Naturaleza
¿Es 2026 el año de los terremotos? El planeta encadena grandes seísmos
Un terremoto de magnitud 5,9 sacude Tokio y reabre el debate sobre la actividad sísmica mundial tras varios seísmos recientes en el planeta.

Un terremoto de magnitud 5,9 ha sacudido la región japonesa de Kanto durante la madrugada del domingo 23 de agosto, con temblores claramente perceptibles en Tokio y en varias prefecturas próximas a la capital. El epicentro se situó en el sur de Ibaraki, al norte de Tokio, y el hipocentro fue localizado a unos 70 kilómetros de profundidad. La Agencia Meteorológica de Japón descartó riesgo de tsunami.
El movimiento se produjo alrededor de las 02:00 hora local japonesa —las 19:00 del sábado 22 de agosto en la España peninsular— y alcanzó intensidad 5 baja en la escala sísmica japonesa en zonas de Ibaraki, Saitama, Chiba y Tokio. En las primeras evaluaciones no se habían comunicado víctimas ni daños relevantes y el tráfico continuaba funcionando con aparente normalidad en buena parte de la región afectada. El Servicio Geológico de Estados Unidos situó provisionalmente la magnitud en 5,8, una pequeña diferencia habitual entre organismos que emplean métodos y redes de observación distintos.
Un terremoto fuerte que también se ha sentido en Tokio
El mapa del temblor dibuja una sacudida amplia sobre Kanto, la gigantesca región urbana que rodea Tokio. La Agencia Meteorológica japonesa situó el foco en el sur de la prefectura de Ibaraki, aproximadamente en las coordenadas 36,0 grados norte y 140,1 grados este. La profundidad, unos 70 kilómetros según la estimación difundida tras el seísmo, ayuda a entender por qué las vibraciones pudieron extenderse por una superficie considerable.
La intensidad 5 baja se registró en numerosas localidades de Ibaraki y también en puntos de Saitama y Chiba. Dentro de Tokio, el distrito de Adachi estuvo entre los lugares que alcanzaron ese nivel. En otras zonas de la capital y de prefecturas vecinas se observaron intensidades inferiores, aunque suficientes para despertar a miles de personas en mitad de la noche.
No fue, por tanto, ese pequeño meneo que hace vibrar una lámpara y provoca un par de mensajes en el grupo familiar. Una intensidad 5 baja ya supone una sacudida seria. Otra cosa es que un país como Japón esté construido, literalmente, pensando en que el suelo tiene malas costumbres.
Qué significa una intensidad 5 baja en Japón
Aquí conviene separar dos conceptos que suelen mezclarse. La magnitud mide el tamaño del terremoto en su origen; la intensidad describe cuánto se mueve el terreno en un lugar concreto. Un mismo terremoto tiene una magnitud determinada, pero puede generar intensidades muy distintas según la distancia, la profundidad, el tipo de suelo o incluso la topografía.
Japón utiliza una escala propia de diez niveles, desde 0 hasta 7, con divisiones intermedias en los grados 5 y 6. En un nivel 5 bajo, muchas personas pueden sentir miedo y buscar agarrarse a algo estable; pueden caer libros, vajillas u objetos colocados en estanterías y algunos muebles sin asegurar pueden desplazarse. También pueden producirse pequeñas grietas o desprendimientos en terrenos vulnerables.
Eso explica por qué un terremoto de magnitud 5,9 puede resultar muy llamativo sin convertirse automáticamente en una catástrofe. Magnitud y destrucción no son sinónimos. Importan la profundidad, la distancia a las ciudades, la duración de las ondas y, muchísimo, cómo están construidos los edificios.
Tampoco hubo alerta de tsunami. No basta con que un terremoto sea relativamente fuerte para generar uno: normalmente se necesita un movimiento submarino capaz de desplazar una masa importante de agua, especialmente cuando el foco es poco profundo. Este seísmo tuvo su origen bajo tierra en el sur de Ibaraki, no en una ruptura superficial del fondo oceánico.
Japón vive encima de una maquinaria tectónica enorme
Que Japón aparezca una y otra vez asociado a terremotos no es una casualidad ni una especie de maldición geológica. El archipiélago está situado en una de las zonas tectónicas más complejas del planeta, dentro del conocido Cinturón de Fuego del Pacífico, un enorme arco de actividad sísmica y volcánica.
En torno a Japón interactúan grandes placas tectónicas y bloques menores. La placa del Pacífico se introduce bajo buena parte del archipiélago en distintas zonas de subducción, mientras más al sur interviene también la placa del mar de Filipinas. Son movimientos lentísimos a escala humana —centímetros al año—, pero continuos. La roca acumula tensión hasta que una falla cede. Entonces, unos segundos bastan para liberar una cantidad de energía que llevaba años, décadas o siglos almacenándose.
De ahí esa paradoja japonesa: un país tecnológicamente sofisticado levantado sobre un terreno geológicamente inquieto. Edificios capaces de balancearse, trenes preparados para detenerse de forma automática, sistemas de alerta que pueden ganar segundos preciosos… La ingeniería no elimina el terremoto. Intenta que el terremoto no se convierta en desastre.
Y la experiencia reciente pesa. El 28 de julio, menos de un mes antes del temblor de Ibaraki, un terremoto de magnitud 7,1 golpeó la región de Kumamoto, en Kyushu. A mediados de agosto, las autoridades japonesas contabilizaban 39 fallecidos, 358 heridos y miles de viviendas con distintos grados de destrucción o daños.
El episodio de este domingo es mucho menos grave, pero llega con aquel recuerdo todavía fresco. Es inevitable que una nueva vibración nocturna en Tokio se mire con otros ojos.
¿Está habiendo más terremotos de lo normal?
La impresión existe. Y no solo en Japón. En pocas semanas se han sucedido terremotos de gran repercusión en Colombia, Indonesia y Perú, mientras España ha vivido una actividad especialmente llamativa alrededor de Granada. Entre los episodios recientes figuran el terremoto de magnitud 7,4 de Colombia del 10 de agosto, el de 7,7 registrado en Indonesia el día 14, el de 5,2 cerca de Otura, en Granada, unas horas después, y el de 6,7 ocurrido en Perú el 20 de agosto.
Vistos uno detrás de otro en una pantalla, parecen una secuencia. Geológicamente, no necesariamente lo son. Colombia, Indonesia, Granada, Perú y Japón pertenecen a sistemas tectónicos diferentes y separados por miles de kilómetros. Que varios terremotos importantes coincidan dentro de unas pocas semanas no demuestra por sí mismo un aumento anómalo de la actividad sísmica mundial, ni mucho menos la existencia de una reacción en cadena planetaria.
Los periodos con más o menos terremotos forman parte de las fluctuaciones naturales de la actividad sísmica. Las redes internacionales localizan alrededor de 20.000 terremotos al año, unos 55 diarios. Muchos son tan débiles o se producen en zonas tan remotas que pasan completamente desapercibidos.
Hay otro detalle que distorsiona nuestra percepción. Hoy existen muchos más sismómetros, mejores redes internacionales y una circulación instantánea de la información. Un terremoto en una isla de Indonesia puede aparecer en un móvil de Madrid minutos después. La Tierra no tiene un grupo de WhatsApp tectónico, por mucho que algunas semanas el algoritmo parezca empeñado en demostrar lo contrario.
Los grandes terremotos tampoco llegan con un calendario regular
Los registros históricos permiten establecer medias, no citas. Desde aproximadamente 1900, los datos sísmicos internacionales permiten estimar que en un año típico pueden registrarse alrededor de 16 grandes terremotos en el mundo: unos 15 de magnitud cercana o superior a 7 y aproximadamente uno de magnitud 8 o mayor. Hay años que superan ampliamente esa cifra y otros que se quedan muy por debajo.
Entre 2015 y 2025, por ejemplo, se registró una media aproximada de 1.600 terremotos anuales de magnitud entre 5 y 5,9, alrededor de 110 entre 6 y 6,9, unos 13 entre 7 y 7,9 y menos de uno al año en el rango de magnitud 8.
Es una estadística incómoda porque desmonta una intuición muy humana. Cuando varias tragedias ocurren cerca en el calendario buscamos un hilo que las una. A veces existe; en sismología, las réplicas de un gran terremoto son precisamente una secuencia relacionada. Pero ampliar ese razonamiento hasta imaginar una especie de despertar global del planeta no está respaldado por los datos disponibles.
Tampoco significa que puedan descartarse nuevos terremotos importantes. La sismología moderna puede identificar fallas, calcular probabilidades y medir la deformación del terreno con una precisión extraordinaria, pero sigue sin poder establecer el lugar, el día y la hora exactos en los que ocurrirá un gran seísmo. Esa frontera entre conocer el riesgo y predecir el instante exacto sigue ahí.
El terremoto de Japón deja más susto que daños
El seísmo de Ibaraki ofrece, al menos en sus primeras consecuencias, la versión menos dramática de una noticia que este verano se ha repetido demasiado: el suelo se mueve con fuerza, pero la infraestructura resiste y no hay tsunami. En una zona tan densamente poblada como Tokio y su cinturón metropolitano, no es un detalle menor.
La sacudida alcanzó un nivel suficiente para despertar a la población, mover objetos y activar protocolos automáticos, pero no llegó a los grados más destructivos de la escala japonesa. La profundidad del foco también distingue este episodio de otros terremotos superficiales capaces de concentrar mucha más violencia cerca del epicentro.
Y queda la duda que ronda cada vez que varias manchas rojas aparecen casi juntas en los mapas sísmicos. Los datos disponibles no indican que la Tierra haya entrado en una fase excepcional ni que estos terremotos formen una única cadena. Lo extraordinario es la proximidad temporal de varias noticias graves; no necesariamente la mecánica del planeta.
Japón vuelve a recordar por qué nunca deja de vigilar el suelo
Japón seguirá temblando porque ocupa uno de los cruces tectónicos más activos del mundo. Lo novedoso este 23 de agosto no es esa realidad geológica, antigua como las propias islas, sino una sacudida de magnitud 5,9 que llegó de madrugada hasta Tokio y que, esta vez, dejó detrás mucho ruido, algunas estanterías inquietas y una noticia bastante mejor de la que podía haber sido: sin tsunami y, en las primeras comprobaciones, sin víctimas.

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