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¿Por qué Ucrania sí y Palestina no en los grandes eventos deportivos?

Israel compite en Tenerife mientras crece el debate sobre Rusia, Ucrania y Palestina y el trato desigual que divide al deporte internacional.

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bandera de ucrania gigante

El deporte internacional no aplica una regla automática que expulse a un país cuando su Gobierno entra en guerra o es acusado de graves violaciones del derecho internacional. Cada federación decide, el Comité Olímpico Internacional marca orientaciones que pueden cambiar y los organizadores añaden sus propias normas de seguridad. Esa arquitectura explica buena parte de la diferencia entre el tratamiento que recibió Rusia tras la invasión de Ucrania y el que recibe Israel por la guerra de Gaza. La otra parte, bastante menos cómoda, es política: las decisiones no han sido iguales y tampoco han permanecido iguales con el paso del tiempo.

La controversia ha vuelto a emerger en Tenerife, donde Israel participa con bandera y selección propia en el Mundial femenino sub-18 de waterpolo. El campeonato de World Aquatics se disputa en Puerto de la Cruz entre el 16 y el 23 de agosto, reúne a 20 selecciones de cinco continentes y tiene a Israel entre los equipos clasificados. El sábado 22, alrededor de un centenar de personas se concentró cerca de la instalación para protestar contra su presencia, mientras un dispositivo policial reforzado rodeaba los encuentros del combinado israelí.

Una piscina de Tenerife convertida en escenario político

La escena tiene algo de esas fotografías que explican una época sin necesidad de pie de foto. A pocos metros del nuevo Centro de Deportes Acuáticos de Tenerife permanece un gran mural inspirado en el Guernica de Picasso, pintado con los colores palestinos. Al otro lado están la piscina, los controles de seguridad y una competición internacional en la que Israel participa con normalidad institucional.

Los colectivos Tenerife por Palestina y BDS Tenerife habían reclamado previamente el boicot deportivo y animado a los asistentes a mostrar banderas, pancartas y otros símbolos palestinos. La protesta terminó materializándose este sábado junto al paseo de Playa Jardín, mientras dentro continuaba un campeonato que ya había entrado en sus jornadas decisivas.

La contradicción visual alimenta inevitablemente otra comparación. Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, camisetas, banderas ucranianas y mensajes de solidaridad aparecieron en estadios, piscinas y pabellones de medio mundo. Simultáneamente, numerosas federaciones apartaron a Rusia y Bielorrusia o las obligaron a competir sin sus símbolos nacionales. Con Palestina, los mensajes políticos en instalaciones deportivas han encontrado a menudo una aplicación mucho más rígida de esa vieja consigna según la cual política y deporte deben permanecer separados.

Y aquí aparece el pequeño elefante en el vestuario: la política nunca se marchó del deporte. Simplemente cambia de uniforme.

Rusia fue apartada tras la invasión de Ucrania

World Aquatics —entonces todavía denominada FINA— reaccionó en 2022 prohibiendo inicialmente que los deportistas rusos y bielorrusos utilizaran sus banderas, himnos y símbolos nacionales. Poco después confirmó que no serían invitados a determinadas competiciones internacionales. En 2023 abrió una vía de regreso mediante la figura del deportista neutral individual, sometido a condiciones específicas y sin representación nacional.

El COI siguió una trayectoria parecida. Rusia quedó sometida a restricciones excepcionales y en los Juegos de París 2024 solo determinados deportistas rusos y bielorrusos pudieron competir como neutrales, después de controles destinados, entre otras cosas, a excluir a quienes apoyaran activamente la invasión o mantuvieran determinados vínculos militares.

Ese precedente es precisamente el que utilizan quienes reclaman medidas semejantes contra Israel. El razonamiento es sencillo: si un conflicto armado podía justificar restricciones a la representación deportiva de Rusia, debería existir algún criterio reconocible para determinar cuándo procede aplicar esas restricciones a otros Estados.

Pero el deporte internacional tiene memoria corta. Y reglamentos todavía más flexibles.

En 2026 Rusia ya no está donde estaba en 2022

La comparación Rusia-Israel necesita una actualización importante. Presentarla como si Rusia siguiera simplemente expulsada de todo el deporte internacional sería incorrecto. El escenario ha cambiado mucho desde 2022.

En abril de 2026, World Aquatics levantó sus restricciones especiales para los deportistas sénior rusos y bielorrusos y permitió de nuevo competir con uniformes, banderas e himnos nacionales, sujeto a controles antidopaje y verificaciones de integridad. En julio, el COI dio otro paso: levantó provisionalmente la suspensión del Comité Olímpico Ruso y declaró que sus anteriores recomendaciones restrictivas sobre la participación de equipos y deportistas rusos dejaban de ser aplicables a las federaciones internacionales.

La natación, por tanto, ofrece una paradoja adicional. El organismo que organiza el campeonato de Tenerife ya ha readmitido plenamente a Rusia y Bielorrusia, después de cuatro años de restricciones progresivamente suavizadas. No estamos ante dos fotografías tomadas el mismo día, sino ante una política deportiva que ha ido girando.

Eso no elimina la discusión sobre el doble rasero. La hace más compleja.

Israel nunca recibió una suspensión equivalente

Israel, por su parte, no ha estado sometido por el COI a un régimen comparable al impuesto inicialmente a Rusia. Su comité olímpico continúa reconocido y sus selecciones siguen participando en numerosas competiciones internacionales. World Aquatics incluye oficialmente a Israel entre los equipos del Mundial sub-18 que se celebra en Puerto de la Cruz.

El Comité Olímpico Palestino ya pidió antes de París 2024 la exclusión de Israel, argumentando violaciones de la Tregua Olímpica y de la Carta Olímpica. El COI rechazó aquella pretensión. Posteriormente, Naciones Unidas volvió a situar sobre la mesa el debate acerca de si las normas relacionadas con actividades militares deben aplicarse de manera comparable a los deportistas con independencia de su nacionalidad. La comparación con Rusia quedó inevitablemente abierta.

Desde entonces, la situación jurídica internacional alrededor de Gaza se ha endurecido. La Comisión Internacional Independiente de Investigación creada por el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas concluyó en septiembre de 2025 que Israel había cometido genocidio en Gaza. La Corte Internacional de Justicia, que estudia el procedimiento presentado por Sudáfrica, todavía no ha dictado sentencia definitiva sobre el fondo del caso. Israel rechaza las acusaciones de genocidio y sostiene que sus operaciones militares están dirigidas contra Hamás y sujetas al derecho de los conflictos armados.

Nada de todo ello ha generado, hasta el momento, una suspensión deportiva internacional general de Israel.

La neutralidad deportiva tiene fronteras bastante móviles

Conviene separar dos debates que suelen mezclarse. Uno es si una selección nacional debe representar internacionalmente a un Estado durante una guerra. Otro, bastante diferente, es si una deportista adolescente debe cargar personalmente con las decisiones de su Gobierno.

Las jugadoras israelíes que compiten en Tenerife son menores de 18 años. Convertirlas individualmente en responsables de la política de Benjamin Netanyahu sería tan difícil de defender como atribuir a una nadadora rusa las decisiones del Kremlin. De hecho, la evolución del propio COI respecto a Rusia terminó precisamente acercándose a esa idea: sancionar automáticamente a una persona por su pasaporte plantea problemas evidentes de proporcionalidad.

El conflicto empieza cuando el deportista deja de competir únicamente como individuo y entra en escena la bandera nacional. Una selección no es un grupo de personas reunidas por casualidad. Lleva un nombre, unos colores, un himno y una representación institucional. Ahí se encuentra la grieta por la que vuelve a entrar la política, aunque llevemos un siglo fingiendo que la puerta estaba cerrada.

El COI sostiene que el deporte debe servir para reunir a países enfrentados y preservar un espacio de competición pacífica. Es una posición defendible. Pero necesita coherencia, porque la neutralidad pierde credibilidad cuando parece significar una cosa para un conflicto y otra para el siguiente.

Camisetas, banderas y mensajes: el terreno más delicado

La cuestión de los símbolos añade otra capa. Los grandes acontecimientos deportivos limitan tradicionalmente los mensajes políticos en determinadas zonas de competición, pero esas restricciones conviven con homenajes oficiales, campañas institucionales y gestos de solidaridad que también poseen una evidente dimensión política.

De ahí nace la sensación expresada con la fórmula más sencilla: Ucrania sí, Palestina no. No significa que exista un artículo reglamentario internacional escrito exactamente así. No existe. Lo que existe es una sucesión de decisiones diferentes que, vistas desde la grada, pueden producir ese resultado.

Una bandera ucraniana fue interpretada ampliamente después de 2022 como solidaridad con un país invadido. Una bandera palestina puede ser considerada igualmente solidaridad con una población civil castigada por la guerra, aunque dependiendo del torneo, del mensaje que la acompañe y de las normas del recinto también puede entrar en la nebulosa del “mensaje político”. Ahí la frontera empieza a parecer dibujada con tiza bajo la lluvia.

La seguridad complica todavía más el asunto. Los encuentros de Israel en Tenerife se desarrollan bajo vigilancia reforzada y las autoridades tienen una obligación evidente de proteger a las jóvenes deportistas frente a cualquier amenaza. Garantizar su seguridad, sin embargo, es distinto de impedir una protesta pacífica contra el Gobierno al que representa su selección. Son derechos y responsabilidades que pueden convivir; una democracia adulta debería saber distinguirlos.

El problema no es mezclar deporte y política, sino decidir cuándo

Durante décadas las grandes organizaciones deportivas han repetido que política y deporte deben mantenerse separados. La frase funciona estupendamente hasta que llega la realidad: boicots olímpicos, apartheid sudafricano, Yugoslavia, Afganistán, Rusia, Ucrania, Israel, Palestina. Entonces aparece una colección de excepciones, matices y resoluciones capaz de llenar una piscina olímpica. La supuesta neutralidad deportiva nunca ha sido absoluta.

El caso de Tenerife lo vuelve especialmente visible porque concentra todo en unos pocos metros: un mural palestino, una selección israelí, policías, manifestantes y un campeonato mundial juvenil. Ninguna de esas imágenes explica por sí sola el conflicto, pero juntas retratan la dificultad de sostener que el deporte vive en una burbuja.

Rusia demuestra, además, que las sanciones deportivas no son eternas ni uniformes. Fueron severas en 2022, se transformaron después en neutralidad individual y durante 2026 varias federaciones han empezado a restaurar la participación bajo bandera nacional. Israel muestra la otra cara: pese a la presión política, las acusaciones internacionales y las peticiones de exclusión, sus federaciones nacionales no han recibido un castigo equivalente.

La discusión seria, entonces, no debería reducirse a decidir qué camiseta resulta moralmente aceptable. La cuestión está en los criterios para suspender a un Estado, retirar sus símbolos o permitirle competir con normalidad, y en saber si esos mismos criterios sobreviven cuando cambia el nombre del país implicado.

Porque quizá el mayor problema del deporte internacional no sea que tenga política. Siempre la ha tenido. Es que, demasiadas veces, pretende no verla justo cuando debe explicar por qué ha decidido mirar hacia un lado y no hacia el otro.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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