Síguenos

Salud

¿Por qué los drogadictos pueden tardar hasta 20 años en pedir ayuda?

Muchos adultos tardan entre 10 y 20 años en pedir ayuda por una adicción, mientras familiares y amigos detectan antes las señales más claras.

Publicado

el

tipos de drogas en una mesa

Resumen

  • El 30,79 % pidió ayuda tras convivir entre 10 y 20 años con la adicción
  • El 58 % de los tratamientos empezó por iniciativa de familiares o amigos
  • Perder el control y ocultar daños son señales para buscar ayuda profesional

El 30,79 % de los adultos atendidos por Proyecto Hombre Madrid en 2025 había convivido entre 10 y 20 años con una adicción antes de solicitar tratamiento. No eran necesariamente personas apartadas de la sociedad ni protagonistas del estereotipo más gastado. Muchas trabajaban, mantenían relaciones y cumplían con la liturgia cotidiana mientras el problema crecía detrás de una normalidad cada vez más estrecha.

Durante el año pasado, 6.784 personas acudieron a la organización por conductas adictivas relacionadas con sustancias o comportamientos. El 82,56 % fue atendido en el servicio de adultos y el 17,44 % en el área de menores, jóvenes y familias. Hay otro dato que rompe la imagen romántica de la decisión individual: el 58 % de los tratamientos comenzó por iniciativa de un amigo o un familiar. Alguien desde fuera vio antes la grieta.

Dos décadas de aparente normalidad

Esperar 10 o 20 años no significa pasar todo ese tiempo en una situación extrema. La adicción suele avanzar de forma menos cinematográfica. Primero aparece como una costumbre que alivia, anima o permite desconectar; después ocupa más espacio, exige mayor frecuencia y comienza a cobrar peajes. Sueño, dinero, concentración, pareja, hijos, salud. La factura llega por partes, como esos recibos pequeños que parecen inofensivos hasta que uno suma la columna.

La persona puede conservar durante mucho tiempo una apariencia funcional. Acude al trabajo, paga sus gastos y sostiene conversaciones razonables. El problema queda escondido en las noches, en los fines de semana o en las excusas. El alcohol se presenta como recompensa después de una jornada dura; la cocaína, como combustible para continuar; el cannabis, como única manera de dormir; el juego, como una oportunidad para recuperar lo perdido. La conducta deja de ser una elección libre, pero sigue disfrazada de decisión personal.

Los datos difundidos corresponden a los usuarios atendidos por Proyecto Hombre Madrid y no deben interpretarse como una radiografía completa de toda la población española. Sí muestran, con bastante crudeza, lo que llega a consulta: problemas prolongados, desgaste acumulado y una enorme dificultad para reconocer que el control se ha ido desplazando.

Por qué cuesta tanto reconocer el problema

El consumo de alcohol está integrado en celebraciones, comidas, reuniones laborales y tardes de terraza. En España, ofrecer una copa suele considerarse cortesía; rechazarla todavía exige a veces una pequeña conferencia de prensa. Esa normalización social puede borrar la frontera entre un uso ocasional y una relación dañina, sobre todo cuando no existe una borrachera visible ni un deterioro inmediato.

Con el cannabis ocurre algo parecido. Su percepción de riesgo se ha suavizado en determinados ambientes y el consumidor puede interpretar la dependencia como una preferencia inocua: fuma porque le gusta, porque le relaja, porque todo el mundo tiene algún vicio. El verbo «necesitar» aparece después, casi sin ruido.

También influye la disponibilidad permanente. Las sustancias circulan con facilidad y las conductas sin sustancia viajan en el bolsillo. El juego online, las redes sociales y los videojuegos no cierran de madrugada ni obligan a cruzar una puerta con luces de neón. Están ahí, a un gesto del pulgar. Eso no convierte cada uso intenso en una adicción, pero facilita que una conducta problemática se repita y se vuelva automática, privada y constante.

El estereotipo del «adicto» retrasa la consulta

Durante décadas, la representación social de las adicciones quedó asociada a la marginalidad, la delincuencia o el deterioro físico evidente. Ese retrato, además de injusto, funciona como una coartada. Mientras una persona conserve el empleo, la vivienda o una familia aparentemente estable, puede repetirse que su situación «no es para tanto».

El prejuicio también añade vergüenza. Pedir ayuda parece una confesión moral cuando debería entenderse como una decisión sanitaria. La adicción no es una prueba de falta de voluntad ni un defecto de carácter. Surge de la combinación de factores personales, emocionales, familiares, sociales y ambientales. Reducirla a la figura del «vicioso» resulta cómodo, casi perezoso; sirve para juzgar desde lejos y ayuda muy poco a quien está dentro.

Esa mirada explica parte del retraso. Nadie quiere reconocerse en una caricatura degradante. El resultado es paradójico: para evitar una etiqueta, se aplaza la atención y el problema gana terreno.

Las señales que pesan más que la cantidad

No existe una cifra universal que separe un hábito de una adicción. Dos personas pueden consumir la misma cantidad y mantener relaciones muy distintas con esa sustancia o conducta. Lo decisivo es la pérdida de control y el impacto que produce en la vida.

Una señal relevante aparece cuando alguien intenta reducir el consumo, el juego o el tiempo conectado y no consigue mantenerlo. También cuando necesita aumentar la frecuencia o la intensidad para obtener el mismo efecto; utiliza la conducta para soportar tristeza, ansiedad, soledad o enfado; piensa de manera persistente en repetirla, o se muestra irritable y angustiado cuando no puede hacerlo.

El ocultamiento suele ofrecer otra pista. Botellas escondidas, gastos sin explicar, historiales borrados, mentiras sobre horarios, préstamos encadenados. No siempre hay una gran revelación. A veces son detalles: llegar tarde con frecuencia, perder interés por actividades antiguas, abandonar responsabilidades o responder con una agresividad desproporcionada ante cualquier observación.

La consecuencia importa más que la etiqueta. Cuando el consumo o la conducta deteriora la salud, las relaciones, el trabajo, los estudios o la economía y aun así continúa, conviene buscar una valoración profesional. Una sospecha razonable basta para consultar; no hace falta esperar al derrumbe ni reunir pruebas como si la familia estuviera instruyendo un sumario.

Pantallas y videojuegos: usar mucho no basta

El lenguaje cotidiano mete en el mismo saco la ludopatía, el uso compulsivo de redes, los videojuegos y cualquier adolescente que mira demasiado el móvil. Conviene afinar. La Organización Mundial de la Salud reconoce clínicamente el trastorno por juego de apuestas y el trastorno por uso de videojuegos, pero no considera que muchas horas de pantalla constituyan por sí solas una enfermedad.

En el caso de los videojuegos, el patrón debe implicar control deteriorado, prioridad creciente frente a otras actividades y continuidad pese a las consecuencias negativas. También ha de causar un perjuicio significativo en la vida personal, familiar, social, educativa o laboral y, normalmente, mantenerse durante un periodo prolongado.

Un joven que juega varias horas durante las vacaciones no presenta necesariamente un trastorno. La alarma crece cuando deja de dormir, falta a clase, abandona amistades, descuida su higiene, reacciona con violencia al interrumpir la partida o pierde toda capacidad para limitar el tiempo. El reloj cuenta, sí, pero la vida que va quedando fuera de la pantalla cuenta bastante más.

El entorno suele verlo primero

Familiares, parejas y amigos detectan a menudo los cambios antes que la persona afectada. Observan el dinero que desaparece, las ausencias, el humor inestable o las promesas incumplidas. Ese papel explica que el 58 % de las solicitudes de tratamiento en Proyecto Hombre Madrid nazca del entorno próximo.

La intervención, sin embargo, requiere tacto. Una conversación centrada en hechos concretos suele resultar más útil que una acusación general. No es lo mismo señalar que se han producido varios retrasos laborales y gastos ocultos que lanzar un «eres un adicto» durante una discusión. La primera fórmula abre una realidad; la segunda puede levantar una muralla.

Tampoco ayuda cubrir indefinidamente las consecuencias. Pagar deudas una y otra vez, mentir al empleador o justificar ausencias puede mantener la apariencia de normalidad y retrasar la búsqueda de ayuda. Acompañar no consiste en convertir la casa en un tribunal, pero tampoco en colocar cojines bajo cada caída.

Cuando existe una sospecha, el entorno puede solicitar asesoramiento aunque la persona afectada todavía rechace el tratamiento. Los recursos sanitarios y especializados valoran cada caso y orientan sobre el modo de actuar. La red española incluye servicios de información y detección temprana, centros ambulatorios y dispositivos de mayor especialización. Tratamiento no significa necesariamente ingreso: puede desarrollarse de manera ambulatoria y adaptarse a las necesidades clínicas y sociales de cada persona.

Pedir ayuda no obliga a haber tocado fondo

La idea de que alguien debe perderlo todo antes de reaccionar pertenece más al melodrama que a la medicina. Esperar un accidente, una ruptura, un despido o una deuda imposible solo añade sufrimiento y vuelve más compleja la recuperación.

La atención temprana permite evaluar si existe una adicción, un consumo de riesgo o una conducta problemática que todavía no cumple criterios clínicos. No todas las consultas terminan con el mismo diagnóstico ni con el mismo tratamiento. Algunas personas necesitarán abandonar completamente una sustancia; otras trabajarán objetivos intermedios, reducción de daños, control de estímulos, terapia psicológica o atención a problemas emocionales asociados.

Proyecto Hombre Madrid señala que el alcohol, la cocaína y el cannabis concentran buena parte de las demandas relacionadas con sustancias. Entre las conductas sin sustancia destacan el juego y los problemas vinculados a pantallas o videojuegos, especialmente en población joven. Son categorías distintas y deben valorarse con cuidado, pero comparten un hilo: el comportamiento ocupa cada vez más espacio mientras la vida ordinaria se encoge.

La recuperación tampoco se reduce a dejar de consumir o jugar. Implica comprender para qué servía aquella conducta, reconstruir rutinas, reparar vínculos y aprender otras formas de gestionar el malestar. Eso lleva trabajo. No hay truco, aplicación milagrosa ni gurú de vídeo vertical capaz de sustituir una evaluación seria.

La ayuda empieza mucho antes del derrumbe

El dato de los 20 años no describe una espera tranquila. Resume aniversarios atravesados por el mismo problema, discusiones repetidas, dinero perdido y mañanas que empiezan con otra promesa. Mucho tiempo. Demasiado.

Reconocer una adicción no exige ajustarse a un estereotipo ni haber alcanzado una situación límite. Basta con advertir que la libertad se ha reducido, que la conducta gobierna más de lo que debería y que las consecuencias siguen acumulándose. Pedir ayuda pronto no exagera el problema: evita que tenga que hacerse enorme para resultar visible.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído