Naturaleza
¿Por qué regenerar bosques de forma natural cuesta hasta un 96% menos?
Regenerar bosques de forma natural puede costar hasta un 96% menos y recuperar carbono, biodiversidad y suelo con menos intervención humana.

Hay una forma de recuperar un bosque que no empieza con viveros, camiones cargados de plantones ni cuadrillas cavando miles de hoyos. Empieza, paradójicamente, haciendo bastante menos: retirar aquello que impide que el bosque vuelva. Un nuevo estudio internacional liderado desde Australia concluye que la regeneración natural de los bosques tropicales puede ofrecer importantes beneficios para el clima y la biodiversidad con costes que, en determinados lugares, llegan a ser hasta un 96% inferiores a los de los programas tradicionales de plantación de árboles.
La investigación, publicada el 20 de agosto de 2026 en Nature Ecology & Evolution y desarrollada por científicos vinculados a la Universidad de Queensland y la Universidad de Newcastle, no propone dejar a su suerte cualquier terreno degradado. Lo que plantea es bastante más interesante: allí donde siguen existiendo semillas, raíces, árboles maduros cercanos y condiciones ecológicas apropiadas, el bosque puede reconstruirse en buena medida por sí mismo si se eliminan las presiones que bloquean esa recuperación.
Es decir, menos ceremonia de la pala y más ecología. Controlar especies invasoras, proteger los brotes jóvenes, reducir el pastoreo, evitar incendios recurrentes o conservar árboles capaces de dispersar semillas puede resultar mucho más eficaz que decidir desde un despacho qué árboles deben plantarse, comprarlos, transportarlos, colocarlos en el terreno y mantenerlos vivos durante años.
De plantar árboles a dejar que vuelva el bosque
Durante décadas, la imagen pública de la restauración forestal ha estado dominada por la plantación. Es comprensible: diez mil árboles recién colocados forman una fotografía estupenda. Un terreno donde simplemente se ha retirado una valla, controlado una planta invasora y esperado a que germinen semillas que llevaban años bajo el suelo resulta bastante menos espectacular. La naturaleza tiene ese defecto de comunicación.
Pero un bosque no es una colección de árboles. Es una red de especies, suelos, hongos, insectos, aves, mamíferos, agua y materia orgánica, y reconstruir esa red plantando ejemplares escogidos previamente puede ser caro y, en ocasiones, ecológicamente más pobre que permitir la recolonización espontánea de especies locales.
La regeneración natural aprovecha precisamente esa infraestructura invisible que todavía permanece en muchos paisajes degradados. Puede haber semillas almacenadas en el suelo, tocones capaces de rebrotar o fragmentos de bosque próximos desde los que aves, murciélagos y otros animales transportan nuevas semillas. Cuando esas piezas siguen presentes, el ecosistema conserva una especie de memoria.
Regenerar de forma natural no significa abandonar el terreno
Aquí conviene evitar el malentendido más fácil. Regeneración natural no equivale a no hacer nada. En numerosos proyectos se utiliza la llamada regeneración natural asistida: la vegetación recupera el terreno mediante procesos naturales, pero las personas eliminan o reducen los obstáculos.
Son especialmente favorables los terrenos donde existen plántulas naturales, bancos de semillas o fuentes próximas de semillas y donde es posible controlar amenazas como el fuego, el pastoreo o la explotación excesiva. Entre las actuaciones que pueden acelerar la recuperación figuran el control de malezas y especies invasoras, la protección frente al ganado y los incendios y, cuando hace falta, plantaciones puntuales para cubrir especies que no consiguen regresar por sí solas.
La diferencia económica es evidente. Plantar implica producir o comprar semillas y plantones, mantener viveros, preparar el terreno, transportar material, contratar personal y vigilar después la supervivencia de los árboles. En la regeneración natural, buena parte del trabajo biológico lo realiza el propio ecosistema. No desaparecen los costes; cambia dónde se gasta el dinero.
Un potencial de 7,49 millones de kilómetros cuadrados
El nuevo trabajo analiza 7,49 millones de kilómetros cuadrados de zonas tropicales consideradas biofísicamente aptas para la regeneración natural. No es una previsión de que toda esa superficie vaya a convertirse realmente en bosque, sino una estimación de su potencial ecológico.
Los investigadores calcularon que, si toda esa superficie llegara a regenerarse, la vegetación adicional podría acumular aproximadamente 9,57 gigatoneladas de carbono durante 30 años. Al mismo tiempo, la recuperación del hábitat podría reducir alrededor de un 31% el riesgo agregado de extinción de especies dependientes del bosque respecto al escenario de referencia empleado en el estudio.
Son cifras enormes, aunque deben leerse como lo que son: escenarios construidos a partir de datos espaciales sobre capacidad de regeneración, costes, acumulación de carbono y distribución de especies. La utilidad del trabajo está menos en imaginar que mañana reaparecerán millones de kilómetros cuadrados de selva que en señalar dónde cada euro dedicado a restauración puede conseguir más resultados.
Y eso cambia bastante la conversación. Con presupuestos ambientales siempre limitados, no basta con contar árboles plantados. Importa saber cuánto carbono puede recuperar un territorio, qué especies se benefician y cuánto cuesta intervenir, pero también qué posibilidades reales existen de que la vegetación permanezca durante décadas.
Carbono y biodiversidad no siempre apuntan al mismo lugar
Uno de los hallazgos más interesantes es precisamente que los mejores lugares para capturar carbono no coinciden necesariamente con los mejores lugares para recuperar biodiversidad.
Hay zonas donde la vegetación puede crecer con rapidez y acumular grandes cantidades de carbono, pero donde el beneficio para especies amenazadas es comparativamente menor. En otras ocurre lo contrario: un área puede ser extraordinariamente valiosa para la biodiversidad sin ofrecer el máximo rendimiento climático por hectárea.
El estudio identifica como grandes áreas de oportunidad para beneficios combinados a Indonesia, Madagascar, Filipinas, México y Malasia. Son territorios donde se superponen costes relativamente bajos y posibilidades elevadas de recuperación tanto del carbono como de la biodiversidad.
Los lugares donde coinciden coste, carbono y especies
Los autores denominan a esas zonas holistic hotspots, algo así como puntos calientes integrales de restauración. Sin embargo, representan únicamente alrededor del 9,67% de toda el área estudiada. La cifra revela una realidad menos cómoda que el habitual eslogan de plantar árboles y salvar el planeta: la restauración obliga a escoger prioridades.
Un gobierno puede buscar principalmente reducción de emisiones. Otro puede intentar proteger especies amenazadas. Una comunidad rural quizá necesite recuperar agua, frenar la erosión y mantener terrenos productivos. No existe una receta forestal universal, y el estudio precisamente intenta sustituirla por mapas capaces de distinguir esas diferencias.
Por qué un bosque espontáneo puede ser más diverso
La regeneración natural tiene otra ventaja: nadie determina por adelantado toda la comunidad vegetal que ocupará el terreno. Las especies llegan según la disponibilidad de semillas, las condiciones del suelo, la proximidad de otros bosques y las relaciones entre plantas y animales.
Ese proceso puede producir bosques más variados que determinadas plantaciones, especialmente cuando estas se basan en pocas especies escogidas por su crecimiento rápido, facilidad de manejo o capacidad para capturar carbono. Investigaciones anteriores ya habían encontrado que la recuperación ecológica mediante regeneración natural puede superar en distintos contextos tropicales a la restauración activa.
Esto tampoco convierte cualquier matorral espontáneo en un bosque maduro de la noche a la mañana. La sucesión ecológica necesita tiempo. Primero aparecen hierbas, arbustos y especies pioneras; después cambia la sombra, se modifica el suelo, llegan otras plantas, aumenta la estructura vertical. El paisaje se vuelve más complejo poco a poco. No luce demasiado en una inauguración institucional, pero los ecosistemas trabajan con calendarios bastante distintos a los políticos.
Y hay algo más. Mantener árboles maduros cerca de una zona en recuperación puede ser decisivo, porque funcionan como reservorios de semillas y puntos de partida para la recolonización. También importan los animales dispersores. Si la fragmentación ha eliminado esas conexiones, el bosque tendrá muchas más dificultades para regresar, aunque el terreno se deje tranquilo durante años.
Plantar árboles sigue siendo necesario en muchos lugares
El estudio no liquida las campañas de reforestación ni sostiene que plantar sea un error. Sería una lectura bastante cómoda, y falsa. Hay terrenos tan transformados que la regeneración espontánea resulta extremadamente lenta o prácticamente imposible.
Cuando faltan árboles cercanos, el banco de semillas está agotado, el suelo ha sufrido una degradación intensa o determinadas especies no pueden recolonizar el territorio, la intervención activa sigue siendo necesaria. Incluso la regeneración natural asistida puede incorporar plantaciones selectivas para introducir especies ausentes o ayudar al ecosistema durante sus primeras fases. La técnica adecuada depende de las condiciones ecológicas, sociales y económicas de cada paisaje.
También existe una cuestión incómoda que ningún mapa puede borrar: el uso de la tierra. Un área puede tener condiciones perfectas para volver a ser bosque y, al mismo tiempo, proporcionar ingresos agrícolas a una familia o alimentos a una comunidad. El denominado coste de oportunidad —lo que se deja de obtener al dedicar el terreno a otro uso— forma parte inevitable de cualquier política seria de restauración.
Por eso restaurar no consiste simplemente en descubrir dónde crecerían árboles. Significa decidir qué terrenos pueden recuperarse, quién asume el coste, quién recibe los beneficios y quién conserva los derechos sobre esa tierra. La ecología puede señalar el camino; la política y la economía deciden si alguien lo recorre.
Restaurar mejor importa tanto como restaurar más
El descubrimiento llega cuando los países tienen por delante una promesa ambiental considerable. El Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal fija como objetivo que, para 2030, al menos el 30% de las zonas de ecosistemas degradados terrestres, de aguas continentales, costeros y marinos estén sometidas a una restauración efectiva.
Cumplir algo semejante exclusivamente a golpe de vivero sería extraordinariamente caro. De ahí que la regeneración natural esté ganando peso: permite concentrar el dinero en eliminar las causas de la degradación, en lugar de pagar después por reconstruir artificialmente lo que esas mismas causas siguen destruyendo.
Hay una enseñanza bastante sencilla detrás de todos los mapas, modelos y gigatoneladas. Antes de plantar un árbol conviene comprobar si el bosque ya está intentando volver.
A veces la mejor restauración consiste en ayudarlo. Quitar el ganado durante un tiempo. Frenar un incendio antes de que empiece. Dejar en pie los árboles que producen semillas. Controlar una invasora. Proteger un brote minúsculo que, visto desde lejos, no parece gran cosa.
El bosque hace el resto cuando todavía puede hacerlo. Y descubrir dónde conserva esa capacidad puede permitir recuperar más naturaleza, almacenar más carbono y gastar bastante menos dinero. No es tan fotogénico como inaugurar diez mil plantones en fila. Probablemente ese sea uno de sus méritos.

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