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Salud

¿Cómo el brote de sarampión cambió a una matrona amish antivacunas?

Una matrona amish que rechazaba las vacunas cambió de postura ante el brote de sarampión en Pensilvania, con 767 casos y cuatro muertes asociadas

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antivacunas

Resumen

  • Pensilvania registra 767 casos de sarampión y 150 hospitalizaciones
  • Una matrona amish antivacunas cambió de postura tras ver bebés enfermos
  • El brote ha impulsado la vacunación en comunidades con baja cobertura

Roberta Devers llevaba años desconfiando de las vacunas. Había recibido las inmunizaciones habituales durante su infancia, pero cuando fue madre decidió no vacunar a su hijo. Después de recorrer las carreteras rurales del condado de Lancaster atendiendo embarazos y viendo cómo el sarampión salta de una casa a otra, su postura es muy distinta: cree que todas las personas que puedan vacunarse deberían hacerlo.

No ha sido una conversión teórica ni una discusión de sobremesa. Devers, de 63 años y matrona tradicional desde hace 38, trabaja con numerosas familias amish en una de las zonas golpeadas por el mayor brote de sarampión que ha vivido Pensilvania en más de tres décadas. El 18 de septiembre de 2026, el estado contabilizaba 767 casos confirmados, 150 hospitalizaciones y cuatro muertes asociadas al sarampión repartidas por 38 condados. Y las cifras continúan moviéndose.

«Los bebés están muriendo»: el momento que cambió su postura

La frase con la que Devers explica su cambio es brutalmente sencilla: «Los bebés están muriendo». Dos de las muertes asociadas al brote correspondieron a bebés amish de Lancaster. Otros dos fallecimientos fueron registrados posteriormente entre adultos y jóvenes de otros condados.

Para alguien que pasa sus días entrando en hogares, haciendo revisiones prenatales y acompañando partos, el virus tiene poco de estadística. Devers ha visto mujeres con fiebre y la característica erupción rojiza del sarampión; también familias en las que la infección parece avanzar persona por persona, casi siguiendo el pasillo de la casa.

Incluso ha relatado el caso de una mujer embarazada que perdió a su bebé a las 17 semanas mientras se recuperaba de una infección activa de sarampión, aunque existían también otros problemas médicos y no puede atribuirse aquella pérdida únicamente al virus. El detalle importa. Mucho. El sarampión durante el embarazo puede elevar el riesgo de pérdida gestacional, parto prematuro y bajo peso al nacer.

Hay algo especialmente delicado en estas situaciones: la vacuna triple vírica, conocida como MMR en Estados Unidos, no se administra durante el embarazo. La protección previa resulta, por tanto, especialmente relevante.

El sarampión no es simplemente una erupción infantil

Durante décadas de vacunación masiva, el sarampión llegó a convertirse para buena parte de la población occidental en una enfermedad casi de álbum antiguo: fiebre, manchas rojas, unos días malos y poco más. Esa imagen resulta engañosa. El virus es extraordinariamente contagioso.

Se transmite al respirar, toser o estornudar y puede permanecer infeccioso en el aire de un espacio cerrado durante un tiempo después de que la persona enferma se haya marchado. Los primeros síntomas suelen incluir fiebre alta, tos, secreción nasal y ojos enrojecidos; después aparece una erupción que comienza habitualmente en la cabeza y desciende por el cuerpo.

La mayoría de los pacientes se recuperan, sí. Pero el margen para las complicaciones existe y no es pequeño cuando el virus encuentra una población sin protección. Cerca de una de cada cinco personas no vacunadas que contrae sarampión en Estados Unidos necesita hospitalización. Entre los niños pueden aparecer neumonía y, con mucha menor frecuencia, encefalitis, una inflamación cerebral capaz de dejar secuelas permanentes.

Las estimaciones sanitarias sitúan la mortalidad aproximadamente entre uno y tres niños por cada 1.000 infectados. No parece una cifra enorme hasta que el denominador empieza a crecer. Entonces la aritmética deja de ser abstracta.

Por qué el brote se ha extendido entre comunidades amish

Reducir lo ocurrido a que «los amish no se vacunan por religión» sería cómodo, pero incorrecto. No existe una prohibición religiosa general contra las vacunas dentro de las comunidades amish. La realidad es bastante más terrenal: desconfianza hacia parte de la medicina moderna, dificultades de acceso, comunidades rurales dispersas, circulación de información dudosa y una relación con el sistema sanitario distinta de la habitual en las grandes ciudades.

Un estudio realizado sobre comunidades tradicionales del condado de Lancaster mostró hasta qué punto existen diferencias incluso entre grupos aparentemente similares. En la encuesta de 2022, alrededor del 30% de las familias amish con hijos afirmó vacunarlos. Entre los menonitas del Viejo Orden, la proporción rondaba el 94%.

No son mundos idénticos, aunque desde fuera puedan parecerlo.

Entre los amish también existe lo que los investigadores denominan a veces «pluralismo médico»: médicos convencionales, matronas, quiroprácticos y remedios tradicionales pueden ocupar espacios paralelos dentro de la atención sanitaria. No necesariamente hay un médico de cabecera situado en el centro del sistema alrededor del cual gira todo lo demás.

Eso ayuda a explicar por qué figuras como Devers importan tanto. Una matrona que entra en casas donde una campaña institucional quizá apenas penetra puede tener una credibilidad comunitaria difícil de reproducir con un cartel, una rueda de prensa o una web oficial.

Cuando el brote cambia lo que no cambió durante años

La historia tampoco es completamente nueva. En anteriores brotes epidémicos, algunas comunidades amish han aumentado su aceptación de las vacunas cuando el peligro dejó de ser hipotético y apareció a pocos kilómetros de casa. O dentro de ella.

El sarampión de 2026 parece estar produciendo de nuevo ese efecto. Las autoridades sanitarias de Pensilvania han instalado clínicas temporales en iglesias, parques de bomberos, viviendas privadas y otros lugares próximos a las comunidades afectadas. Desde el inicio del brote a finales de abril se habían administrado casi 4.800 vacunas MMR en 148 clínicas móviles hasta el 18 de septiembre.

También ha aumentado la demanda fuera de esos dispositivos. En un mes habitual se administraban en Pensilvania unas 25.000 dosis de triple vírica; en agosto fueron más de 46.000. Solo durante las dos primeras semanas de septiembre se superaron ya las 25.000.

El cambio de comportamiento existe. Y se ve en números.

Una vacuna muy eficaz frente a un virus que aprovecha cada hueco

La vacuna triple vírica protege frente al sarampión, las paperas y la rubéola. Con dos dosis, la protección frente al sarampión ronda el 97%. No significa que sea matemáticamente imposible infectarse: Pensilvania había identificado cuatro casos entre personas correctamente vacunadas. Cuatro entre 767. Menos del 1%.

Ese dato permite entender mejor lo que ocurre durante un brote. Ninguna vacuna convierte a cada individuo en una fortaleza inexpugnable; lo que hace una cobertura elevada es reducir drásticamente las oportunidades del virus para encontrar nuevos huéspedes y seguir encadenando contagios.

Con el sarampión esa barrera debe ser especialmente sólida. Debido a su enorme capacidad de transmisión, se considera que hacen falta coberturas cercanas al 95% para dificultar de manera efectiva la circulación sostenida del virus.

Cuando aparecen bolsas de población muy por debajo de ese nivel, el patógeno encuentra una especie de autopista. Entra, circula y llega precisamente a quienes menos pueden defenderse: bebés demasiado pequeños para recibir todavía su primera dosis, personas inmunodeprimidas o embarazadas sin inmunidad previa.

La matrona que quiere llevar vacunas en el coche

El cambio de Devers va más allá de recomendar la vacunación. Quiere poder administrar ella misma la triple vírica a las familias que atiende.

Ahí aparece otro problema. Devers es una matrona tradicional, no una matrona certificada dentro del sistema sanitario convencional. Las normas de Pensilvania no le permiten ejercer determinadas prácticas médicas, entre ellas administrar vacunas.

La paradoja resulta evidente. Algunas familias amish confían más en una profesional que conocen desde hace años y que entra regularmente en sus hogares que en instituciones sanitarias con las que apenas tienen relación. Pero esa misma profesional no posee actualmente la autorización necesaria para pinchar una vacuna.

Devers sostiene que las circunstancias justifican revisar ese límite. Las autoridades estatales, por su parte, mantienen que permitirlo requeriría cambios legales y garantías profesionales específicas. La discusión no es menor: ampliar el acceso puede ser útil, pero administrar una vacuna también exige formación, conservación adecuada, registro y capacidad de respuesta ante posibles reacciones adversas.

Cuando una enfermedad vuelve, también vuelve la memoria

Durante mucho tiempo, el éxito de las vacunas produjo una extraña paradoja: cuanto menos se veía una enfermedad, más fácil resultaba olvidar por qué se vacunaba contra ella. El sarampión desapareció prácticamente de la vida cotidiana estadounidense durante años. Las cicatrices culturales se fueron borrando. Las dudas, en cambio, encontraron espacio.

En Lancaster está ocurriendo lo contrario. Las familias ven erupciones, hospitalizaciones, embarazos complicados y bebés que enferman antes incluso de tener edad suficiente para recibir la vacuna. La percepción del riesgo cambia con una rapidez que ninguna campaña institucional consigue fabricar.

Roberta Devers representa precisamente ese giro. No una derrota ideológica ni una victoria para exhibir en una pancarta, sino algo bastante más humano: alguien que modifica una convicción cuando la realidad que observa deja de encajar con ella.

El brote de Pensilvania ha dejado cientos de enfermos, decenas de comunidades afectadas y cuatro muertes asociadas. También ha colocado delante de algunas familias una enfermedad que parecía pertenecer al pasado. Y el sarampión, por desgracia, tiene esa vieja costumbre: cuando encuentra suficiente gente sin protección, vuelve a demostrar que nunca necesitó que nadie creyera en él para propagarse.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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