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Naturaleza

La serpiente que amenaza a la lagartija única de Ibiza

La invasión avanza por tierra y mar, mientras la cría y las trampas intentan conservar linajes irrepetibles.

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una Lagartija Pitiusa bajo el sol

La culebra de herradura ha pasado de ocupar una pequeña parte de Ibiza a extenderse por más del 90 % de la isla, y allí donde se establece puede hacer desaparecer en menos de tres años las poblaciones locales de lagartija pitiusa. La amenaza ya no se limita a la isla principal: estas serpientes terrestres también nadan hasta islotes que parecían protegidos por el mar. El resultado son extinciones locales y la pérdida de poblaciones con rasgos genéticos propios.

La sargantana, como se conoce localmente a este reptil, no es peligrosa para las personas ni la culebra representa una amenaza relevante para los bañistas. El problema es ecológico: un depredador introducido por la actividad humana se ha encontrado con una fauna insular que evolucionó sin convivir con serpientes de este tipo. Las trampas y los programas de cría buscan contener el avance y conservar ejemplares, pero erradicar la invasora de Ibiza ya no parece una posibilidad cercana.

Una expansión que alcanzó casi toda Ibiza

Las primeras observaciones de culebras de herradura en Ibiza datan de 2003. Su llegada se atribuye probablemente al traslado de árboles ornamentales desde la Península, en especial olivos de gran tamaño cuyas raíces y troncos podían ocultar animales. Es una hipótesis sobre el origen de la invasión, no una explicación confirmada para cada ejemplar. Una vez establecida, la serpiente encontró condiciones favorables y abundantes presas en un territorio donde no había evolucionado junto a ella.

La ocupación de la isla creció con rapidez. Las estimaciones sitúan a la culebra en menos del 5 % de Ibiza en 2010 y en torno al 40 % en 2016. Para 2025, la presencia alcanzaba más del 90 % del territorio. Ese salto ayuda a entender por qué el problema dejó de ser una serie de avistamientos aislados: el frente de invasión llegó a la mayor parte de la isla en poco más de una década.

La velocidad también se aprecia en el efecto sobre las presas. Cuando la serpiente coloniza una zona nueva, puede acabar con la población de lagartijas en menos de tres años. El proceso no ocurre necesariamente de la misma manera en cada lugar, pero la pauta es preocupante: la culebra llega a un área con alimento disponible y, a medida que se establece, las sargantanas se vuelven cada vez más escasas. La expansión funciona como una presión que avanza por el territorio, no como un único episodio de depredación.

El ritmo registrado en Ibiza destaca entre los casos de ofidios invasores en Europa. La culebra de herradura no necesita ser venenosa para causar ese impacto; captura pequeños animales y se adapta a la oferta de alimento. En su área peninsular forma parte de un ecosistema en el que las especies han convivido, pero en las Pitiusas su presencia es ajena al equilibrio local. La condición de especie invasora describe ese impacto fuera de su distribución natural, no una supuesta agresividad especial de la serpiente.

Por qué la lagartija queda tan expuesta

La lagartija pitiusa es endémica de Ibiza, Formentera y los islotes cercanos: de forma natural no vive en ningún otro lugar. El aislamiento entre islas y rocas separadas por el mar permitió que sus poblaciones evolucionaran de manera independiente. Se han descrito 28 subespecies, y muchas poblaciones insulares presentan coloraciones y características propias. En estos reptiles, el verde, el azul, el gris, el marrón o el negro no son solo variaciones llamativas: reflejan una historia evolutiva ligada a cada territorio.

Ese aislamiento tuvo un reverso. Durante millones de años, la lagartija fue el único vertebrado terrestre del archipiélago y no desarrolló respuestas eficaces frente a serpientes depredadoras. No es que carezca de instintos para escapar o esconderse; es que la presencia de una culebra capaz de cazarla no formaba parte de las presiones que moldearon su comportamiento. Un refugio evolutivo puede convertirse en una vulnerabilidad cuando aparece un depredador nuevo.

La culebra de herradura se alimenta de lagartijas y de otros pequeños vertebrados, entre ellos ratones, aves, murciélagos y musarañas. La sargantana, sin embargo, resulta especialmente accesible en las zonas donde la serpiente se ha asentado. En una isla, además, el alimento y el espacio disponible son más limitados que en un territorio continental. La combinación de una presa abundante y una fauna sin experiencia frente a ese cazador favorece un desequilibrio rápido.

La desaparición de las lagartijas en las zonas más afectadas no se explica bien por el desarrollo urbano o por la presencia de otros depredadores. Los cambios de uso del suelo han sido más acusados en partes del suroeste donde las sargantanas siguen siendo comunes, y la superficie forestal ha variado poco según los datos citados por los estudios. En la isla también hay gatos, gaviotas, ginetas, lechuzas y cernícalos, pero su distribución o abundancia no coincide con el rápido retroceso observado en el noreste, donde las serpientes están más establecidas. La coincidencia espacial y temporal señala a la culebra como el factor principal, sin convertir esa conclusión en una afirmación de que no existan otros impactos locales.

El mar ya no protege a los islotes

Los islotes parecían una barrera natural. El agua había mantenido separadas durante generaciones a sus poblaciones de lagartijas y, con ellas, variantes genéticas que no existen en otros lugares. Sin embargo, investigadores y equipos de campo han documentado culebras nadando en mar abierto. En 2024, una fue grabada mientras cruzaba unos 430 metros hasta el islote de Santa Eulària. La distancia que separaba a las poblaciones dejó de ser una protección fiable.

La capacidad de llegar por sus propios medios cambia la interpretación del avance. Al principio, una serpiente en un islote podía atribuirse a un traslado accidental en una embarcación o con mercancías. La acumulación de vídeos, fotografías y observaciones verificadas ha mostrado que algunas culebras pueden nadar entre puntos separados por el mar. Se han colonizado activamente entre 12 y 15 islotes, según los datos de referencia, aunque la presencia y el estado de cada población requieren seguimiento sobre el terreno.

En espacios pequeños, la llegada de unos pocos ejemplares puede tener consecuencias desproporcionadas. El islote de S’Ora ofrece un caso especialmente claro: tras el último registro de lagartijas en 2017, la población desapareció en un periodo máximo de diez meses, coincidiendo con la observación de una serpiente cerca del lugar. No se detectaron lagartijas en varias visitas posteriores. En Santa Eulària, los censos permiten ver el desplome con cifras: en los mismos recorridos se registraron 72 lagartijas en 2016, tres en 2023 y ninguna en 2025.

En ese islote, además, se instalaron 12 trampas y se capturaron hasta 58 serpientes entre 2023 y 2025. La comparación no demuestra que todos los islotes sigan exactamente el mismo curso, pero deja claro que una población pequeña puede colapsar mientras las tareas de vigilancia continúan. Cuando desaparece un grupo aislado, se pierde una combinación biológica irrepetible: no basta con que sobrevivan lagartijas de otra isla para recuperar los rasgos de aquella población.

Lo que cambia cuando falta la sargantana

La pérdida de una especie endémica va más allá de la desaparición de un animal emblemático. La lagartija consume insectos y participa en la polinización y en la dispersión de semillas. Al desplazarse entre flores y refugios, contribuye a procesos que sostienen la reproducción de plantas y la regeneración de la vegetación. Si disminuyen sus poblaciones, esas funciones también pueden debilitarse, aunque el efecto concreto dependerá de las especies vegetales y de las condiciones de cada islote.

La alteración puede propagarse por el ecosistema como una cadena: menos lagartijas significa menos consumo de ciertos insectos y menos transporte de semillas. Los estudios sobre ecosistemas insulares advierten que las especies vertebradas invasoras pueden perturbar la dispersión de semillas incluso más que la pérdida de fauna nativa por sí sola. No implica que todas las plantas vayan a desaparecer, sino que algunos procesos de regeneración pueden cambiar cuando falta un animal que los realizaba de forma habitual.

También existe una consecuencia potencial para la agricultura. Al alimentarse de insectos, las lagartijas contribuyen a regular algunas poblaciones que pueden afectar a las plantas cultivadas. No hay una cifra disponible que permita traducir su desaparición en pérdidas económicas concretas, y sería engañoso presentar una estimación sin datos. Lo que sí puede afirmarse es que la biodiversidad cumple funciones útiles aunque su valor no se mida de inmediato en una cosecha.

Las islas son especialmente sensibles a estas alteraciones porque sus comunidades biológicas se desarrollan en espacios reducidos y con menos posibilidades de recolonización desde otros lugares. La extinción de una población puede dejar un vacío que no se llena con facilidad. El caso de Guam, donde la serpiente arborícola parda diezmó aves y lagartijas nativas y alteró después la dinámica de los bosques, muestra cómo un depredador introducido puede desencadenar efectos indirectos. No es una predicción exacta para Ibiza, sino un ejemplo de por qué los cambios en una especie pueden repercutir en otras.

La dimensión cultural también importa. La sargantana está presente en el imaginario de Ibiza y Formentera y forma parte de la experiencia cotidiana de sus habitantes: aparece en paredes, huertos y caminos. Su desaparición local no borraría esa relación de un día para otro, pero sí reduciría el contacto con un animal que ha acompañado a generaciones. La pérdida ecológica y la pérdida de un símbolo insular se superponen, aunque la primera sea la que determina la urgencia de conservación.

Controlar la invasión y conservar los linajes

La respuesta más inmediata consiste en retirar serpientes y reducir la presión sobre las poblaciones de lagartijas que todavía sobreviven. En 2025, las capturas de serpientes invasoras en las Pitiusas superaron los 4.400 ejemplares y el Govern balear ha apostado por mantener las trampas durante todo el año. Desde 2016, los equipos oficiales habían retirado más de 16.000 serpientes; al sumar capturas de particulares y voluntarios, el total supera las 20.000, aunque no existe un registro completo de toda la actividad ciudadana.

Las trampas requieren revisiones frecuentes y mantenimiento. Algunas utilizan un ratón vivo como reclamo, separado de la serpiente por un compartimento que impide que lo alcance. La eficacia depende de la colocación y del seguimiento: dejar una caja en el campo no basta si no se revisa. Agricultores, jardineros, residentes y equipos ambientales han colaborado en las capturas, una labor que refleja la escala del problema y la necesidad de coordinar esfuerzos.

Con más del 90 % de Ibiza ocupada, erradicar por completo la culebra a corto plazo se considera inviable. Por eso, el objetivo más realista es contener la expansión, reducir la densidad en lugares prioritarios y proteger refugios donde las lagartijas aún resisten. El dispositivo se ampliará en 2026 con más recursos, según la información disponible, pero las capturas por sí solas no garantizan que una zona quede libre de serpientes. El control busca ganar tiempo y limitar el daño, no prometer una vuelta rápida al estado anterior.

La otra línea de trabajo consiste en conservar lagartijas fuera de su entorno natural. El Govern balear colabora con el Zoo de Barcelona en programas de cría que tienen en cuenta la genética de las poblaciones. Los primeros 17 ejemplares trasladados produjeron 32 crías, y se han incorporado nuevas iniciativas para mantener una representación de los linajes que podrían desaparecer en libertad. La cría ex situ funciona como un seguro biológico, no como sustituto de los hábitats amenazados.

Preservar esa diversidad exige evitar mezclas indiscriminadas entre poblaciones que han evolucionado por separado. Si se criaran ejemplares sin atender a su procedencia genética, se podrían perder precisamente las diferencias que el programa pretende conservar. También se ha habilitado en Ibiza un refugio protegido frente a las serpientes para mantener animales en condiciones controladas. El valor de estos proyectos no está solo en producir crías, sino en conservar la identidad genética de cada población.

La reintroducción futura dependerá de que existan zonas suficientemente protegidas frente a la culebra. Soltar lagartijas en un lugar donde el depredador sigue presente podría exponerlas de nuevo al mismo riesgo. Por esa razón, el control de las serpientes y la cría para conservación son tareas complementarias: una protege el territorio y la otra mantiene poblaciones que, de otro modo, podrían perderse. Los traslados de animales requieren criterios científicos; moverlos por iniciativa particular puede alterar la genética local o transportar enfermedades.

Una amenaza ecológica, no para los bañistas

La expansión de la culebra de herradura suscita imágenes llamativas, sobre todo cuando se la ve nadar, pero conviene distinguir el peligro para la fauna del riesgo para las personas. La especie no persigue a los bañistas y no supone una amenaza relevante para ellos. En la Península forma parte de la fauna autóctona; el problema en Ibiza es que fue introducida fuera de su área natural y encontró un ecosistema especialmente vulnerable. La alarma se justifica por el daño a la biodiversidad, no por el temor a un ataque.

El caso también muestra cómo una actividad cotidiana puede tener efectos que nadie previó. El traslado de árboles ornamentales es la explicación más probable de la llegada inicial, aunque la introducción accidental no convierte a la serpiente en responsable del desequilibrio: el animal actúa siguiendo su comportamiento. La causa de fondo está en el movimiento humano de especies y en la dificultad de detectar a un polizón escondido antes de que se reproduzca y se extienda.

La lagartija pitiusa todavía sobrevive en lugares donde la culebra no ha llegado o donde las poblaciones se mantienen bajo vigilancia. Pero la distancia entre un islote y la costa ya no garantiza su aislamiento, y las capturas no revierten de inmediato décadas de expansión. Proteger a la sargantana exige conservar tanto los ejemplares como los procesos naturales que dependen de ella: una pequeña lagartija sobre una piedra puede parecer parte del paisaje, hasta que su ausencia revela cuánto sostenía ese paisaje.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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