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¿Qué está pasando en Sudán tras el ataque con 21 muertos en Kordofán?
Sudán suma al menos 21 muertos en Kordofán del Sur mientras la guerra se fragmenta, crecen los ataques con drones y empeora la crisis humanitaria.

Resumen
- Al menos 21 civiles han muerto en un ataque en Kordofán del Sur
- Kordofán y Nilo Azul concentran nuevos frentes, drones y desplazamientos
- La ayuda humanitaria queda atrapada en una guerra cada vez más fragmentada
La guerra de Sudán ha vuelto a golpear directamente a la población civil. Al menos 21 personas, entre ellas mujeres y niños, han muerto en un ataque atribuido al Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán-Norte (SPLM-N), aliado de las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), en Kordofán del Sur. La ofensiva afectó a las zonas de Debi y Luweri, al sur y oeste de Kauda, en las montañas de Nuba, y provocó además un nuevo desplazamiento de habitantes cuyo alcance todavía no ha podido determinarse.
La situación de Sudán sigue siendo extremadamente grave. El Ejército controla Jartum y buena parte del norte, este y centro del país, mientras las FAR conservan una amplia presencia en el oeste y especialmente en Darfur. Entre ambos bloques, Kordofán y Nilo Azul se han convertido en dos de los frentes más peligrosos, con combates, ataques con drones, desplazamientos y dificultades crecientes para hacer llegar alimentos y medicinas. La guerra ya no tiene un único frente reconocible: se ha fragmentado en un mosaico de batallas nacionales, rebeliones locales y conflictos comunitarios que a menudo terminan mezclándose.
Qué ha ocurrido en Kordofán del Sur
La Red de Médicos de Sudán atribuye la nueva matanza al SPLM-N dirigido por Abdelaziz al-Hilu. Las víctimas pertenecían a zonas habitadas por la comunidad otoro, originaria de las montañas de Nuba y enfrentada durante los últimos meses con el movimiento rebelde por disputas territoriales y por el control de determinadas áreas de esta región montañosa.
La organización sostiene que el ataque vulneró el cese de hostilidades alcanzado pocas semanas antes y considera que los civiles fueron atacados por motivos étnicos. Hasta este viernes, el SPLM-N no había respondido públicamente a esta acusación concreta, por lo que la autoría y las circunstancias detalladas de los hechos siguen dependiendo de testimonios y organizaciones locales en una zona con enormes dificultades de acceso independiente.
No es, por desgracia, un episodio sin antecedentes recientes. El 25 de agosto se denunciaron otros ataques en Al-Qardud y Abu Hamama, también en Kordofán del Sur, en los que murieron al menos 27 civiles, entre ellos cuatro niños. Aquellas acciones también fueron atribuidas al SPLM-N y desencadenaron desplazamientos hacia Abu Hitan y Kadugli.
Una tregua que apenas llegó a ser tregua
La violencia tiene una intrahistoria particularmente reveladora. El 21 de agosto, Al-Hilu había ordenado detener las operaciones alrededor de Kauda y Heiban después de una iniciativa de mediación impulsada por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti, jefe de las FAR. Los representantes otoro aceptaron igualmente interrumpir los enfrentamientos.
Pero el acuerdo era informal y extraordinariamente frágil. No existía un pacto detallado que separase a las fuerzas desplegadas sobre el terreno ni un mecanismo sólido para verificar incumplimientos. Apenas horas después comenzaron nuevas acusaciones de bombardeos y violaciones del alto el fuego. A finales de agosto, habitantes de localidades próximas a Kauda salieron incluso a reclamar el fin de los combates. Una tregua sin separación de combatientes, sin observadores y sin una cadena clara de garantías acaba siendo, en la práctica, poco más que una pausa escrita sobre arena.
Por qué Kordofán se ha convertido en el nuevo corazón de la guerra
La importancia de Kordofán va mucho más allá de este enfrentamiento local. La región conecta el centro de Sudán con Darfur y con las fronteras meridionales del país. Controlar sus carreteras y ciudades significa dominar corredores militares, rutas comerciales y vías de abastecimiento.
Tras recuperar Jartum y otras áreas centrales, el Ejército sudanés ha intentado avanzar hacia el oeste. Las FAR, mientras tanto, buscan impedir que esas ganancias se traduzcan en una ofensiva capaz de penetrar en sus territorios. De ahí el valor de lugares como El Obeid, capital de Kordofán del Norte, o de las posiciones del SPLM-N en las montañas de Nuba. Durante el verano, las fuerzas gubernamentales recuperaron varias localidades y tramos de carretera alrededor de El Obeid, aunque los paramilitares han continuado disputando esas posiciones.
El resultado es una especie de embudo militar. El Obeid, una ciudad estratégica y centro logístico para la ayuda humanitaria, ha sufrido sucesivas oleadas de drones y ataques contra instalaciones civiles. Naciones Unidas llevaba meses alertando de que una gran ofensiva alrededor de la ciudad podía colocar a cientos de miles de personas en peligro.
La tecnología ha cambiado también la apariencia de esta guerra. Ya no se trata únicamente de columnas de vehículos y artillería cruzando el desierto. Los drones sobrevuelan mercados, carreteras, instalaciones de agua o concentraciones de civiles. A finales de agosto, ocho personas murieron en ataques con drones en Kordofán del Norte; una de las denuncias señala que un segundo impacto alcanzó a quienes acudían a auxiliar a las víctimas del primero.
La ayuda humanitaria también está bajo fuego
El 3 de septiembre, la Red de Médicos de Sudán denunció que un convoy humanitario de Naciones Unidas que viajaba hacia Kadugli, capital de Kordofán del Sur, fue atacado en Dilling. Murió una persona y dos conductores resultaron heridos. Según esa organización, los camiones transportaban asistencia destinada a más de 5.000 civiles con graves carencias de comida, medicamentos y productos básicos. El ataque fue atribuido a las FAR.
Kadugli y otras zonas de Kordofán llevan mucho tiempo sometidas a interrupciones del suministro. Y ahí aparece otra dimensión del conflicto: no basta con sobrevivir a una bomba si después faltan agua, alimentos, hospitales o combustible.
El análisis internacional sobre inseguridad alimentaria calculó que unos 19,5 millones de sudaneses, alrededor del 41 % de la población, atravesaban niveles elevados de inseguridad alimentaria aguda durante los primeros meses de 2026. Para la temporada de escasez de junio a septiembre se esperaba un empeoramiento, y se identificaron 14 zonas de Darfur y Kordofán del Sur con riesgo de hambruna si aumentaban los combates o se bloqueaba todavía más el acceso humanitario.
La cifra tiene algo de abstracción hasta que se baja al terreno: familias que dejan sus aldeas llevando agua en bidones, mercados sin productos, centros sanitarios dañados y kilómetros de carretera que un convoy ya no puede recorrer con seguridad. En una guerra prolongada, el hambre también ocupa territorio.
Nilo Azul abre otro frente mientras Kordofán arde
Mientras los focos vuelven a Kordofán, la violencia se ha extendido también al estado de Nilo Azul, cerca de la frontera con Etiopía. Naciones Unidas informó a finales de agosto de que cerca de 22.000 personas podían haber abandonado sus hogares en apenas una semana por la escalada de los combates alrededor de Geisan. Muchas terminaron refugiándose en escuelas o desplazándose hacia otras localidades.
A comienzos de septiembre, el Ejército anunció el envío de refuerzos y fuerzas aliadas a la zona, donde combate contra las FAR y el SPLM-N. Otras estimaciones situaban en más de 21.000 los desplazados recientes. Es un frente relevante porque amplía hacia el sureste una guerra que durante buena parte de los últimos meses había concentrado la atención internacional en Darfur y Kordofán.
La fotografía militar del país es así cada vez más incómoda para cualquier explicación sencilla. El Ejército domina Jartum y buena parte del norte y este; las FAR mantienen una sólida implantación occidental y en Darfur; el SPLM-N controla sectores de las montañas de Nuba y coopera política y militarmente con el bloque paramilitar. Entre medias quedan carreteras, localidades y comunidades cuyo control cambia con rapidez.
El caso de la comunidad otoro muestra precisamente cómo funcionan esas capas superpuestas. Las tensiones en las montañas de Nuba no nacieron en abril de 2023 con la guerra entre el Ejército y las FAR. La región arrastra décadas de rebelión contra el poder central, disputas por la tierra, diferencias étnicas y luchas por recursos.
El enfrentamiento reciente entre los otoro y el SPLM-N añade una nueva fractura dentro de un territorio donde el propio movimiento rebelde había construido durante años estructuras políticas y militares paralelas. Las acusaciones de desplazamientos forzosos y ataques contra civiles están haciendo que una disputa inicialmente local termine integrada en el tablero nacional.
Ese detalle importa. Llamar a todo simplemente guerra entre Ejército y paramilitares resulta ya insuficiente. En algunas zonas, las alianzas nacionales se mezclan con rivalidades comunitarias, luchas territoriales y viejos agravios. Y cuando las armas de una guerra nacional entran en una disputa local, la escala de la violencia cambia muy rápido.
Drones, combatientes extranjeros y una guerra alimentada desde fuera
A la escalada interna se suma otro elemento que ha recuperado protagonismo. Una investigación de la misión internacional independiente de Naciones Unidas sostiene que redes transnacionales han proporcionado armas, logística, entrenamiento y personal extranjero a las FAR. Entre los países vinculados a esas redes aparecen Emiratos Árabes Unidos, Colombia y Chad, aunque Abu Dabi ha negado reiteradamente prestar apoyo militar a los paramilitares.
Los investigadores también encontraron indicios preliminares de apoyo exterior a las capacidades de drones del Ejército sudanés. La misión considera que ataques realizados por ambos bandos contra civiles e infraestructuras pueden constituir crímenes de guerra y reclama ampliar el embargo de armas.
La internacionalización explica en parte por qué el conflicto continúa después de más de tres años pese al enorme desgaste de las partes. Armas, financiación, tecnología y contratistas permiten recomponer fuerzas que sobre el papel deberían estar exhaustas. La guerra se consume dentro de Sudán, pero una parte del combustible llega desde bastante más lejos.
Sudán sigue atrapado entre dos poderes y demasiadas guerras
La guerra comenzó en abril de 2023 por la ruptura entre el jefe del Ejército, Abdel Fattah al-Burhan, y Mohamed Hamdan Dagalo, comandante de las FAR, después de que fracasara la integración de los paramilitares en unas Fuerzas Armadas unificadas y se hundiera definitivamente la transición política iniciada tras la caída de Omar al Bashir.
Más de tres años después, ninguna de las partes ha logrado imponer un Estado único. Las cifras varían según la fuente y son necesariamente incompletas: Naciones Unidas y organizaciones internacionales hablan de decenas de miles de muertos y alrededor de 13 o 14 millones de personas desplazadas desde el inicio del conflicto. La propia dificultad para contar los cadáveres explica bastante bien el estado del país.
El ataque que deja al menos 21 muertos en Kordofán del Sur no modifica por sí solo el equilibrio militar de Sudán, pero sí retrata dónde se encuentra la guerra en septiembre de 2026: más fragmentada, más extendida y todavía profundamente civil en sus víctimas. Kordofán se ha convertido en uno de sus grandes ejes, Nilo Azul vuelve a incendiarse y la ayuda humanitaria circula por carreteras donde un camión puede pasar de salvavidas a objetivo militar en cuestión de segundos.
Ese es, quizá, el dato más duro del momento. Jartum ya no concentra la batalla como antes, pero la recuperación parcial de la capital no significó el final de la guerra. Solo desplazó parte del incendio. Y en Sudán quedan demasiados lugares secos alrededor.

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