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Naturaleza

¿Qué hacer con tu mascota ante un desastre natural? Cómo protegerla

Un desastre puede desorientar a perros y gatos en segundos: qué preparar, cómo evacuarlos y qué errores evitar para mantenerlos bien a salvo.

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Qué hacer mascota desastre natural

Un terremoto, una inundación, un incendio forestal o cualquier otra emergencia puede convertir una casa conocida en un lugar extraño en cuestión de segundos. Para un perro o un gato, que no entiende qué está ocurriendo pero sí percibe el ruido, los movimientos, los gritos y el nerviosismo, el desconcierto puede ser todavía mayor. La respuesta más segura es bastante concreta: la mascota debe formar parte del plan familiar de emergencia desde antes del desastre, con un sistema de identificación actualizado, un medio adecuado para trasladarla y un pequeño equipo preparado con comida, agua, medicación y documentación.

Durante el peligro inmediato, sin embargo, proteger al animal no significa ponerse en riesgo para perseguirlo. Si un perro se esconde bajo una cama o un gato desaparece detrás de un mueble mientras está temblando, intentar atraparlo atravesando una zona insegura puede empeorar la situación. Primero hay que mantenerse a salvo y, cuando las condiciones permitan evacuar, hacerlo con el animal controlado mediante correa, arnés o transportín.

El asunto ha vuelto al primer plano después de los fuertes terremotos registrados estos días en Sudamérica. Perú sufrió el 20 de agosto un sismo de magnitud 7,2, con epicentro en la zona de Coracora, Ayacucho, mientras Colombia venía de afrontar otro terremoto de magnitud 7,4. Episodios distintos, pero con una enseñanza común: en una emergencia no sobra precisamente tiempo para empezar a buscar dónde quedó la correa del perro.

La emergencia empieza mucho antes de que algo ocurra

La preparación doméstica suele diseñarse pensando casi exclusivamente en las personas. Agua, medicinas, documentación, linterna, cargadores. Todo razonable. Pero millones de hogares conviven también con animales que dependen completamente de alguien para salir de una vivienda, encontrar comida o recibir su tratamiento. Dejar ese problema para el último minuto es una invitación al caos.

El primer cambio consiste en incluir expresamente al animal en el plan familiar de emergencia. No basta con asumir que alguien se ocupará. Conviene saber quién cogerá al gato, quién llevará la mochila, dónde están las correas y qué ocurrirá si la persona que normalmente cuida al animal no está en casa. Incluso resulta útil acordar con un familiar, vecino o persona de confianza quién podría hacerse cargo de él si sus responsables habituales quedan aislados.

También importa conocer de antemano el lugar al que se acudirá en caso de evacuación. No todos los alojamientos temporales, hoteles o centros habilitados admiten animales, y descubrirlo con una sirena sonando y el coche cargado no es precisamente el escenario ideal. Conviene localizar previamente alternativas que acepten mascotas y contemplar una persona de apoyo capaz de recogerlas si fuera necesario.

La mochila de emergencia también tiene cuatro patas

Una mascota necesita su propio equipo. No tiene por qué ser una mochila gigantesca digna de una expedición al Himalaya, pero sí debe encontrarse en un lugar accesible, preferiblemente junto al resto del material de emergencia familiar. Un transportín enterrado bajo maletas, adornos navideños y una bicicleta está técnicamente guardado; disponible, desde luego, no.

Dentro conviene mantener agua potable, alimento habitual, recipientes y medicación para varios días, además de una copia de las instrucciones necesarias para administrar cualquier tratamiento. También deben estar a mano la cartilla o documentación veterinaria, información sobre vacunas, una fotografía reciente, elementos básicos de higiene y alguna manta o toalla. Como referencia conservadora, puede contemplarse una reserva suficiente para hasta dos semanas, aunque la cantidad real debe adaptarse al tipo de emergencia, al tamaño del animal y a sus necesidades particulares.

No todos necesitan lo mismo. Un perro de 35 kilos consume cantidades muy distintas de agua y comida que un gato de cuatro; un animal diabético, epiléptico o con una enfermedad crónica plantea además necesidades que no pueden improvisarse con lo primero que aparezca en una farmacia. En esos casos deben conservarse suficientes medicamentos prescritos y la información veterinaria esencial.

El alimento merece otra pequeña precaución. Una emergencia no es el mejor momento para estrenar dieta. Mantener el producto al que el animal está acostumbrado reduce la posibilidad de problemas digestivos precisamente cuando las condiciones higiénicas, el agua disponible o el acceso a un veterinario pueden haberse complicado.

Una chapa ayuda; el microchip puede resultar decisivo

Los desastres multiplican las posibilidades de extravío. Se abren puertas, caen vallas, cambian los olores del entorno y un animal asustado puede correr sin una dirección reconocible. Un perro tranquilo durante diez años puede comportarse de una forma completamente distinta cuando el suelo se mueve o una columna de humo invade la calle. El miedo altera conductas que parecían perfectamente previsibles.

Por eso, el collar o el arnés deberían llevar una identificación legible y un teléfono actualizado. El microchip añade una segunda capa de seguridad, siempre que los datos asociados también estén al día. Un chip vinculado a un número de teléfono que dejó de existir hace cinco años conserva poco de su utilidad.

En España esta cuestión tiene, además, una dimensión legal. La Ley 7/2023 establece la identificación obligatoria mediante microchip para perros, gatos y hurones, con inscripción en el registro de animales de compañía correspondiente de cada comunidad autónoma. Es decir, no se trata únicamente de una buena práctica ante catástrofes.

Guardar una fotografía reciente del animal en el móvil y otra con la documentación puede parecer una precaución menor, pero facilita enormemente cualquier búsqueda posterior. Mejor todavía si la imagen permite apreciar su tamaño, color, manchas y rasgos característicos.

Durante un terremoto, perseguir al animal puede ser el error

Cuando comienza un movimiento sísmico fuerte, la prioridad es protegerse de los peligros inmediatos. No hay que salir corriendo hacia escaleras ni ascensores mientras continúa el temblor, ni exponerse a cristales, objetos que caen o estructuras dañadas intentando alcanzar a una mascota que se ha escondido.

Si el animal está cerca y puede mantenerse controlado sin asumir riesgos adicionales, puede permanecer junto a su responsable. Si huye hacia otro punto de la vivienda, hay que evitar convertir el rescate en una segunda emergencia. Perseguir a un animal asustado entrando en lugares peligrosos o abrir puertas indiscriminadamente puede provocar precisamente aquello que se intenta evitar: una fuga.

Algo parecido ocurre en otras catástrofes, aunque el tiempo disponible cambia. Ante una evacuación ordenada por incendio, inundación o riesgo volcánico, las instrucciones de las autoridades deben prevalecer. No todos los desastres permiten esperar y no existe una regla doméstica que sustituya a una orden oficial.

Perros con arnés, gatos dentro del transportín

Una vez que la evacuación sea segura, los perros deberían salir sujetos con correa y preferiblemente arnés. Un collar puede resultar insuficiente si el animal entra en pánico y trata de retroceder, algo nada extraño entre ruido, sirenas, humo, personas corriendo y otros animales igualmente alterados.

Los gatos y los animales pequeños necesitan un transportín resistente. Llevar un gato asustado en brazos durante una evacuación es confiar demasiado en la serenidad de un animal que probablemente está escuchando y oliendo un mundo irreconocible. Puede saltar en una fracción de segundo.

Aquí aparece uno de esos detalles pequeños que solo parecen obvios después: el gato debería estar familiarizado con su transportín antes de necesitarlo. Si la única vez que ve esa caja es cinco minutos antes de una visita al veterinario, probablemente no la considere precisamente un refugio acogedor. Mantenerla accesible y acostumbrarlo poco a poco a entrar reduce la resistencia cuando verdaderamente hace falta.

El punto de encuentro tampoco es una zona libre de riesgos

Llegar al exterior no termina el problema. Tras un terremoto pueden producirse réplicas, desprendimientos, fugas, cables caídos y cristales rotos. Después de una inundación puede haber agua contaminada, objetos cortantes o sustancias químicas; tras un incendio, cenizas, superficies calientes y humo.

En un punto de encuentro, los animales deben permanecer controlados. El miedo puede provocar respuestas defensivas incluso en ejemplares habitualmente sociables, de modo que no conviene permitir contactos innecesarios con otros perros o gatos. Tampoco deben soltarse para que exploren la zona.

Si la vivienda ha quedado dañada y un animal permanece dentro, regresar por cuenta propia puede ser extremadamente peligroso. La situación debe comunicarse a los equipos responsables y no se debe volver a entrar en una estructura insegura únicamente para recuperar al animal o recoger objetos.

Después del desastre también hay que observar su comportamiento

El impacto no desaparece al terminar el temblor o apagar el incendio. Algunos animales recuperan rápidamente su conducta habitual; otros permanecen durante horas o días inquietos, escondidos, desorientados o especialmente sensibles al ruido. Conviene mantener una rutina razonablemente estable, ofrecer agua y comida conocidas y proporcionar un espacio tranquilo dentro de lo posible.

También hay que revisar patas, almohadillas, piel y mucosas en busca de heridas, quemaduras o pequeños cortes. Un animal puede lesionarse al atravesar cristales o escombros sin mostrar inmediatamente un dolor evidente. Las lesiones importantes necesitan atención veterinaria; un botiquín doméstico sirve para una primera respuesta, no para sustituir un diagnóstico.

Después de inundaciones o incendios hay otra tentación peligrosa: permitir que el animal beba de charcos, depósitos o agua estancada. Esa agua puede contener combustibles, productos químicos, microorganismos o aguas residuales. El agua potable reservada para la emergencia tiene por eso tanta importancia como la comida.

Y todavía queda una comprobación administrativa, menos vistosa pero muy práctica. Si la familia ha cambiado temporalmente de domicilio o teléfono, conviene asegurarse de que los contactos utilizados para localizar al propietario siguen funcionando. En una catástrofe, identificación y comunicación forman parte del mismo mecanismo de seguridad.

Cuando todo se mueve, improvisar sale caro

La protección de una mascota durante un desastre natural depende menos de gestos heroicos que de cosas bastante prosaicas: una correa en su sitio, un transportín que pueda abrirse en segundos, agua suficiente, medicamentos preparados y un número de teléfono correcto asociado al microchip. Nada espectacular. Precisamente por eso funciona la preparación previa.

Perros y gatos pueden reaccionar con miedo, esconderse o intentar escapar aunque normalmente sean animales tranquilos. Contar de antemano con una mochila de emergencia, identificación actualizada y un plan de evacuación que los incluya reduce decisiones precipitadas cuando el margen de error es mínimo. La familia sigue siendo la misma cuando llega una emergencia. Solo que, durante unos minutos, todo lo demás deja de parecerlo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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