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¿Por qué hay dos colas en Mercadona de Ceuta y qué desató la polémica?
Dos colas en un Mercadona de Ceuta desatan polémica por el acceso de residentes y migrantes durante la crisis fronteriza que vive la ciudad.

Las imágenes de dos colas diferenciadas para acceder a un Mercadona de Ceuta han convertido la entrada de un supermercado en uno de los escenarios más inesperados de la discusión sobre la crisis migratoria que atraviesa la ciudad. La separación ha sido presentada en el debate público como una distinción entre residentes ceutíes y personas llegadas recientemente desde Marruecos, aunque hay un matiz esencial: Mercadona no ha explicado públicamente que el criterio utilizado sea la nacionalidad, la raza o la religión de los clientes.
Lo que sí está documentado es que, durante los momentos más delicados de la crisis, se establecieron controles extraordinarios de acceso a supermercados. El 31 de julio, con buena parte del comercio cerrado, fuerzas de seguridad y militares organizaron las entradas para evitar aglomeraciones y garantizar el abastecimiento de la población. En uno de los establecimientos de Mercadona se llegó a priorizar el acceso de residentes ceutíes mientras decenas de miles de personas acababan de cruzar la frontera y la ciudad funcionaba, literalmente, a medio gas.
Tres semanas después, aquellas escenas han vuelto al centro de la conversación. En televisión y redes sociales se difundieron imágenes de dos filas en el acceso y se afirmó que una correspondía a residentes y otra a migrantes llegados recientemente, a quienes se solicitaría identificación antes de entrar. Esa descripción ha alimentado acusaciones de discriminación y, al mismo tiempo, defensas de la medida como un mecanismo temporal de seguridad. Lo que falta —y no es un detalle menor— es una explicación pública y precisa sobre cómo se decidió quién debía colocarse en cada fila.
Qué ocurrió en el Mercadona de Ceuta
Para entender la polémica hay que regresar a finales de julio. Ceuta acababa de recibir una entrada extraordinaria de personas desde Marruecos y muchos comercios bajaron la persiana. Las imágenes de aquellos días fueron extrañas incluso para una ciudad acostumbrada a convivir con una frontera singular: calles repletas, negocios cerrados, patrullas, militares y largas colas delante de los pocos establecimientos que continuaban funcionando.
Mercadona fue uno de ellos. El viernes 31 de julio, más de un centenar de personas llegaron a concentrarse a última hora de la tarde ante uno de sus supermercados para comprar alimentos y productos básicos. Durante la mañana, la Policía también había tenido que ordenar concentraciones de migrantes delante de distintos establecimientos para evitar altercados. La gestión de las colas nació dentro de una situación de emergencia, no como una política comercial ordinaria de la cadena.
En aquellos días también aparecieron testimonios de migrantes que aseguraban encontrar dificultades para acceder a algunos supermercados. En determinados pequeños comercios se estaba dejando pasar primero a clientes locales; uno de esos testimonios sostenía directamente que Mercadona no permitía su entrada en aquel momento. Son relatos relevantes para reconstruir lo sucedido, aunque no bastan por sí solos para demostrar que existiera una política empresarial general basada en el origen de cada persona.
Ahí empieza el terreno resbaladizo. Una cosa es controlar el aforo o escalonar la entrada cuando existe riesgo de avalancha. Otra, bastante diferente, es utilizar la procedencia, el aspecto físico o la nacionalidad como filtro. Entre ambas posibilidades cabe una autopista jurídica y política, aunque en las redes sociales todas suelen caber dentro del mismo tuit.
Qué se sabe realmente sobre las dos filas
La versión difundida durante la polémica sostiene que había una fila para residentes de Ceuta y otra para personas llegadas recientemente de forma irregular. En el debate televisivo que amplificó el asunto se habló incluso de controles de documentación para distinguir ambos grupos. También se puntualizó que la diferencia no sería estrictamente entre españoles y extranjeros: un extranjero residente legalmente en Ceuta podría estar en la misma fila que cualquier otro vecino de la ciudad.
Ese matiz importa. Presentar el episodio como una cola para españoles y otra para marroquíes es más llamativo, desde luego, pero simplifica lo que se ha contado hasta ahora. Las informaciones disponibles describen una diferenciación entre residentes y recién llegados, desarrollada dentro de un dispositivo excepcional de acceso.
La controversia alcanzó otra dimensión cuando el historiador y colaborador televisivo Paco Álvarez comparó esas dos filas con mecanismos de segregación utilizados en la Alemania nazi. La comparación recibió críticas inmediatas entre los propios tertulianos. Y no cuesta entender por qué: equiparar un control temporal en un supermercado durante una crisis con la persecución sistemática de los judíos bajo el nazismo eleva tanto el volumen retórico que casi deja de escucharse el asunto que pretendía denunciar.
Eso no convierte automáticamente en correcta cualquier diferenciación de clientes. Simplemente obliga a discutirla con algo más de precisión que un viaje exprés a Berlín en 1938.
¿Puede un supermercado separar a sus clientes?
La legislación española permite que un establecimiento organice sus accesos, establezca aforos y adopte medidas proporcionadas para proteger a trabajadores y consumidores. Lo que no permite es discriminar arbitrariamente.
La Ley 15/2022, integral para la igualdad de trato y la no discriminación, protege a todas las personas con independencia de su nacionalidad y también de que dispongan o no de residencia legal. La norma alcanza expresamente al acceso a bienes y servicios abiertos al público y, por tanto, a la entrada y permanencia en establecimientos comerciales.
La misma legislación introduce, sin embargo, una precisión importante. No toda diferencia de trato constituye discriminación: puede admitirse cuando responde a criterios razonables y objetivos, persigue una finalidad legítima y resulta proporcionada. Es exactamente ahí donde estaría la discusión jurídica sobre lo sucedido en Ceuta.
Un supermercado puede limitar temporalmente el número de personas que entran, organizar turnos o reforzar la vigilancia si existe una situación objetiva de riesgo. Incluso podría aplicar procedimientos específicos cuando existan circunstancias verificables que lo justifiquen. Lo que resultaría mucho más difícil de defender sería separar a clientes simplemente porque son marroquíes, musulmanes o extranjeros, o porque su aspecto permite presumir que pertenecen a uno de esos grupos.
Seguridad sí; presunciones colectivas, otra historia
La legislación también obliga a evitar perfiles discriminatorios cuando no existe una justificación objetiva. Las condiciones de admisión a establecimientos abiertos al público no pueden convertirse en una puerta trasera para discriminar y cualquier limitación aplicada debe responder a criterios explicables.
Por eso la cuestión jurídicamente interesante no es si puede haber dos colas. Claro que puede haberlas; las hay en aeropuertos, estadios, hospitales y hasta para pagar una barra de pan. El verdadero asunto es por qué una persona termina en una cola y no en la otra.
Si el criterio fuese únicamente la nacionalidad o el origen étnico, el encaje legal sería muy problemático. Si, por el contrario, existiera una razón objetiva relacionada con un dispositivo de emergencia, la identificación administrativa o la gestión del riesgo, habría que valorar su necesidad y proporcionalidad. Y eso exige conocer con precisión cómo funcionaba el sistema, no deducirlo de veinte segundos de vídeo.
Hay otro elemento importante. Cuando existen indicios fundados de discriminación, quien aplicó la diferencia de trato debe poder aportar una justificación objetiva y razonable, además de acreditar que la medida fue proporcionada. Dicho de otro modo, pronunciar las palabras mágicas «era por seguridad» no soluciona jurídicamente cualquier cosa. La seguridad también tiene que poder explicarse.
La crisis de Ceuta explica el contexto, pero no todo
La escena del Mercadona no ocurrió un martes cualquiera. Desde finales de julio, Ceuta atraviesa una situación extraordinaria después de una llegada masiva desde Marruecos. Hubo establecimientos cerrados, problemas de abastecimiento, intervención policial ante aglomeraciones y presencia militar junto a supermercados para facilitar su funcionamiento.
Durante las semanas siguientes la ciudad mantuvo una fuerte presencia policial y militar mientras las administraciones trataban de alojar, identificar o tramitar la situación de miles de personas que permanecían en Ceuta. Las tensiones afectaron al comercio, los servicios públicos y la vida cotidiana. Ese contexto ayuda a comprender por qué un supermercado llegó a parecer un control fronterizo en miniatura.
Pero contexto no significa cheque en blanco. Una sociedad democrática puede asumir medidas excepcionales ante una situación excepcional y, al mismo tiempo, preguntarse dónde termina la organización por razones de seguridad y dónde empieza la discriminación. De hecho, debería hacerlo. La alternativa consiste en escoger entre dos caricaturas bastante cómodas: afirmar que todo control es racismo o asumir que una emergencia permite cualquier trato desigual. Ninguna explica demasiado.
También conviene recordar lo rápido que Ceuta se convierte en combustible para la desinformación. En enero volvió a circular como actual un vídeo antiguo de mujeres con hiyab entrando en un Mercadona después de supuestamente cobrar ayudas públicas. Las imágenes eran de 2018 y correspondían a la inauguración del primer establecimiento de la cadena en la ciudad. La interpretación que acompañaba al vídeo era falsa.
Un vídeo auténtico puede contar una mentira si se le coloca encima el texto adecuado. Internet descubrió ese truco hace ya demasiados años.
Juan Roig viajó personalmente a Ceuta
La controversia sobre los accesos coincide con la visita de Juan Roig, presidente de Mercadona, a Ceuta el 18 de agosto. El empresario recorrió los dos supermercados de la compañía en la ciudad y se reunió con sus trabajadores para conocer cómo estaban afrontando una situación especialmente complicada.
El desplazamiento tuvo como objetivo respaldar a una plantilla que había trabajado durante semanas excepcionales. Roig también mantuvo un encuentro con el presidente de la Ciudad, Juan Jesús Vivas, que agradeció públicamente su visita y el apoyo mostrado tanto a los empleados como a Ceuta.
Mercadona había tenido que incrementar las medidas de seguridad desde los primeros días de la crisis y sus establecimientos llegaron a funcionar con apoyo de efectivos militares en el exterior. La imagen resulta insólita: carros de compra, uniformes, bolsas de patatas y controles de acceso compartiendo unos pocos metros de acera. Pero ese fue el paisaje de Ceuta durante aquellas jornadas.
La visita de Roig, sin embargo, no aclaró públicamente el aspecto que concentra la discusión: cuál fue exactamente el criterio utilizado para organizar las filas y durante cuánto tiempo se mantuvo.
Una cola de supermercado que retrata la tensión de Ceuta
La polémica de Mercadona contiene casi todos los ingredientes que atraviesan Ceuta: migración, seguridad, convivencia, miedo, política y redes sociales. Incluso una cola para comprar leche termina convertida en símbolo nacional cuando la conversación pública está suficientemente cargada.
Los hechos conocidos permiten afirmar que hubo controles extraordinarios de entrada en supermercados durante la crisis, que se priorizó el abastecimiento de residentes ceutíes en determinados momentos y que posteriormente se difundieron imágenes de accesos diferenciados. También existen testimonios de migrantes que denunciaron dificultades para entrar. Lo que no está acreditado públicamente es que Mercadona estableciera una política general de separación basada específicamente en la raza, la religión o la nacionalidad.
Ese límite entre hecho probado e interpretación importa especialmente aquí. Calificar cualquier medida de seguridad como racista antes de conocer sus criterios es precipitado. Considerar legítima cualquier distinción porque Ceuta atraviesa una emergencia tampoco basta. Una democracia no se distingue por vivir sin problemas, sino por conservar ciertas reglas precisamente cuando llegan los problemas.
Y quizá esa sea la parte menos vistosa de toda esta historia. Dos colas pueden ser simplemente dos colas. O pueden revelar una discriminación. Para saberlo no sirve mirar únicamente quién estaba a cada lado de la puerta: hay que conocer quién decidió separarlas, con qué criterio y por qué. Todo lo demás, de momento, es ruido alrededor de un supermercado.

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