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¿Quiénes son los militares de la UME enviados a Venezuela y qué hacen?
Así son los militares de la UME enviados a Venezuela: formación, sueldos, bases, perros de rescate, medios y gran experiencia internacional.

Efectivos de la UME en Marruecos (fuente: ume.defensa.gob.es)
Resumen
- El despliegue previsto reúne 57 militares de la UME y ocho equipos caninos
- El BIEM II aporta especialistas en rescate urbano, sanidad y logística
- La unidad suma unos 3.500 efectivos y puede operar siete días sin apoyo
La ayuda española movilizada hacia Venezuela tras los devastadores terremotos del 24 de junio está encabezada por un equipo especializado en búsqueda y rescate urbano de la Unidad Militar de Emergencias. Su núcleo procede del Segundo Batallón de Intervención en Emergencias, el BIEM II, con base en Morón de la Frontera, Sevilla. Viajan rescatistas, sanitarios, especialistas en estructuras colapsadas, personal de comunicaciones y logística, guías caninos y perros preparados para encontrar vida donde apenas quedan hormigón, polvo y silencio.
No son fuerzas de operaciones especiales ni bomberos convencionales vestidos de militar. La UME es una unidad conjunta de las Fuerzas Armadas diseñada para intervenir en catástrofes: terremotos, inundaciones, incendios forestales, nevadas, erupciones volcánicas, accidentes tecnológicos y emergencias químicas o biológicas. Su ventaja no consiste únicamente en disponer de herramientas potentes, sino en poder desplegar una organización completa en pocas horas y mantenerla trabajando día y noche con alimentos, comunicaciones, sanidad y alojamiento propios.
La misión llega después de dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 que golpearon el norte y el centro de Venezuela con apenas unos segundos de diferencia. El balance provisional superaba los 188 muertos y 1.500 heridos, con centenares de edificios dañados, personas atrapadas y una situación especialmente grave en La Guaira. En esas primeras jornadas, cuando el tiempo pesa como una losa más, localizar una respiración entre los cascotes puede separar un rescate de una recuperación de cadáveres.
El contingente enviado a Venezuela y el baile de cifras
El primer anuncio de Defensa habló de 54 militares del BIEM II preparados para intervenir. Las informaciones posteriores sobre la composición del vuelo elevaron a 57 el número de integrantes del equipo USAR de la UME, acompañados por ocho unidades caninas. A ellos se añadieron dos ingenieros del Ejército de Tierra, personal de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo y un equipo de rescate de la Comunidad de Madrid.
La diferencia entre 54 y 57 efectivos no supone necesariamente que alguien contara mal los cascos en la pista. En estos despliegues, la composición puede ampliarse durante las últimas horas con enlaces, especialistas de mando, personal sanitario o apoyo logístico. Una cosa es el núcleo operativo inicialmente activado y otra el manifiesto definitivo del avión, que incorpora refuerzos conforme se concretan las necesidades del país afectado.
El dispositivo salió de Torrejón de Ardoz a bordo de un A330 del Ejército del Aire y del Espacio. El destino previsto era la ciudad venezolana de Valencia, en el estado Carabobo, debido a los daños y restricciones sufridos por el aeropuerto internacional de Maiquetía. Desde el punto de entrada, las autoridades venezolanas y los organismos internacionales deben asignar al equipo su zona de trabajo. La UME no llega, despliega una bandera y decide por dónde empezar. Eso queda bien en una película; en una catástrofe real provoca atascos, duplicidades y más víctimas.
Un equipo construido alrededor del rescate urbano. USAR son las siglas inglesas de búsqueda y rescate urbano. No significa que sus miembros trabajen solamente en ciudades, sino que están preparados para intervenir en estructuras colapsadas: bloques de viviendas, hoteles, hospitales, aparcamientos, túneles o edificios públicos convertidos en una montaña inestable de vigas, cristales y placas de hormigón.
El grupo reúne más de 40 especialidades y funciones operativas. Hay personal que reconoce los edificios y evalúa si pueden entrar los rescatistas, especialistas que apuntalan paredes y techos, operadores de cámaras y sensores, guías caninos, equipos de perforación y corte, sanitarios, responsables de comunicaciones, logística, coordinación y mando. Nadie trabaja como una isla. El perro señala; el geófono confirma; el técnico calcula; el sanitario espera junto al hueco; el rescatista avanza unos centímetros. Así, despacio y deprisa al mismo tiempo.
Los ocho perros enviados a Venezuela forman una unidad con sus respectivos guías. No son mascotas de cuartel ni animales que obedecen por una simple caricia y una orden seca. Estos perros de rescate han aprendido a desplazarse por superficies inestables, ignorar ruidos, humo y maquinaria, localizar olor humano y marcar una zona sin atacar ni alterar los restos. Su nariz puede revisar grandes áreas con una rapidez que ninguna máquina iguala, aunque después la tecnología deba confirmar la posible presencia de una víctima.
Cómo se entra en la UME y qué perfil se necesita
No existe una oposición civil específica para entrar directamente en la UME. El recorrido comienza ingresando en las Fuerzas Armadas como militar de tropa y marinería, suboficial u oficial. Después hay que solicitar una de las vacantes de la unidad y cumplir las condiciones establecidas para el puesto. Es decir, primero se adquiere la condición militar; más tarde se opta a este destino.
Para incorporarse a tropa y marinería, la convocatoria general exige tener al menos 18 años y no haber cumplido los 29 en la fecha de incorporación al centro de formación. Los requisitos académicos dependen de cada plaza. En las escalas de suboficiales se exigen estudios y titulaciones técnicas determinados por la convocatoria, mientras que el acceso a oficiales puede realizarse con formación universitaria previa o mediante el sistema de enseñanza militar que combina la carrera castrense con estudios de grado.
Por eso no existe una única edad, profesión anterior o titulación para todos los integrantes de la UME. En el mismo equipo pueden trabajar soldados jóvenes, cabos con muchos años de servicio, sargentos especializados, ingenieros, médicos, enfermeros, técnicos en transmisiones y oficiales responsables de coordinar la operación. La experiencia militar previa importa, pero debe transformarse después en conocimiento específico sobre emergencias.
Las vacantes operativas pueden exigir reconocimientos médicos, evaluaciones psicológicas, pruebas físicas y comprobaciones relacionadas con la resistencia, la natación o la capacidad para desempeñar tareas de riesgo. Las condiciones concretas cambian según el empleo y la función. No necesita el mismo perfil quien conduce una máquina de movimiento de tierras que quien entra reptando en un hueco de cuarenta centímetros o coordina por radio a equipos internacionales.
La forma física cuenta, claro. También la cabeza. Trabajar sobre una estructura que continúa crujiendo, rodeado de familiares que esperan noticias y con réplicas sísmicas bajo los pies exige autocontrol, disciplina y tolerancia a la presión. Se busca personal capaz de cumplir procedimientos sin quedarse paralizado, pero tampoco de improvisar heroicidades. El héroe desobediente funciona estupendamente en televisión; sobre una losa mal apoyada puede matar a todo el equipo.
La disponibilidad es otra condición difícil de fotografiar. Una activación puede producirse de madrugada, durante un festivo o en mitad de unas vacaciones. El equipaje debe estar preparado, la documentación en regla y la familia acostumbrada a que una llamada cambie el calendario. La UME vive con esa alerta permanente: nunca sabe con exactitud cuál será la próxima emergencia, aunque entrena como si fuese a comenzar esta misma noche.
La formación que convierte a un militar en rescatista
Todo miembro destinado en la UME debe recibir formación específica antes de intervenir. El Curso Básico de Emergencias constituye el punto de partida y se complementa después con especialidades relacionadas con incendios forestales, inundaciones, tormentas invernales, rescate urbano, rescate vertical, sanidad, transmisiones y riesgos tecnológicos o medioambientales.
La Escuela Militar de Emergencias, situada en Torrejón de Ardoz, dirige buena parte de esta enseñanza. También utiliza campos de prácticas e instalaciones repartidos por las bases de Morón de la Frontera, Bétera, Zaragoza y León. Allí se reproducen edificios dañados, espacios confinados, escenarios de inundación, zonas de rescate vertical y situaciones con sustancias peligrosas. El objetivo no es coleccionar diplomas, sino repetir maniobras hasta que la respuesta aparezca incluso con cansancio, frío, oscuridad o ruido.
Los instructores combinan acreditación técnica y experiencia operativa. En la escuela participan oficiales con formación universitaria, suboficiales con titulaciones técnicas y personal de tropa especializado, junto con expertos civiles, profesores asociados y profesionales de otros servicios de emergencia. La UME no vive encerrada tras una alambrada intelectual. Comparte métodos con bomberos, sanitarios, protección civil y universidades porque el fuego, el agua y los edificios derrumbados no suelen respetar organigramas administrativos.
La preparación es continua. Un rescatista urbano puede especializarse en apuntalamientos, corte de hormigón, rescate vertical, espacios confinados o elevación de grandes cargas. Otros militares se forman en contaminación química, radiológica y biológica; control de incendios forestales; navegación en aguas rápidas; montaña; cuevas; drones o comunicaciones de emergencia. Hay jornadas en las que se estudian incendios pasados casi metro a metro, como quien reconstruye una batalla, pero sin enemigo humano al que culpar.
Perros, sensores y turnos durante las 24 horas
El equipo enviado a Venezuela combina la búsqueda canina con cámaras de rescate, geófonos, sensores de banda ultraancha y drones. Las cámaras se introducen por pequeñas aberturas para explorar huecos. Los geófonos captan vibraciones mínimas, como golpes o movimientos, y ayudan a localizar una posible víctima. Los sensores pueden detectar desplazamientos o presencia humana tras determinados materiales. El dron ofrece una vista elevada, rápida y segura de zonas donde entrar a pie sería una temeridad.
Cuando aparece un indicio, comienza una secuencia meticulosa. Primero se reduce el ruido de maquinaria y personal. Se intenta establecer contacto mediante voces o golpes. Después se confirma la localización desde varios puntos, se estudia la estabilidad del edificio y se decide el acceso menos peligroso. Puede ser necesario perforar una placa, abrir un túnel lateral, levantar una carga con cojines neumáticos o descender mediante cuerdas. Cada movimiento altera el equilibrio de los escombros. Nada es inocente.
El apuntalamiento resulta esencial. Los rescatistas construyen soportes con madera o sistemas metálicos para impedir que paredes, techos y vigas vuelvan a desplazarse. Solo entonces avanzan. En ocasiones, retirar un bloque aparentemente pequeño libera el peso de toneladas situadas más arriba. La física, en estos lugares, tiene muy mal humor.
El componente sanitario entra en acción antes de que la víctima haya sido extraída. Médicos, enfermeros y técnicos pueden atenderla dentro del hueco, controlar hemorragias, administrar oxígeno, tratar un síndrome de aplastamiento y preparar una evacuación que quizá dure horas. Sacar a alguien demasiado deprisa también puede ser peligroso: después de permanecer comprimido durante mucho tiempo, la liberación súbita puede provocar alteraciones metabólicas y cardíacas graves.
El equipo está preparado para operar las 24 horas durante siete días y ser autosuficiente durante ese periodo. Transporta tiendas, alimentos, agua, generadores, iluminación, equipos sanitarios, comunicaciones y material de mantenimiento. Esta autonomía evita convertir a los rescatistas en una carga adicional para un país que ya tiene carreteras cortadas, hospitales saturados y redes eléctricas dañadas.
Una fuerza de 3.500 personas repartida por España
La UME dispone de una plantilla aproximada de 3.500 efectivos, entre personal militar y civil. Su estructura territorial está pensada para alcanzar cualquier punto de España con rapidez, normalmente en menos de cuatro horas desde la activación de las unidades correspondientes.
El Cuartel General, la Unidad de Cuartel General, el Regimiento de Apoyo e Intervención en Emergencias, el Batallón de Transmisiones, la Escuela Militar de Emergencias y el BIEM I se encuentran en Torrejón de Ardoz. El BIEM II tiene su base principal en Morón de la Frontera y destacamentos en Gando, Gran Canaria, y Los Rodeos, Tenerife. El BIEM III está en Bétera, Valencia; el BIEM IV, en Zaragoza; y el BIEM V, en San Andrés del Rabanedo, León.
Eso indica dónde están destinados, no necesariamente dónde nacieron ni dónde conservan su domicilio familiar. Los militares cambian de destino a lo largo de su carrera y pueden proceder de cualquier provincia española. Afirmar que todos los integrantes del contingente enviado a Venezuela viven en Sevilla sería confundir una base operativa con el padrón municipal. Algunos residirán cerca de Morón; otros mantendrán vínculos familiares en ciudades distintas.
El BIEM II, del que procede el equipo desplazado, cuenta con más de 600 militares distribuidos entre Andalucía y Canarias. Su zona habitual de responsabilidad comprende Andalucía, Extremadura, Canarias, Ceuta y Melilla, aunque una misión internacional rompe, naturalmente, ese mapa doméstico. Sus compañías trabajan en emergencias naturales, rescate, ingeniería, apoyo logístico, mando y servicios.
Los medios generales de la UME incluyen autobombas todoterreno, ambulancias, camiones, embarcaciones, quitanieves, maquinaria pesada, plantas de descontaminación, vehículos de comunicaciones y equipos de movimiento de tierras. También puede integrar recursos de otros ejércitos, como aeronaves de transporte, helicópteros o medios específicos de ingeniería. A Venezuela no se traslada todo ese catálogo —sería absurdo—, sino una carga seleccionada para localizar y extraer supervivientes entre estructuras colapsadas.
Tampoco existe un único sueldo de la UME. Sus integrantes cobran como personal de las Fuerzas Armadas conforme a su empleo, antigüedad, tipo de compromiso, destino y complementos. En 2026, un soldado o marinero con relación temporal puede situarse en torno a los 1.400 euros brutos mensuales, antes de añadir pagas extraordinarias, antigüedad o complementos variables. Con relación permanente, la retribución fija puede rondar los 1.870 euros brutos al mes.
La nómina real puede ser mayor por el componente singular del puesto, la dedicación especial, los trienios, gratificaciones o indemnizaciones asociadas a determinados servicios y desplazamientos. Un cabo, un sargento, un capitán, un médico militar o un ingeniero perciben cantidades distintas. Dar una cifra redonda y presentarla como el salario de todos quedaría muy limpio en una tabla, sí, pero sería engañoso.
Las misiones en el extranjero generan el régimen de indemnizaciones y compensaciones que corresponda según su naturaleza y duración. No todas se pagan igual ni una operación humanitaria breve equivale económicamente a un despliegue de seis meses en una zona de conflicto. La UME, por otra parte, exige una disponibilidad difícil de medir en horas extraordinarias convencionales: las emergencias no fichan al entrar ni preguntan si el domingo viene bien.
De Haití a Venezuela, veinte años entre catástrofes
La Unidad Militar de Emergencias fue creada por acuerdo del Consejo de Ministros el 7 de octubre de 2005. España necesitaba una fuerza capaz de concentrar personal, transporte y maquinaria ante incendios, inundaciones, grandes nevadas o terremotos que desbordaran los recursos ordinarios. Su organización inicial quedó regulada en 2006 y, con el tiempo, la unidad se integró como servicio público de intervención y asistencia dentro del Sistema Nacional de Protección Civil.
En dos décadas ha participado en más de 800 operaciones. La mayoría han estado vinculadas con incendios forestales, pero su historial incluye las inundaciones y rescates de la DANA de 2024, la erupción volcánica de La Palma, la borrasca Filomena, terremotos, nevadas, emergencias industriales y las operaciones desarrolladas durante la pandemia.
Durante la crisis sanitaria, la UME realizó miles de intervenciones de desinfección, apoyo logístico y asistencia. En La Palma, más de 1.300 militares pasaron por la isla durante los meses de la erupción. Tras la DANA que golpeó Valencia y otras zonas en octubre de 2024, la unidad coordinó medios de toda la estructura militar y rescató con vida a centenares de personas durante las primeras horas. Aquello dejó barro en las calles, dolor y una discusión política bastante menos útil que una pala.
Su experiencia sísmica internacional comenzó en Haití en 2010. Después llegaron Nepal en 2015, Ecuador en 2016, México en 2017, Turquía en 2023 y Marruecos ese mismo año. En Turquía, los rescatistas españoles localizaron supervivientes después de varios días bajo los escombros. En Marruecos, al ser uno de los primeros equipos internacionales en llegar, la UME organizó inicialmente la recepción y coordinación de otros grupos de rescate.
En 2011 se convirtió en el primer equipo formado exclusivamente por militares que obtenía la clasificación internacional de Naciones Unidas para búsqueda y rescate urbano. La certificación, renovada en 2016 y 2023, obliga a demostrar que el equipo puede movilizarse, cruzar fronteras, instalar una base, coordinarse con autoridades extranjeras, trabajar sin interrupción y sostenerse por sus propios medios.
No es una medalla decorativa. Evaluadores internacionales observan desde la preparación de la carga y el control de pasaportes hasta la búsqueda con perros, el corte de estructuras, la atención médica y la gestión de comunicaciones. La clasificación actual reconoce a la UME como equipo USAR medio hasta 2028.
También ha combatido incendios fuera de España. En septiembre de 2024 desplegó en Portugal a 364 militares y 116 vehículos, su mayor operación internacional hasta ese momento. Ha trabajado igualmente en Chile y ha aportado especialistas a respuestas coordinadas en distintos países. A la vez, forma a unidades extranjeras mediante el programa FORUME, que transmite conocimientos para crear batallones militares de emergencias adaptados a las necesidades de cada Estado.
Ese historial explica el respeto que despierta en servicios de protección civil y rescate de otros países. No porque los españoles posean una receta secreta, sino porque llegan con procedimientos compatibles con Naciones Unidas y la Unión Europea, comunicaciones, logística propia y personal acostumbrado a integrarse con otros equipos. En una catástrofe internacional, hablar el mismo idioma operativo importa casi tanto como llevar una buena herramienta.
Ayudar sin mandar en un país herido
La actuación en Venezuela se desarrolla a petición y bajo coordinación del país afectado, con apoyo del Mecanismo Europeo de Protección Civil y de las estructuras internacionales de Naciones Unidas. Las autoridades venezolanas conservan la dirección de la emergencia. Los equipos extranjeros reciben zonas de trabajo, comparten información y comunican sus hallazgos a los centros de coordinación establecidos sobre el terreno.
Este punto resulta especialmente importante en una relación política tan cargada de ruido como la de España y Venezuela. La UME no viaja para intervenir en la política venezolana, vigilar al Gobierno ni exhibir músculo militar. Viaja para buscar personas atrapadas. El uniforme no cambia la naturaleza humanitaria de la misión, aunque sí aporta disciplina, transporte, comunicaciones y capacidad de sostener una operación compleja.
El método internacional exige respeto por las autoridades locales, por los demás equipos y, sobre todo, por la población afectada. Los rescatistas no entran en una vivienda sin coordinación, no difunden imágenes de víctimas por su cuenta y no retiran restos sin documentar lo ocurrido. También deben considerar las costumbres culturales, la intimidad de las familias y la gestión local de los fallecidos. La eficacia sin tacto puede convertirse en otra forma de daño.
En las próximas horas, su trabajo será menos vistoso de lo que sugieren algunas fotografías. Habrá mapas marcados, estructuras descartadas, pausas para escuchar, turnos nocturnos, herramientas cubiertas de polvo y perros que regresan una y otra vez sobre el mismo montón de ruinas. Puede que encuentren supervivientes. Puede que solo ayuden a recuperar cuerpos y permitan a una familia despedirse.
Ahí está la verdadera dimensión de la UME enviada a Venezuela: militares convertidos en especialistas de emergencia, formados para entrar cuando casi todos intentan salir. Sin capa, sin frase épica y sin necesidad de jugar a los Rambos. Con casco, método y una paciencia obstinada frente al hormigón.

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