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Economía

¿Tarjeta de débito o crédito? Cuándo conviene usar cada una y por qué

Débito y crédito no sirven exactamente para lo mismo. Repasamos cuándo conviene usar cada tarjeta, qué costes puede tener y dónde están los riesgos.

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Tarjeta de débito o crédito

Resumen

  • El débito descuenta el gasto de la cuenta casi al momento
  • El crédito permite pagar después y puede generar intereses si se aplaza
  • En hoteles y coches de alquiler, el crédito puede facilitar las garantías

Elegir entre tarjeta de débito o crédito depende menos del tamaño de la compra que de una cuestión bastante sencilla: de dónde quieres que salga el dinero y cuándo. Con una tarjeta de débito, el importe se descuenta prácticamente al momento de la cuenta corriente; con una de crédito, es la entidad la que adelanta el dinero y lo recupera después según la modalidad contratada.

Para los gastos cotidianos, el débito suele ser la opción más simple: supermercado, gasolina, farmacia, una comida o pequeños pagos del día a día. El crédito gana utilidad en situaciones concretas, especialmente reservas de hoteles, alquiler de coches, determinados viajes o compras en las que interesa no bloquear directamente el saldo de la cuenta. Pero hay una condición que cambia por completo la película: pagar el crédito íntegramente al vencimiento no es lo mismo que aplazarlo en pequeñas cuotas.

Débito para gastar el dinero que realmente tienes

La tarjeta de débito funciona casi como una prolongación electrónica de la cuenta bancaria. Pagas 50 euros y, salvo particularidades de contabilización, esos 50 euros salen de tu saldo. No hay préstamo detrás ni una factura que llegará semanas después.

Eso tiene una ventaja evidente: hace más difícil gastar dinero que todavía no se posee. El límite natural de la tarjeta es el saldo disponible, aunque algunas cuentas puedan admitir descubiertos o condiciones especiales. Para quien quiere saber de un vistazo cuánto le queda hasta final de mes, resulta bastante transparente.

También evita uno de los equívocos clásicos de las finanzas domésticas. Mirar la cuenta después de varias semanas pagando todo a crédito puede dar una sensación engañosa de abundancia: el dinero sigue allí, sí, pero parte ya tiene dueño. Llegará el cargo de la tarjeta. Con débito, esa especie de espejismo contable prácticamente desaparece.

No significa que sea imposible perder el control. Se puede gastar compulsivamente con débito, efectivo, móvil o probablemente con monedas de chocolate si alguien se empeña. Pero cada compra reduce inmediatamente el dinero disponible, y esa fricción ayuda a visualizar mejor el presupuesto real.

Crédito no significa necesariamente pagar intereses

Aquí aparece una confusión frecuente. Utilizar una tarjeta de crédito no implica automáticamente endeudarse durante meses ni pagar intereses.

Muchas tarjetas permiten acumular las operaciones realizadas durante un periodo y cobrar después todo el importe de una sola vez, habitualmente al mes siguiente. En esa modalidad, denominada con frecuencia pago total o pago a fin de mes, normalmente no se generan intereses por las compras siempre que se liquide la deuda íntegramente según las condiciones del contrato.

Así, alguien puede comprar el día 10 con crédito y ver cargado el importe semanas después. Hay financiación temporal, técnicamente, pero no necesariamente un coste financiero.

Otra cosa muy distinta es seleccionar el pago aplazado y dividir la deuda mediante cuotas. Ahí entran los intereses y, con ellos, las cuentas se vuelven bastante menos amables.

Cuando el aplazamiento convierte una compra pequeña en una deuda larga

Las tarjetas conocidas como revolving permiten devolver el dinero mediante una cuota fija o un porcentaje periódico. Parece cómodo porque la mensualidad puede ser pequeña. Precisamente ahí está el peligro.

Si la cuota elegida es demasiado baja respecto a la deuda y a los intereses que genera, el capital se amortiza muy despacio. Incluso puede ocurrir que nuevas compras vuelvan a alimentar el saldo pendiente mientras se intenta pagar lo anterior. Una adquisición que parecía perfectamente asumible termina viajando de extracto en extracto durante meses.

Por eso no basta con preguntar cuánto cuesta la cuota mensual. Importa la TAE, el coste total del crédito, cuánto capital se amortiza realmente cada mes y cuánto se terminará pagando. Una cuota de 40 euros suena mucho menos inquietante que una deuda de varios años; ambas cosas, sin embargo, pueden describir exactamente el mismo contrato.

Una persona que gasta 700 euros mensuales con crédito y abona los 700 euros íntegros al vencimiento está en una situación muy diferente de otra que debe 700 euros y decide devolverlos mediante una cuota pequeña. En el primer caso se está utilizando el calendario de cobro de la tarjeta; en el segundo, un préstamo.

También importa vigilar el límite concedido. Que un banco permita gastar 3.000 euros no significa que el presupuesto familiar pueda permitirse gastar 3.000 euros. El límite de crédito no es capacidad económica; únicamente indica hasta dónde está dispuesto a financiar la entidad dentro de las condiciones acordadas.

Hoteles, coches de alquiler y viajes cambian las reglas

Hay escenarios en los que tener una tarjeta de crédito resulta especialmente útil. Los hoteles y compañías de alquiler de vehículos pueden exigirla para garantizar una reserva o cubrir posibles gastos posteriores.

El motivo está en las preautorizaciones. El establecimiento puede bloquear temporalmente una cantidad: por ejemplo, varios cientos de euros como garantía de un coche de alquiler. Si se hace sobre una tarjeta de débito, ese bloqueo puede reducir el saldo de la cuenta que queda disponible para otros gastos. Si se realiza sobre una tarjeta de crédito, normalmente reduce el límite de crédito disponible, no el dinero de la cuenta corriente en ese instante.

Un depósito de 600 euros no se siente igual en ambas tarjetas

Imaginemos unas vacaciones con 1.500 euros disponibles en la cuenta. La empresa de alquiler retiene temporalmente 600 euros como depósito. Si ese bloqueo afecta al saldo asociado al débito, la liquidez efectiva durante el viaje puede quedar sensiblemente reducida. Con una tarjeta de crédito que tenga límite suficiente, la retención se desplaza a ese margen de crédito.

No todos los hoteles ni todas las compañías funcionan igual, y algunas aceptan perfectamente débito. Conviene revisar las condiciones antes de reservar porque el tipo de tarjeta exigido lo decide el establecimiento dentro de sus condiciones de contratación.

En el extranjero hay otra variable que pesa incluso más que elegir crédito o débito: las comisiones de cada tarjeta. Dos tarjetas de débito pueden tener costes radicalmente distintos por cambio de moneda o retirada en cajeros. Lo mismo ocurre con las de crédito.

Cuando un terminal ofrece pagar en euros o en la moneda local, las dos opciones pueden aplicar conversiones y costes diferentes. Elegir la moneda del comercio deja la conversión posterior en manos de la entidad emisora de la tarjeta; aceptar el importe convertido a euros aplica las condiciones mostradas por el proveedor de esa conversión. Aquí merece la pena mirar la pantalla y el contrato: el apellido “crédito” o “débito” dice menos que la tarifa concreta.

Compras por internet, cajeros y seguridad de la tarjeta

Se suele escuchar que para comprar online siempre es mejor utilizar crédito. La realidad tiene más matices. Las reglas sobre operaciones no autorizadas y los mecanismos de seguridad de los pagos electrónicos no convierten automáticamente una tarjeta de crédito en segura y una de débito en insegura.

La autenticación reforzada —por ejemplo, confirmar determinadas operaciones mediante la aplicación bancaria, un código o biometría— añadió una segunda barrera frente a muchos fraudes. Si una tarjeta es robada, clonada o utilizada sin autorización, existen procedimientos de reclamación y reglas específicas sobre la responsabilidad del usuario, con diferencias cuando existe fraude o negligencia grave.

Otra situación diferente es que el usuario haya autorizado voluntariamente el pago porque una web fraudulenta le engañó. Ahí no basta con decir después que se trataba de una estafa para que el banco pueda deshacer automáticamente la operación. Pueden existir procedimientos de retrocesión o chargeback para determinadas controversias comerciales, pero no equivalen a un derecho automático a recuperar cualquier compra que salga mal.

Algunas tarjetas de crédito incorporan seguros de compras, viajes u otras coberturas adicionales. Otras no ofrecen prácticamente nada. No es una característica inherente al crédito: depende del producto contratado.

El cajero es uno de los lugares donde utilizar crédito puede salir innecesariamente caro. Sacar dinero con una tarjeta de débito en cajeros de la propia entidad suele resultar más sencillo y, en España, retirar efectivo a débito en un cajero de la propia entidad no lleva comisión por esa retirada. En otras redes pueden existir costes repercutidos según las condiciones aplicables.

Con una tarjeta de crédito, en cambio, la disposición de efectivo suele llevar una comisión porcentual, a menudo acompañada de un mínimo. Dependiendo del contrato y de cómo se trate esa disposición, también puede implicar costes financieros.

Hay excepciones, tarjetas especiales y entidades con políticas distintas, claro. Pero como criterio cotidiano resulta razonable reservar el débito para obtener efectivo y revisar dos veces la información del cajero antes de confirmar, especialmente fuera de España.

Las comisiones tampoco son iguales en todas partes. Emisión, mantenimiento, retirada de efectivo, cambio de divisa o determinados servicios pueden tener costes diferentes según el banco y la tarjeta. No existe una tarifa universal, así que comparar productos por su nombre comercial sirve de poco si no se miran esas condiciones.

Dos tarjetas, dos funciones bastante distintas

Para la vida diaria, una tarjeta de débito encaja bien cuando se busca control inmediato del gasto y se quiere trabajar exclusivamente con el dinero disponible en la cuenta. Es simple, visible y difícil de malinterpretar.

La tarjeta de crédito tiene sentido cuando aporta una utilidad concreta: reservas que requieren garantías, alquiler de vehículos, determinadas preautorizaciones, viajes o una gestión mensual de gastos en la que el saldo se liquida completamente al vencimiento. Puede ser una herramienta cómoda. Crédito no es sinónimo de deuda problemática.

El problema empieza cuando se utiliza para tapar sistemáticamente la falta de liquidez y se normalizan las cuotas pequeñas. Ahí deja de ser simplemente una forma de pagar y se convierte en financiación con intereses y plazos que conviene mirar con lupa.

Para mucha gente, por tanto, la combinación más lógica no consiste en escoger una y desterrar la otra: débito para el gasto ordinario y crédito para situaciones concretas, siempre con pago total cuando sea posible y con las condiciones bien conocidas. Dos trozos de plástico —o dos tarjetas dentro del móvil— que se parecen mucho por fuera, pero hacen trabajos bastante diferentes.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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