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¿Puede Irán controlar el estrecho de Ormuz tras el ataque al buque?

Irán reclama el control de Ormuz tras el ataque a un buque, mientras aumentan la tensión naval, las dudas legales y el pulso petrolero global

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cierra el estrecho de Ormuz

Resumen

  • Irán puede condicionar Ormuz, pero no imponer peajes sin base legal
  • El Ever Lovely fue alcanzado cerca de Omán y salió sin víctimas
  • El tráfico sigue reducido, aunque el petróleo bajó tras nuevas salidas

Irán tiene capacidad militar para condicionar el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, detener embarcaciones o convertir cada travesía en una operación de riesgo. Lo que no tiene tan claro es el derecho a transformar una vía internacional en una aduana propia, cobrar peajes unilateralmente o decidir qué rutas pueden utilizar los buques extranjeros. Esa pretensión choca con el régimen internacional de paso por los estrechos, aunque Teherán invoque su soberanía costera y la situación excepcional creada por la guerra.

La disputa ha vuelto a primer plano después de que el portacontenedores Ever Lovely, con bandera de Singapur y operado por Evergreen Marine, recibiera el impacto de un proyectil desconocido cerca de la costa de Omán. No hubo heridos, el barco conservó su capacidad de navegación y terminó saliendo del estrecho. Dos funcionarios de Estados Unidos atribuyeron el ataque a Irán, pero Teherán no ha reconocido públicamente la autoría y, hasta el momento, no se ha difundido una prueba independiente que cierre la discusión.

El episodio llega en el peor lugar y en un momento particularmente frágil. Ormuz es una garganta marina estrecha, áspera, flanqueada por Irán y Omán, por la que antes de la guerra circulaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado transportados en el mundo. En el mapa parece una costura. En las facturas de energía, es casi una arteria.

Irán convierte la seguridad marítima en poder político

El Gobierno iraní sostiene que la navegación segura no puede garantizarse mediante acuerdos ambiguos, corredores alternativos o decisiones tomadas sin reconocer su condición de Estado ribereño. Su viceministro de Exteriores, Kazem Gharibabadi, ha defendido que la gestión del estrecho debe contar con Irán y Omán, mientras el Ministerio de Exteriores iraní acusa a Estados Unidos de alimentar la inseguridad regional mediante su presencia militar.

La televisión estatal iraní aseguró también que la Guardia Revolucionaria obligó a regresar a tres petroleros extranjeros que intentaban realizar un paso no autorizado. No ofreció sus nombres, banderas, posiciones ni otros datos verificables. Es una precisión importante: la advertencia existe; el relato operativo, de momento, permanece envuelto en niebla.

Teherán ha creado una Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico para tramitar solicitudes y organizar las rutas marítimas. Su mensaje a navieras y capitanes resulta bastante poco sutil: los barcos que utilicen corredores no aprobados por Irán deberán asumir las consecuencias. Es la vieja política del hecho consumado, aplicada al mar con radares, lanchas rápidas y misiles en la costa.

La tensión aumentó después de que Estados Unidos y los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo reclamaran una navegación libre, incondicional y sin peajes. La declaración conjunta rechaza cualquier intento iraní de apropiarse del control del estrecho. Teherán la calificó de provocadora e intervencionista y advirtió a los Estados árabes del Golfo contra un alineamiento demasiado entusiasta con Washington.

Ali Akbar Velayati, asesor del líder supremo iraní, fue todavía más lejos al presentar la estabilidad de las monarquías del Golfo como algo dependiente de la tolerancia de Teherán. Diplomacia con guante de boxeo: una frase destinada tanto a los palacios vecinos como a las compañías de seguros marítimos.

Qué ocurrió con el Ever Lovely cerca de Omán

El Ever Lovely navegaba por una ruta recomendada por United Kingdom Maritime Trade Operations, el organismo británico que transmite alertas de seguridad a la marina mercante. El impacto se produjo el 25 de junio, cuando el buque abandonaba el estrecho por el lado omaní.

El proyectil alcanzó la zona de estribor del puente y causó daños menores alrededor de las ventanas. Los 21 tripulantes se encuentran a salvo, la carga no sufrió daños conocidos y tanto el motor principal como los instrumentos de navegación continuaron funcionando. El barco prosiguió su viaje sin problemas de navegabilidad, según las autoridades marítimas de Singapur.

El suceso no dejó víctimas, pero sí produjo un efecto inmediato bastante mayor que los desperfectos visibles. La Organización Marítima Internacional suspendió temporalmente su operación voluntaria para ayudar a evacuar barcos y miles de marinos atrapados en el golfo Pérsico. El Ever Lovely no formaba parte de ese dispositivo, aunque su ataque puso en cuestión las garantías de seguridad concedidas para mantenerlo.

La organización había empezado a coordinar salidas a través de rutas situadas en aguas iraníes y omaníes. El objetivo era liberar progresivamente a más de 11.000 marinos afectados por meses de interrupciones. Una sola explosión bastó para recordar que un corredor seguro solo lo es mientras todos los actores armados acepten no disparar. Parece una obviedad. En Ormuz, no tanto.

Una autoría grave todavía sin prueba pública

Dos funcionarios de Estados Unidos afirmaron que Irán disparó contra el portacontenedores. Su acusación es grave, pero fue formulada bajo anonimato y no ha venido acompañada de imágenes, restos del proyectil, datos de radar ni una explicación técnica divulgada públicamente.

Evergreen Marine y las autoridades de Singapur se han limitado a hablar de un objeto o proyectil desconocido. Irán tampoco ha reivindicado el ataque. Lo verificable es el impacto, el daño en el puente y la ruta seguida por el buque; la identidad del atacante continúa apoyándose principalmente en la versión estadounidense.

Eso no significa que el contexto sea neutro. Horas antes, las autoridades iraníes habían advertido contra el uso de rutas que no hubieran recibido su aprobación. La coincidencia temporal alimenta las sospechas, pero una sospecha —incluso una muy razonable— sigue sin ser una prueba definitiva.

El derecho del mar no concede un peaje soberano

Irán y Omán poseen soberanía sobre sus respectivas aguas territoriales en el estrecho. Pueden aprobar normas sobre seguridad marítima, contaminación, pesca, aduanas y organización del tráfico. Los buques extranjeros, por su parte, deben respetar las rutas y los sistemas de separación reconocidos internacionalmente.

La soberanía costera, sin embargo, no convierte Ormuz en una carretera de propiedad privada. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar establece el derecho de paso en tránsito por los estrechos utilizados para la navegación internacional. Las normas adoptadas por los Estados ribereños no pueden discriminar a buques extranjeros ni producir el efecto práctico de negar, obstaculizar o deteriorar ese derecho.

La convención es especialmente clara en otro punto: los Estados que bordean un estrecho internacional no deben impedir el tránsito y no pueden suspenderlo. Las rutas nuevas o modificadas, además, deben tramitarse con la organización internacional competente y, cuando afecten a las aguas de varios países, requieren cooperación entre ellos.

Irán firmó la convención en 1982, pero no la ha ratificado. Omán sí lo hizo. Esa diferencia complica el debate jurídico, aunque no entrega a Teherán una llave absoluta sobre el estrecho. Buena parte de las reglas sobre navegación internacional son consideradas principios de derecho consuetudinario, es decir, normas aceptadas por la práctica general de los Estados más allá de quién haya completado cada procedimiento de ratificación.

Controlar el tráfico no equivale a cerrar el paso

Irán puede participar en la gestión de la seguridad, exigir el cumplimiento de reglas marítimas legítimas y proteger sus aguas territoriales. También puede inspeccionar o actuar contra una embarcación que realice actividades hostiles, contamine, pesque ilegalmente o incumpla obligaciones concretas.

Otra cosa es cobrar una tasa por el mero hecho de atravesar el estrecho, vetar rutas por motivos políticos o utilizar la seguridad como una autorización discrecional. Ahí aparece la grieta central: Teherán habla de gestionar la navegación; Estados Unidos y sus aliados ven un intento de convertir el paso internacional en una palanca de presión económica y militar.

El problema de las rutas paralelas

Las rutas paralelas impulsadas por Omán y la organización marítima buscaban facilitar la salida de barcos sin someter cada movimiento a una autorización iraní. Teherán sostiene que esos corredores crean una estructura paralela, ignoran sus derechos costeros y pueden poner en peligro a los buques. Washington y los países del Golfo replican que aceptar un permiso iraní obligatorio equivaldría a reconocer un control que el derecho internacional no concede.

El desacuerdo no es cartográfico. Es político. Quien decide la ruta, impone las condiciones y garantiza —o niega— la seguridad termina ejerciendo el poder real, aunque el tratado diga otra cosa sobre el papel.

El petróleo baja y el acuerdo cruje

El ataque hizo subir inicialmente el precio del crudo, pero el mercado cambió de dirección al comprobar que varios petroleros habían conseguido atravesar el estrecho. El barril de Brent llegó a caer alrededor de un 3,2%, hasta situarse por debajo de los 73 dólares, mientras el West Texas Intermediate descendía hacia los 70 dólares.

La bajada no significa que el riesgo haya desaparecido. Indica que los operadores están valorando la reanudación parcial de los flujos y la posibilidad de que la oferta aumente. Saudi Aramco volvió a cargar crudo en Ras Tanura, el mayor puerto petrolero del mundo, después de casi cuatro meses de interrupción. También se ha recuperado parte del transporte de fertilizantes, un dato relevante para el coste mundial de los alimentos.

El tráfico, con todo, sigue lejos de la normalidad. Los tránsitos de petroleros bajaron a 13 el viernes, frente a 24 el jueves y 27 el miércoles. Antes de la guerra, el estrecho registraba una media diaria cercana a 125 movimientos de todo tipo de buques. El 24 de junio se contabilizaron 62, aproximadamente la mitad de los observados en la misma fecha del año anterior.

La aparente contradicción —menos barcos, pero petróleo más barato— tiene explicación. Los mercados no reaccionan solo al volumen presente, sino a lo que esperan para las próximas semanas. La salida de superpetroleros, la reapertura de instalaciones saudíes y el avance de las negociaciones reducen el miedo a un desabastecimiento inmediato. Basta otro ataque serio, eso sí, para que el péndulo vuelva a girar.

El acuerdo provisional entre Washington y Teherán ha abierto un periodo de 60 días de conversaciones. Sobre la mesa están la reapertura estable de Ormuz, el programa nuclear iraní, los misiles balísticos, los drones, las sanciones y la actividad de los grupos aliados de Irán. También pesa la guerra paralela entre Israel y Hezbolá en Líbano, que Teherán considera inseparable del pacto general.

Cada parte parece leer un documento diferente. Estados Unidos entiende que Irán debe restaurar la libertad de navegación sin tasas ni permisos políticos. Irán considera que el acuerdo reconoce su papel esencial como garante de la seguridad del estrecho. Cuando una tregua necesita tantas interpretaciones, suele parecer menos un puente que una tabla colocada sobre el agua.

Ormuz sigue abierto, aunque nadie lo considera normal

Irán no posee un derecho indiscutible a cerrar el estrecho, cobrar peajes generales o someter todo tránsito comercial a su autorización. Sí dispone de la fuerza necesaria para dificultar la navegación, elevar los seguros, reducir el tráfico y hacer que armadores y gobiernos negocien bajo presión. La diferencia entre autoridad jurídica y capacidad militar es, precisamente, el corazón de esta crisis.

El Ever Lovely consiguió salir con daños menores y la tripulación ilesa. Ese desenlace evita una escalada inmediata, pero no borra el mensaje. Un buque que seguía una ruta recomendada internacionalmente fue alcanzado cerca de Omán; después, la evacuación coordinada por la organización marítima quedó suspendida y los tránsitos volvieron a caer.

Ormuz no está completamente cerrado. Tampoco está verdaderamente abierto. Funciona como una puerta que puede atravesarse, aunque alguien permanezca detrás con la mano sobre el cerrojo. El petróleo ha bajado por el momento, los barcos vuelven a moverse y las negociaciones continúan. La geografía estratégica, mientras tanto, sigue haciendo su trabajo silencioso: recordar al mundo que unos pocos kilómetros de mar pueden pesar más que muchos discursos.

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