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¿Por qué el socialismo vuelve a crecer con fuerza en Estados Unidos?
El socialismo democrático gana fuerza en Estados Unidos entre jóvenes y votantes demócratas, tras nuevas victorias electorales y más militancia.

Por David Shankbone - Trabajo propio, CC BY 3.0, vía Wikimedia Commons.
Resumen
- El socialismo democrático gana terreno entre jóvenes y votantes demócratas
- DSA supera los 120.000 afiliados y suma victorias electorales relevantes
- El apoyo crece, pero el socialismo sigue lejos de ser mayoría nacional
El socialismo ha dejado de ser una extravagancia electoral en Estados Unidos. No domina el país, ni está cerca de hacerlo, pero durante 2026 ha conseguido algo que hace apenas una década parecía bastante improbable: ganar elecciones, derribar candidatos del aparato demócrata y convertir su agenda económica en parte de la conversación nacional. Los Socialistas Democráticos de América, conocidos por sus siglas DSA, han superado los 120.000 afiliados mientras candidatos vinculados a la organización acumulan victorias desde Nueva York hasta Florida.
Detrás del fenómeno hay menos revolución de manual y bastante más factura del alquiler. Vivienda, sanidad, salarios, guarderías, transporte público y el poder de las grandes fortunas están moviendo a una parte del electorado, especialmente al demócrata joven, hacia propuestas que durante décadas llevaban en Estados Unidos una etiqueta casi radiactiva. La palabra es socialismo; buena parte de las políticas que atraen votantes se parecen, en cambio, a una socialdemocracia europea llevada al paisaje económico estadounidense.
Y ahí comienza lo interesante. Porque el país sigue viendo el socialismo con recelo: solo un 39% de los estadounidenses mantiene una opinión favorable, frente al 54% que valora positivamente el capitalismo. Pero el promedio nacional esconde una fractura política notable. Entre los demócratas, el terreno se ha movido bastante más.
El cambio ya no cabe en el margen
Durante buena parte del siglo XX, declararse socialista en Estados Unidos servía aproximadamente para garantizar una conversación incómoda en la cena de Navidad y unas posibilidades electorales bastante modestas. La Guerra Fría hizo el resto. El término quedó asociado en el imaginario conservador al comunismo soviético, la planificación estatal y la pérdida de libertades, aunque el socialismo democrático estadounidense tuviera otra historia y otros objetivos.
Eso está cambiando. Gallup sitúa en un 66% la valoración positiva del socialismo entre los demócratas, mientras solo un 42% de ellos expresa una visión favorable del capitalismo. Entre los republicanos sucede prácticamente lo contrario: el capitalismo conserva un respaldo amplio y el socialismo continúa siendo profundamente impopular.
Las encuestas sobre dirigentes políticos dibujan también una transformación apreciable. Alrededor de uno de cada tres demócratas ve favorablemente a políticos que se identifican como socialistas democráticos, aunque el apoyo aumenta de forma clara entre los votantes liberales y disminuye entre los moderados y conservadores del partido.
No significa que uno de cada tres electores demócratas quiera nacionalizar Walmart el lunes por la mañana. Las etiquetas políticas estadounidenses son bastante elásticas. Para muchos votantes, socialismo democrático significa sencillamente sanidad universal, sindicatos fuertes, impuestos mayores sobre los multimillonarios, vivienda asequible y servicios públicos capaces de funcionar sin que cada visita al médico parezca una negociación hipotecaria.
Mamdani convirtió Nueva York en escaparate
La figura que mejor explica el salto político es Zohran Mamdani. Su victoria en las elecciones a la Alcaldía de Nueva York en noviembre de 2025 y su llegada al Ayuntamiento en enero de 2026 demostraron que un candidato que se declara abiertamente socialista democrático podía ganar la ciudad más poblada de Estados Unidos.
Mamdani construyó su campaña alrededor del coste de vivir en Nueva York: alquileres, transporte, cuidado infantil y alimentación. Después llegaron propuestas como ampliar las guarderías, impulsar supermercados municipales, congelar determinadas rentas o avanzar hacia autobuses gratuitos. Algunas son difíciles de ejecutar y otras dependen de decisiones presupuestarias o estatales que el alcalde no controla por completo. Pero electoralmente funcionaron por una razón bastante terrenal: hablaban del dinero que desaparece del bolsillo cada mes.
El efecto fue más allá del Ayuntamiento. En las primarias demócratas de Nueva York de junio de 2026, candidatos respaldados por el entorno socialista y progresista consiguieron una cadena de victorias que hizo bastante ruido en Washington.
Claire Valdez y Darializa Avila Chevalier ganaron sus respectivas carreras al Congreso, mientras Brad Lander derrotó a Dan Goldman. Avila Chevalier desbancó a Adriano Espaillat, un dirigente veterano del partido. El aparato demócrata descubrió así una de esas desagradables peculiaridades de la democracia: los escaños seguros dejan de ser tan seguros cuando aparece alguien capaz de movilizar a quienes normalmente se quedan en casa.
Las primarias de 2026 amplían el mapa
El fenómeno tampoco termina en Nueva York. Angie Nixon, integrante de DSA y representante estatal de Florida, protagonizó en agosto una de las mayores sorpresas de las primarias demócratas al derrotar a Alex Vindman para convertirse en candidata al Senado.
Florida está lejos de ser terreno cómodo para la izquierda. El estado lleva años inclinándose hacia los republicanos y conserva una importante población latinoamericana para la que la palabra socialismo arrastra recuerdos políticos muy distintos. Precisamente por eso la victoria de Nixon llamó la atención: mostró que una campaña basada en sanidad universal, cuidado infantil y salarios podía imponerse dentro del Partido Demócrata incluso allí.
En Michigan, Abdul El-Sayed derrotó a Haley Stevens y conquistó la candidatura demócrata al Senado con una plataforma populista de izquierdas respaldada por Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez. El-Sayed no pertenece a DSA y evita presentarse simplemente bajo la etiqueta socialista. Esa diferencia importa. La nueva izquierda estadounidense es más amplia que la organización socialista y mezcla candidatos socialdemócratas, progresistas económicos y militantes abiertamente anticapitalistas.
También Donavan McKinney consiguió derrotar en Detroit al congresista Shri Thanedar. El dibujo empieza a ser reconocible: candidatos con campañas muy apoyadas en voluntarios, sindicatos, pequeños donantes y un discurso frontal contra las élites económicas desafían a dirigentes demócratas que hace poco parecían prácticamente intocables.
Qué significa hoy «socialismo» en Estados Unidos
Aquí conviene separar la palabra de lo que cada votante coloca dentro de ella. DSA no se limita al Estado del bienestar europeo. La organización se define como socialista democrática y plantea una transformación económica mucho más profunda, con mayor propiedad pública y democrática de sectores esenciales y una reducción sustancial del poder privado sobre la economía. Entre sus posiciones también aparecen asuntos muy conflictivos dentro del propio Partido Demócrata, desde la abolición de ICE hasta su oposición a la política estadounidense hacia Israel.
Pero el electorado que simpatiza con candidatos socialistas es mucho más heterogéneo que la militancia de DSA.
Pew Research Center encontró a comienzos de 2026 que el 32% de los demócratas y votantes próximos al partido veía favorablemente a dirigentes que se identifican como socialistas democráticos. Entre los demócratas liberales el porcentaje superaba la mitad, mientras el entusiasmo descendía claramente entre moderados y conservadores del partido.
La edad también pesa. Los jóvenes se muestran mucho menos hostiles a la etiqueta socialista que sus padres y abuelos. No han vivido la Guerra Fría del mismo modo y su experiencia económica está marcada por otras cosas: deuda universitaria, vivienda prohibitivamente cara, empleos inseguros y una sanidad cuyo coste puede resultar desconcertante incluso para trabajadores con seguro médico.
El viejo reflejo de asociar automáticamente cualquier intervención pública con Moscú empieza a sonar un poco oxidado cuando quien escucha está intentando encontrar un estudio asequible en Brooklyn.
El bolsillo explica buena parte del giro
Las condiciones económicas ayudan a entender por qué el mensaje ha encontrado audiencia. En el verano de 2026, las encuestas de Pew mostraban que solo alrededor de una cuarta parte de los estadounidenses calificaba positivamente la situación económica del país. Sanidad, vivienda, alimentación y energía aparecían entre las mayores preocupaciones.
Ese malestar abre espacio para propuestas que hace unos años parecían demasiado ambiciosas. Medicare for All, guarderías universales, salarios mínimos más altos, vivienda pública o impuestos adicionales sobre las grandes fortunas tienen algo que las discusiones abstractas sobre sistemas económicos no siempre poseen: pueden traducirse inmediatamente en dólares.
Gallup detecta, además, una grieta interesante en la percepción del capitalismo estadounidense. Una mayoría continúa valorándolo favorablemente, pero ese apoyo ha disminuido. La desigualdad y el poder de las grandes empresas aparecen con frecuencia entre sus aspectos negativos.
Al mismo tiempo, el 81% mantiene una opinión favorable de la libre empresa. La diferencia resulta reveladora. Muchos estadounidenses no rechazan el mercado, la iniciativa privada ni la posibilidad de prosperar; desconfían de un sistema que consideran excesivamente inclinado hacia quienes ya tienen dinero y poder.
Ahí ha encontrado terreno fértil la izquierda económica. No prometiendo necesariamente abolir el pequeño negocio de la esquina, sino presentando una batalla mucho más reconocible entre trabajadores, propietarios, aseguradoras, corporaciones y multimillonarios. Vieja política de clase con envoltorio del siglo XXI, teléfonos móviles incluidos.
El límite: ganar primarias no es ganar el país
Sería tentador mirar las victorias de 2026 y anunciar que Estados Unidos se ha vuelto socialista. También sería falso.
El 39% de valoración positiva nacional del socialismo sigue estando claramente por debajo del respaldo al capitalismo. Pew encontró igualmente que, entre el conjunto de los estadounidenses, son más quienes rechazan a los líderes socialistas democráticos que quienes los apoyan.
Buena parte de las victorias de DSA se producen, además, en primarias demócratas de ciudades o distritos progresistas. Ganar Brooklyn no demuestra automáticamente que la misma plataforma pueda conquistar un estado disputado del Medio Oeste, mucho menos una Florida que se ha desplazado hacia la derecha.
Las elecciones legislativas de noviembre serán precisamente ese examen. Angie Nixon deberá competir en un estado favorable a los republicanos. Abdul El-Sayed se juega en Michigan un escaño que puede resultar decisivo para el control del Senado. Las campañas republicanas ya han entendido la oportunidad y están utilizando la palabra socialista como arma electoral contra todo el Partido Demócrata, incluidos candidatos que ni siquiera pertenecen a DSA.
Donald Trump y destacados dirigentes republicanos han convertido el avance de la izquierda en parte de su discurso para las elecciones de mitad de mandato. No es una reacción novedosa: presentar cualquier expansión importante del Estado social como socialismo tiene una tradición americana casi tan antigua como algunas de esas mismas políticas.
Dentro del Partido Demócrata tampoco existe unanimidad. Los centristas temen que posiciones sobre inmigración, policía, Israel o nacionalizaciones puedan funcionar en unas primarias urbanas y convertirse después en munición electoral republicana en distritos moderados.
Y los propios socialistas mantienen discusiones internas sobre estrategia, candidatos y relación con el Partido Demócrata. Crecer también complica las cosas. Una organización pequeña puede permitirse una pureza doctrinal exquisita; una que pretende ganar elecciones tiene que convivir con votantes que no han leído ningún manifiesto y probablemente no tengan intención de hacerlo.
Una palabra prohibida vuelve al centro
El dato histórico resulta difícil de ignorar. DSA asegura haber alcanzado en julio los 120.000 miembros, más que el máximo de afiliados que tuvo el antiguo Partido Socialista estadounidense durante la época de Eugene V. Debs. La organización cuenta además con cerca de 200 capítulos y una maquinaria electoral mucho más desarrollada que la izquierda estadounidense de comienzos de este siglo.
El camino hasta aquí pasa por Occupy Wall Street, pero sobre todo por Bernie Sanders. Sus campañas presidenciales de 2016 y 2020 devolvieron la expresión socialismo democrático al vocabulario electoral. Alexandria Ocasio-Cortez demostró después que candidatos asociados a esa corriente podían entrar en el Congreso. Mamdani llevó el experimento a la Alcaldía de Nueva York. La cosecha electoral de 2026 sugiere que aquello ya no depende únicamente de dos o tres personalidades.
Eso no convierte a Estados Unidos en un país socialista. Convierte al socialismo democrático en una fuerza política que ya no puede tratarse como una nota al pie.
Su éxito dependerá de algo mucho menos romántico que las etiquetas: si sus candidatos consiguen transformar victorias en primarias en gobiernos eficaces, demostrar que sus programas funcionan y atravesar territorios electorales donde la palabra socialismo sigue produciendo rechazo. Las legislativas de noviembre ofrecerán una respuesta bastante más útil que cualquier debate teórico.
Mientras tanto, ocurre algo que hace diez años habría resultado difícil de imaginar. En el país que convirtió el anticomunismo en una pieza de su identidad política, candidatos que se llaman socialistas están ganando elecciones y obligando a demócratas y republicanos a discutir sus propuestas.
No es la revolución. Tampoco es ya una anécdota.












