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¿Qué dijo Iñaki Gabilondo sobre el castellano en América y por qué?
La frase de Iñaki Gabilondo sobre el castellano en América abre una polémica que mezcla historia, televisión pública y memoria colonial viva

Resumen
- Gabilondo afirmó que la conquista no impuso el castellano a los amerindios
- La frase simplifica una historia con evangelización y órdenes de castellanizar
- La polémica mezcla el documental de RTVE con una vieja cita de Carlos Alsina
Iñaki Gabilondo ha quedado en el centro de una polémica por una frase incluida en La gran aventura de la lengua española, la serie documental que presenta en La 2. En el episodio dedicado a la expansión del idioma por América se afirma que la conquista española no impuso a los amerindios el aprendizaje del castellano. RTVE utilizó después esas mismas palabras para describir y promocionar el programa. La mecha estaba puesta.
El problema no reside tanto en que la idea sea completamente falsa como en su rotundidad. Durante las primeras etapas coloniales no existió una castellanización inmediata, uniforme y eficaz de todo el continente; numerosos religiosos aprendieron y emplearon náhuatl, quechua, aimara y guaraní, entre otras lenguas, para evangelizar. Pero la Corona también dictó disposiciones destinadas a extender el castellano y llegó a ordenar, ya en el siglo XVIII, que los demás idiomas fueran desplazados. Una realidad histórica con curvas, contradicciones y zonas oscuras que la televisión comprimió hasta dejarla casi irreconocible.
La frase exacta que encendió la polémica
El episodio, emitido el 21 de junio de 2026, lleva por título La expansión del español en América. Su sinopsis oficial abre con la afirmación que ha provocado el incendio: «La conquista española no impuso a los amerindios el aprendizaje del castellano». A continuación añade que los religiosos españoles utilizaban las lenguas nativas para evangelizar.
No se trató, por tanto, de una ocurrencia improvisada de Gabilondo ante una cámara ni de un comentario lanzado de pasada. La frase forma parte del relato guionizado del documental y fue asumida por RTVE como reclamo editorial. Centrar toda la responsabilidad en el presentador resulta cómodo —un rostro conocido siempre arde mejor en las redes—, aunque detrás figuran una dirección, una producción y un equipo asesor.
La serie consta de ocho capítulos, está dirigida por Pepe Azpiroz y cuenta con la participación de especialistas vinculados a la Real Academia Española. Santiago Muñoz Machado, director de la RAE, aparece como principal asesor histórico del formato. No estamos ante un vídeo doméstico grabado entre la cafetera y el desayuno, precisamente. De ahí que la frase haya causado más estupor: procede de una producción cultural de la televisión pública revestida de autoridad académica.
Por qué «no impuso» resulta demasiado rotundo
Hay una parte cierta en el planteamiento del documental. Los conquistadores y administradores españoles encontraron un continente inmenso, poblado por sociedades que hablaban centenares de idiomas. La implantación general del castellano era materialmente imposible durante las primeras décadas. Faltaban maestros, escuelas, funcionarios y hasta españoles suficientes para ejecutar semejante empresa.
Los religiosos entendieron pronto que la evangelización mediante intérpretes era lenta y poco fiable. Franciscanos, dominicos y jesuitas aprendieron lenguas indígenas, redactaron gramáticas, elaboraron vocabularios y predicaron en los idiomas locales. Algunas lenguas de gran difusión se convirtieron en lenguas generales, útiles para comunicarse con poblaciones distintas. El náhuatl en Nueva España, el quechua en los Andes o el guaraní en las misiones adquirieron así una extensión considerable.
Eso no convierte a la monarquía hispánica en una adelantada de los derechos lingüísticos. El uso de idiomas indígenas respondía, sobre todo, a una necesidad práctica: gobernar, catequizar y organizar territorios donde el castellano apenas era comprendido. Incluso la expansión de determinadas lenguas generales perjudicó a idiomas minoritarios de comunidades más pequeñas. La diversidad se utilizaba; no siempre se protegía.
Tampoco hubo una única política durante tres siglos. Se sucedieron órdenes contradictorias, debates entre religiosos y autoridades civiles, proyectos que apenas salieron del papel y medidas que cambiaban según el territorio. Hablar de América colonial como si fuera una sola provincia, con una única escuela y un funcionario obediente en cada esquina, es una fantasía retrospectiva.
Las órdenes que contradicen una negación absoluta
La dificultad para castellanizar no significa que nunca se intentara. La Corona promulgó distintas disposiciones para favorecer la enseñanza del español entre las poblaciones indígenas. En 1686, durante el reinado de Carlos II, se ordenó que los indígenas conocieran el castellano para poder dirigirse a las autoridades sin depender de intérpretes.
El giro más duro llegó con Carlos III. La Real Cédula de 1770 planteó abiertamente la desaparición de los diferentes idiomas y la extensión exclusiva del castellano. En varios territorios se impulsaron escuelas, se dieron instrucciones a sacerdotes y funcionarios y se pidió que los indígenas abandonaran sus lenguas. Que estas políticas se cumplieran de manera irregular no borra su intención.
Ese matiz es decisivo. Una orden puede fracasar y seguir siendo una imposición. Un Estado puede carecer de medios para ejecutar completamente una política y, aun así, ejercer presión administrativa, religiosa y social. Reducir la cuestión a que el castellano no se enseñó obligatoriamente a todos los indígenas desde el primer día es colocar el listón de la imposición en un lugar bastante pintoresco.
La formulación más rigurosa habría sido otra: el español no fue impuesto de forma inmediata, homogénea ni plenamente efectiva durante la primera conquista, pero las autoridades coloniales promovieron su aprendizaje y, en determinados periodos, aprobaron medidas explícitas para sustituir las lenguas indígenas. Menos brillante para un vídeo de pocos segundos. Mucho más cercana a los documentos históricos.
Tres siglos no caben en un eslogan
La polémica también nace de una trampa semántica. El documental habla de «la conquista española», una expresión que puede referirse a las campañas militares iniciales del siglo XVI o, de forma más amplia, a todo el dominio colonial. No es lo mismo. Durante los primeros contactos, la prioridad era conseguir intérpretes y comunicarse; dos siglos después, la política borbónica aspiraba a una mayor uniformidad lingüística y administrativa.
El castellano se extendió por caminos distintos. Lo llevaron los funcionarios, la Iglesia, las ciudades, el comercio, los colonos y las poblaciones mestizas. Fue lengua de prestigio, de acceso a determinados cargos y de relación con las instituciones. No necesitó aparecer siempre acompañado por una orden escrita: bastaba con que fuese el idioma del poder, del juzgado, del mercado principal o de la escuela.
Tras las independencias, los nuevos Estados americanos continuaron e incluso reforzaron en muchos lugares esa homogeneización. La escolarización nacional, el servicio militar y la administración republicana extendieron el español por zonas donde el Imperio apenas había logrado hacerlo. La castellanización, por tanto, no fue un fogonazo ocurrido en 1492, sino un proceso de siglos, desarrollado bajo gobiernos muy diferentes.
Ahí se pierde el documental cuando transforma un debate histórico complejo en una absolución general. Recordar que los misioneros hablaron lenguas indígenas es pertinente. Utilizar ese hecho para concluir que no hubo imposición del castellano resulta insuficiente. Es como negar la lluvia porque durante una parte de la tarde salió el sol.
La frase de Alsina no es una respuesta nueva
En paralelo a la controversia ha vuelto a circular una declaración de Carlos Alsina sobre Iñaki Gabilondo. El presentador de Más de uno afirmaba que prefería al Gabilondo reflexivo, ecuánime y distante, y recordaba una etapa en la que, a su juicio, el veterano periodista había pasado de la interpretación al activismo.
El comentario parece recién pronunciado al aparecer encabezando publicaciones difundidas estas horas, pero procede de una entrevista de 2015. No es una reacción de Alsina al documental ni una reprimenda pública por la frase sobre América. El reciclaje de declaraciones antiguas como si acabaran de suceder es uno de esos pequeños trucos digitales: se cambia el envoltorio, se conserva el pescado.
La coincidencia temporal ha alimentado la impresión de que varios periodistas estaban ajustando cuentas con Gabilondo a propósito del programa de RTVE. No hay base para establecer esa relación. Son dos historias distintas, unidas por los algoritmos, la oportunidad editorial y un apellido capaz de atraer miradas.
Ni leyenda negra ni barniz imperial
La discusión sobre la conquista española suele avanzar entre dos trincheras poco ventiladas. Una presenta tres siglos de historia como una sucesión uniforme de exterminio y prohibiciones; la otra convierte el Imperio en una benéfica asociación cultural dedicada a fundar universidades y conjugar verbos. En medio queda la historia real: violenta, mestiza, contradictoria, enorme.
El documental acierta al señalar que los religiosos utilizaron idiomas indígenas y que el castellano no sustituyó de golpe las lenguas americanas. Se equivoca, o al menos induce a error, cuando convierte esa evidencia en una negación general de la presión castellanizadora. Las disposiciones reales, las escuelas y la supremacía administrativa del español impiden sostener una absolución tan limpia.
Gabilondo ha puesto la voz, pero la polémica interpela sobre todo a RTVE y al planteamiento de la serie. La divulgación histórica exige simplificar; lo que no permite es arrancar la mitad incómoda del cuadro. El castellano no desembarcó en América como una apisonadora perfectamente organizada, aunque tampoco llegó como un huésped tímido que esperaba permiso junto a la puerta.
El ruido, en el fondo, procede de ahí. Una frase demasiado lisa ha intentado cubrir una historia llena de pliegues. Y la historia, por desgracia para las redes sociales, no cabe en una cartela de doce palabras.

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