traer paradas de mantenimiento en las refinerías. Son intervenciones normales, necesarias, pero llegan esta vez con los inventarios bajos. Reconstruir las reservas antes de la temporada de mayor demanda de determinados destilados será más difícil de lo habitual.
Del camión al supermercado, el precio viaja rápido
Para un conductor particular estadounidense, seis dólares por galón significan una factura más elevada al llenar el depósito. Para la economía, el asunto es bastante más ancho. El diésel mueve camiones, maquinaria agrícola, equipos de construcción y transporte. No suele protagonizar conversaciones de sobremesa como la gasolina, pero está detrás de una parte enorme de las cosas que terminan en una tienda.
Cuando sube el coste del trayecto de un camión, la empresa transportista puede absorber una parte durante algún tiempo. Después aparecen recargos por combustible, renegociaciones de tarifas y precios finales más altos. Lo mismo ocurre con una explotación agrícola que necesita alimentar tractores, cosechadoras y vehículos de transporte. El litro no se queda quieto en el depósito: viaja dentro del precio de los alimentos y las mercancías.
Por eso el récord preocupa más allá del sector energético. Una subida sostenida del coste del transporte puede añadir presión a la inflación cuando consumidores y empresas ya soportan energía cara. No existe una transmisión automática —un 10 % más de diésel no supone un 10 % más en el supermercado—, pero sí una cadena de pequeños incrementos que acaba dejando huella.
También hay una dimensión política inevitable. Con las elecciones legislativas de noviembre acercándose, la Administración Trump afronta un combustible récord que afecta especialmente a transportistas, agricultores y negocios. La Casa Blanca estudia incluso recurrir a la Defense Production Act para favorecer la ampliación y modernización de la capacidad de refino, aunque construir nuevas instalaciones o aumentar sustancialmente la producción existente requiere tiempo.
El precio seguirá pendiente de dos guerras
La dirección inmediata del diésel dependerá menos de una decisión aislada en Washington que de lo que ocurra simultáneamente en Oriente Próximo, Rusia y Ucrania, de la evolución del petróleo y de la velocidad con la que Estados Unidos pueda reconstruir sus inventarios.
Hay alguna señal capaz de aliviar la presión. El petróleo retrocedió el viernes ante informaciones sobre posibles conversaciones para facilitar el tráfico por Ormuz. Una normalización sostenida de esa ruta podría quitar parte de la prima de riesgo que se ha acumulado durante las últimas semanas. Pero el mercado continúa extremadamente sensible: basta un ataque contra un petrolero, una refinería o una infraestructura crítica para alterar otra vez los precios.
Las previsiones oficiales estadounidenses publicadas en septiembre calculan un precio medio del diésel de 5,07 dólares por galón para el conjunto de 2026 y de 4,40 dólares en 2027. Son medias anuales, no una promesa sobre lo que costará llenar el depósito durante las próximas semanas, y fueron elaboradas antes de algunos de los últimos episodios de escalada.
El dato verdaderamente incómodo, por eso, no es solo que Estados Unidos haya visto por primera vez un seis delante del precio medio del diésel. Es que el récord llega con pocas reservas, capacidad de refino prácticamente saturada y dos conflictos golpeando simultáneamente el suministro mundial. Mientras esas tres piezas sigan encajadas de esa manera, volver con rapidez a los precios de hace un año será bastante más complicado que esperar a que el petróleo tenga un buen día en Wall Street.

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