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¿Qué represalias prepara Putin tras los ataques ucranianos en Rusia?

Putin amenaza con represalias por los ataques ucranianos en Rusia, mientras Macron acelera el envío de defensas aéreas para proteger a Kiev.

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el presidente ruso putin en un meeting en 2021

Vladímir Putin ha prometido represalias contra Ucrania después de reconocer que los ataques de largo alcance lanzados por Kiev están causando daños económicos dentro de Rusia. El presidente ruso sostiene que Ucrania ha abierto un «vaso de Pandora» al golpear refinerías, instalaciones industriales y grandes centros logísticos y avisa de que Moscú responderá contra los sectores «más sensibles» de la economía ucraniana. No ha concretado qué objetivos serán atacados ni cuándo. Sí ha anunciado que Rusia reforzará su defensa aérea.

La amenaza llega en medio de una escalada aérea que ya desborda con claridad el frente terrestre. Ucrania está llevando sus drones cientos de kilómetros dentro del territorio ruso; Rusia mantiene, mientras tanto, una intensa campaña de misiles y aparatos no tripulados sobre ciudades e infraestructuras ucranianas. Y mientras Putin habla de represalias, Emmanuel Macron ha prometido a Volodímir Zelenski acelerar el envío de misiles interceptores y nuevo material francés para paliar una de las debilidades más serias de Kiev: la escasez de defensa frente a los misiles balísticos rusos.

No es una amenaza retórica caída del cielo. Durante este verano, Ucrania ha incrementado los ataques contra el tejido energético y logístico ruso con una lógica bastante transparente: llevar parte del coste económico de la guerra lejos de las trincheras del Donbás y acercarlo a refinerías, puertos, cadenas de suministro y grandes compañías dentro de Rusia. El campo de batalla sigue siendo decisivo, pero la retaguardia ya no es esa habitación cerrada en la que Moscú podía guardar la guerra mientras la vida cotidiana continuaba al otro lado de la puerta.

Putin admite que los drones ucranianos hacen daño a Rusia

Putin había evitado durante buena parte de la guerra conceder demasiada importancia pública a los golpes ucranianos sobre territorio ruso. Esta vez lo ha hecho. Ha reconocido que los ataques producen pérdidas y perjuicios económicos, aunque inmediatamente ha añadido que no han cambiado la situación militar ni han dado a Ucrania una ventaja estratégica.

Ahí está el matiz importante. La ofensiva ucraniana de largo alcance no parece, por sí sola, capaz de modificar el frente, pero sí está obligando a Moscú a dedicar más recursos a proteger un territorio inmenso y una red industrial difícil de blindar por completo. Putin ha anunciado precisamente una ampliación de las defensas aéreas rusas. Defender simultáneamente bases, refinerías, depósitos, fábricas, aeropuertos, puertos y grandes centros urbanos es una ecuación incómoda incluso para una potencia militar del tamaño de Rusia.

El presidente ruso eligió una metáfora con pedigrí clásico. Kiev, dijo, ha abierto el «vaso de Pandora». La mitología siempre proporciona imágenes estupendas para la política exterior, aunque aquí existe una pequeña ironía histórica difícil de esquivar: la invasión rusa a gran escala de Ucrania comenzó en febrero de 2022, y los ataques ucranianos en profundidad se han desarrollado después, a medida que Kiev ha adquirido drones con mayor alcance y capacidad.

Putin, en cualquier caso, ha colocado el conflicto económico en primer plano. Su advertencia habla de golpear los sectores más vulnerables de Ucrania y encaja con una dinámica que ya existe: Rusia ha atacado reiteradamente infraestructura energética, industrial, ferroviaria y portuaria ucraniana, además de instalaciones relacionadas con las exportaciones agrícolas del mar Negro.

De las refinerías a Ozon: Ucrania lleva la guerra a la retaguardia rusa

Uno de los ataques más llamativos de las últimas horas alcanzó un centro logístico de Ozon, uno de los mayores operadores de comercio electrónico de Rusia, en Chapáyevsk, dentro de la región de Samara. La empresa informó de heridos y paralizó temporalmente la actividad del almacén. Más de 500 trabajadores fueron evacuados rápidamente de las instalaciones.

En la misma región, Ucrania aseguró haber golpeado la refinería de Novokúibyshevsk, situada aproximadamente a 1.000 kilómetros del frente. Las autoridades rusas reconocieron daños en instalaciones industriales. En otros ataques registrados en Rusia y territorios ucranianos ocupados por Moscú murieron al menos diez personas según responsables locales rusos, aunque esas víctimas corresponden a diferentes puntos y no exclusivamente al ataque contra Ozon.

El episodio resulta significativo porque Ozon no había sido hasta ahora uno de los principales nombres de esta campaña. Antes llegó Wildberries, el mayor grupo ruso de comercio electrónico, cuyos almacenes han sufrido varios ataques durante las últimas semanas. Kiev presenta estas operaciones como golpes contra infraestructuras que considera vinculadas, directa o indirectamente, al sostenimiento del esfuerzo bélico ruso. La naturaleza de cada instalación, sin embargo, debe examinarse por separado: un almacén comercial no se convierte automáticamente en objetivo militar por aparecer en un comunicado.

El petróleo es un objetivo mucho más evidente

Con las refinerías, la lógica ucraniana resulta menos ambigua. Los hidrocarburos son una fuente esencial de ingresos para Rusia y el combustible alimenta también el aparato militar. Golpear instalaciones de procesamiento obliga a reparar equipos caros, altera la distribución interna y fuerza a Moscú a dispersar sistemas antiaéreos que también necesita en otros lugares.

La estrategia no consiste tanto en apagar de golpe la gigantesca maquinaria energética rusa —algo fuera del alcance actual de Ucrania— como en multiplicar pequeñas y medianas heridas. Una refinería dañada aquí, un depósito en llamas allá, una instalación portuaria detenida durante unas horas. La suma importa. Y, sobre todo, cambia la percepción de seguridad en regiones que durante años observaron la guerra a través del televisor.

Eso explica la irritación del Kremlin. Las operaciones ucranianas atacan una de las ventajas estructurales de Rusia: su enorme profundidad territorial. Durante buena parte del conflicto, Moscú podía situar instalaciones estratégicas muy lejos de la línea del frente. Los drones de largo alcance han ido erosionando esa comodidad.

Putin insiste en que el efecto militar es limitado. Puede tener razón en ese punto y, al mismo tiempo, admitir lo que sus propias palabras revelan: Rusia tiene ahora más territorio que proteger y más objetivos vulnerables. Si los ataques fueran irrelevantes, no habría demasiada necesidad de prometer represalias ni de anunciar nuevas defensas aéreas.

Moscú amenaza ahora a la economía ucraniana

La respuesta adelantada por Putin apunta directamente a la economía ucraniana. Uno de los sectores más expuestos es el agrícola. Ucrania continúa dependiendo del corredor del mar Negro para una parte relevante de sus exportaciones, y las instalaciones portuarias y de almacenamiento de grano han sido atacadas repetidamente desde que Rusia abandonó en 2023 el acuerdo, negociado con mediación turca, que había facilitado la salida segura de productos agrícolas ucranianos.

Putin ha asegurado que posibles nuevas interrupciones de las exportaciones ucranianas no provocarían una escasez mundial porque Rusia podría compensarlas aumentando su propia oferta. Es una afirmación política, además de económica. El cereal vuelve a aparecer así como arma de presión dentro de una guerra que se libra con drones baratos, misiles carísimos y, también, barcos cargados de trigo.

No se conoce todavía qué entiende exactamente Moscú por los sectores «más sensibles». Podrían incluir energía, industria militar, logística, ferrocarriles o puertos. Conviene no convertir una amenaza deliberadamente vaga en un catálogo de objetivos que el Kremlin no ha anunciado.

Macron acelera las defensas mientras Ucrania busca interceptores

Al mismo tiempo que Putin endurecía su discurso, Zelenski mantuvo una conversación de casi dos horas con Emmanuel Macron. Según el presidente ucraniano, Francia acordó acelerar las entregas de nuevos equipos y misiles y se mostró dispuesta a facilitar licencias para producir armamento. Macron también se comprometió a intervenir ante países aliados que disponen de existencias de interceptores Patriot.

La urgencia tiene una razón concreta. Ucrania dispone de un número limitado de sistemas capaces de enfrentarse a los misiles balísticos rusos. Los Patriot estadounidenses son especialmente importantes porque pueden interceptar ese tipo de amenaza, mientras Rusia ha intensificado sus ataques durante las últimas semanas. Kiev necesita lanzadores, sí, pero sobre todo necesita munición: una batería espectacular con los tubos vacíos sirve aproximadamente para decorar el horizonte.

Francia e Italia preparan también el SAMP/T-NG, la nueva generación del sistema europeo de defensa aérea que debería mejorar la capacidad contra misiles balísticos. Ucrania espera recibirlo, aunque su llegada no está prevista antes de la primavera de 2027. Macron anunció asimismo el pasado julio avances para permitir a Kiev fabricar determinados interceptores y otras municiones bajo licencia.

El apoyo francés cobra más peso después del ataque ruso contra un centro comercial de Kryvyi Rih. Al menos 16 personas murieron y unas 130 resultaron heridas. Zelenski describió el bombardeo como un ataque en dos oleadas, con una segunda acometida cuando los servicios de emergencia ya trabajaban en el lugar. Macron condenó el ataque y acusó a Rusia de recurrir sistemáticamente a la intimidación y a la escalada.

La escalada aérea cambia el mapa de una guerra enquistada

Lo que está ocurriendo deja una fotografía incómoda para ambos bandos. Rusia conserva una capacidad de ataque muy superior y puede lanzar grandes oleadas contra Ucrania. Kiev, en cambio, ha desarrollado una flota de drones de largo alcance capaz de penetrar profundamente en territorio ruso y golpear objetivos que hace apenas un par de años parecían relativamente seguros.

Eso no significa simetría. Rusia y Ucrania disponen de recursos, territorios y capacidades militares muy diferentes, y el daño civil continúa siendo enorme, particularmente en Ucrania. Pero la distancia entre frente y retaguardia se ha encogido. Una instalación situada a 800 o 1.000 kilómetros de las posiciones ucranianas ya no puede considerarse automáticamente fuera de alcance.

También se estrecha el espacio diplomático. Putin mantiene que Rusia está abierta a negociar, aunque únicamente teniendo en cuenta las «realidades sobre el terreno», fórmula con la que Moscú reclama que cualquier acuerdo parta de la situación territorial creada por la guerra. Zelenski, por su parte, sigue buscando apoyo militar occidental mientras mantiene contactos con sus aliados sobre posibles vías diplomáticas y conversaciones con Washington.

El próximo movimiento político llegará con una nueva reunión de la denominada Coalición de Voluntarios, prevista para el lunes y copresidida por Macron, el canciller alemán Friedrich Merz y el primer ministro británico Andy Burnham. El encuentro se celebrará coincidiendo con los actos por el 35.º aniversario de la independencia de Ucrania y volverá a colocar la defensa aérea entre las prioridades.

El «vaso de Pandora» ya está abierto desde hace tiempo

La frase de Putin funciona como advertencia, pero también como reconocimiento. Los drones ucranianos están alcanzando lugares donde Moscú preferiría que la guerra no llegase: refinerías, centros logísticos, puertos, empresas y ciudades alejadas del frente. El daño económico existe, aunque convertirlo en una ventaja decisiva sobre el campo de batalla es otra cosa.

La respuesta rusa puede intensificar todavía más los ataques sobre la infraestructura económica ucraniana, mientras Kiev tratará de proteger sus ciudades con los interceptores que Francia y otros aliados consigan proporcionar. Queda así una guerra cada vez más extendida verticalmente —por el cielo— y horizontalmente, a centenares de kilómetros del frente.

Putin dice que Ucrania ha abierto el vaso de Pandora. El problema es que, después de cuatro años y medio de guerra a gran escala, dentro de esa caja queda poco que los europeos no hayan visto ya: misiles, drones, ciudades destruidas, rutas comerciales amenazadas y una economía convertida en otro campo de batalla. La novedad de agosto de 2026 es otra. La retaguardia rusa, que durante mucho tiempo parecía lejana, ya no lo está.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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