Economía
¿Por qué la guerra con Irán desconcierta a economistas y mercados?
La guerra con Irán sacude el petróleo y reaviva la inflación mientras JPMorgan admite que ya no ve un escenario claro para el mercado energético.

Resumen
- JPMorgan ya no maneja un escenario base claro para el mercado del petróleo
- El Brent supera los 100 dólares y el diésel sufre una presión aún mayor
- La energía reaviva la inflación y obliga a los bancos centrales a reaccionar
La guerra que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán ha dejado de ser únicamente una crisis militar de Oriente Próximo. Su prolongación está alterando el mercado mundial del petróleo, encareciendo los combustibles, reavivando la inflación y obligando a bancos centrales e inversores a rehacer unas previsiones que hace apenas unos meses parecían razonablemente manejables. El problema, dicho sin demasiada ceremonia, es que algunas de las brújulas habituales han dejado de señalar el norte.
La señal más llamativa procede de JPMorgan. Sus analistas reconocen que, por primera vez desde el comienzo del conflicto, ya no disponen de un escenario base suficientemente claro para anticipar hacia dónde puede dirigirse el mercado petrolero. El Brent se mantiene por encima de los 100 dólares y buena parte de las líneas económicas que podían haber actuado como freno al conflicto han sido atravesadas sin que llegue una salida negociada.
La cuestión importa bastante más que una gráfica bursátil subiendo y bajando en una pantalla. El petróleo sigue entrando, de una manera u otra, en transportes, agricultura, industria, calefacción, electricidad, logística y alimentación. Cuando se encarece durante unas semanas hay molestias. Cuando el problema dura meses, empieza a filtrarse por prácticamente toda la economía.
Y eso es precisamente lo que inquieta a los economistas. No tanto un precio concreto, sino la combinación de guerra prolongada, rutas energéticas vulnerables, reservas menguantes y decisiones políticas difíciles de modelizar. La economía acepta muchas variables; lo que lleva peor es no saber siquiera qué variables tendrá que calcular mañana.
El petróleo supera una frontera incómoda
El Brent volvió a moverse en septiembre alrededor de los 105 dólares por barril, aproximadamente un 45% por encima de los niveles anteriores a la guerra, según los datos de la Agencia Internacional de la Energía. La subida resulta importante, aunque el verdadero atasco se encuentra en determinados productos refinados.
La AIE calcula que el precio del diésel y el gasóleo en Estados Unidos llegó a superar el equivalente de 200 dólares por barril, casi el doble del nivel previo al conflicto. El motivo está en una cadena energética bastante más compleja que el simple precio del crudo: no basta con extraer petróleo; hay que transportarlo, refinarlo y conseguir que gasolina, queroseno o diésel lleguen allí donde hacen falta.
Eso explica una de las aparentes paradojas de esta crisis. El petróleo está caro, sí, pero determinadas previsiones iniciales contemplaban escenarios incluso peores. El mercado ha encontrado vías alternativas, otros productores han incrementado suministros y la demanda mundial se ha reducido. El sistema se ha doblado sin terminar de romperse. Pero ha utilizado buena parte de sus amortiguadores.
JPMorgan se queda sin un escenario de referencia
Los analistas de JPMorgan habían trabajado durante meses suponiendo que existirían ciertos límites económicos capaces de empujar hacia una desescalada. Petróleo por encima de 100 dólares, gasolina muy cara para las familias estadounidenses, fuertes tensiones sobre los bonos… varias de esas barreras han ido cayendo.
De ahí la dificultad actual. La entidad considera que el mercado petrolero ha entrado en una fase donde resulta especialmente complicado establecer un escenario central fiable. Las alteraciones del suministro, la evolución de las negociaciones y el comportamiento de las rutas marítimas introducen variables difíciles de fijar mientras el conflicto continúa.
Hay otro dato curioso. Los inventarios mundiales de petróleo y derivados han disminuido, pero la demanda también ha sufrido un frenazo muy fuerte. Es el viejo mecanismo del mercado funcionando de la manera menos agradable: cuando algo se vuelve demasiado caro o escaso, personas y empresas terminan consumiendo menos.
El diésel se convierte en el cuello de botella
Aquí aparece uno de los riesgos menos vistosos y, probablemente, más relevantes. El diésel mueve camiones, maquinaria agrícola, equipos industriales y buena parte del transporte pesado mundial. No suele ocupar tantas portadas como la gasolina, pero cuando escasea la factura acaba apareciendo en otros lugares: supermercados, construcción, cosechas o entregas.
Las exportaciones de diésel y gasóleo procedentes de los países del Golfo permanecen muy por debajo de sus niveles anteriores a la guerra. A ello se añaden los problemas del refino ruso derivados de la guerra de Ucrania. La AIE calcula que el Golfo y Rusia representaban conjuntamente cerca del 45% del comercio marítimo mundial de estos combustibles antes de las actuales perturbaciones.
Hormuz sigue siendo la arteria que nadie puede ignorar
La geografía tiene la desagradable costumbre de no obedecer a los modelos económicos. El estrecho de Ormuz es un paso diminuto en el mapa y gigantesco para el mercado energético: por esa zona circulaban antes del conflicto alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y productos derivados, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial.
El cierre y las restricciones sufridas desde el comienzo de la guerra obligaron a utilizar reservas estratégicas, oleoductos alternativos y otras fuentes de producción. Durante meses funcionó mejor de lo que algunos escenarios pesimistas anticipaban. El Fondo Monetario Internacional señala que esos mecanismos amortiguaron buena parte del primer golpe.
El colchón, sin embargo, no es infinito. El FMI advertía a comienzos de septiembre de que Ormuz continuaba ampliamente restringido, las reservas utilizadas deberán reponerse y la llegada del invierno al hemisferio norte puede volver a elevar la demanda energética. La economía mundial sigue creciendo alrededor del 3%, mejor de lo temido meses atrás, pero lo hace con menos margen para absorber otra sacudida.
La situación se ha complicado también en otras rutas. Los ataques y amenazas sobre la navegación alrededor del Bab el Mandeb y el mar Rojo aumentan los costes de transporte y seguros. No hace falta hundir todos los petroleros para encarecer el comercio; basta con conseguir que cruzar determinadas aguas resulte mucho más arriesgado.
La inflación vuelve por la puerta de la energía
Durante años, los principales bancos centrales intentaron enfriar la inflación generada tras la pandemia y las posteriores crisis energéticas. Cuando el proceso parecía razonablemente avanzado, el nuevo shock petrolero ha complicado otra vez el trabajo.
El mecanismo es bastante directo. Una empresa paga más por transportar mercancías; otra afronta una factura energética mayor; el agricultor gasta más en combustible y fertilizantes; los distribuidores repercuten una parte de esos costes. No todo termina automáticamente en el precio final, pero suficiente cantidad sí lo hace como para que los bancos centrales presten atención.
Estados Unidos ofrece un ejemplo evidente. La Reserva Federal elevó el 16 de septiembre los tipos de interés en 0,25 puntos, hasta una horquilla del 3,75%-4%, su primera subida en más de tres años. La inflación seguía mostrando una persistencia incómoda mientras el encarecimiento de la energía añadía presión al escenario.
El Banco Central Europeo había tomado una decisión semejante unos días antes. El 10 de septiembre volvió a elevar los tipos en medio del repunte de las presiones inflacionistas, estrechamente relacionadas con la energía. El petróleo superaba entonces los 100 dólares y los rendimientos de la deuda europea también habían aumentado.
Aquí aparece la trampa clásica de un shock petrolero. Subir los tipos ayuda a controlar la inflación, pero también encarece hipotecas, créditos empresariales e inversión. Si se aprieta demasiado, una economía que ya paga más por su energía puede terminar creciendo menos. Si se aprieta poco, la subida de precios corre el riesgo de enquistarse.
Nada especialmente novedoso, salvo por un pequeño detalle: esta vez la duración del shock energético depende en buena medida de una guerra cuyo desenlace continúa abierto.
El golpe económico no se reparte por igual
Hablar de economía mundial puede dar una falsa sensación de uniformidad. No existe tal cosa. Un productor de petróleo y un país totalmente dependiente de importaciones energéticas viven esta crisis desde extremos casi opuestos.
Las grandes economías cuentan normalmente con reservas estratégicas, monedas fuertes, mercados financieros profundos y capacidad fiscal para soportar durante cierto tiempo unos precios elevados. Los países pobres importadores de combustible tienen mucho menos margen.
Aunque el crecimiento agregado mundial ha resistido mejor de lo que se temía, las consecuencias son más duras en economías emergentes con escasas reservas de divisas o presupuestos públicos muy ajustados. Comprar petróleo más caro significa emplear más dólares en combustible y disponer de menos recursos para alimentos, inversión o servicios públicos.
La Agencia Internacional de la Energía ha reducido además de forma considerable su previsión para el consumo mundial de petróleo. Espera una caída de alrededor de 2,5 millones de barriles diarios durante 2026, un deterioro bastante mayor del previsto apenas un mes antes. Parte de esa disminución responde a precios elevados, restricciones de suministro y menor actividad.
Una crisis que está destruyendo sus propios pronósticos
La guerra comenzó el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque conjunto contra Irán. Casi siete meses después, el conflicto continúa y Washington y Teherán no han alcanzado un acuerdo capaz de normalizar plenamente los flujos energéticos del Golfo. Donald Trump declaró el 16 de septiembre que esperaba que la guerra se estuviera acercando a su final, mientras seguían abiertos los contactos diplomáticos.
Esa duración explica por qué las previsiones han envejecido tan deprisa. Los primeros modelos calculaban qué ocurriría tras una interrupción temporal. Después hubo que estimar cuánto aguantarían las reservas. Más tarde entraron en juego rutas alternativas, menor demanda, producción adicional fuera del Golfo y problemas en otros grandes exportadores.
Ahora la incertidumbre se ha desplazado un escalón: no está claro cuánto tiempo habrá que seguir haciendo esas cuentas.
La economía mundial, de momento, no se ha precipitado por el barranco que sugerían algunos de los escenarios más extremos. China ha reducido demanda, otros productores han compensado parte de las pérdidas y consumidores y empresas han recortado consumo. Todo ello ha evitado que el petróleo alcance niveles todavía más violentos. El FMI considera que la combinación de menor demanda, producción adicional e inventarios permitió absorber buena parte del primer impacto.
Pero esa relativa resistencia tiene un coste. Reservas menores, combustibles refinados mucho más caros, tipos de interés al alza y una cadena logística que funciona con menos holgura. Parece sólida hasta que se la mira de cerca.
El verdadero problema es cuánto puede durar
El dato más inquietante de esta crisis económica quizá no sea un barril a 105 dólares ni una determinada previsión de inflación. Es la desaparición progresiva de certezas.
Los mercados pueden convivir con malas noticias cuando conocen aproximadamente su tamaño. Pueden calcular una caída de producción, estimar inventarios y poner precio a una interrupción temporal. Resulta mucho más difícil valorar un conflicto cuando las rutas energéticas cambian, las infraestructuras sufren ataques, las negociaciones se atascan y tampoco existe una fecha razonable para recuperar la normalidad.
Por eso JPMorgan reconoce que ya no dispone de un escenario petrolero central suficientemente claro, mientras la AIE recorta previsiones y varios bancos centrales vuelven a endurecer su política monetaria. No significa que los economistas hayan dejado de saber hacer cuentas. Significa algo bastante menos reconfortante: las cuentas dependen cada vez más de decisiones militares y diplomáticas imposibles de meter limpiamente en una hoja de cálculo.
La economía mundial ha demostrado durante estos meses una resistencia considerable. También ha ido gastando sus amortiguadores financieros y energéticos. Y ahí está, probablemente, la diferencia decisiva entre haber soportado el primer golpe y estar preparado para el siguiente.












