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¿Por qué Marhuenda y Felipe González están en el foco por Marruecos?
Marhuenda y Felipe González vuelven al foco por sus vínculos con Marruecos, Ahmed Charai y el debate sobre la influencia de Rabat en España.

Francisco Marhuenda y Felipe González han vuelto a quedar situados en el incómodo escaparate de las relaciones entre España y Marruecos. No porque exista una prueba pública que permita afirmar que el director de La Razón o el expresidente socialista trabajen para Rabat —eso sería ir bastante más lejos de lo acreditado—, sino por una acumulación de relaciones, publicaciones, contactos y episodios políticos que han reabierto el debate sobre la capacidad marroquí para proyectar influencia en España.
El asunto ha cobrado actualidad en agosto de 2026, después de nuevas investigaciones sobre los servicios de inteligencia marroquíes, la crisis migratoria vivida en Ceuta y la difusión de informaciones sobre Ahmed Charai, empresario de medios marroquí y colaborador habitual de La Razón. Un reciente episodio de Pandemia Digital ha colocado expresamente a Marhuenda, González y otras personalidades españolas en este debate sobre las redes de influencia de Rabat. La cuestión, sin embargo, es bastante más interesante cuando se aparta el megáfono y se observan los datos.
Y los datos cuentan una historia menos cinematográfica, pero más reveladora. Marruecos lleva décadas cultivando relaciones políticas, empresariales, diplomáticas y mediáticas en España. Es lógico que lo haga: cualquier Estado intenta mejorar su imagen y defender sus intereses en el extranjero. La frontera delicada aparece cuando la diplomacia pública se mezcla con operaciones de influencia, servicios de inteligencia o intermediarios con acceso a medios y responsables políticos.
De dónde sale ahora el foco sobre Marhuenda y González
El nombre que reaparece una y otra vez es Ahmed Charai, empresario marroquí del sector de la comunicación con una notable red internacional de contactos. En España resulta especialmente relevante porque lleva años publicando artículos en La Razón, donde dispone incluso de una página propia de autor.
Sus textos no son precisamente ambiguos respecto a Marruecos. Entre ellos figuran piezas dedicadas a Mohamed VI, a la relación estratégica entre Madrid y Rabat, al Sáhara Occidental o a la cooperación bilateral. El propio periódico conserva artículos con títulos como Marruecos-España: una fuerte relación estratégica, Mohamed VI, un rey visionario o El Rey Mohammed VI y la construcción de una alianza estratégica entre España y Marruecos.
Eso, por sí solo, no demuestra nada ilícito. Un periódico puede publicar a quien considere oportuno y un empresario extranjero puede defender abiertamente los intereses de su país. El problema aparece por otra puerta.
En marzo de 2023, los periodistas Ignacio Cembrero y José Bautista publicaron una investigación según la cual Bárbara Barón, hija del entonces comisario general de Información de la Policía Nacional Enrique Barón, había trabajado durante años para los intereses marroquíes tras ser contratada por Charai. La investigación describía al empresario como una figura relacionada con la proyección de los intereses de la inteligencia exterior marroquí, la DGED. Los periodistas sustentaron parte de su información en mensajes incorporados al sumario del caso Kitchen.
Ahí cambia el paisaje. Ya no se habla únicamente de columnas de opinión favorables a Rabat, sino de un personaje que investigaciones periodísticas han situado cerca de estructuras sensibles del Estado marroquí.
Ahmed Charai y la peculiar relación con La Razón
La vinculación pública entre Charai y La Razón tampoco se limita a publicar tribunas. En junio de 2023, el periódico celebró en Madrid un Foro Económico España-Marruecos organizado junto a Global Media Holding, el grupo de comunicación presidido por Charai. Participaron responsables políticos, empresarios y representantes institucionales de ambos países, con Francisco Marhuenda presidiendo el acto por parte del diario.
No hay nada clandestino en ello. Precisamente por eso conviene mencionarlo: se trata de una relación visible e institucionalizada, desarrollada a plena luz del día.
Marhuenda también ha defendido durante años una política de cercanía con Marruecos. En febrero de 2023 escribió que España necesitaba llevarse bien con el país vecino y aumentar los intercambios, describiéndolo como un aliado fundamental para la estabilidad del Magreb. Aquella posición fue reproducida después por medios marroquíes.
Un estudio publicado en 2024 por El Foco, revista de la Fundación de Estudios Internacionales, llegó a citar a Marhuenda al analizar las actuaciones de Marruecos en lo que los estudios estratégicos llaman “zona gris”: acciones situadas entre la diplomacia convencional y la confrontación abierta, donde caben presión económica, propaganda, operaciones informativas o instrumentalización de vulnerabilidades internas. El trabajo señalaba expresamente el uso de medios españoles para reforzar narrativas favorables a Rabat.
Hay, sin embargo, un detalle que arruina cualquier relato demasiado cómodo. Marhuenda no mantiene hoy una posición invariablemente favorable al Gobierno marroquí.
El 6 de agosto de 2026 publicó una columna titulada El chantaje de Marruecos, en la que acusaba a Rabat de haber obtenido de España concesiones sobre el Sáhara y miles de millones y calificaba su comportamiento directamente de chantaje. Dicho de otro modo: sus propias publicaciones recientes impiden presentarlo seriamente como una simple correa de transmisión de Marruecos.
La realidad tiene esa mala costumbre. Estropea las teorías perfectas.
Felipe González y una relación con Marruecos que viene de lejos
El caso de Felipe González es distinto. Aquí no aparece un vínculo mediático como el de Charai y La Razón, sino una relación política y personal con Marruecos construida durante más de cuatro décadas.
Como presidente del Gobierno, González impulsó uno de los grandes acercamientos entre Madrid y Rabat. En 1989 acordó con Hassan II institucionalizar encuentros periódicos entre ambos países; posteriormente, España y Marruecos firmaron en 1991 el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación, pieza fundamental de la arquitectura bilateral que continúa condicionando las relaciones actuales.
González mantuvo una relación especialmente cercana con Hassan II y continuó teniendo vínculos con Marruecos después de abandonar La Moncloa. Sus estancias privadas en el país y su relación con la familia real marroquí han ocupado durante años páginas de la prensa española.
También tuvo una propiedad en la costa de Tánger. La finca terminó siendo vendida en 2014 al entonces príncipe Salman de Arabia Saudí y posteriormente quedó vinculada a la princesa Lalla Meryem, hermana de Mohamed VI. Lo comprobable es la existencia de aquella propiedad y su posterior venta; las historias que circulan en redes sobre supuestas contraprestaciones políticas forman ya parte de otro género bastante menos exigente con las pruebas.
El episodio que ha vuelto a colocar al expresidente en primer plano ocurrió el 30 de julio de 2026.
Ese día, mientras Ceuta atravesaba una entrada masiva de migrantes procedentes de Marruecos, González acudió en Madrid a la recepción organizada por la embajadora marroquí Karima Benyaich con motivo del 27.º aniversario de la entronización de Mohamed VI. También asistieron el ministro Luis Planas, el magistrado Santiago Pedraz y otras personalidades españolas. La presencia de González quedó documentada gráficamente.
La coincidencia fue políticamente explosiva: frontera desbordada al sur, copas y protocolo diplomático en Madrid. Pero una recepción oficial sigue siendo eso, una recepción oficial. Acudir a una embajada no convierte a nadie en representante de los intereses del país anfitrión.
Lo relevante es el contexto acumulado. González no era un invitado cualquiera que hubiese descubierto Marruecos aquella tarde. Su relación con Rabat forma parte de su biografía política desde los años ochenta.
El espionaje marroquí agranda todas las sospechas
El clima tampoco ayuda a la inocencia de las apariencias. Durante los últimos años han aparecido numerosas investigaciones sobre las actividades de los servicios secretos marroquíes en España y Europa.
En 2023, el Parlamento Europeo aprobó una resolución sobre la situación de los periodistas en Marruecos en la que mencionaba expresamente al periodista español Ignacio Cembrero. La Eurocámara denunció casos de vigilancia digital, intimidación y acoso judicial y pidió a las autoridades marroquíes que cesaran esas prácticas. También expresó preocupación por las acusaciones de corrupción de eurodiputados vinculadas a Marruecos.
Cembrero lleva años investigando las estructuras de poder marroquíes y ha mantenido distintos litigios relacionados con informaciones sobre Rabat. En julio de 2026 participó, junto a José Bautista, Hicham Mansouri y otros periodistas europeos, en una nueva investigación sobre Pegasus y el funcionamiento de los servicios de inteligencia marroquíes.
Semanas después sostuvo que la enorme entrada de migrantes en Ceuta de finales de julio había sido una represalia del aparato de seguridad marroquí por aquellas revelaciones. Esa interpretación procede de su investigación y no constituye una conclusión judicial ni una admisión oficial de Marruecos, pero explica por qué el debate sobre las redes de influencia de Rabat ha regresado con tanta fuerza.
En semejante atmósfera, cualquier relación con personas próximas al poder marroquí adquiere otra temperatura. Una columna deja de parecer solo una columna, una recepción diplomática se mira con lupa y un viejo amigo de Hassan II vuelve a los titulares. A veces con fundamento. Otras, porque internet tiene más gasolina que frenos.
Influencia no significa obediencia, y ahí está la diferencia
Conviene separar tres conceptos que se mezclan con demasiada alegría: relación, influencia e injerencia.
España tiene relaciones profundas con Marruecos por pura geografía. Seguridad, inmigración, pesca, comercio, terrorismo, energía, Ceuta, Melilla y Sáhara Occidental hacen imposible vivir de espaldas a Rabat. Los gobiernos españoles, fueran del PSOE o del PP, han tenido que negociar con la monarquía alauí. No es una excentricidad ideológica; es el mapa.
La influencia es otra cosa. Consiste en intentar modificar percepciones o decisiones mediante contactos políticos, medios, empresarios, centros de análisis, actos públicos y relaciones personales. Lo hacen Marruecos, Estados Unidos, China, Francia, Rusia y prácticamente cualquier Estado con capacidad para ello.
La injerencia cruza una línea distinta: operaciones encubiertas, financiación opaca, corrupción, espionaje, amenazas o manipulación clandestina destinada a alterar procesos políticos o decisiones soberanas.
Con la información pública disponible, no puede afirmarse que Francisco Marhuenda o Felipe González sean agentes de Marruecos ni que reciban instrucciones de Rabat. No existe una prueba conocida que permita sostener algo semejante con rigor.
Sí puede afirmarse, en cambio, que Marhuenda dirige un periódico que mantiene desde hace años una relación editorial y empresarial visible con Ahmed Charai; que Charai ha sido situado por investigaciones periodísticas en el entorno de los intereses de la inteligencia exterior marroquí; que González conserva desde hace décadas vínculos políticos y personales con Marruecos; y que ambos nombres aparecen ahora en un debate más amplio sobre la capacidad de Rabat para abrir puertas dentro de las élites españolas.
Ese matiz no rebaja la noticia. La hace mejor.
Marruecos sabe trabajar los pasillos del poder español
Rabat conoce bien una particularidad española: las relaciones entre política, empresa, medios y antiguos altos cargos forman una red bastante pequeña. En Madrid todo parece enorme hasta que llega una recepción diplomática y medio país cabe alrededor de las mismas bandejas.
Marruecos lleva décadas desarrollando lo que podría llamarse una diplomacia de proximidad. Empresarios, periodistas, exministros, expresidentes, responsables policiales y figuras culturales mantienen contactos continuos con autoridades o representantes marroquíes. Buena parte responde a la actividad diplomática normal entre vecinos; otra parte merece escrutinio precisamente porque Marruecos es un socio con el que España mantiene contenciosos territoriales y estratégicos de enorme importancia.
La posición sobre el Sáhara Occidental lo demuestra. En marzo de 2022, Pedro Sánchez modificó una posición mantenida durante décadas y pasó a considerar la propuesta marroquí de autonomía como la base “más seria, realista y creíble” para resolver el conflicto. El cambio transformó la relación bilateral y confirmó algo que Rabat llevaba años buscando: que Madrid se acercara a su tesis sobre el territorio.
Eso no prueba que ninguna personalidad española hubiese sido “comprada” por Marruecos. Revela algo más prosaico: la política exterior también se disputa en despachos, periódicos, cenas, empresas y relaciones personales, no únicamente entre ministros sentados delante de dos banderas.
Y Marruecos juega esa partida desde hace mucho tiempo.
Lo acreditado pesa más que el ruido
El caso Marhuenda-González resulta significativo precisamente porque obliga a distinguir hechos de insinuaciones.
Francisco Marhuenda ha defendido posiciones favorables a una relación estrecha con Marruecos, ha publicado durante años artículos de Ahmed Charai y su periódico ha organizado actos con el grupo empresarial de este. También ha criticado con enorme dureza a Rabat cuando ha considerado que perjudicaba los intereses españoles. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo.
Felipe González mantiene una relación histórica y bien documentada con la monarquía marroquí, frecuentó Marruecos durante décadas y el pasado 30 de julio estuvo nuevamente en la residencia de su embajadora en Madrid. Nada de eso demuestra una subordinación política al reino alauí.
La cuestión relevante está un poco más arriba. Las investigaciones sobre Ahmed Charai, Pegasus, la DGED y las operaciones de presión marroquíes han mostrado que Rabat no limita su política española a hablar con el Ministerio de Exteriores. Busca interlocutores, influencia y espacios donde colocar su visión del mundo. Eso es justamente lo que hacen las potencias que quieren pesar fuera de sus fronteras.
La democracia, por cierto, no se defiende prohibiendo esos contactos. Se defiende sabiendo quién habla con quién, quién paga a quién y qué intereses hay detrás. Lo demás —el agente secreto escondido detrás de cada canapé de embajada— queda estupendo en una red social. Para entender Marruecos y su relación con España hace falta bastante más.

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