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¿Dónde crece la derecha en Europa y qué países marcan el retroceso?
El mapa político europeo se desplaza a la derecha, aunque Suecia, Países Bajos y Hungría muestran que el avance dista mucho de ser uniforme.

Resumen
- AfD, RN, Vox, FPÖ y AUR ganan terreno en varios países europeos
- Suecia, Países Bajos y Hungría muestran que el avance no es uniforme
- Economía, inmigración y desgaste del poder explican parte del cambio
El mapa político europeo se ha desplazado hacia la derecha durante los últimos años, pero la fotografía de septiembre de 2026 resulta bastante menos uniforme de lo que sugiere la imagen de una ola que lo cubre todo. AfD ha dado otro salto en Alemania, el Rassemblement National conserva una posición muy elevada en Francia, Vox gana terreno en España y AUR continúa cerca del 40% en Rumanía. Austria mantiene también un FPÖ muy fuerte. Al mismo tiempo, los Demócratas de Suecia acaban de retroceder, el PVV de Geert Wilders perdió una parte importante de los escaños obtenidos en 2023 y Viktor Orbán fue desalojado del Gobierno húngaro después de 16 años.
Europa gira, sí, pero no como una peonza perfectamente equilibrada. Hay países donde la derecha radical y nacionalista amplía su espacio electoral y otros donde empieza a pagar divisiones, desgaste o proximidad al poder. Conviene, además, no mezclar categorías como quien revuelve un cajón: la derecha conservadora, la derecha radical y la extrema derecha no son una misma familia política. La CDU alemana no es AfD y el Tisza que derrotó a Orbán se sitúa en el centroderecha. Hablar simplemente de “la derecha” sirve para observar una tendencia general; para entenderla, hay que acercar un poco el mapa.
Alemania concentra uno de los cambios más visibles
Alemania ofrece una de las imágenes más contundentes del movimiento. En las elecciones regionales del 20 de septiembre en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, AfD terminó primera con el 38,3%, por delante del SPD, mientras la CDU del canciller Friedrich Merz cayó al 4,9%, su peor resultado en unas elecciones regionales desde la fundación de la República Federal. El dato ya no pertenece a una encuesta ni a una proyección nocturna: procede del resultado electoral definitivo difundido tras el escrutinio.
El mismo domingo, Berlín dibujó casi el negativo fotográfico de esa escena. Die Linke ganó las elecciones regionales con el 25,3%, mientras AfD quedó en torno al 16%. Dos territorios alemanes votando a la vez, dos fotografías muy distintas. Más que un desplazamiento uniforme hacia un extremo, Alemania atraviesa una fragmentación territorial y social cada vez más visible entre grandes ciudades, regiones orientales y antiguos bastiones de los partidos tradicionales.
La economía ha ocupado buena parte del debate político alemán: crecimiento débil, costes energéticos, reformas fiscales y malestar por el nivel de vida. AfD ha combinado ese terreno con su discurso sobre inmigración, energía y relaciones con Rusia. La consecuencia electoral está a la vista, aunque otra cosa muy distinta es convertir votos en gobierno: el resto de grandes partidos continúa rechazando coaliciones con la formación.
Francia, Austria y Rumanía mantienen una derecha radical muy fuerte
Francia entra en la larga carrera hacia las presidenciales de 2027 con Marine Le Pen situada en una posición muy elevada. Una encuesta de Ipsos realizada entre el 3 y el 9 de septiembre entre más de 13.000 inscritos en el censo le atribuye entre el 33% y el 35% de intención de voto, dependiendo del escenario de candidatos. Quedan meses de campaña y una encuesta no equivale a un resultado electoral, pero la magnitud del apoyo muestra hasta qué punto el Rassemblement National se ha asentado en el panorama francés.
Austria mantiene una concentración parecida. Un sondeo de Lazarsfeld realizado entre el 7 y el 15 de septiembre situó al FPÖ en el 37%, frente al 22% del conservador ÖVP y el 16% del SPÖ. Es una ventaja considerable para un partido que ya ganó las legislativas de 2024, aunque entonces no consiguió encabezar el Gobierno por la ausencia de socios suficientes.
En Rumanía, AUR se mueve en una franja aún más elevada. El barómetro INSCOP de septiembre coloca a la formación en el 39,7% de intención de voto, por delante del PSD, con un 18,7%, y del PNL, con un 16,3%. El dato ha oscilado durante el año —AUR llegó al 40,9% en enero—, pero lleva meses alrededor del 40%. No parece un fogonazo de una semana.
España sube un peldaño y Portugal ya cambió de escenario
España participa en esa tendencia con cifras más bajas. El barómetro del CIS publicado el 14 de septiembre situó a Vox en el 16,6%, 1,3 puntos más que en la medición anterior, mientras el PSOE aparecía con un 31% y el PP con un 25,5%. La encuesta llegó después de la crisis migratoria de Ceuta, que volvió a colocar fronteras e inmigración en el centro de la discusión política. La coincidencia temporal está documentada; atribuir toda la subida de Vox a un único episodio sería simplificar demasiado.
Portugal recorrió parte de ese camino en las legislativas anticipadas de mayo de 2025. Chega logró 60 de los 230 escaños y superó al Partido Socialista en representación parlamentaria, convirtiéndose en la principal fuerza de oposición. La Alianza Democrática de Luís Montenegro obtuvo 91 diputados y siguió gobernando en minoría, mientras Montenegro mantuvo su negativa a pactar con Chega.
Aquí aparece una diferencia fundamental que se pierde con facilidad cuando Europa se pinta de un solo color: crecer no significa gobernar. AfD puede ganar unas elecciones regionales y continuar fuera del Ejecutivo si no reúne aliados; Chega puede ser la segunda fuerza parlamentaria sin entrar en el Gobierno. Entre el porcentaje de voto y el despacho de un primer ministro existe todavía esa vieja especialidad europea llamada coalición.
Italia entra en otra fase: gobernar y competir por la derecha
Italia ofrece un escenario distinto porque Giorgia Meloni gobierna desde octubre de 2022. Hermanos de Italia conserva el primer puesto en los sondeos: la encuesta de SWG cerrada el 14 de septiembre le otorgaba un 27%. La novedad está más a la derecha. Futuro Nazionale, fundado por el exgeneral Roberto Vannacci, alcanzaba ya el 7,9%, por encima de varios partidos tradicionales del bloque conservador.
El fenómeno italiano es, por tanto, también una redistribución dentro del espacio nacional-conservador. Meloni ya no compite únicamente con la izquierda y el centro: tiene que mirar hacia un flanco derecho donde Vannacci intenta captar a electores descontentos con la moderación que atribuye al Gobierno en algunas cuestiones europeas, migratorias y sociales.
La propia Meloni anunció el 20 de septiembre medidas para prohibir el burka y el niqab en los colegios, limitar el número de alumnos extranjeros por aula y reforzar el aprendizaje del italiano en determinadas familias inmigrantes. La iniciativa necesita desarrollo legislativo, pero ilustra hasta qué punto inmigración e integración siguen marcando la competencia política italiana cuando se aproximan las elecciones de 2027.
Suecia, Países Bajos y Hungría rompen la línea ascendente
El movimiento contrario también existe. En Suecia, los Demócratas de Suecia sufrieron en las legislativas de septiembre su primer retroceso electoral desde que entraron en el Parlamento en 2010. El bloque de centroderecha y derecha terminó con 173 escaños frente a los 176 de los partidos de centroizquierda, y el primer ministro Ulf Kristersson presentó su dimisión.
El caso sueco resulta especialmente revelador porque los Demócratas de Suecia habían condicionado durante cuatro años la acción del Gobierno sin ocupar formalmente ministerios, sobre todo en inmigración y seguridad. La formación perdió alrededor de tres puntos en los comicios. La condición de partido de protesta cambia cuando una fuerza política pasa a influir de manera directa en decisiones concretas y esas decisiones pueden ser juzgadas por los votantes.
Países Bajos ofrece otro retroceso. El PVV de Geert Wilders había conseguido 37 diputados en 2023, pero en las elecciones de octubre de 2025 cayó a 26 escaños. D66 obtuvo también 26 y terminó ligeramente por delante en votos, después de una campaña provocada por la ruptura de la anterior coalición a raíz de las diferencias sobre la política de asilo.
El cambio más simbólico llegó desde Hungría. En abril de 2026, Viktor Orbán perdió las elecciones después de 16 años consecutivos en el poder frente al Tisza de Péter Magyar, una formación de centroderecha y orientación europeísta. Aquí conviene hilar fino: Hungría no pasó simplemente de la derecha a la izquierda. Cambió una derecha nacionalista y soberanista por otra opción situada también en el espacio conservador, pero con una relación muy diferente con las instituciones de la Unión Europea.
Reino Unido añade otra señal de volatilidad
Fuera de la Unión Europea, Reino Unido sigue siendo útil para completar el paisaje. Una encuesta de Ipsos realizada entre el 10 y el 15 de septiembre situó al Labour en el 27%, a Reform UK en el 23% y a los conservadores en el 21%. Reform cedía dos puntos frente a agosto, mientras los tories recuperaban tres. Otra advertencia contra las líneas demasiado rectas: incluso dentro del espacio de derechas, los votos pueden desplazarse con rapidez entre formaciones rivales.
Europa gira, pero cada país lo hace a su manera
No existe una sola explicación para todos estos movimientos. La inmigración, el coste de la vida, la energía, la vivienda y el desgaste de los gobiernos aparecen de manera recurrente en campañas y encuestas nacionales, pero con pesos muy diferentes. En Alemania pesan la debilidad económica y las reformas del Gobierno; en Francia domina un clima de fuerte inquietud política y económica; en España la crisis de Ceuta volvió a impulsar el debate migratorio. Sumarlo todo bajo una única causa produciría una explicación tan limpia como falsa.
También ha cambiado el centro político. Restricciones migratorias, mayores exigencias de integración o políticas fronterizas que hace una década estaban concentradas en partidos de derecha radical han sido incorporadas, con diferencias importantes, por fuerzas conservadoras y socialdemócratas. Suecia ofrece un ejemplo especialmente claro. Eso puede reducir el espacio electoral de los partidos radicales o, por el contrario, normalizar parte de sus temas. Los resultados europeos muestran ambas cosas.
El poder añade otra capa. Wilders perdió escaños después de participar en la fórmula parlamentaria que sostuvo un Gobierno y provocar posteriormente su caída; los Demócratas de Suecia retrocedieron tras cuatro años condicionando al Ejecutivo; Orbán perdió después de 16 años al frente de Hungría. No forman una ley universal, pero sí recuerdan algo bastante terrenal: gobernar desgasta de una manera que protestar desde la oposición no desgasta.
El mapa europeo de septiembre de 2026 deja así dos movimientos simultáneos. AfD, RN, FPÖ, AUR y Vox mantienen o amplían espacios electorales importantes; Chega ha alterado el viejo equilibrio portugués y la derecha nacional-conservadora italiana continúa gobernando. Suecia, Países Bajos y Hungría enseñan, al mismo tiempo, que la trayectoria puede detenerse, cambiar de manos o incluso invertirse.
La transformación más profunda quizá no sea que Europa se haya convertido sencillamente en un continente “de derechas”. Es algo más complejo: el viejo centro ocupa menos espacio y las fronteras ideológicas se han desplazado. De lejos, el mapa parece inclinarse hacia un lado. De cerca aparecen ciudades que votan distinto de sus regiones, derechas que sustituyen a otras derechas, partidos que crecen sin poder gobernar y fuerzas que retroceden justo después de tocar el poder. Las olas políticas existen. Las costas europeas, desde luego, no son todas iguales.

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