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Blue Origin frente a SpaceX: la amenaza real del New Glenn

Un aterrizaje cambió el escenario, pero la distancia operativa entre Bezos y Musk sigue siendo considerable.

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lanzamiento del cochete Blue Origin

Imagen de Kevin M. Gill, Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0

Blue Origin ya ha demostrado que el New Glenn puede alcanzar la órbita y recuperar su primera etapa, un avance que convierte a la empresa de Jeff Bezos en una alternativa más creíble para misiones pesadas. Pero un aterrizaje logrado no equivale a una flota operativa: SpaceX mantiene una ventaja muy amplia en frecuencia de vuelos, experiencia y capacidad para reutilizar sus cohetes de forma habitual.

La diferencia entre ambas compañías se aprecia mejor en el calendario que en las promesas de carga útil. El New Glenn puede competir por satélites voluminosos, contratos públicos y misiones lunares, pero todavía debe encadenar vuelos, resolver contratiempos y demostrar que puede ofrecer fechas fiables. Por eso, la amenaza de Blue Origin es real en el plano estratégico, aunque aún no ha desplazado el liderazgo industrial de SpaceX.

El aterrizaje que cambió la posición de Blue Origin

El 13 de noviembre de 2025, el New Glenn despegó desde la plataforma LC-36 de Cabo Cañaveral con las dos sondas Blue y Gold de la misión ESCAPADE de la NASA. Tras separarse las etapas, la segunda continuó el vuelo con la carga científica y el propulsor regresó hacia el Atlántico. La primera etapa aterrizó sobre la barcaza Jacklyn, a cientos de kilómetros de la costa, en la primera recuperación exitosa de un propulsor orbital de Blue Origin.

El logro tuvo un significado especial porque el primer vuelo del cohete, en enero de ese año, había alcanzado el espacio, pero no había conseguido recuperar el propulsor. En noviembre, la empresa completó ambas partes de la prueba: llevar la misión a la órbita y traer de vuelta la etapa diseñada para volar de nuevo. Esa combinación es la que hace posible reducir el coste de cada lanzamiento, siempre que el vehículo pueda reacondicionarse y volver a volar sin largos periodos de espera.

ESCAPADE también dio al programa una referencia importante más allá de la demostración técnica. Las dos sondas, construidas por Rocket Lab y lideradas por la Universidad de California en Berkeley, están destinadas a estudiar cómo interactúa el viento solar con el entorno magnético de Marte y cómo ese proceso afecta a su tenue atmósfera. La misión amplía la experiencia de Blue Origin en operaciones de alta energía y en el uso de la etapa superior, aunque el éxito científico de la carga y la madurez comercial del cohete son pruebas distintas.

La misión no convirtió de inmediato al New Glenn en un rival equivalente al Falcon 9. Sí modificó, en cambio, la conversación con agencias espaciales y operadores: ya no se trataba de valorar únicamente un diseño sobre el papel. Blue Origin había realizado un vuelo orbital para un cliente de alto perfil y recuperado su primera etapa. En un sector donde los calendarios y la confianza pesan tanto como la potencia, esa evidencia reduce parte del riesgo percibido.

Capacidad y diseño: un lanzador para cargas grandes

El New Glenn mide 98 metros de altura y tiene siete metros de diámetro. Su capacidad declarada alcanza las 45 toneladas en órbita terrestre baja y supera las 13 toneladas en órbita de transferencia geoestacionaria. La carena de siete metros —la cubierta que protege la carga durante el ascenso— ofrece más volumen que las carenas de cinco metros habituales en buena parte del mercado. Eso permite acomodar satélites grandes o varias cargas con geometrías difíciles, una ventaja que no se resume en el peso total.

La configuración también está pensada para misiones exigentes. La primera etapa utiliza siete motores BE-4 de metano y oxígeno líquido; la segunda monta dos BE-3U de hidrógeno y oxígeno, adecuados para operar en el vacío y realizar encendidos durante el trayecto. Blue Origin ha diseñado el propulsor para un mínimo de 25 vuelos. La cifra expresa un objetivo de diseño, no una demostración de que ya haya completado esas reutilizaciones: el ciclo de inspección, reparación y certificación debe probarse con vehículos que regresan de misiones reales.

La capacidad útil tampoco permite declarar un ganador por sí sola. Falcon 9 ofrece, según las cifras recogidas en el artículo original, hasta 22,8 toneladas a órbita baja y 8,3 a órbita de transferencia geoestacionaria; Falcon Heavy llega a 63,8 toneladas en órbita baja y 26,7 en esa órbita de transferencia cuando vuela sin recuperar sus etapas. El New Glenn queda en un segmento pesado, entre las prestaciones del Falcon 9 y las del Falcon Heavy en algunas comparaciones, aunque el tamaño de la carga, la órbita y la recuperación prevista cambian el resultado de cada misión.

También importa el volumen. Una carena más ancha puede ser decisiva para satélites que no caben fácilmente en un espacio menor, incluso si otro cohete pudiera transportar una masa comparable. La ventaja potencial aparece en constelaciones de satélites grandes, cargas dobles y vehículos destinados a trayectorias más allá de la órbita terrestre. Para misiones pequeñas o frecuentes, en cambio, la capacidad adicional puede no compensar un precio o un calendario menos competitivos. El mercado no compra toneladas abstractas: compra una órbita concreta y una fecha de entrega.

Reutilizar una vez no es reutilizar a escala

SpaceX convirtió la recuperación de la primera etapa del Falcon 9 en una operación repetida desde 2015. A lo largo de la última década, la empresa ha acumulado centenares de aterrizajes y ha afinado las tareas de inspección y reacondicionamiento. Esa experiencia permite programar vuelos con una regularidad que la competencia todavía no iguala. Blue Origin, por su parte, ya había logrado aterrizar la primera etapa de su cohete suborbital New Shepard, pero recuperar un vehículo orbital pesado plantea otras exigencias de energía, velocidad y operaciones.

El vuelo de noviembre probó que el New Glenn podía volver de una misión orbital sin perder el propulsor. No demostró aún cuántos días o semanas necesita la empresa para preparar esa etapa para otro lanzamiento, ni cuánto trabajo requiere cada retorno. El ahorro anunciado por la reutilización depende de que el cohete vuelva a volar con un mantenimiento asumible. Si cada aterrizaje exige una revisión larga o cambios costosos, parte de la ventaja económica desaparece.

La trayectoria posterior ilustra por qué el aterrizaje es solo una parte de la prueba. En su tercer vuelo, en abril de 2026, el propulsor consiguió posarse en una barcaza, pero un fallo de la etapa superior impidió colocar en órbita el satélite de AST SpaceMobile, que terminó reentrando en la atmósfera. La recuperación fue un éxito para el hardware reutilizable; la misión completa, no. Un cohete debe entregar la carga y regresar, no elegir entre una tarea y la otra.

Más tarde, una prueba de encendido en tierra para preparar otro vuelo acabó en una explosión. Blue Origin informó de una anomalía y señaló que todo el personal estaba a salvo; la prueba no era un lanzamiento y, según la información disponible, no había satélites de Amazon a bordo. La FAA indicó que el ensayo quedaba fuera de las actividades que licencia y que no afectó al tráfico aéreo. El incidente obliga a revisar la preparación del siguiente vuelo, pero no borra los aterrizajes ya realizados. Sí recuerda que el programa sigue en una fase de aprendizaje con consecuencias para su ritmo.

La distancia que todavía separa a SpaceX

La ventaja de SpaceX no consiste solo en tener un cohete reutilizable, sino en haber construido alrededor de él una operación sostenida. En 2024, los Falcon realizaron 133 lanzamientos, con un fallo, según el recuento citado en la información de referencia. Ese año hubo 145 lanzamientos desde Estados Unidos y 263 en todo el mundo. La escala de actividad de la compañía —alimentada en parte por el despliegue de Starlink— ofrece oportunidades para perfeccionar procesos y repartir costes entre muchas misiones. Blue Origin aún no se acerca a ese volumen de vuelos.

La cartera de clientes también refuerza esa posición. SpaceX combina contratos comerciales con misiones de la NASA y del Departamento de Defensa, además de lanzar sus propios satélites. La demanda interna de Starlink contribuye a sostener una cadencia elevada, aunque no sea una ventaja que un competidor pueda reproducir simplemente ofreciendo un cohete parecido. Blue Origin necesita una secuencia de clientes y vuelos que mantenga la producción activa, genere experiencia y permita programar la actividad con menos pausas.

El New Glenn tiene otra ambición industrial: entrar en misiones que el Falcon 9 no puede cubrir con la misma facilidad por capacidad o volumen, y ofrecer una segunda opción para cargas pesadas. Falcon Heavy ocupa parte de ese terreno y Starship aspira a elevar mucho más el umbral de carga, pero el desarrollo de un sistema nuevo también implica pruebas, certificaciones y riesgos técnicos. La comparación útil no es entre el cohete actual de Blue Origin y la versión futura ideal de SpaceX, sino entre vehículos disponibles para una misión concreta en el momento en que debe volar.

Starship es, por ahora, una apuesta de futuro con una arquitectura distinta y objetivos de reutilización más ambiciosos. Sus pruebas han incluido amerizajes controlados de la primera etapa Super Heavy y la captura del propulsor con los brazos de la torre en Boca Chica, Texas. Sin embargo, completar de manera fiable el ciclo de recuperación y certificar el sistema para misiones regulares son retos todavía relevantes. Esto deja espacio para que New Glenn compita en el corto plazo, pero no convierte automáticamente a Blue Origin en la empresa con mayor capacidad de lanzamiento.

El precio y los contratos pueden abrir una brecha

Las cifras de capacidad no bastan para saber si Blue Origin podrá arrebatar clientes. Una comparación recogida en la información de referencia atribuye al New Glenn un precio aproximado de 110 millones de dólares por lanzamiento, frente a unos 70 millones para un Falcon 9. Esas cantidades proceden de estimaciones atribuidas a un antiguo empleado y no deben confundirse con una tarifa pública universal. El argumento comercial es que el New Glenn podría transportar una carga mayor por un precio total solo parcialmente superior. El coste por satélite o por unidad de carga puede ser más revelador que el precio de un vuelo.

La comparación cambia según la misión. Si el cliente necesita lanzar varios satélites pequeños, agruparlos en un cohete puede mejorar la economía; si el calendario exige una fecha precisa, la disponibilidad del lanzador puede pesar más que la capacidad máxima. Para una carga voluminosa, la carena amplia de New Glenn podría evitar soluciones complejas de integración. Pero cualquier ahorro potencial pierde atractivo si el vuelo se retrasa, si la etapa superior no completa su misión o si hay pocas oportunidades de lanzamiento. La promesa de un precio competitivo debe sostenerse con vuelos cumplidos y repetibles.

Amazon es un cliente especialmente importante porque Blue Origin ha sido seleccionada para lanzar una parte de su constelación Leo, antes conocida como Project Kuiper. Según la información financiera citada por la competencia, Amazon planeaba pagar a Blue Origin un total de 2.700 millones de dólares hasta 2028. Los planes contemplaban que New Glenn transportara al menos el 23 % de la constelación y, potencialmente, hasta la mitad. La magnitud del acuerdo puede dar al cohete una base de trabajo, aunque el calendario de despliegue depende de que el lanzador esté disponible con la regularidad requerida.

En una misión de AST SpaceMobile, la diferencia entre capacidad y operación se hizo especialmente visible: la empresa había previsto que New Glenn pudiera llevar ocho satélites Block 2, mientras que Falcon 9 transportaba cuatro. Ese tipo de configuración puede reducir el número de vuelos necesarios para desplegar una constelación. Sin embargo, la pérdida de la carga en el tercer vuelo demuestra que el valor de transportar más satélites solo se materializa cuando la etapa superior los entrega correctamente. La carga útil prometida y la carga útil efectivamente puesta en órbita no son equivalentes.

La NASA y el Gobierno necesitan más de un proveedor

La competencia también se juega en el sector público, donde contar con alternativas reduce la dependencia de una sola empresa. El Departamento de Defensa seleccionó a Blue Origin, SpaceX y United Launch Alliance para competir por contratos de lanzamiento que podían alcanzar los 5.600 millones de dólares hasta 2029. No significa que Blue Origin tenga garantizada esa cantidad: significa que puede disputar misiones si cumple los requisitos técnicos y operativos. Para el Gobierno, la redundancia puede ser valiosa incluso antes de que los precios caigan, porque evita que una interrupción afecte a todos los lanzamientos de una categoría.

La relación de Blue Origin con la NASA va más allá de ESCAPADE. La empresa desarrolla Blue Moon, un alunizador que fue elegido como segundo proveedor para Artemis V en 2023, mientras SpaceX trabaja en su propio sistema lunar. Los contratos de la agencia no hacen equivalentes a ambas compañías: cada programa tiene hitos, calendarios y exigencias distintos. Pero sí muestran que la NASA busca mantener más de una vía para algunas partes de su arquitectura lunar. Un proveedor alternativo puede tener valor estratégico aunque todavía no lidere el mercado comercial.

La política añade incertidumbre. Los contratos federales dependen de decisiones presupuestarias, prioridades de cada Administración y procesos de adjudicación que pueden cambiar. También se ha planteado la preocupación de que la cercanía de Elon Musk con responsables políticos pueda influir en el entorno de SpaceX, mientras Jeff Bezos ha expresado confianza en que su rival no empleará su influencia para perjudicar a otras empresas. No hay base para presentar ese temor como un resultado demostrado. Lo que sí puede afirmarse es que la competencia por fondos públicos se desarrolla en un contexto político, además de técnico.

Para Blue Origin, el capital y la paciencia de Bezos han permitido financiar años de desarrollo antes de que New Glenn entrara en servicio. La empresa también diseñó el motor BE-4, utilizado por el cohete Vulcan de United Launch Alliance, y construyó instalaciones para producir motores y propulsores a una escala mayor. Los planes divulgados apuntaban a sostener hasta 12 lanzamientos anuales y a elevar la producción de motores; son objetivos industriales, no cifras de vuelos ya alcanzados. La infraestructura sirve de poco si la cadena de pruebas y lanzamientos no avanza al mismo ritmo.

Una amenaza estratégica, todavía no un relevo

Blue Origin amenaza el dominio de SpaceX sobre todo porque puede ofrecer una alternativa reutilizable en el segmento pesado, captar contratos institucionales y proporcionar espacio de carga para satélites que requieren más volumen. Su aterrizaje exitoso de 2025 fue un hito y los acuerdos con Amazon y organismos públicos le dan una razón concreta para aumentar la actividad. Pero el fallo de la etapa superior en abril de 2026 y la explosión durante una prueba en tierra muestran que el programa todavía está expuesto a contratiempos que afectan a la confianza y al calendario. La amenaza existe, pero su alcance depende de una regularidad que aún debe demostrar.

El sistema espacial tampoco funciona como una carrera en la que solo pueda quedar un ganador. Los satélites comerciales, las misiones científicas, los lanzamientos de defensa y los vuelos lunares no piden exactamente el mismo cohete. Una segunda empresa capaz de servir cargas pesadas puede aliviar cuellos de botella, generar competencia por los contratos y dar margen a agencias y operadores cuando un vehículo queda en tierra. En ese sentido, la entrada de Blue Origin ya tiene importancia, incluso antes de que pueda igualar el ritmo de SpaceX.

La prueba decisiva no será una nueva cifra de capacidad ni otra imagen de un propulsor sobre una barcaza. Será la repetición: recuperar etapas, volver a volarlas, completar misiones y mantener una cadencia suficiente para cumplir compromisos comerciales. SpaceX ha acumulado una década de experiencia y una actividad que multiplica la de su rival; Blue Origin ha mostrado que puede acercarse en una maniobra crucial, pero aún necesita convertir el avance en rutina. Por ahora, New Glenn abre una competencia que SpaceX sigue dominando, aunque ya no puede tratarse como un rival meramente hipotético.

Ese cambio importa porque la industria necesita más capacidad disponible y menos dependencia de un solo proveedor. Si Blue Origin estabiliza el cohete, el mercado podrá comparar ofertas con datos de vuelos y no solo con planes de diseño. Si los problemas se repiten o los lanzamientos siguen espaciados, el liderazgo de SpaceX conservará una distancia considerable. La disputa se decidirá en hangares, líneas de producción y calendarios cumplidos: la verdadera medida de la amenaza será cuántas veces New Glenn consiga volver a volar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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