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¿Cómo resiste Tomás Omil, el bombero forestal que arrasa en TikTok?

Tomás Omil muestra la cara menos visible de los incendios: agotamiento, prevención y la presión de un bombero forestal que triunfa en TikTok.

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Burgos incendio autobuses

Tomás Omil se ha convertido en una de las caras más reconocibles de un oficio que normalmente solo aparece en televisión cuando el monte ya es una pared naranja. Bombero forestal y divulgador en redes sociales, ha llevado a TikTok e Instagram una parte del trabajo que rara vez entra en el plano: las horas posteriores al incendio, los puntos calientes, la prevención, las imprudencias y también el cansancio que se acumula cuando una emergencia termina y enseguida empieza la siguiente.

Su caso ha ganado atención en plena campaña de incendios forestales de 2026, una temporada especialmente exigente para los equipos desplegados en España. Omil vive, en cierto modo, entre dos fuegos: el literal, que obliga a trabajar con calor, humo, peso y riesgo real, y el digital, donde miles de personas observan, preguntan y reaccionan a vídeos grabados desde una realidad bastante menos glamourosa de lo que permite imaginar la palabra «viral».

Hay una paradoja curiosa. Durante décadas, buena parte del trabajo de los bomberos forestales permaneció prácticamente invisible para quien vivía lejos de las zonas afectadas. Llegaban las imágenes del hidroavión, las llamas acercándose a un pueblo y, después, un breve parte anunciando que el incendio estaba estabilizado. Parecía asunto terminado. No lo estaba.

Las redes han levantado esa cortina. Y Omil ha encontrado ahí un espacio para explicar que apagar un incendio no consiste solamente en hacer desaparecer las llamas. A veces el peligro está bajo una capa aparentemente inocente de tierra, en una brasa que conserva temperatura durante días. O en una finca sin limpiar. O en una pirotecnia usada donde nunca debió encenderse.

Entre el humo y la pantalla: una doble exposición

Una de las peculiaridades del fenómeno de Tomás Omil está precisamente ahí. No interpreta a un bombero para las redes. Su contenido nace de su profesión, de los turnos y de situaciones que conoce sobre el terreno. Ha explicado cómo se buscan puntos calientes tras un incendio, qué material lleva un bombero forestal en la mochila o por qué determinadas conductas aparentemente pequeñas pueden convertirse en el origen de un fuego serio.

En julio mostró, por ejemplo, la importancia de revisar las zonas ya quemadas incluso cuando las llamas han desaparecido. Una raíz, un tocón o la materia vegetal acumulada pueden conservar calor y provocar reproducciones posteriores. Es uno de esos trabajos poco fotogénicos que no suelen abrir informativos: caminar, observar, remover terreno, comprobar temperaturas, volver sobre pasos anteriores.

También ha utilizado sus perfiles para señalar imprudencias capaces de provocar incendios. En una intervención encontró restos de pirotecnia alrededor de una zona donde se había originado un fuego. La escena tenía poca épica y mucha realidad cotidiana: hierba seca, residuos de una fiesta y profesionales llamados después para apagar las consecuencias.

Ahí aparece un elemento incómodo del debate. Los incendios forestales son fenómenos complejos y sus causas no admiten el simplismo de temporada. Influyen la meteorología extrema, la sequía, el combustible vegetal, la gestión del territorio y la actividad humana, entre otros factores. Reducir cada incendio a una única explicación funciona estupendamente en una discusión de diez segundos; en un bosque, bastante peor.

Un verano que no deja margen

La exposición de Omil coincide con una campaña que ha sometido a los dispositivos de extinción a una presión considerable. Según los balances oficiales disponibles a mediados de agosto, España acumulaba cientos de miles de hectáreas forestales afectadas y decenas de grandes incendios, aquellos que superan las 500 hectáreas.

Solo hasta el 17 de agosto se habían contabilizado 6.685 siniestros forestales, 42 de ellos grandes incendios. Los medios aéreos estatales acumulaban al día siguiente 8.753 horas de vuelo, un 78 % más que durante el mismo periodo de 2025. No es una estadística abstracta: detrás de una hora de helicóptero o avión hay brigadas entrando por tierra, relevos, conductores, técnicos, coordinadores y jornadas que no siempre terminan cuando cae el sol.

La cifra de superficie quemada puede variar según la fecha y el sistema utilizado para calcularla, algo habitual durante una campaña todavía abierta. El balance provisional situaba en 254.730 hectáreas la superficie afectada hasta el 17 de agosto; datos posteriores elevaban el registro a más de 262.000 hectáreas hasta el día 20.

El matiz importa. También evita convertir cada actualización en una competición de números gigantes. El fuego tiene una desagradable costumbre: no necesita batir récords para ser peligroso.

El trabajo que empieza cuando la llama desaparece

Una de las aportaciones más interesantes de Omil en redes es precisamente desmontar esa idea de que «controlado» significa «acabado». En la terminología de emergencias no es así.

Un incendio estabilizado evoluciona dentro de unas líneas de control previstas, pero todavía puede presentar actividad. Después llegará el control, cuando el perímetro está asegurado y no se espera propagación. La extinción completa puede demorarse mucho más.

Mientras tanto se vigilan reproducciones y puntos calientes. Se refrescan zonas, se recorren perímetros y se comprueba aquello que desde una carretera parece simplemente suelo negro. El incendio visible puede haber terminado; el calor oculto, no necesariamente.

Es un trabajo paciente, físico y repetitivo. Nada parecido a la espectacular descarga de agua de un avión que luego circula en bucle por las redes. Pero una pequeña brasa, si encuentra viento y combustible suficiente, puede arruinar muchas horas de trabajo.

El coste mental de apagar incendios

La vertiente física del oficio resulta sencilla de imaginar. Temperaturas elevadas, humo, desniveles, herramientas, equipos de protección, pocas horas de sueño y esfuerzo sostenido. La otra parte es menos evidente: la carga psicológica de trabajar repetidamente en situaciones de riesgo y destrucción.

Los estudios sobre seguridad laboral sitúan a los bomberos entre las ocupaciones especialmente expuestas a los efectos de los episodios climáticos extremos y del trabajo prolongado al aire libre. En ese escenario aparecen factores como agotamiento, tensión emocional, falta de descanso y exposición a situaciones traumáticas.

No significa que cada bombero vaya a sufrir un trastorno psicológico, ni conviene convertir cualquier cansancio en un diagnóstico improvisado. Significa algo más sencillo: el desgaste mental existe y forma parte de la salud laboral.

Durante los grandes incendios de la Sierra Oeste de Madrid de este verano llegó a habilitarse atención psicológica para profesionales que habían participado en las labores de extinción y gestión de la emergencia. Una señal de que después del humo también puede quedar trabajo pendiente.

No hace falta una tragedia para acumular desgaste

El agotamiento no siempre aparece con una escena extraordinaria. Puede construirse lentamente, casi sin hacer ruido, mientras se suceden turnos, guardias e intervenciones.

Una noche mal dormida. Luego otra. Una guardia que se prolonga. Calor durante horas. El ruido de las comunicaciones. La concentración constante porque un cambio de viento altera un escenario en minutos. Volver a casa y seguir mentalmente en el incendio. Repetirlo varios días. Ahí empieza a pesar el cuerpo, pero también la cabeza.

El organismo funciona durante la emergencia con una activación que resulta útil: atención, rapidez, respuesta inmediata. El problema llega cuando esa tensión no encuentra suficiente espacio para descender. Y las campañas cada vez más largas o intensas pueden comprimir los periodos de recuperación.

A eso se añade una dimensión que el contenido de Omil deja ver de manera casi accidental: quien divulga en redes no desaparece al terminar el turno. El móvil sigue ahí. Comentarios, mensajes, vídeos, debates, peticiones de explicación. La pantalla prolonga la presencia del incendio más allá del monte.

TikTok como altavoz: prevención sin despacho

Sería fácil despachar este fenómeno como otra rareza de TikTok. Un bombero con seguidores, vídeo vertical, siguiente asunto. Pero reducirlo a eso sería perder lo interesante: las redes están permitiendo que la prevención de incendios llegue a un público que probablemente nunca leería un manual técnico.

Durante años, la prevención ha tenido un problema de comunicación bastante obvio: hay que hablar del fuego cuando todavía no hay fuego. Y eso tiene menos audiencia. La maleza seca de una parcela en junio no parece noticia. La misma parcela ardiendo junto a diez viviendas en agosto sí.

Omil lleva tiempo insistiendo en tareas tan poco excitantes como limpiar las fincas cercanas a las casas o comprender cómo se comporta el combustible vegetal. En junio advertía ya del aspecto preocupante que presentaba el verano y pedía actuar antes de que llegara el momento crítico. La palabra importante era sencilla: prevención.

Las redes permiten que ese mensaje salga del folleto institucional y llegue acompañado por alguien que después puede aparecer trabajando sobre el terreno. Hay ahí una forma de autoridad distinta. No nace de un despacho ni de una campaña publicitaria, sino de la experiencia visible. Por una vez, el algoritmo sirve para algo más que enseñar desayunos imposibles y discusiones políticas de quince segundos.

También permite comprender el incendio desde otro ángulo. Cuando Omil abre su mochila, señala una brasa o enseña restos encontrados alrededor de un foco, la prevención adquiere textura. Deja de ser una palabra administrativa. Se puede tocar: una herramienta, unas botas ennegrecidas, hierba seca, tierra todavía caliente.

El problema que el algoritmo no puede apagar

Las redes sociales pueden enseñar el trabajo de los bomberos forestales, pero no sustituyen las decisiones que se toman lejos de una pantalla. La campaña de 2026 ha vuelto a acompañarse de reclamaciones laborales en diferentes comunidades sobre personal, medios, estabilidad de los operativos y condiciones de trabajo.

En Aragón, los bomberos forestales iniciaron en agosto una huelga indefinida para reclamar mejoras laborales y un dispositivo adaptado a incendios que consideran cada vez más exigentes. En la Comunidad Valenciana también se han sucedido denuncias sindicales sobre carencias de medios y personal.

La discusión importa porque la extinción comienza mucho antes de la emergencia. Incluye prevención, planificación, mantenimiento, formación, vigilancia, gestión forestal y plantillas capaces de trabajar durante todo el ciclo. Esperar a que aparezca una columna de humo para recordar que existen los bomberos forestales es una tradición veraniega bastante española, junto con las sombrillas demasiado cerca y las conversaciones sobre lo caro que está el chiringuito.

El fuego, sin embargo, trabaja todo el año. El monte también.

Y ahí la popularidad de perfiles como el de Omil tiene una utilidad inesperada. Acerca al público a una profesión que solía aparecer representada únicamente durante sus minutos más espectaculares. Permite ver el antes y el después del incendio, lo rutinario y lo peligroso, el cansancio junto a la técnica.

Cuando se va el humo, queda el cuerpo

La doble vida de Tomás Omil no es exactamente la de alguien que cambia de personaje cuando abre TikTok. Es casi lo contrario. Las redes prolongan su uniforme, aunque la cámara muestre aspectos del oficio que antes permanecían fuera del encuadre.

Eso ayuda a explicar por qué su historia interesa en este verano de incendios. No porque un bombero haya aprendido a manejar bien un teléfono —millones de personas lo hacen—, sino porque detrás de esos vídeos aparece una realidad que cuesta traducir a cifras: profesionales trabajando durante horas en condiciones hostiles, revisando un terreno cuando ya nadie mira y regresando a incendios que para el resto del país quizá terminaron en el informativo de la noche anterior.

El monte quemado acaba quedándose en silencio. Es una imagen extraña: ceniza, olor persistente, troncos oscuros y algún sonido que vuelve poco a poco. Para quienes han estado dentro, el cambio puede ser brutal. Hace unas horas todo eran comunicaciones, motores, calor y urgencia. Después, silencio.

Ese silencio también forma parte del incendio. Y quizá por eso resulta significativo que algunos bomberos hayan decidido romperlo con un móvil en la mano.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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