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¿Quién fue Peter Max? Muere a los 88 años el gran icono psicodélico

Peter Max muere a los 88 años dejando una obra inconfundible: psicodelia, cultura pop, colores eléctricos y una biografía atravesada por el siglo XX.

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Peter Max

Resumen

  • Peter Max murió a los 88 años tras décadas ligado al arte psicodélico
  • Su estética convirtió colores, planetas y siluetas en iconos de los años 60
  • Yellow Submarine y el primer logo de MTV no fueron oficialmente obra suya

Peter Max, uno de los artistas que mejor convirtió en imágenes el vértigo de los años sesenta, ha muerto a los 88 años. El creador estadounidense de origen alemán falleció el lunes 14 de septiembre en un hospital de Manhattan, según confirmó su familia. Su muerte fue anunciada dos días después por su hijo, Adam Max. La familia no comunicó una causa concreta, aunque el artista llevaba años padeciendo una demencia avanzada.

Decir que Peter Max fue un pintor pop se queda bastante corto. Sus soles gigantes, perfiles humanos, planetas y arcoíris terminaron formando parte de la decoración visual de una generación. Carteles, portadas, sellos, ropa, relojes, aviones o barcos: pocas superficies parecían quedar fuera de su alcance. En plena cultura del flower power, sus dibujos funcionaban como una especie de banda sonora visual.

También conviene aclarar desde el principio un detalle que se ha repetido en algunas informaciones sobre su muerte: Max no figura como autor oficial de la portada ni del diseño de Yellow Submarine de los Beatles, y tampoco fue el creador del logotipo original de MTV. Ambas atribuciones tienen una historia detrás, pero los créditos documentados corresponden a otros diseñadores.

Peter Max, el hombre que hizo fluorescentes los años 60

Había algo reconocible a veinte metros de distancia en una obra de Peter Max. Colores saturados, cielos imposibles, estrellas y figuras flotantes, una alegría gráfica que hoy puede resultar casi ingenua. Pero esa ingenuidad era precisamente parte de su fuerza. Mientras una parte del arte contemporáneo avanzaba por territorios más conceptuales, Max llenaba la calle de imágenes que cualquiera podía reconocer.

Su ascenso fue fulminante. A finales de los sesenta, sus pósteres estaban pegados en dormitorios universitarios de medio Estados Unidos y su estética había saltado a objetos domésticos, textiles y productos comerciales. Llegó a haber más de 70 líneas de productos vinculadas a sus diseños. En 1969 apareció en la portada de Life, convertido ya no solo en artista, sino en personaje de la cultura popular estadounidense.

No todos los críticos aceptaron con entusiasmo aquella mezcla de arte y negocio. Precisamente ahí estaba una de sus peculiaridades. Peter Max no veía demasiado sentido en levantar una muralla entre una galería y una taza de café. Su obra podía colgar de una pared y, al mismo tiempo, terminar impresa en una sábana. Una herejía para ciertos puristas; una anticipación bastante precisa, vista desde 2026, de cómo acabarían funcionando la cultura visual y las marcas personales.

De Berlín a Nueva York, con medio mundo por el camino

Peter Max Finkelstein nació en Berlín en 1937, en el seno de una familia judía. Cuando apenas era un bebé, sus padres huyeron de la Alemania nazi. La familia se instaló durante años en Shanghái, pasó posteriormente por Israel y París y acabó llegando a Nueva York en 1953. Aquella infancia nómada dejó huellas visibles: caligrafía asiática, pintura europea, espiritualidad oriental, cultura estadounidense y una obsesión temprana por el cielo y la astronomía.

En Nueva York estudió en la Art Students League, donde recibió una formación bastante más clásica de lo que sugerirían después sus arcoíris cósmicos. También pasó por la School of Visual Arts y en 1962 abrió un pequeño estudio de diseño en Manhattan junto a Tom Daly. Primero llegaron ilustraciones y trabajos comerciales. Después, el estallido.

El realismo aprendido en las aulas fue dejando paso a una mezcla de pop, psicodelia y colores casi sin freno. Max estaba fascinado por el espacio. El cosmos aparecía una y otra vez en sus obras, pero no como un paisaje científico: era un escenario mental, un lugar poblado de estrellas, perfiles, nubes y personajes suspendidos en una gravedad propia.

Cuando el arte salió del museo y se volvió paisaje

Peter Max entendió muy pronto algo que después se volvería habitual: una imagen puede escapar del lienzo y ocupar prácticamente cualquier soporte. Su trabajo apareció en sellos postales estadounidenses, campañas y grandes acontecimientos deportivos. Fue artista oficial de eventos como el Mundial de fútbol de 1994 y trabajó en proyectos vinculados al Super Bowl, los Juegos Olímpicos y otras grandes citas.

Uno de sus motivos más persistentes fue la Estatua de la Libertad. Comenzó a pintarla de forma recurrente durante las celebraciones del bicentenario estadounidense de 1976 y acabó convirtiéndola en uno de sus iconos personales. En 1981 realizó seis grandes versiones de la estatua en la Casa Blanca durante una celebración del 4 de julio. Años después participaría también en iniciativas vinculadas a su restauración.

Esa relación con la cultura estadounidense resulta curiosa teniendo en cuenta su biografía: un niño que había tenido que abandonar Alemania por el nazismo terminó apropiándose visualmente de uno de los símbolos más reconocibles de Estados Unidos. La libertad, en sus cuadros, tenía colores de neón.

De un Boeing 777 al casco de un crucero

Con Max las dimensiones tampoco eran un problema. En 2000 su obra cubrió el fuselaje de un Boeing 777 de Continental Airlines, bautizado como el avión del milenio de Nueva York. En 2013 Norwegian Cruise Line le encargó la decoración exterior del Norwegian Breakaway, un enorme crucero cuya superficie se convirtió literalmente en un lienzo flotante.

Ahí aparece quizá la mejor manera de entenderlo. Max no trabajaba exclusivamente para el visitante silencioso de un museo; quería imágenes expuestas al tráfico cotidiano. Un avión despegando, un barco entrando en puerto, un sello viajando dentro de un sobre. Su obra tenía vocación de circulación.

Eso explica parte de su enorme éxito popular y también las reservas de ciertos sectores de la crítica. Era demasiado comercial para quienes exigían solemnidad, demasiado optimista para quienes asociaban profundidad con oscuridad. Mientras tanto, el público seguía reconociendo sus colores. El Museo de Arte Moderno de Nueva York conserva varias obras de Peter Max en su colección, y su trabajo ha formado parte de numerosas exposiciones internacionales.

Yellow Submarine y MTV: dos créditos que necesitan matiz

La muerte de Peter Max ha vuelto a poner en circulación una vieja confusión. Algunas informaciones lo presentan como autor de la portada del álbum Yellow Submarine de los Beatles. Sin embargo, la documentación oficial identifica a Heinz Edelmann como director artístico de la película animada de 1968, cuyo universo gráfico sirvió también de base para la iconografía asociada al disco.

La confusión no surgió de la nada. El estilo de Max y el de Yellow Submarine comparten colores intensos, curvas y fantasía psicodélica, esa atmósfera visual tan ligada a finales de los sesenta. El propio Max sostuvo en una entrevista de 2012 que había realizado un concepto inicial antes de que Edelmann asumiera el proyecto. También se ha descrito su participación como un trabajo temprano de consultoría, mientras que los créditos oficiales permanecen asociados a Edelmann.

Algo parecido ocurre con MTV. Algunas necrológicas le atribuyen el primer logotipo de la cadena musical, pero la historia documentada del diseño señala al estudio neoyorquino Manhattan Design, formado por Pat Gorman, Frank Olinsky y Patti Rogoff, bajo la dirección creativa de Fred Seibert. Fue aquel equipo el que desarrolló la célebre M maciza con las letras TV superpuestas que acompañó el lanzamiento de la cadena en 1981.

No hace falta colocarle a Peter Max obras ajenas para agrandar su biografía. La suya ya era suficientemente grande.

El color que sobrevivió a una época

Durante sus últimos años, la vida de Max se alejó mucho de aquella luminosidad permanente de sus cuadros. Su deterioro cognitivo había avanzado y su situación personal y empresarial quedó rodeada de conflictos familiares y judiciales. La noticia de su fallecimiento, sin embargo, devuelve la mirada hacia una producción artística que atravesó más de medio siglo y que nunca perdió del todo su vocabulario original.

Peter Max deja dos hijos, Adam y Libra. En el comunicado difundido tras su muerte, Adam recordó la creatividad, la curiosidad y la capacidad de su padre para encontrar belleza prácticamente en cualquier lugar. Una descripción que encaja bastante bien con sus cuadros: incluso cuando el mundo real se volvía gris, Max parecía empeñado en añadirle otra capa de naranja, azul eléctrico, amarillo y violeta.

Su estética pertenece inevitablemente a los años sesenta, pero no quedó encerrada allí. Reapareció en la publicidad, el diseño gráfico, la moda, los videoclips y esa cultura contemporánea que mezcla sin demasiado pudor arte, entretenimiento y consumo. Quizá por eso sus imágenes siguen resultando familiares incluso para quienes nunca supieron quién las había pintado.

Peter Max murió a los 88 años. Queda una obra excesiva, comercial, alegre, discutida y profundamente reconocible. Y quedan aquellos colores: como si alguien hubiese abierto una caja de rotuladores fluorescentes en mitad del siglo XX y hubiera decidido no volver a cerrarla.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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