Salud
¿Cómo proteger a los niños del calor extremo y cuándo ir a urgencias?
El calor extremo puede deshidratar a los niños: detecta las señales de alarma y cuándo conviene acudir a urgencias en los días más calurosos.

Resumen
- Ofrece agua con frecuencia y evita el sol entre las 11:00 y las 17:00
- Boca seca, poca orina y somnolencia pueden indicar deshidratación
- Convulsiones, desmayo o confusión exigen acudir de inmediato a urgencias
Proteger a los niños del calor exige algo más que colocarles una gorra y confiar en que pidan agua. Los pediatras recomiendan ofrecer líquidos con frecuencia, evitar el sol y el ejercicio durante las horas más duras —aproximadamente entre las 11:00 y las 17:00—, utilizar ropa ligera y mantener frescas las habitaciones. Los lactantes, los menores de corta edad y quienes padecen enfermedades crónicas requieren una vigilancia especial.
La boca seca, la disminución de la orina, el cansancio extraño, la irritabilidad o la somnolencia pueden anunciar una deshidratación. La pérdida de conciencia, las convulsiones, la confusión, una dificultad respiratoria grave o una temperatura corporal muy elevada después de una exposición prolongada al calor obligan a acudir inmediatamente a urgencias. Ahí ya no sirven ni el abanico ni el voluntarismo familiar.
El Hospital Pediátrico Bambino Gesù de Roma ha difundido este 26 de junio de 2026 un decálogo para reducir los golpes de calor durante el verano. La advertencia llega después de que el centro haya relacionado, directa o indirectamente, con las altas temperaturas alrededor del 25 % de sus recientes atenciones en urgencias. Cerca del 5 % correspondía a problemas propiamente térmicos, como deshidrataciones, síncopes o golpes de calor; el resto incluía enfermedades agravadas por la pérdida acelerada de líquidos.
El dato pertenece a un hospital concreto y no describe por sí solo toda la realidad europea, pero dibuja una escena reconocible: ciudades recalentadas, noches que apenas refrescan y niños que siguen jugando mientras el asfalto parece una plancha encendida.
El calor infantil no empieza con un desmayo
Los niños no son adultos en miniatura, aunque a veces las agendas familiares los traten como tales. Su organismo tiene una capacidad menos eficaz para regular la temperatura y, en los más pequeños, las reservas de agua pueden agotarse con mayor rapidez. El riesgo aumenta cuando coinciden temperaturas elevadas, humedad, escasa ventilación y actividad física.
El malestar suele comenzar de manera discreta. Aparece dolor de cabeza, debilidad, náuseas, calambres, irritabilidad o una fatiga que no encaja con lo que el menor estaba haciendo. Puede tener la piel muy caliente, respirar deprisa o mostrar un pulso acelerado. En otras ocasiones, simplemente deja de jugar y se queda apagado, como si le hubieran bajado de golpe el interruptor.
Conviene distinguir el agotamiento por calor del golpe de calor. El primero produce sudoración, mareo, cansancio, náuseas y dolor de cabeza; necesita reposo, enfriamiento e hidratación. El golpe de calor, en cambio, implica una alteración grave del control térmico y puede afectar al sistema nervioso: confusión, comportamiento extraño, desmayo o convulsiones. Es una emergencia médica.
Agua antes de la sed y sombra en las horas críticas
La primera medida es sencilla: ofrecer agua varias veces durante el día, sin esperar a que el niño diga que tiene sed. La sed es útil, desde luego, pero puede llegar cuando el organismo ya ha empezado a perder más líquido del conveniente. En días especialmente calurosos, durante excursiones o después de jugar, hay que aumentar la frecuencia.
No hace falta convertir la hidratación en un festival de bebidas azucaradas. El agua debe ser la opción habitual. La fruta fresca, las verduras y las comidas ligeras ayudan a recuperar agua y sales minerales, mientras que las digestiones copiosas añaden otra carga al organismo. Sandía, melón, tomate, pepino o melocotón hacen aquí un trabajo bastante más sensato que un refresco fluorescente.
Entre las 11:00 y las 17:00 es preferible reducir la exposición directa al sol y aplazar el ejercicio intenso. No significa encerrar al niño durante seis horas, sino buscar sombra, ventilación y actividades tranquilas, adaptando los horarios al calor real de cada lugar. Un parque sin árboles a las cuatro de la tarde no se vuelve saludable porque tenga columpios.
La ropa debe ser holgada, clara y transpirable, mejor de algodón o lino. Un sombrero ligero protege la cabeza, mientras que una crema solar de alta protección reduce el daño de la radiación ultravioleta. La crema, eso sí, no funciona como una licencia para permanecer al sol durante horas: protege la piel, no impide la deshidratación ni enfría el cuerpo.
La excepción importante de los bebés menores de seis meses
La recomendación general de ofrecer agua necesita un matiz esencial. Los bebés menores de seis meses alimentados exclusivamente con leche materna no deben recibir agua adicional, tampoco durante los días calurosos. La leche materna ya contiene el líquido que necesitan; lo adecuado es ofrecer el pecho con mayor frecuencia y a demanda.
En los bebés alimentados con fórmula deben respetarse las tomas y las proporciones exactas indicadas para preparar el biberón. Nunca hay que diluir la leche artificial por cuenta propia para hacerla supuestamente más ligera. Cualquier duda sobre la necesidad de agua adicional en menores de seis meses debe consultarse con el pediatra, porque la edad, el tipo de alimentación y el estado clínico importan.
El pañal ofrece una pista doméstica bastante fiable. Si permanece seco durante más tiempo de lo habitual, se moja mucho menos o la orina aparece más oscura y concentrada, puede existir una pérdida insuficientemente compensada de líquidos. En un lactante, ese pequeño detalle pesa más que muchas teorías improvisadas alrededor de la cuna.
La casa también puede convertirse en una trampa térmica
Cerrar persianas y cortinas durante las horas de mayor insolación, ventilar de madrugada o por la noche y utilizar ventiladores o aire acondicionado con prudencia ayuda a mantener una temperatura soportable. El objetivo no es transformar el salón en una cámara frigorífica, sino evitar que acumule calor durante todo el día.
Los cambios bruscos entre una calle abrasadora y un interior excesivamente frío resultan incómodos y pueden irritar las vías respiratorias, aunque el aire acondicionado bien utilizado no sea el villano mitológico de cada verano. Una temperatura estable, ropa adecuada y un flujo de aire que no golpee directamente al niño suelen bastar.
En las ciudades, el hormigón, las fachadas, los vehículos y el asfalto almacenan energía solar y la liberan lentamente. Es el llamado efecto isla de calor, que mantiene barrios enteros varios grados por encima de zonas cercanas con vegetación. Una plaza mineral puede seguir desprendiendo calor incluso después de la puesta del sol, cuando el termómetro oficial empieza a bajar pero el cuerpo aún nota el suelo ardiendo.
Jamás debe dejarse a un niño dentro de un coche estacionado, ni siquiera durante unos minutos ni con una ventanilla entreabierta. El habitáculo puede calentarse con enorme rapidez. Entrar en una tienda, recoger un paquete o resolver una gestión que parecía brevísima son explicaciones posteriores; el organismo infantil, mientras tanto, no negocia con el reloj.
Señales de deshidratación que no conviene minimizar
La orina escasa y oscura, la boca seca, los labios agrietados, el llanto sin lágrimas y los ojos hundidos son signos clásicos de falta de líquidos. También pueden aparecer decaimiento, dolor de cabeza, irritabilidad, náuseas o somnolencia. En bebés pequeños, una fontanela hundida o una menor respuesta a estímulos requieren valoración sanitaria.
No todos los niños manifiestan la deshidratación de la misma manera. Un adolescente puede explicar que siente mareo o sed intensa; un bebé solo estará más adormilado, rechazará las tomas o mojará menos pañales. La observación del comportamiento habitual resulta decisiva. Cuando un menor deja de parecerse a sí mismo, conviene prestar atención.
El riesgo crece si al calor se suman fiebre, vómitos o diarrea. En esos casos, el cuerpo pierde agua por varias vías al mismo tiempo y puede deteriorarse con rapidez. También son más vulnerables los niños con cardiopatías, diabetes, enfermedades renales, trastornos neurológicos, cáncer u otras patologías crónicas. Los tratamientos habituales no deben modificarse sin indicación médica.
Qué hacer y cuándo acudir a urgencias
El niño debe ser trasladado inmediatamente a un lugar fresco, sombreado y ventilado. Hay que retirar el exceso de ropa, humedecer la piel con agua fresca —no helada— y aplicar paños húmedos mientras se favorece la circulación del aire. Si está despierto, responde con normalidad y puede tragar, se le pueden ofrecer pequeños sorbos de agua.
No debe forzarse a beber a un menor somnoliento, confuso, inconsciente o con dificultad para tragar, porque podría atragantarse. Tampoco conviene cubrirlo con mantas, darle bebidas muy frías de golpe ni recurrir a remedios caseros que retrasen la asistencia. El enfriamiento inicial es importante, pero no sustituye la evaluación médica cuando existen síntomas graves.
Es aconsejable contactar con el pediatra cuando el niño presenta fiebre persistente, vómitos repetidos, rechazo continuado de líquidos, orina mucho menos de lo habitual, está muy decaído o muestra signos claros de deshidratación. También cuando el calor empeora una enfermedad crónica o el menor no recupera su estado normal después de descansar, refrescarse y beber.
Debe acudirse directamente a urgencias —o llamar al 112— si aparecen alteraciones de conciencia, confusión intensa, desmayo, convulsiones, dificultad respiratoria grave, incapacidad para beber o una temperatura muy elevada tras una exposición prolongada. Una piel extremadamente caliente acompañada de síntomas neurológicos es especialmente preocupante.
La cifra del termómetro importa, pero no manda sola. Un niño con 39 °C que conversa y bebe no presenta la misma situación que otro con menos temperatura, pero desorientado, débil o incapaz de mantenerse despierto. El estado general, la respiración, la respuesta y la capacidad de hidratarse ayudan a medir la gravedad.
Un verano menos heroico y bastante más seguro
La prevención del calor infantil se sostiene sobre gestos poco espectaculares: agua disponible, horarios sensatos, persianas bajadas, sombra, ropa ligera, comidas frescas y atención a los pañales. Nada digno de una película de catástrofes. Precisamente por eso funciona.
El error más común consiste en esperar una señal rotunda, como un desmayo, cuando el cuerpo llevaba tiempo enviando avisos menores. Menos orina, sequedad, apatía o irritabilidad son el lenguaje previo de la deshidratación. Escucharlo pronto evita que una tarde sofocante termine bajo las luces blancas de un servicio de urgencias.

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