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¿Qué exige la huelga que cierra tiendas de Gadis y Froiz en A Coruña?

La huelga paraliza tiendas y almacenes en A Coruña mientras sindicatos y patronal chocan por salarios, jornada, descansos y conciliación real

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supermercados casi nunca tienen ventanas

Resumen

  • La huelga cerró tiendas y frenó almacenes de Gadis y Froiz en A Coruña
  • Los sindicatos reclaman mejores salarios, menos jornada y más conciliación
  • El convenio sigue bloqueado tras cuatro días de paro y ocho reuniones

La tercera jornada de huelga en el comercio de alimentación de A Coruña dejó supermercados cerrados, secciones sin servicio y almacenes prácticamente paralizados. El impacto se concentró en Gadis y Froiz, las dos cadenas con mayor peso laboral y empresarial dentro del convenio provincial, aunque el paro afectaba al conjunto de establecimientos y plataformas de distribución incluidos en este ámbito.

La protesta, convocada por CIG, CCOO, UGT y USO, reclama subidas salariales que protejan el poder adquisitivo, una reducción de la jornada, horarios menos imprevisibles y mejoras reales para conciliar. La tercera jornada se celebró el martes 23 de junio y formaba parte de una convocatoria de cuatro días, prolongada hasta el miércoles 24 y colocada, nada casualmente, en plena campaña de San Juan, uno de los momentos de mayor actividad comercial del año en la provincia.

Tiendas cerradas y una logística que dejó de funcionar

El seguimiento fue especialmente elevado en los centros logísticos, el lugar donde una huelga empieza a hacerse visible antes incluso de que falten manos en las cajas. Según la CIG, en el almacén principal de Gadis en Piadela, Betanzos, apenas accedieron tres o cuatro personas entre personal temporal y alumnado en prácticas. Con semejante dotación, sacar adelante la actividad habitual era poco menos que intentar mover un tráiler empujándolo con el hombro.

En el centro de A Coruña cerraron establecimientos de Gadis y Froiz por falta de trabajadores. Otros lograron levantar la persiana, pero lo hicieron con secciones clausuradas, carteles advirtiendo de la escasez de personal y plantillas reducidas en muchos casos a responsables, empleados eventuales y cajeras con poca antigüedad.

La imagen se repitió fuera de la capital. En la comarca de Ferrol pararon centros logísticos situados en As Pontes, Ferrol y Narón. Grandes supermercados como los de Vilar do Colo, Freixeiro o Catabois registraron una actividad mínima, mientras que el establecimiento de Gadis en As Pontes terminó cerrando después de que la plantilla secundara el paro.

En Santiago de Compostela, la CIG situó el seguimiento alrededor del 90 % en Gadis y Froiz y aseguró que permanecieron cerrados todos los supermercados de ambas cadenas en la zona. También hubo cierres o funcionamiento bajo mínimos en Costa da Morte, Cee, Ribeira y Boiro. El mapa era amplio: puertas apagadas, persianas a medio recorrido y lineales que nadie podía reponer.

El salario es solo una parte del conflicto

La huelga no responde únicamente a una discusión porcentual sobre las nóminas. Los sindicatos sostienen que el sector arrastra años de pérdida de poder adquisitivo y que una parte importante de las plantillas cobra cantidades muy próximas al salario mínimo interprofesional, pese a la polivalencia que exige el trabajo diario.

Una cajera puede terminar reponiendo, atendiendo una sección de frescos, preparando pedidos o cubriendo a una compañera ausente. Sobre el papel son tareas separadas; en la práctica, el uniforme parece incluir el don de la ubicuidad. Las centrales denuncian que esa acumulación de funciones rara vez lleva aparejada una mejora de categoría o una compensación económica.

La propuesta sindical inicial planteaba una subida del 10 % en 2026, seguida de incrementos del 4,5 % en 2027 y del 4 % en 2028, con una cláusula de revisión vinculada al IPC real. La patronal ha defendido, por su parte, una subida total cercana al 10 % repartida en cuatro años y considera que asumir todas las demandas tendría un impacto difícil de soportar para las empresas pequeñas incluidas en el mismo convenio.

Una pelea por el tiempo, no solo por el dinero

El otro gran frente es la jornada laboral. Los sindicatos reclaman reducir el máximo anual, ordenar los calendarios con mayor antelación y garantizar descansos que permitan disponer de algunos fines de semana completos. También piden un complemento de antigüedad, mejoras en las bajas por incapacidad temporal y compensaciones para quienes trabajan los domingos en establecimientos que abren durante todo el año.

La conciliación suele sonar como una palabra amable en los discursos corporativos, casi decorativa. Aquí tiene una traducción bastante más concreta: saber cuándo se entra, cuándo se sale y si el sábado libre seguirá siendo libre cuando falte alguien en otra sección. Las organizaciones sindicales denuncian cambios de turno con poco margen, jornadas parciales que dificultan obtener un salario suficiente y una carga física elevada por la falta de personal.

El convenio afecta también a empresas pequeñas

La patronal insiste en que el convenio provincial no regula únicamente las condiciones de los grandes grupos. Bajo el mismo paraguas aparecen comercios y empresas con una capacidad financiera muy inferior a la de Gadis o Froiz. Su argumento es que una subida diseñada pensando en las cuentas de las cadenas principales puede convertirse en una losa para negocios de menor tamaño.

Los sindicatos responden que son precisamente los grupos más grandes quienes ejercen una influencia decisiva en la negociación y quienes deberían facilitar un acuerdo. Ahí está el nudo. Un convenio común debe evitar que las pequeñas empresas queden asfixiadas, pero tampoco puede utilizarse como un techo salarial permanente para miles de personas empleadas por compañías con mayor volumen de facturación.

Dos versiones enfrentadas sobre el bloqueo

Tras ocho reuniones sin acuerdo, las centrales acusan a la patronal de mantener paralizada la mesa negociadora y de presentar propuestas que no compensan la inflación acumulada. La asociación empresarial, en cambio, asegura haber planteado varias vías de mediación ante el Consello Galego de Relacións Laborais y reprocha a los sindicatos que no las aceptaran.

Tampoco coinciden plenamente las cifras de las movilizaciones. En la manifestación celebrada en A Coruña durante la tercera jornada, los sindicatos hablaron de unas 2.000 personas, mientras que la Policía Local rebajó la asistencia a alrededor de 600. Es una diferencia considerable, aunque no altera el hecho principal: la protesta logró afectar de manera visible a tiendas y centros de distribución en distintos puntos de la provincia.

Las organizaciones sindicales también denunciaron movimientos de trabajadores entre centros, refuerzos eventuales y presiones para reducir el seguimiento. Son acusaciones formuladas por la representación laboral y deben leerse como tales. La patronal sostiene que sus medidas buscaban mantener la actividad y atender a los clientes durante unas fechas especialmente intensas.

San Juan multiplicó el impacto de la protesta

Convocar los paros entre el 21 y el 24 de junio aumentó su repercusión. La víspera de San Juan dispara la venta de bebidas, hielo, carne, pescado y productos para celebraciones; cualquier interrupción en los almacenes llega rápido a las tiendas. No hizo falta que los supermercados se quedaran completamente vacíos para que el conflicto resultara evidente. Bastaron las secciones cerradas, la falta de reposición y las colas ante las pocas cajas disponibles.

La elección de las fechas fue una herramienta de presión sindical, como ocurre en otros sectores cuando los paros coinciden con periodos de máxima demanda. Para los consumidores supuso molestias y cambios de última hora. Para las plantillas, una forma de demostrar que el comercio alimentario no funciona solo con marcas, estanterías y campañas publicitarias: detrás hay personas descargando palés, cortando pescado, limpiando mostradores y ocupando cajas durante horas.

El conflicto sigue abierto después de cuatro días de paro

La secuencia de huelgas terminó el miércoles 24 de junio sin que se hubiera anunciado públicamente un acuerdo para renovar el convenio. El elevado seguimiento comunicado por los sindicatos refuerza su posición, pero no resuelve por sí solo las diferencias sobre salarios, jornada y organización del trabajo.

Gadis y Froiz han comprobado que mantener una tienda abierta con responsables y contratos temporales puede salvar unas horas, no sustituir una plantilla completa. Los trabajadores, a su vez, saben que una huelga prolongada también tiene un coste en sus nóminas. Entre ambos extremos queda la negociación, ese lugar bastante menos vistoso que una manifestación, pero donde tendrá que aparecer la salida.

El problema de fondo permanece intacto: quién asume el coste de la inflación, la falta de personal y la ampliación de horarios comerciales. Mientras esa respuesta no se traduzca en cifras y derechos aceptables para las dos partes, las persianas bajadas de junio no serán una anécdota, sino el aviso de un conflicto laboral que todavía conserva combustible.

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